1. Primeras semanas: el impacto de llegar
La llegada: entre lo familiar y lo desconocido
Llegar a Bolivia ha sido una experiencia intensa, llena de contrastes y emociones. Aterrizar en Santa Cruz de la Sierra me removió desde el primer momento. Sentí cierta familiaridad: algunas cosas me recordaban a Argentina, donde nací y donde aún vive parte de mi familia. Había algo familiar en la forma de vivir de la gente: una vida más orgánica, espontánea, menos burocrática. Esa cercanía humana se nota en los mercados, en los micros abarrotados, en la manera de hablar y de moverse.
Si bien sentía cierta familiaridad, también sorpresa ante lo desconocido, imágenes impactantes entraban en mi retina, y sensaciones entremezcladas. El calor húmedo y pegajoso, los minibuses diminutos donde apenas puedo estar de pie, los caballos, las vacas, los perros, gatos y gallinas que deambulan por la ciudad entre charcos en los que buscan agua y montones de basura en lo que buscan algo para comer. Niños moviéndose solos por la ciudad. El tráfico caótico, la gente cargada yendo a vender a los mercados… Mucha basura. Ningún contenedor, ni siquiera papeleras en el barrio. Un olor extraño que invade las calles llenas de mosquitos, espacios ruidosos y abarrotados, el ritmo de la ciudad, que se combina con las cumbias siempre de fondo que suenan por todos lados, la vida es animada, de día y de noche, se escucha música allá donde vayas, bocinas de coches, risas, gente charlando, una vitalidad que no da tregua. Una mezcla entre tristeza y cansancio en las miradas, pero a la vez mucho movimiento, mucha lucha y mucha vida. Todo es distinto, incluso la percepción del tiempo y las distancias, pero curiosamente, me hace sentir muy presente, muy viva. En cada trayecto de micro no dejo de mirar por la ventana, con curiosidad y asombro.

Primeros pasos en Hombres Nuevos
Al llegar al aeropuerto me fueron a recoger trabajadores de la fundación de Hombres Nuevos. Ese mismo día no hubo tiempo para el descanso, me llevaron a conocer el centro, a aprender cómo moverme en micro por la enorme ciudad, a cambiar dinero, y a recorrer los distintos proyectos del barrio Plan 3000, una de las zonas más vulnerables de la ciudad, donde se encuentra la fundación, la casa donde resido y todas las actividades que realizo como voluntaria que se desarrollan aquí. Ese día conocí el proyecto de la Escuela Nacional de Teatro, el centro de día, la “casa de la espiritualidad” y otros proyectos que Hombres Nuevos tiene en el barrio. Digo barrio, pero el Plan 3000 es prácticamente una ciudad paralela, a una hora en micro de Santa Cruz de la Sierra, y tiene más de 300.000 habitantes.
También conocí la casa que llaman “Palacio” donde residen los trabajadores de Hombres Nuevos, me invitaron a comer y a conocer un poquito más a cada una de las personas que se dedican diariamente a hacer que los proyectos salgan adelante. Todos los trabajadores de la fundación son personas bolivianas, cosa que me pareció enormemente positiva, ya que a pesar de no estar ya el Padre Nicolás (fundador de Hombres Nuevos) el proyecto se ha podido mantener con la gente de aquí y todo sigue adelante.
La Escuela de Teatro
Uno de los proyectos que más me llamó la atención, y tuve la suerte de que estuviera al lado de la casa donde vivo es el de la Escuela Nacional de Teatro, también fundada por Hombres Nuevos. Me pareció un proyecto maravilloso: un espacio cultural en medio de un barrio tan humilde, donde se respira arte, disciplina y esperanza. Ese día colaboré ayudando a recibir a los asistentes del concierto de la Orquesta del Plan, formada por niños y niñas becados que, gracias a la fundación, pueden aprender música y tocar un instrumento.
El ambiente era conmovedor: familias enteras, profesores, vecinos, todos reunidos para escuchar a esos niños que, con sus violines, pianos, bajos y chelos, parecían transformar por un rato el paisaje de tierra y ruido en un lugar lleno de belleza.
A través de este evento conocí a Lorena, la directora de la escuela de teatro, con quien enseguida conecté. Me contó que al día siguiente comenzaba un curso de teatro, así que decidí apuntarme. Fue una decisión impulsiva, pero profundamente acertada: asistir a las clases un par de tardes por semana me permite conocer la vida cultural de Santa Cruz, descubrir la técnica de la biodinámica —muy centrada en los estados corporales del actor— y reconectar conmigo misma.
En medio de un contexto en el que estoy constantemente al servicio de otros —acompañando, cuidando, sosteniendo—, el teatro se volvió mi espacio de calma y de escucha interna. Un lugar donde, por unas horas al día, podía pararme a respirar, a sentir mi cuerpo, a escuchar mis emociones, y recibir en lugar de dar.

El comedor social: un refugio cotidiano
Al día siguiente de llegar comencé formalmente mi voluntariado en el Comedor Social de Hombres Nuevos, acompañada por mi tutora, Carla. El espacio es más pequeño de lo que imaginaba: unos ocho niños por la mañana y otros nueve por la tarde. En Bolivia, la jornada escolar se divide en dos turnos, así que el comedor se adapta a ese ritmo: quienes estudian por la mañana acuden después a comer; quienes estudian por la tarde, vienen antes de clases a desayunar y hacer tareas.
No me costó entender que, más allá de la necesidad alimentaria, los niños vienen buscando atención, afecto y presencia. En cuanto confían un poco, que suele ser rápido en cuanto ven el cariño y la ilusión con la que llegamos, se abren, son super cariñosos, cercanos y te hacen sentir en casa. También rápidamente se abren emocionalmente, a veces, los ves tristes, les preguntas y muchas veces te cuentan cosas muy duras: hogares marcados por la violencia, el abandono o la negligencia.
Escuchar esas historias me genera impotencia, tristeza, frustración… Muchas situaciones de violencia de género en las familias, y entender que no hay mecanismos o instituciones que realmente puedan ser efectivas en estos casos, sumado a la precariedad, comprender cómo la pobreza hace que sea muy difícil salir de hogares violentos porque no hay alternativa. Esos días, con distintos relatos que me fueron contando, llegaba a casa triste, y con una sensación de no poder hacer nada. Pero pronto entendí que, aunque no haya soluciones inmediatas, el motivo por el que estoy aquí tiene sentido, mi labor principalmente es acompañar, proponer talleres en base a las necesidades reales que percibo, ofrecer escucha o un abrazo, es también una forma de transformación social.
Como aprendimos en la formación del CICODE, educar es sembrar pequeñas semillas, incluso en terrenos difíciles. Y aquí, cada gesto cuenta.
Junto a otra voluntaria comenzamos a implementar dinámicas lúdicas y educativas. Observamos que el sistema educativo local se centra mucho en la memorización, dejando poco espacio a la creatividad, al pensamiento crítico, al juego o a la expresión emocional.
Por eso, buscamos que los niños aprendan jugando, creando, sintiendo. Diseñamos actividades que mezclan contenidos educativos con movimiento, arte y diálogo. Poco a poco, vamos viendo cómo se abren, cómo expresan lo que sienten, cómo recuperan la alegría de aprender. Aunque no siempre es fácil, y a diario hay que gestionar situaciones difíciles, frustraciones de los niños, y también propias, todo se hace más ameno cuando llegas cada día y te saludan con ilusión, abrazándote, y deseando compartir y seguir aprendiendo juntos.
Aprender jugando: una educación más viva
La convivencia con otras voluntarias que vienen de otras ciudades de España también me ha hecho reflexionar. Algunas vienen con una visión más asistencialista o despolitizada de la cooperación, y eso genera tensiones. A veces cuesta conciliar distintas formas de entender el voluntariado: una más “de ayuda”, otra más de encuentro y transformación mutua.
Estas diferencias, aunque incómodas, me ayudan a reafirmar mi manera de estar aquí: desde una mirada horizontal, comprometida y crítica, cuidando los vínculos y cuestionando continuamente el propio rol del voluntariado.
Cierre: cada día, un aprendizaje
Estas dos primeras semanas han sido intensas, desafiantes y profundamente valiosas. Estoy aprendiendo que el cambio estructural lleva tiempo, pero también que la transformación comienza en lo pequeño, en la escucha diaria, en el cariño sincero, en el compartir una comida o una sonrisa.
Santa Cruz me está enseñando a mirar distinto, a convivir con el caos y la belleza al mismo tiempo. Y sobre todo, a comprender que el voluntariado no se trata de dar, sino de estar.

2. Segunda entrada – Adaptarse al ritmo: vínculos, rutinas y nuevas miradas
Aprender el ritmo del lugar
Han pasado ya un par de semanas desde que llegué, y empiezo a sentir que mi cuerpo se adapta al ritmo boliviano, tan distinto al de Europa.
Los micros que al principio me parecían caóticos, ahora son parte de mi cotidianidad: reconozco las rutas, los colores, las caras de curiosidad de las personas que se giran al escuchar mi acento… Ya no me abruman tanto el ruido ni el calor sofocante; se han vuelto parte del paisaje, casi un latido constante de la ciudad.
La moneda local, los bolivianos, también dejaron de ser un misterio. Ahora calculo mentalmente el tipo de cambio sin pensar, aunque con cierto pesar noto cómo el valor ha bajado respecto al euro. Me doy cuenta de que debí cambiar más dinero al llegar. La inestabilidad económica aquí se siente en las conversaciones cotidianas, en el mercado, en los precios…
Otro aspecto importante que me sorprendió mucho de Bolivia es el tema de la gasolina. Muchas veces no hay combustible, y las gasolineras cierran durante días. Los días que vuelve a haber gasolina se forman colas terribles, de buses, camiones, coches y personas particulares que van a llenar bidones de gasolina (a veces para tener, o para revender en el mercado negro cuando vuelve a no haber suministro). Es impactante al principio, sobre todo cuando vives escenas curiosas como estar en un micro y que de repente el conductor se para a hacer la cola de la gasolina, y los pasajeros deben bajar del micro y esperar. Es curioso como a nadie le sorprende, nadie tiene prisa, lo comprenden y esperan a que el micro vuelva a funcionar.
Santa Cruz me enseña a soltar el control, a fluir con la improvisación, a aceptar que las cosas funcionan de otra manera, ni mejor ni peor, solo diferente.

Vínculos que se profundizan
En el comedor social, las caras ya son familiares. Los niños me esperan cada día con abrazos, con dibujos, con historias que se entrelazan con mi propia rutina.
También estoy conociendo más a fondo a las madres y abuelas que colaboran en el proyecto. Cada semana, una de ellas se encarga de cocinar para todos; ese sistema hace que podamos compartir, conversar, y entender mejor las vidas que sostienen el comedor desde hace años.
Ahí conocí a doña Irma, una mujer fuerte y generosa que ahora lleva a sus nietas, aunque antes traía a sus hijos. Me contó que antes había más comunidad, más niños, más presencia de las familias. Ahora, muchas madres no pueden venir cuando les toca cocinar y le pagan a ella para que las sustituya. Le viene bien el dinero, pero confiesa con cierta tristeza que se ha perdido “el espíritu de comunidad”.
Escucharla me hizo pensar en cómo los proyectos sociales, con el tiempo, también se transforman y se enfrían, y en lo difícil que es sostener la motivación colectiva cuando hay tanta precariedad alrededor.

Entre el acompañamiento y la soledad
Siento un vínculo fuerte con los niños y las familias. A veces incluso, fuera del horario del comedor, algunos niños vienen a merendar a casa, cuando sus madres o abuelas deben salir a trabajar o hacer recados. Esos momentos, sencillos y cotidianos, me llenan de una sensación de familia elegida.
Pero es cierto que a veces percibo cierta falta de comunidad dentro de la propia fundación. Desde la muerte del padre Nicolás, fundador de Hombres Nuevos, parece haberse diluido un poco la energía colectiva. Cada persona cumple su función dentro de la organización, pero echo en falta un acompañamiento más cercano, alguien que pregunte sinceramente cómo estamos, que comparta también desde lo personal.
Por momentos me he sentido un poco sola en ese sentido. No tanto por falta de afecto, sino por esa sensación de estar en un espacio donde “cada uno hace lo suyo” y faltan espacios de encuentro.
Con Patricia, mi compañera de voluntariado, esa conexión sí existe. Hemos compartido muchas horas de risas, llantos, reflexiones, tareas y también silencios.
La vida en casa: aprender a convivir
En la casa donde vivimos los voluntarios también reside una familia local. Con ellos compartimos las comidas, la limpieza y el día a día. Cada persona tiene su turno para cocinar o limpiar, una vez por semana.
Esta convivencia es, a su manera, otra forma de aprendizaje. A veces observo ciertas actitudes que aparecen de manera sutil en los roles domésticos: los chicos voluntarios suelen tener más margen o menos exigencia que las chicas. No me enfado ni lo juzgo; prefiero observar, comprender el contexto y adaptarme con respeto. No vine a imponer nada, sino a colaborar y aprender desde dentro, con paciencia y empatía. A veces charlamos, e intentamos buscar formas un poco más justas de distribuir las tareas.
Comemos todos juntos, y esto también da sensación de hogar y familia. Además, los niños de la familia que viven en la casa son super amorosos y cercanos, te integran y te hacen sentir en casa desde el primer momento.
Espacios de respiro y conexión
Sigo asistiendo al curso de teatro en la Escuela Nacional del Plan 3000. Es un espacio que me equilibra, me recuerda quién soy fuera del rol de voluntaria.
Allí puedo moverme, expresarme, explorar mis emociones. Después de días tan centrados en cuidar y acompañar, el teatro se ha convertido en un acto de autocuidado. Además, el vínculo con la gente de la escuela se ha vuelto más cercano, más amistoso. Siento que también desde el arte se construye comunidad, otra clase de voluntariado: el del encuentro a través de la sensibilidad.
Mirar la educación con otros ojos
En las últimas semanas he notado algo que me choca sobre las escuelas de aquí: los niños tienen pocas horas de clase, y las cancelaciones son constantes. A veces porque llueve, otras por vacunaciones, torneos de profesores, reuniones de padres o cualquier otra razón.
Esa discontinuidad educativa me impacta. Entiendo que responde a condiciones estructurales, pero también me hace pensar en las desigualdades invisibles que moldean el futuro de estos niños.
Por eso, cada momento en el comedor —un juego, una conversación, una lectura— adquiere aún más sentido. Es un pequeño espacio donde la curiosidad y el aprendizaje pueden seguir vivos incluso cuando la escuela se detiene.
Cierre: estar dentro del ritmo
Empiezo a sentir que ya no estoy de paso, que mi cuerpo y mi mente se ajustaron al compás de este lugar.
Sigo enfrentando contradicciones, soledades y desafíos, pero también me descubro más flexible, más atenta, más presente.
Bolivia me enseña que adaptarse no es perder la identidad, sino ensancharla: abrir espacio dentro de uno mismo para que quepa otra forma de mirar, de vivir, de vincularse.
Y en ese proceso, siento que el voluntariado deja de ser solo una experiencia solidaria para convertirse en una escuela profunda de humanidad.
3. Entrada 3: Cerrar un ciclo, abrir el corazón
Han pasado ya varias semanas desde que llegué a Santa Cruz de la Sierra, y el ritmo cotidiano del voluntariado en Hombres Nuevos se ha transformado en algo más que una rutina: es una experiencia vital que ha calado muy hondo. En estas últimas etapas del viaje, el vínculo con los niños, con las madres del comedor, y con la gente del barrio se ha vuelto más profundo, más humano, más real.
Crecer juntos: talleres y aprendizajes compartidos
En las últimas semanas hemos organizado varios talleres: de gestión emocional, resolución de conflictos y género. Me sorprendió al principio la dificultad que tenían los niños para respetar los turnos de palabra o mantener la atención. Pero poco a poco fui encontrando estrategias para conectar con ellos —desde el juego, el movimiento y el teatro—, generando espacios donde pudieran expresarse sin miedo a ser juzgados.
Algo que me conmovió fue notar cómo la mayoría están acostumbrados al castigo como forma de corrección. Yo intenté, en cambio, sembrar el refuerzo positivo, recordarles lo valiosos que son, que sí pueden, que son capaces, inteligentes, buenos. Trabajé mucho desde el llamado efecto Pigmalión positivo: mostrarles que confío en ellos, que creo en sus posibilidades, incluso cuando se distraen o se frustran.

Emociones, vínculos y despedidas
También hemos vivido muchas emociones. Es fin de curso y se nota el cansancio, la nostalgia. Algunos niños están tristes porque durante el verano sus madres se van a trabajar a Chile y ellos se quedan con tíos o abuelos. Desde ahí surgieron espacios de educación emocional: reconocer, nombrar, y expresar lo que sienten a través de juegos de teatro, dibujos, y dinámicas grupales. Momentos de ternura y escucha que quedarán grabados.
Organizamos una salida de despedida a las piscinas del Plan 3000, un día de alegría compartida, de risas y confianza. Era importante que se llevaran no solo aprendizajes, sino también recuerdos felices.
Vida cotidiana y comunidad
En la casa donde vivimos los voluntarios, la convivencia con la familia local se ha vuelto más cercana. Compartimos comidas, historias, tradiciones. Ellos nos hablan de su cultura con orgullo y cariño. Incluso una noche hicimos una sesión de cine en casa con la familia y los niños.
También hemos cuidado juntos a un perrito y un gatito del barrio, que la familia seguirá alimentando cuando nos vayamos —pequeños gestos que simbolizan continuidad y cuidado mutuo.
Por las tardes seguimos yendo al teatro, preparando una obra que presentaremos en noviembre. Allí he encontrado amistades que siento auténticas, un pequeño refugio artístico dentro del caos cotidiano.
Miradas sobre la cultura y la realidad
También he tenido momentos de reflexión sobre las contradicciones culturales. Asistí, por ejemplo, al acto escolar donde se elige a la “reina del curso”. Es bonito ver a las niñas tan felices, tan protagonistas, pero también me hace pensar en cómo el reconocimiento sigue girando en torno a la belleza y la apariencia.
En cambio, me encanta que los bailes de fin de curso estén dedicados al folklore boliviano: música, trajes, danzas típicas de cada región. Es una celebración vibrante de identidad y pertenencia.
A veces los fines de semana salgo de la ciudad, hago pequeñas escapadas que me ayudan a respirar y reconectar. He conocido maravillosas señoras en los pueblos que me cuentan historia de sus pueblos y culturas, me invitan a chicha, a pasear y a conocer de cerca su tierra. Esas pausas me renuevan, me recuerdan por qué estoy aquí y lo mucho que este lugar me ha transformado.
Gratitud y transformación
Ahora, cuando me despido de los niños o camino por las calles del Plan 3000, muchos me saludan por mi nombre. Me hace gracia cuando en el centro de Santa Cruz alguien se asombra al saber que vivo en el Plan, como si fuese una locura. “¿Ahí? ¿No te da miedo?”. Y yo solo sonrío. Me he sentido segura, acogida, parte.
Me voy con la sensación de haber dejado un granito de arena —y de haberme llevado montañas de aprendizaje.
Este lugar me enseñó que la transformación no siempre se mide en grandes cambios, sino en los pequeños gestos: una sonrisa, una palabra amable, una tarde de juegos, una mirada que dice “confío en ti”.
El Plan 3000 será siempre mi casa, y Hombres Nuevos, una escuela de humanidad.
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