Hace ya la friolera de cuarenta años, más o menos, el colegio de la Sagrada Familia de Villacarrillo (SAFA) organizó una jornada de convivencia de nuestra clase con un jesuita que había recorrido gran parte del mundo, según nos contaban. Durante una de las actividades programadas, entre otras cuestiones, nos formuló a cada uno de los niños allí congregados la clásica pregunta de qué nos gustaría ser de mayores. Cuando llegó mi turno, contesté con gran determinación que quería ser “catedrático de universidad”.
Tanto el padre jesuita como los diversos maestros allí presentes que habían organizado el encuentro, perplejos, se apresuraron, entre risas sarcásticas y miradas cómplices, a expresar inmediatamente sus más que razonables objeciones: “pero eso no es un trabajo, chico”, “catedrático, vale, pero ¿de qué?”, etc. Yo no supe responder, no entendía nada, porque siempre había oído que mi tío era catedrático de universidad y desde hacía tiempo, sencillamente, deseaba seguir sus pasos.

Mi tío, Juan Martínez Marín, y yo quizá éramos muy distintos en muchos aspectos. Sin embargo, desde que tuve uso de razón, cuando coincidíamos —bien durante sus estancias vacacionales en nuestro pueblo natal, Villacarrillo, bien durante nuestras visitas familiares a Granada—, me sobrecogía su amor por la lengua española y me sentía absolutamente fascinado por sus enseñanzas. En los ratos que nos dedicaba a los niños de la casa, abandonando por un momento el mundo de los adultos, nos sumergía en historias acerca del origen de las letras y las palabras, comentaba errores lingüísticos en la prensa, nos proponía acertijos y juegos cuya solución requería reflexiones de índole lingüística y nos orientaba en la lectura de la literatura clásica.
Desde la inocencia de un niño de pocos años, “ser catedrático” representaba todo eso, en oposición a otros oficios que poco o nada me seducían. Y a ello, al estudio de la lengua española, me he dedicado con pasión desde que comencé mi vida académica y profesional. Desde hoy, por añadidura, soy catedrático de universidad. Al final sí era un trabajo.
A Juan Martínez Marín, in memoriam.

Mi más sincera admiración, D. Esteban, en tiempos revueltos es absolutamente necesario contar con personas valiosas en todos los campos, y especialmente en la herramienta con la que nos comunicamos. No es fácil sentar cátedra, y en su caso es un merecido reconocimiento y un honor para quienes le conocemos. Enhorabuena.
Toda la razón, una historia de superación. Felicidades, Esteban Montoro.