Hoy es, según los meteorólogos, el peor día de la enésima ola de calor que nos azota este verano. No está mal traída la metáfora, ya lexicalizada, como la de la bofetada que uno siente cuando abre la puerta de la calle antes de que caiga el sol. Para contrarrestarlo, en la época estival buscamos recetas y comidas que se consuman muy frías y resulten refrescantes. Una de ellas puede ser la crema de espárragos.
La palabra espárrago proviene directamente del latín ASPARAGUS, y este, a su vez, del fitónimo griego άσπάραγος (aspáragos). Lo curioso de esta palabra es, sin embargo, la incertidumbre sobre su origen más remoto, es decir, el de la propia palabra helena: unos creen que la raíz podría estar relacionada con el verbo σπάργάω (spargáo) —que significa ‘brotar’ o ‘hincharse’ y que, a su vez, se vincularía con el persa asparag (‘brote’)—, por la fuerza con la que emergen de la tierra los turiones (‘yema que nace de un tallo subterráneo’). Otros opinan que podría proceder de σπαρáσσειν (sparássein), que significa ‘desgarrar’ o ‘arrancar’, ‘destrozar’ o incluso ‘hacer jirones’, en clara asociación, por sinécdoque, con el daño que provocan las espinas puntiagudas de las esparragueras, conocidas muy bien por cualquiera que haya madrugado para ir al monte en busca de espárragos silvestres o trigueros, como yo suelo hacer con mi padre.
Conocemos popularmente al menos dos tipos de espárragos: el verde (o triguero) y el blanco. Aunque parecen distintos, proceden de la misma planta: los verdes, más herbáceos y crujientes, al crecer expuestos a la luz solar, realizan la fotosíntesis y activan la clorofila, lo que les da su color característico. Los blancos, por su parte, crecen enterrados y en la oscuridad, y tienen una textura más carnosa, que los hace idóneos para las cremas.
Seguramente han oído la fórmula irse/vete a freír espárragos, que asociamos con los verdes, más apropiados para esta elaboración. En latín se utilizaba la expresión citius quam asparagi coquantur, literalmente ‘en lo que tardan en cocerse los espárragos’, para enfatizar la brevedad y rapidez con que podía hacerse o producirse algo, ya que se cuecen en apenas unos minutos. Sería equivalente a locuciones adverbiales del español actual del tipo en un santiamén, en un periquete, en un pispás, en un abrir y cerrar de ojos, en menos que canta un gallo, etc. Más tediosa y prolongada resulta la tarea de freír espárragos, que originariamente se encomendaría a quien estuviera molestando, para mantenerlo ocupado y que dejase de importunar durante un rato.
Hoy, cuando le soltamos a alguien el tan poco cortés «vete a freír espárragos», no esperamos que ponga el aceite en la sartén. Con este calor, en todo caso, es mejor mandarlo a hacer una crema. Con los blancos, claro.
Plato elaborado a partir de la receta en Cookpad de @Mary_1974



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