Hace unos años, cuando andaba yo por Holguín (Cuba) como estudiante de posgrado, recién licenciado, un viejo profesor de la universidad a la que acudí en busca de fraseología dialectal (y aventuras) me descubrió un librito publicado en 1981 en la isla, que llevaba por título Cantó el manisero. Su autora, Elizabeth Aguilera Díaz, se había dedicado a recorrer algunas de las principales ciudades de la antigua provincia de Oriente (Holguín, Santiago de Cuba y Baracoa) recogiendo todas las expresiones eufemísticas relacionadas con la idea de la muerte, desde las más delicadas (dejar de existir, cerrar los ojos para siempre) hasta las más humorísticas (estirar la pata, quedarse tieso, ponerse el pijama de madera). Aquellas que más despertaban mi curiosidad eran las que tenían sabor e información locales, como cantar la Guantanamera, morir como Cafunga, pasar al hotel de Santa Ifigenia, traquear como Titín o la que daba título al propio volumen, cantarle [a alguien] el manisero. Esta última procede de la obra musical “El manisero”, de Moisés Simons, interpretada por una larga lista de cantantes, entre ellos Rita Montaner, Ignacio Jacinto Villa y Fernández, alias «Bola de Nieve», o Antonio Machín. El eco final de la figura del vendedor de maní, cuando se va alejando progresivamente su voz, se relacionaba popularmente con el tránsito de la vida a la muerte y este vínculo metafórico quedó cristalizado en dicha expresión.
En la aciaga madrugada del 11 al 12 de agosto, el manisero le dedicó su canción inesperadamente a mi amigo Benjamín Lechuga Valera, nuestro queridísimo Benji, en un incomprensible accidente de moto. Al día siguiente, tras el sepelio, hubo una gran tormenta, inusitada en estas fechas, y la tierra comenzó a temblar súbitamente en Granada encadenando una larga serie de terremotos que ha continuado hasta hoy, rechazándolo como el cuerpo que extraña un órgano trasplantado que no le pertenece. Todas las muertes duelen, pero uno trata de buscar en la irracionalidad respuestas a una marcha tan repentina y sin sentido.
Conocí a Benjamín al unirme a nuestra peña de pádel de los lunes, formada entonces por en torno a cincuenta integrantes, y supe que íbamos a ser amigos desde el primer día, algo que sucede en muy contadas ocasiones; pero no me siento privilegiado por ello, pues me atrevería a decir que Benji tuvo el mismo efecto en todos quienes lo conocimos y llegamos a ser sus amigos. Así era, de hecho, en todos los contextos, como el más íntimo de su pueblo, La Peza, a cuyos encierros de reses bravas fuimos muchos años a divertirnos con él, que ejercía de perfecto anfitrión y maestro de ceremonias.
El deporte es un vínculo fantástico, pero la amistad entre muchos de nosotros se fraguó definitivamente en otro terreno de juego, el del bar. En ninguna etapa de mi vida he deseado con tanto fervor la llegada del primer día laborable de la semana. Tras la correspondiente descarga de adrenalina en la pista, acudíamos a El Mamut o a El Caladero ávidos del elixir de nuestra caduca juventud, la cerveza, para brindar en compañía y compartir nuestras cuitas personales e íntimas o comentar relajadamente los acontecimientos de la semana.
En un ambiente propicio sobre todo para las bromas y el jolgorio, también había tiempo para el intercambio de impresiones y opiniones, ya fuera sobre fútbol, política, actualidad, etc., terreno en el que, sin duda, Benji se sentía especialmente cómodo y motivado. Siempre dispuesto al debate, recuerdo sus movimientos retóricos casi como una estudiada coreografía. Su gesticulación, tan característica y peculiar, parecía ir por delante de su propia voz. Pensaba con sensatez y rigor, pues sus argumentos emanaban directamente de sus sólidos principios y sus admirables valores. Y disfrutaba como el que más del hilarante espectáculo de las bravuconadas y excesos verbales del resto de los compañeros, pero siempre con la discreción y el pudor de quien se conduce por la vida con auténtica elegancia.
Cariñoso, empático, inteligente, risueño, generoso, amigo de sus amigos, a family man… Se preocupaba por todos y cada uno de sus familiares y allegados. Yo lo buscaba de forma instintiva en todas las reuniones, pues me reconfortaba tenerlo a mi lado. No son palabras huecas como consecuencia del duelo. Benji era sin duda «el mejor de todos nosotros», expresión que coreábamos al unísono de forma recurrente, al modo de un epíteto épico, cada vez que surgía su nombre en cualquier conversación.
Solo se me ocurre rendirle homenaje, y atenuar en lo posible el inmenso dolor que siento por su pérdida, así, escribiendo, afición que él me animaba a cultivar.
Te cantó el manisero, Benji, y, sin tu presencia, nosotros pasamos a peor vida. Te quiero, amigo. Te queremos. Descansa en paz.






Con la misma proporción de dolor que de admiración por nuestro Benji, solo puedo darte la gracias por estas palabras tan bien orquestadas para manifestar un duelo y un pesar. por nuestro amigo.
Gracias por recordarlo así y me sumo, sin tanto intelecto ya que soy un «montoniano», a tu pesar y reconocimiento por nuestro Benji.
Un abrazo para ti, Esteban.
Raúl.
*Montoniano: Dícese de un especímen «del montón».
Sí tú eres montonero, yo soy Jesulín de Ubrique.