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Trabajos forzados. Daria Galatería

3 febrero, 2014 por Jaime Molina Deja un comentario

Una de las preguntas más recurrentes que en las entrevistas se suele hacer a los escritores noveles cuando ganan algún certamen literario o cuando han conseguido, tras un importante esfuerzo, encontrar una editorial que se atreva a publicarles sus libros es la de si se puede vivir de la literatura, entendiendo por ello, obviamente, si las ganancias que les reportan sus libros les permitirían vivir como si ésa fuera su profesión. Personalmente, me han hecho esa misma cuestión más de vez, y siempre respondo lo mismo: que quitando a los escritores de best-seller, a muy pocos, incluso dentro de los ya consagrados, les resultaría posible vivir de forma exclusiva de lo que les reportan sus libros. Raro es el autor en nuestros días que no complementa su labor literaria con otra de corte periodístico (aunque se argumente que eso también está relacionado con la escritura) o académico, dando clases o dictando conferencias en universidades, centros culturales u otros foros por el estilo. La pregunta en cuestión siempre me ha causado un poco de perplejidad, porque intuyo que quienes la realizan piensan que tras la escritura de un libro, ya sea una novela, un ensayo o un libro de poemas, radica un afán exclusivamente lucrativo, económico, cuando la realidad es que en el mundo literario existen muy pocos escritores que se puedan jactar de que viven o han vivido de sus libros y mucho menos que se hayan enriquecido con ellos.

Traigo este comentario a colación del libro que hoy me propongo comentar: Trabajos forzados, porque en este libro se habla precisamente de eso: de los trabajos con los que realmente se ganaban la vida (a veces penosamente) muchos de los escritores que con el tiempo alcanzaron la fama o la gloria literaria. Y resulta curioso comprobar cómo, en muchas ocasiones, los oficios que desempeñaban todos aquellos genios de la literatura no tenían, ni por asomo, ninguna relación con el mundo de la escritura o de la cultura.

Por supuesto, este libro no pretende ser un catálogo exhaustivo de todos los escritores cuyas formas de ganarse la vida han estado al margen de la literatura. Eso habría supuesto un esfuerzo casi enciclopédico, pero lo que Daria Galateria hace en su lugar una interesante selección de escritores que ella considera representativos que se podrían clasificar o agrupar por el tipo de trabajo que desempeñaron.

Así tenemos una primera agrupación de aquellos escritores que se vieron obligados por las circunstancias a desempeñar los más diversos oficios, auténticos buscavidas capaces de aceptar lo que fuera para sobrevivir. Éste fue el caso de Maximo Gorki, Jack London, Bukowsky o Blaise Cendrars, quienes desempeñaron los más variopintos oficios, a menudo ingratos. Máximo Gorki fue estibador, cocinero, pescador, e incluso un vulgar ladrón. Jack London, tuvo una vida agitada como viajero, aventurero, cazador, buscador de oro o marino. Bukowsky tuvo multitud de trabajos de los que solía ser despedido por sus problemas con el alcohol, y acabó siendo un cartero. Blaise Cendrars fue entre otras muchas cosas fogonero, vendedor, saltimbanqui, pianista, y descargador. Nadie pensaría en principio que personas con estos oficios, que podían ser verdaderamente duros y fatigosos, pudiesen ocupar su escaso tiempo libre para escribir.

En el otro extremo tenemos a Paul Claudel, Paul Morand o André Malraux que desempeñaron una carrera en el mundo de la política. Los dos primeros trabajaron como diplomáticos. Malraux comenzó su carrera como diplomático pero llegó mucho más lejos: acabó siendo ministro con De Gaulle. Tampoco tuvieron muchas dificultades económicas escritores como Colette, que terminó siendo empresaria de productos cosméticos; Italo Svevo, que fue un acomodado empresario industrial para quien la escritura era un pasatiempo; Carlo Emilio Gadda y Boris Vian, ambos ingenieros, o Jean Giono, que trabajó toda su vida como banquero.

También se menciona a aquellos escritores cuyas profesiones, sin ser excesivamente penosas, les resultaban aburridas; aquí se inscriben los escritores de la rama más burócrata, como Franz Kafka, que toda su vida trabajó como agente de seguros, o Thomas Eliot, que fue un contable y empleado de banca, o Raymond Chandler, que fue durante mucho tiempo contable (aunque episódicamente llegó a trabajar en una agencia de detectives).

Asimismo hay una serie de escritores que componen una auténtica miscelánea de profesiones, a cual más variopinta. Así la autora nos habla de Lawrence de Arabia, militar; Louis-Ferdinand Céline, médico; Jacques Prévert, empleado de almacenes y repartidor; Antoine de Saint-Exupéry, aviador; George Orwell, que fue policía, lavaplatos y llegó a vivir como un vagabundo; Bohumil Hrabal, primero agente de seguros y más tarde obrero en una acería; Ottiero Ottieri, empleado de fábrica; Bruce Chatwin, empleado de una galería de arte.

Daria Galateria nos ofrece una breve biografía de cada uno de estos escritores, sin ahondar demasiado en detalles personales y centrándose más en anécdotas personales, en sus experiencias vitales, tal vez porque la autora intuye que conociendo lo que eran y cómo vivían podemos entender qué era lo que les empujaba en cada uno de los casos a escribir. Algunas de las experiencias vitales relatadas, como los casos de Gorky o London, son impresionantes.

Cesare Pavese dijo aquello de que trabajar cansa. En el caso de muchos de los protagonistas de este libro el trabajo era un tiempo malgastado, un calvario, o simplemente una necesidad para ganarse el sustento. Los perfiles tan variopintos que Daria Galateria retrata independientemente de que desempeñasen oficios más o menos abnegados, duros, penosos, poco gratificantes o simplemente aburridos, responden en cualquier caso a esa cuestión a la que me refería al comienzo de este articulo: de la literatura no se vive. Otra conclusión que se extrae de este libro puede ser que si bien uno podría imaginarse que un escritor con una vida monótona no puede tener una vida interior creativa, nos equivocamos. Lo bonito de esa conclusión es que, por encima de todas las incomodidades y zozobras, todos los autores reseñados se entregaron en cuerpo y alma a una labor vocacional con la que no ganaron gran cosa, salvo la satisfacción de rellenar unas páginas en blanco. Y la conclusión que dejo para el final, que puede resultar sorprendente, es que la mayor parte de sus protagonistas afirman que el oficio más duro y sacrificado de sus vidas fue el de escritor, incluyendo casos como los de London o Gorki. Quien no haya escrito nunca, quizá se sonría pensando que esto es algo exagerado. Yo me limito a sonreír.

Publicado en: Bitácora Etiquetado como: literatura, opinion

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