Por Jessica Marín Gil

Desde su nacimiento en el siglo XIX, la figura del director de orquesta ha sido un claro exponente del dominio masculino en ámbito musical. Esta manifestación artística ha supuesto todo un campo de trabajo en cuanto a la construcción de la identidad femenina para aquellas artistas que se han ido abriendo camino en esta disciplina. No obstante, no podemos entender el ámbito de la creación artística sin la labor desempeñada por las mujeres, aunque a lo largo de la historia muchas de ellas han sido silenciadas y en numerosas ocasiones, excluidas y olvidadas. Por tanto, esta entrada aborda la cuestión de género en cuanto a la trayectoria de la identidad femenina dentro de la música académica.

En este contexto, cabe mencionar el fenómeno del liderazgo, ya que en la música académica este concepto no ha pasado desapercibido. La orquesta es una organización particular que utiliza simultáneamente a unos cien músicos aproximadamente, necesitando para su coordinación la figura de un líder, lo que conocemos comúnmente como director.  El problema aparece cuando hasta hace poco tiempo, el mundo de la música clásica estaba liderado por el género masculino y era impensable que la presencia de una mujer ocupara la posición de líder. Así pues, el fenómeno de las mujeres en la dirección de orquesta es relativamente nuevo.

Las directoras de orquesta como forma de liderazgo femenino comenzaron en la segunda mitad del siglo XX, aunque hay antecedentes aislados en el siglo XIX.  Uno de los principales motivos por el cual ha sido tan difícil que la figura de la mujer ocupara el cargo de directora de orquesta se debe al llamado techo de cristal. Este término comúnmente denota a la barrera transparente que no permite a la mujer acceder a cargos directivos por el mero hecho de ser mujer. De esta manera, observamos como la figura femenina ha tenido que realizar, y a día de hoy continúa haciéndolo, un gran esfuerzo para poder vencer una sucesión de barreras sociales y culturales.

Es evidente que apenas hay mujeres directoras de orquesta en el mundo, y España lamentablemente no es una excepción, aunque debemos destacar la historia de Elena Romero Barbosa, la primera mujer española directora de orquesta que ha conseguido ser representada en el mundo sinfónico español. Nació en Madrid en 1907 y desde bien temprano mostró un gran talento e interés por la música, aunque su verdadera gran pasión fue la dirección de orquesta. Su historia es una mirada inspiradora para generaciones posteriores puesto que es muy difícil imaginar a una mujer dirigiendo una orquesta sinfónica en pleno franquismo y más, perteneciendo al bando de los vencidos. Sin embargo, en cierta medida tuvo suerte y el régimen no intervino en su ascenso profesional, ya que no ocupó puestos oficiales en instituciones públicas, sino que se formó de forma autodidacta y consiguió grandes éxitos dentro y fuera de nuestro país.

A pesar de haber hecho historia y haberse enfrentado a una larga tradición dónde los hombres estaban al mando, nunca se posicionó en el lado del feminismo radical. Su principal objetivo como pionera y referente para otras mujeres  fue respaldar e impulsar el desarrollo de dicha profesión, para así normalizar en este campo tanto la figura masculina como la femenina. De esta manera, tras su legado y el de varias directoras más, las mujeres están más representadas en el mundo sinfónico español, pudiendo participar activa y críticamente y suprimiendo numerosas barreras que se le impusieron en otros tiempos. Por último, me gustaría destacar que es una lucha que aún no ha acabado, sino que sigue vigente. Debemos lograr que las organizaciones educativas del futuro tengan como núcleo principal a la persona sin importar el género, formándose de esta forma por seres humanos integrales e impulsando así un tiempo de renovación, descartando los viejos estereotipos.

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