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La compleja vida familiar de los cortapichas

10 marzo, 2025 por Juan Gabriel Martínez Deja un comentario

Hoy he encontrado un cortapichas debajo de una de las macetas del patio. Aunque no es nada excepcional, al verlo he recordado lo interesantes que son estos animales, por diversos motivos. Son miembros de un orden de insectos, los Dermápteros, caracterizados por esas dos pinzas que tienen al final del cuerpo, que son diferentes en machos y en hembras, y que les dan el más común nombre de tijeretas (y que no, no sirven para cortar pichas). La especie más común y fácil de ver es la tijereta europea o Forficula auricularia. Aunque lo primero que llama la atención de ellas son sus pinzas (o cercos) al final del abdomen, los Dermápteros son especiales por algo que es más difícil de ver, su vida familiar, que puede en ocasiones llegar a ser truculenta.

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Forficula auricularia, un macho a juzgar por el tamaño y forma de sus cercos abdominales, algo curvados y con     forma de pinza puntiaguda que cierran uno sobre otro (Foto de Wikipedia)

En primer lugar, ya es llamativo que en este grupo se formen grupos familiares, porque no es la norma entre los insectos; al hablar de grupos familiares nos referimos a la formación durante un período de tiempo más o menos largo de un vínculo social entre progenitores y descendientes, normalmente acompañado por la presencia de cuidados parentales, en el caso de las tijeretas cuidados maternos, hacia los grupos de hermanos. Aunque se da en algunos otros grupos de insectos, como los himenópteros sociales (abejas, avispas, hormigas), la mayoría de los ellos no presentan cuidados maternos o paternos. Sin embargo, los Dermápteros son, como grupo, una excepción a esta generalidad.

Los dermápteros: elementos para conocerlos en toda su dimensión Metroflor

Una hembra de Forficula auricularia con sus huevos – destacan los cercos diferentes en forma y tamaño a los de los machos: algo más cortos y rectos (Foto Pavel Krasensky, www.naturfoto.cz)

En todas las especies de Dermápteros excepto una, las hembras cuidan de sus huevos una vez puestos. El cuidado consiste principalmente en la limpieza, para evitar que crezcan hongos en sus cubiertas que podrían malograrlos, y la defensa frente a depredadores como arañas o pseudoescorpiones, utilizando los cercos del final de su abdomen. Las hembras también construyen las galerías donde ponen los huevos y donde permanecen junto a ellos durante su desarrollo, galerías que pueden ser muy complejas, o a veces sencillas: algunas hembras ponen los huevos debajo de piedras o raíces o directamente en el suelo. En algunas especies, como en Forficula auricularia, las hembras a veces mueven los huevos de un lugar a otro si hay cambios en las condiciones de la galería. Hay incluso algunas especies vivíparas, en las que las hembras alimentan a sus crías en el interior de su cuerpo, de forma que cuando nacen están ya significativamente desarrolladas (aunque la estrategia vivípara es poco común entre los dermápteros). El cuidado materno es costoso para las hembras, pero no solo porque tienen que enfrentarse a depredadores o dedicar tiempo a esas tareas que no dedican a otras: además las hembras ponen menos huevos de lo esperable para un insecto de su tamaño. Esto es algo común entre los animales con cuidados parentales, el número de huevos que las hembras producen suele ser más pequeños que el de otros animales de tamaño similar pero sin cuidados. Las tijeretas ponen unas decenas de huevos, mientras que cualquier mariposa de tamaño similar puede poner varios centenares de huevos por puesta. En estos casos, la selección ha favorecido una mayor inversión en el cuidado de los descendientes que en el número de estos, o por decirlo de otra forma, ha favorecido calidad frente a cantidad. Por eso, la tasa de supervivencia de los descendientes es muy elevada, en comparación con especies sin cuidados parentales, y si eliminamos experimentalmente los cuidados de la hembra, esta tasa disminuye muchísimo, al menos en algunas especies: en F. auricularia, solo el 10% de los huevos abandonados consiguen eclosionar.

Pero el cuidado materno de las tijeretas puede ir más allá. Las madres en muchas especies permanecen con sus crías una vez salen de sus huevos, proporcionándoles más cuidados mientras crecen. Los jóvenes en este orden de insectos se denominan ninfas: son muy parecidos a los adultos, pero más pequeños, aún sin alas y sin los órganos sexuales desarrollados. Aunque el término ninfa es femenino, las ninfas son machos y hembras. Crecen, mudando su exoesqueleto entre 4 y 6 veces, para aumentar de tamaño y tras un período de tiempo que va de semanas a meses según las especies, alcanzan el estadío adulto. En muchas especies las madres protegen a las ninfas de los depredadores, las limpian y las alimentan, aunque la intensidad de estos cuidados va descendiendo conforme las ninfas crecen, y en algunos casos las madres las abandonan después de la segunda muda. Las madres tijereta pueden alimentar a sus ninfas llevando comida al nido o regurgitando comida en su boca, al menos durante las primeras fases de vida de las ninfas, y la intensidad de sus cuidados va disminuyendo conforme sus hijos crecen. Y aquí encontramos uno de los matices, que hay quien pueda considerar fascinante, de la vida familiar de las tijeretas. De hecho, las ninfas son capaces de alimentarse por su cuenta, y lo hacen, aunque las estén alimentando sus madres en las galerías, pero además pueden transferirse comida las unas a las otras a través de sus heces, lo que se llama alocoprofagia, es decir las ninfas pueden consumir las heces de sus hermanas como una fuente extra de alimento. Lo interesante es que este comportamiento parece ser una forma de cooperación entre parientes, ya que es mucho más común cuando las madres aportan menos comida a sus descendientes, de forma que las ninfas parecen cooperar para compensar una madre de poca calidad o en mala condición física. Si las madres trae mucha comida a la galería, este comportamiento apenas se da, cuando las madres aportan poca comida y esta escasea, se produce un aumento de la producción de heces que son consumidas por otros individuos, maximizando el provecho que se puede sacar a la comida en algo así como una doble digestión, aunque sea por parte de dos individuos distintos.

Cortapicos hembra en su nido con crías recién nacidas

Hembra de Forficula auricularia con ninfas recién nacidas y algunos huevos (Foto de Wikipedia)

Pero cuando las cosas se ponen feas, la cooperación deja paso al sálvese quien pueda, y, las ninfas se comen a sus hermanas. O sea, las ninfas de tijereta no tienen ningún problema con esto del canibalismo. Aunque no sea muy común, el canibalismo entre ninfas hermanas ocurre en ocasiones, por ejemplo en la tijereta europea y otras especies, y parece estar relacionado con la condición física de madres y ninfas y la disponibilidad de comida. Cuando se ha estudiado con más detalle, se ha comprobado que son las ninfas más grandes las que se comen a las más pequeñas y probablemente lo hacen en momentos de poca disponibilidad de comida. De hecho, el canibalismo por parte de las ninfas debe considerarse como parte de su estrategia vital. Esto queda algo más claro en otras circunstancias en las que la vida de estas familias se complica aún más. A veces dos (o más) hembras ponen sus huevos en lugares cercanos, y una vez las ninfas salen de los huevos y comienzan a moverse las familias entran en contacto y las ninfas de una y otra se entremezclan. Si esto ocurriese con cierta frecuencia (que parece que sí en algunas especies como la tijereta europea), esperaríamos que las madres distinguieran a sus ninfas de las que no lo son para no invertir energía en crías que no son suyas, pero sorprendentemente no es así: son las ninfas las que reconocen a sus hermanas (y hermanos) y atacan a las ninfas no emparentadas cuando entran en contacto; no resulta sorprendente que el resultado de esos ataques sea también el canibalismo, y que estas interacciones entre familias terminen con unas ninfas comiéndose a otras, en particular las más grandes a las de menor tamaño y las de una familia a las de otra. Que las madres no reconozcan a su descendencia tiene otra consecuencia cuando menos curiosa: en estos casos de mezclas de familias se han documentado ejemplos en los que, independientemente del comportamiento de las ninfas, una de las hembras expulsa a la otra de la galería, y acaba cuidando de ninfas que no son suyas, mientras las ninfas negocian la situación comiéndose a las extrañas más pequeñas; probablemente las de mayor tamaño sobreviven y se integran en la “nueva familia”.

Pero el cuidado materno en los Dermápteros puede llegar a ser más costoso aún. Las madres tijereta pueden comportarse como “abnegadas” cuidadoras de su descendencia, y el ejemplo extremo lo encontramos en la especie japonesa Anechura harmandi, en la que las hembras se sacrifican dejando que sus descendientes las consuman. Esto se conoce técnicamente como matrifagia (es una forma de canibalismo, claro), y lo que se sabe acerca de ello sugiere que es una estrategia que ha evolucionado por ser ventajosa, al menos en esta especie asiática: se ha documentado que ocurre en todas las familias estudiadas, y si se previene de forma experimental (retirando a la madre del nido antes de que se la coman sus crías), las ninfas tienen menos probabilidad de crecer exitosamente, pero además las madres no vuelven a reproducirse. Es decir, parece que esta especie sigue lo que se denomina una estrategia reproductiva semélpara, en la que las hembras se reproducen una sola vez en su vida (como algunos salmones) haciendo una gran inversión energética en el cuidado de sus descendientes aún a costa de su vida. El consumo de la madre por parte de las crías ocurre en otras especies de Dermápteros, como nuestras tijeretas europeas, pero no es generalizado y posiblemente no es una estrategia sino una consecuencia del aprovechamiento de las hembras por parte de sus crías si mueren prematuramente durante el período de vida familiar.

Las estrategias semélparas se caracterizan porque los individuos hacen un único evento reproductor en el que invierten una gran cantidad de energía, para después morir. Esta gran inversión de energía se manifiesta normalmente en forma de una elevada producción de huevos, o de huevos de gran tamaño, o una gran inversión energética en cuidados parentales, todo ello en comparación con especies similares o cercanamente emparentadas en las que la reproducción es iterópara (los individuos se reproducen varias veces a lo largo de su vida). Por ejemplo, en los salmones, de los que hay varias especies de varios géneros (como Salmo y Oncorhynchus), hay especie semélparas e iteróparas, y aunque también depende del tamaño corporal, hay una clara tendencia a que las especies semélparas inviertan más que las iteróparas en la reproducción, de forma que, ya sea por diferencias en el número de huevos o el tamaño de estos (o ambas cosas), las especies semélparas desovan masas de huevos que pesan más que las de las iteróparas. Si las tijeretas japonesas siguen una estrategia semélpara esperaríamos que pusieran más huevos o huevos más grandes que otras especies. Las especies de Dermápteros que se han estudiado lo suficientemente bien para conocer este dato ponen unas decenas de huevos, nuestra tijereta europea por ejemplo entre 30 y 50 huevos, y Anechura harmandi pone unos 75 huevos por puesta. Este dato sugiere también que esta especie de tijereta asiática es genuinamente semélpara.

En definitiva, las familias de tijeretas parecen un sistema muy apropiado para estudiar como la selección natural ha moldeado las estrategias reproductivas basadas en los cuidados parentales, los niveles de inversión por parte de las hembras y los de cooperación por parte de los hermanos. La próxima vez que te encuentres con una, piensa en todas las cosas que le han podido pasar (o le pueden llegar a pasar) a lo largo de su vida. Una vida maravillosamente compleja.

Para saber más (entre otros):

Kramer, J, Thesing, J & Meunier, J (2015). Negative association between parental care and sibling cooperation in earwigs: a new perspective on the early evolution of family life? Journal of Evolutionary Biology, 28, 1299–1308.

Kramer, J & Meunier, J (2016). Maternal condition determines offspring behavior toward family members in the European earwig. Behavioral Ecology, 27, 494–500.

Meunier, J. (2024) The Biology and Social Life of Earwigs (Dermaptera) Annu. Rev. Entomol. 69:259–76.

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