Por Marta Gil Ballestero
“Yo no he tenido nunca como meta imitar a nadie como directora coral; he procurado formarme al máximo y he seguido mi propio camino”.

Disciplinada, constante, respetuosa y entregada: así se define Elena Peinado, una mujer que ha dedicado su vida entera a la música y a la formación de generaciones de jóvenes cantores. Desde pequeña creció en un ambiente donde el respeto y la responsabilidad fueron valores fundamentales. Ser la mayor de seis hermanos la obligó a madurar rápido y a tomar conciencia temprana de sus aspiraciones.
Comenzó sus estudios de piano con solo seis años y su talento destacó de inmediato. Aún recuerda cuando su padre preguntó a la madre Rosario, su profesora, si su habilidad era realmente tan especial, y ella respondió que era la alumna con más aptitudes que había tenido. Elena reconoce que la disciplina fue dura en muchos momentos, pero afirma que esa exigencia la hizo convertirse en la profesional que es hoy.
Durante su paso por el Conservatorio Superior de Granada vivió episodios que marcaron su carácter. Uno de ellos ocurrió con su profesor de transporte, Don Adolfo, quien la reprendió por matricularse en la segunda parte de la asignatura, algo que ningún alumno había logrado cursar simultáneamente. Después de obtener matrícula de honor en la primera parte, fue él mismo quien la animó a intentarlo.
A los veinticinco años se convirtió en madre del primero de sus cinco hijos, lo que supuso un desafío personal y profesional. Elena trabajó intensamente para ofrecerles estabilidad y educación, evitando que los problemas del día a día afectaran al hogar. Simultaneó su labor como directora, profesora de historia de la música y maestra particular de piano, todo mientras equilibraba la vida de hijos repartidos entre Sevilla y Madrid.
El verdadero punto de inflexión de su carrera llegó en 1988 con la creación del coro que hoy lleva su nombre. “Ahí encontré mi vida”, afirma. Desde entonces dedicó su energía a perfeccionar el funcionamiento del coro, lo que implicaba también continuar formándose. Estudió en centros como la Escuela Superior de Música de Madrid y la Escola Orfeó Lleidatà, experiencias que la llevaron a viajar por España y Europa con su coro de voces blancas. También trabajó con grandes directores como John Eliot Gardiner, Josep Pons o Zubin Mehta.


Elena recuerda que en ocasiones fue estricta, pero siempre desde el respeto y la justicia. Defendió a sus coralistas incluso ante figuras de prestigio. Gardiner, por ejemplo, dudó dos veces del nivel de los niños; tras escucharlos, los comparó con el coro infantil del Liceo de París. Un elogio que marcó a Elena, aunque lo que más la emocionó fueron las palabras de la esposa del organista de la catedral de Colonia: “Nunca he visto un coro de niños tratado con tanta disciplina y ternura a la vez”.
Para ella, la formación humana era tan importante como la musical. Fomentó el compañerismo mediante convivencias e intercambios, de los que surgieron amistades que aún perduran. Su labor ha sido reconocida con numerosos premios: la medalla del Festival de Música y Danza en 2003, la distinción de la Real Academia de Bellas Artes en 2017 y la medalla de honor de la Federación de Coros de Granada en 2025.
Pero los galardones que más la conmueven son los que provienen de sus alumnos. Destaca especialmente un cuadro tallado a mano por antiguas alumnas, con el inicio y el final de una habanera compuesta por ella. Ese gesto, confiesa, resume el cariño que ha sembrado en casi cuatro décadas de trabajo.
A lo largo de su trayectoria, Elena ha sido un símbolo de firmeza y autonomía. Nunca imitó a nadie ni permitió que su condición de mujer frenara su crecimiento. Además de luchar por su propia formación, impulsó mejoras en la educación musical del colegio donde trabajó, logrando incluir música en primaria y obtener un aula específica. Aunque duda si merece tantos reconocimientos, su legado confirma que su nombre forma ya parte esencial de la historia de la música coral andaluza.
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