Por Gonzalo Gutiérrez Ortega

Desde los albores del flamenco, las mujeres han desempeñado un papel fundamental, aunque muchas veces invisible frente al protagonismo masculino. Ya en la etapa fundacional, los testimonios literarios y musicológicos reflejan la presencia de cantaoras, aunque en menor número que los cantaores. En Escenas andaluzas (1847), Serafín Estébanez Calderón menciona a María de las Nieves y Dolores, intérpretes de tonadas sevillanas y malagueñas, y en la Colección de cantes flamencos de Demófilo (1881; 1975) se enumeran numerosas figuras femeninas como Tía Salvaora, María Borrico o la Serneta, todas ellas responsables de la creación y transmisión de estilos que aún perviven en el repertorio flamenco.
La profesionalización del flamenco en los cafés cantantes durante la Edad de Oro (aproximadamente desde 1860) supuso un aumento del prestigio del cante frente al baile. Paradójicamente, este auge no benefició a las mujeres. A ellas se les relegó principalmente al baile, ligado al cuerpo y a la sensualidad, mientras que los hombres monopolizaban los cantes más solemnes. Esta desigualdad no tenía fundamentos artísticos, sino sociales: los cafés cantantes eran percibidos como espacios de desorden y escándalo, y las cantaoras eran estigmatizadas por su vida independiente y bohemia, descrita en la prensa de la época con términos que hoy resultan peyorativos y sexistas. A pesar de estas limitaciones, surgieron figuras excepcionales. María Borrico, conocida como la creadora del “macho” o “seguiriya de cambio», sobresalió en el cante jondo y su estilo fue adoptado por cantaores de la talla de Silverio Franconetti. También destacan María Valencia Rodríguez, la Serrana, o Antonia Fernández, la Lora, intérpretes de soleá y seguiriyas que desafiaron el estereotipo de que ciertos cantes eran “masculinos”. Dolores Parrales, la Parrala, fue capaz de abordar todos los cantes mayores y llevar su arte a escenarios internacionales, demostrando que la excelencia no entiende de género.
En el terreno de la malagueña, Mercedes Fernández Vargas, la Serneta, es considerada la gran madre del estilo. Sus siete variantes de soleá y malagueña siguen vivas en la tradición actual, transmitidas por intérpretes posteriores como la Peceña o la Trini de Málaga. Concha Peñaranda, la Cartagenera, y María Bocanegra completan un panorama de mujeres que no solo ejecutaban, sino que creaban y transformaban los cantes, dejando huella indeleble en la historia del flamenco. Cabe subrayar que la presencia femenina no se limita al cante: muchas bailaoras también eran intérpretes de cantes mientras danzaban, aportando al flamenco una dimensión integral. Rosario la Mejorana inspiró a Manuel de Falla en El amor brujo, y Pastora la del Malé o María la Macarrona combinaban baile y canto con maestría. Esta doble faceta evidencia la polivalencia de las artistas y su influencia en la configuración del flamenco moderno.
Con el siglo XX llegó Pastora Pavón Cruz, la Niña de los Peines, quien consolidó el puente entre el flamenco del XIX y el XX. Su versatilidad abarcó todos los palos, y sus innovaciones en la petenera, la bambera y las bulerías marcaron un hito. Sus más de 250 grabaciones son un legado inigualable que permite escuchar hoy la fuerza y sensibilidad de las mujeres en la historia del flamenco. La recuperación y estudio de estas voces femeninas es clave para comprender el arte flamenco en toda su complejidad. Hoy, la presencia de mujeres en escenarios, conservatorios y festivales reafirma su papel central, pero también nos recuerda que detrás de cada éxito hubo luchas por la visibilidad y el reconocimiento. En este sentido, la investigación y divulgación sobre figuras históricas como la Serneta, la Parrala o la Niña de los Peines no solo enriquece nuestro conocimiento musical, sino que visibiliza una contribución histórica que durante mucho tiempo fue relegada al silencio.
Bibliografía
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