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Historias desde Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Carla Vivar Martínez.

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Primer contacto con Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)

Había tenido la oportunidad de viajar a Latinoamérica anteriormente, participando en un programa de voluntariado con la Universidad de Salamanca, lo cual despertó en mí muchas preguntas, sobre todo pensando si sería similar o completamente diferente lo que iba a vivir esta vez en Bolivia. Decidí no hacerme demasiadas expectativas y dejar que la experiencia me sorprendiera, permitiendo que el camino se andara solo a medida que conociera a nuevas personas y entornos.

El 21 de agosto de 2024 aterricé en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, en un barrio conocido como el Plan 3000. Esa misma noche, conocí a la familia que me acogería durante toda mi estancia. Santa Cruz de la Sierra, una ciudad que me parece inmensa en comparación con mi lugar de origen, me recibió con un calor sofocante y muchos mosquitos. Y también lo hizo con la calidez y la amabilidad que ya recordaba haber vivido antes en esta parte del mundo.

Mi estancia en la fundación se centra en acompañar a personas mayores en un centro de día. Desde el primer día, el coordinador del centro me dio la bienvenida y me mostró todas las instalaciones. También tuve la oportunidad de conocer a los adultos mayores que pasan allí sus mañanas y parte del mediodía. Mi primera impresión fue muy positiva, sus miradas reflejaban una gran cantidad de historias y un deseo sincero de compartirlas. Cada uno de ellos proviene de lugares diferentes y tiene una historia valiosa, lo que despertó en mí una curiosidad profunda, que ellos también compartieron. Por eso, desde el primer día comenzamos a intercambiar nuestras historias.

Desde el principio, me he sentido muy acogida, tanto en el centro de día como en otros espacios de la fundación. La vida aquí, por ahora, es tranquila y me permite detenerme a entender y a escuchar, que creo que es la única expectativa que se puede tener.

El centro de día es un lugar de encuentro donde no solo se comparte la compañía, sino también las conversaciones y las historias de vida de cada uno. María Galindo, activista boliviana, dice que “las calles de Bolivia son un patio común compartido que han creado las mujeres que trabajan en ellas”. El centro de día es un poco así también: un espacio donde todos aportan algo, ya sea tiempo, experiencias, una voz o ternura.

Desde que comencé mi voluntariado aquí, he tenido la oportunidad de trabajar con un grupo de personas que tienen mucho interés por la costura, la creatividad y hacer cosas juntos. Así que hace poco decidimos aprovechar esta habilidad para iniciar una nueva actividad: confeccionar carteras a mano.

La idea surgió un día en el que las usuarias me mostraron, con mucho orgullo, las cortinas y los manteles que habían hecho con retales de tela. El centro es casi tan colorido como Bolivia gracias a estas creaciones, y ahora las carteras que confeccionemos también reflejarán una parte de la comunidad que han creado en el centro.

Las carteras son sencillas, pero todos han aportado y se han ayudado unos a otros para poder hacerlas. El plan es vender las carteras para conseguir fondos y así organizar algún paseo al cine, alguna excursión o traer a alguien para que toque música porque lo que más les gusta hacer es bailar.

Además de trabajar en la confección de carteras, también estoy colaborando con la orquesta de la fundación, realizando fichas sociales de las familias para que puedan tener toda la información necesaria sobre ellas, lo que me permite acercarme más a la gente de aquí.

En los fines de semana, he aprovechado la oportunidad para explorar más a fondo el resto del país y salir un poco de Santa Cruz. Cada lugar tiene su propio encanto, características únicas, y paisajes muy diferentes, lo que hace que tenga muchas ganas de seguir conociendo Bolivia.

Recordaré Bolivia en femenino, como una mujer; bueno, en este caso, muchas.

El centro de día se convirtió en un refugio donde mi principal labor fue escuchar y aprender, nunca de lecciones, sino de experiencias. De todo aquello que no se escribe pero se habla. Que ha guiado a generaciones y, de alguna manera, sirve de manual intangible sobre cómo saber vivir. Un conocimiento tan abstracto que nos ha protegido y ha sido una prueba fundamental de que aun cuando no existíamos ni para los ojos de la ciencia, el compartir se hizo literatura, medicina y arte. El compartir siempre ha sido la prueba más irrefutable de que las mujeres han estado ahí las unas para las otras.

“La vida es bonita cuando una sabe compartir” dijo María una mañana que, se hubiera perdido en otra de las muchas mañanas que he pasado con ella, sino hubiera sido por que esa frase me despertó.

Comprendí que desde que empecé el voluntariado aquí, compartir es todo lo que he hecho. Pero de alguna manera no me siento vacía ni con menos cosas para mi misma, porque cuando lo hacía, me llenaban de nuevo con su veteranía en la vida.

Muchas me contaban sobre sus experiencia en el amor y como el machismo actuaba como una tercera pata en las relaciones. Cómo el ser mujer las ha definido y controlado en todas las labores que han hecho. “Por la cultura machista, mi madre siempre prefirió a sus hijos varones para que estudien” decía Bea “Las mujeres actuamos más con la ternura, por ello me tuve que quedar con mi madre” terminaba.

Siempre sabían terminar cada conversación con ese caramelo que te impedía quedarte con mal sabor de boca. Endulzaban cada experiencia para recordar que las experiencias no son solo los infinitos eventos que nos pasan, sino el como reaccionamos ante ellos, y de ellas sin duda, la resiliencia tendría envidia.

Desde que llegué he conocido Bolivia de otra forma. He tenido la gran oportunidad de viajar y conocerlo de otra manera. Tal y como es imposible conocer a una persona haciéndole siempre las mismas preguntas; un país se conoce solo si recorres esas calles que no están desgastadas por las infinitas pisadas. Si te adentras en bares o restaurantes donde solo encuentras gente local y comes todo aquello que te recomiendan con una sonrisa.

Me di de bruces con un país que era tan diverso como grande. Casi infinito. Muchos días siento que aun habiendo estado dos meses compartiendo mi tiempo con él, no sería capaz de conocerlo ni en años. Descubrí la zona del altiplano que distaba mucho de la zona del trópico. Las tradiciones y bailes se amoldaban a la diferencia de cada zona y cambiaban radicalmente dependiendo del suelo que estuvieras pisando.

Aunque también viajé mucho con Virginia (pero esta vez no nos hacía falta movernos de la silla). Me contó mucho sobre su tierra: el salar de Uyuni. Sobre las plantaciones de quinoa y sus aventuras como agricultora y ganadera.

“Ahora estamos muy apenadas con los incendios” compartían, sobre todo Lucy que, desbordada de ira, cargaba contra todos aquellos que dan la espalda al Amazonas y dejan que uno de los pulmones principales de la tierra se convierta en ceniza.

Para terminar cerrando el círculo con el comienzo. Quiero dar las gracias a todas mis compañeras por recibir mi cariño, abrazarlo y devolvérmelo sin duda. Nunca dejé mi casa porque vosotras me hicisteis sentir tan cómoda que los días pasaban y la añoranza se hacía más digerible. Pero sobre todo, gracias por compartir esta experiencia conmigo. Es lo que me llevo de todas.

Publicado en: Bolivia Etiquetado como: Adultos mayores, equidad de género

Lo que aprendí lejos de casa. Judit Llorca Pedrós

12 diciembre, 2025 por marivimf Deja un comentario

  1. La amabilidad como forma de vida:

Santa Cruz de la Sierra, ubicada en Bolivia, está a 11 horas en avión de Madrid, España.
Con tres maletas y preparada para la nueva aventura, embarco en el avión y me siento en mi asiento del medio. Nada más sentarme, las dos mujeres mayores bolivianas a mi lado empiezan a hablar sobre sus viajes. Como yo estaba en medio, les ofrezco cambiarme para que se sienten juntas y estén más cómodas. Ellas me miran un poco raro y, tras un rato, aceptan. No entendí esta reacción hasta que vine a este nuevo país y conocí la cultura de su gente.

Estas dos señoras no se conocían de nada, para mi sorpresa, solo estaban hablando entre ellas porque así son los bolivianos: amables, altruistas, bondadosos y serviciales. Personas que, aunque no te conozcan de nada, te van a dar lo que necesites sin pedir nada a cambio. Personas que te van a abrir su casa y te van a dar de comer aunque tú no lo pidas.

Bolivia es un país de gente resistente, con una política y economía inestables, con problemas de violencia callejera y una policía corrupta. Es por eso que, frente a todos estos problemas, su población ha aprendido que deben apoyarse entre ellos y que nadie se queda atrás.

Durante mi primer mes en el voluntariado con la Fundación Hombres Nuevos, aprendí que, aunque tuviese miedo porque era un gran cambio cultural y había situaciones que aún no podía llegar a comprender por falta de contexto, siempre iba a poder contar con la gente a mi alrededor. Si me faltaba un boliviano (0,10 céntimos) para agarrar el micro (el bus), un señor mayor me lo prestaba. Si no sabía si el jugo de tamarindo estaba hecho con agua del grifo, una vecina que pasaba por ahí me ayudaba hasta encontrar uno que pudiese beber en el mercado. Si me equivocaba de bus y terminaba en un polígono a las afueras de la ciudad, el autobús entero me tranquilizaba y me ayudaba a encontrar otro que me dejase en mi casa.

Es por eso que mis primeras semanas en Bolivia fueron un ajuste inmenso a otra realidad, no porque fuese Sudamérica y yo solo hubiese estado en Europa, sino porque no estaba acostumbrada a que completos extraños me ayudasen en mi día a día y tuviesen un corazón tan grande.

  • La rabia que encontré en el camino:

Llevo ya más de un mes en Bolivia y aún no he tenido ni un día de descanso. Antes de pensar en venir aquí, pregunté a algunos amigos sudamericanos qué sabían de Bolivia. Su respuesta siempre era la misma: nada. Me decían que la comida era mala, que había mucha corrupción y que no había muchos lugares turísticos que valiesen la pena.

Aunque las dos primeras afirmaciones son ciertas (solo comen arroz blanco con pollo frito y no hay constancia de ningún político que no robe), he comprobado que la última no lo es. Cada fin de semana he viajado a una zona diferente de Bolivia.

El destino turístico más visitado es el salar de Uyuni, el mayor desierto de sal continuo y elevado del mundo. Aun así, es uno de los lugares más difícilmente accesibles del país: un bus de 8 horas desde la ciudad más cercana (Sucre). Pero ver el cielo reflejado en las aguas del salar y caminar sobre una extensión infinita de blanco es una experiencia que haría llorar de emoción a cualquier fotógrafo. Es cierto que esta zona está pensada para el turismo, pero eso no significa que no vayas a tener la experiencia boliviana completa. En nuestro alojamiento, en medio del salar, no contábamos ni con calefacción ni con agua caliente, ya que las tuberías se habían congelado del frío que hacía. Así que, alrededor de la única estufa del hostal —que solo podía estar encendida un par de horas— nos acurrucamos todos los huéspedes y compartimos historias.

Por un lado, una familia boliviana viajaba por primera vez a Uyuni con su hija, nacida y criada en España. Ella venía con prejuicios y miedos que le habían inculcado desde allí: “No comas la comida, te vas a enfermar”, “Nunca pasees sola”, “No confíes en nadie, van a intentar timarte o peor”. Para el final de la cena, después de escuchar nuestras experiencias positivas en el país, se había relajado lo suficiente como para empezar a experimentar de verdad Bolivia y su maravillosa cultura. Por otro lado, un grupo de jóvenes griegos que apenas hablaban español necesitaban que les tradujésemos lo que querían decirle a la dueña del alojamiento, que al principio no era nada amable y nos trataba fatal. Antes de dormir, ya habíamos conseguido que esa mujer nos sonriera al menos una vez.

La Paz, la capital del país, es la ciudad más llena de turismo, y con razón. Desde allí puedes llegar a varios sitios que merecen la pena: el lago Titicaca, los Yungas o los glaciares del norte. Se nota que es la capital: hay más gente, más turistas, más taxis y más tecnología. Aunque cuenta con transporte público asequible y calles pavimentadas, La Paz no es representativa de la realidad de gran parte de Bolivia.

Viniendo de Santa Cruz, una ciudad grande e importante, donde la gente no se puede permitir los medicamentos ni algunos alimentos como el aguacate, me chocó ver tan claramente esta diferencia. Este sentimiento, al cual aún no sabía ponerle nombre, me acompañó durante todo el viaje.

Cuando entrábamos a un restaurante bonito y descubríamos que el dueño era europeo, esa emoción me volvía. Cuando la guía nos explicó que los locales —y sobre todo la población indígena— vivían en terrenos irregulares y no podían acceder a un seguro de vivienda, mientras el centro estaba lleno de hoteles y alojamientos, mis puños se apretaban. Y cuando le preguntaba al dependiente de una tienda de souvenirs si aquel objeto era local y me respondía que no lo sabía porque él no era boliviano, volvía a sentir ese peso en el pecho.

No fue hasta que volví a Santa Cruz y pude pensar alejada de esa otra realidad que había vivido, que me di cuenta de que era rabia. Rabia de que la gente se estuviese muriendo de hambre y sin condiciones básicas de higiene, pero el turista fuese la prioridad. De que quienes se beneficiaban de los extranjeros eran otros extranjeros, ya que los locales no se podían permitir abrir negocios en estas zonas turísticas. El turismo no da dinero, el turismo es una rueda donde las mismas personas se benefician y venden la pobreza del lugar como atracción turística. En mis viajes, ví como se utilizaba la miseria de los niños para que los extranjeros pudiesen sacar una foto, y la cultura de sus comunidades como un circo.

Es por eso que en mi siguiente viaje decidí alejarme de las zonas turísticas e irme a Buena Vista, un pueblecito a 3 horas de Santa Cruz. Allí, en una plaza con cuatro calles en total y dos bares en todo el pueblo, encontré un poco de calma en mis pensamientos. Éramos los únicos turistas, pero precisamente por eso pudimos conocer bien la zona y a sus residentes. Compramos en negocios locales, consumimos la misma comida que ellos y fuimos al río del pueblo, donde la gente pasaba el día con unas cervezas y un altavoz del que sonaba cumbia. Y allí, y solo allí, llegué a la conclusión de que viajar es un privilegio, y que el confort del turista no debería estar en contraposición con la vivienda básica de los locales. Que no porque yo tenga más dinero para gastar merezco más respeto que quien ha vivido en la zona toda la vida. A veces queremos viajar al máximo y conocer otras culturas, cuando a lo mejor solo estamos conociendo la realidad que las agencias de viaje nos están vendiendo, y en realidad no llegamos a conocer el país de verdad. Viajar no es solo recorrer kilómetros, sino aprender a mirar con otros ojos. Y esos ojos, muchas veces, te los presta la gente local.

  • Mi voluntariado en Bolivia:
https://drive.google.com/file/d/10Nd5NgXGBdJjELDMy3_xAmvFK5KozI6k/view?usp=sharing

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Adultos mayores

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