Adaptación a la vida cotidiana
Cuando llegué a Cusco, en julio, el frío era intenso y el aire seco de la sierra se sentía en cada respiración. Las montañas se alzaban imponentes y mi emoción por estar en aquella nueva ciudad estaba a la altura. No imaginaba entonces que mi estancia allí cambiaría mi manera de mirar lo cotidiano, pero pronto descubrí que iba a aprender mucho más de lo que esperaba.
Había cruzado el charco con nervios y entusiasmo. Sentía esa mezcla de ilusión por empezar una aventura y el miedo natural a lo desconocido. Antes de viajar, había escuchado advertencias y miedos infundados sobre Latinoamérica, pero ninguno se cumplió. Desde el primer día me sentí segura, acogida y acompañada. Cusco me recibió con ruido, color y vida: coches que pitaban a todas horas, perros sueltos por las calles, puestos de comida en cada esquina y un movimiento constante que al principio me desorientaba, pero pronto aprendí a disfrutar.

Fotografía 1. Miembros del grupo Danzaq durante la festividad de la Virgen del Carmen en Paucartambo.
Durante las primeras semanas me sorprendía la manera en que los coches parecían comunicarse a base de bocinazos: para ofrecerse como taxi, para avisarte de que te apartaras o para marcar quién tenía preferencia (que casi nunca era el peatón). Los semáforos y pasos de cebra parecían orientativos, y cruzar una calle se convertía en una pequeña aventura diaria. Con el tiempo dejé de asustarme y me acostumbré a ese ritmo caótico que, de algún modo, también reflejaba la vitalidad de la ciudad.
Los perros eran parte del paisaje. La mayoría caminaba libre, sin correa, buscando sombra, comida o compañía. Algunos se acercaban en busca de una caricia, otros simplemente te observaban pasar. Aprendí a reconocerlos en mi ruta diaria; se volvían parte del entorno, parte de la vida compartida en las calles.

Fotografía 2. Perros recorriendo las calles del distrito de Poroy, Cusco.
A medida que pasaban los días, Cusco se fue revelando como una ciudad llena de contrastes: entre lo antiguo y lo moderno, lo turístico y lo local, lo espiritual y lo cotidiano. Vivía en un barrio alejado del centro, donde las fachadas color tierra se mezclaban con muros sin terminar, y los cables eléctricos se entrelazaban sobre las calles empinadas.
Las dos primeras semanas viví en un pequeño apartamento donde casi nunca había agua caliente y, algunos días, el agua simplemente no llegaba. Aquello que en España daba por hecho —abrir un grifo y tener agua— se volvió un ejercicio de paciencia. Al principio me agobié, pero esa experiencia me ayudó a comprender mejor cómo viven muchas familias en las comunidades rurales donde después trabajé. Entre el bullicio de los coches y el caos de las calles, fui descubriendo otra cara de la ciudad: la de las necesidades básicas que no siempre están garantizadas. Me di cuenta de que la comodidad no es universal, y que la escasez enseña a valorar cada gesto cotidiano.
A partir de esa vivencia comprendí que mi paso por Cusco no iba a ser solo una experiencia profesional, sino también una oportunidad para aprender desde la práctica personal.
Donde el agua enseña y la tierra abraza
Mi estancia en el Cusco formó parte de un proyecto dentro del Centro Guaman Poma de Ayala, concretamente en el departamento de Hábitat y Ciudadanía, en el programa “Estrategias de cuidado de la salud y la autoestima de la infancia y niñez a través del acceso a la alimentación saludable, la mejora de los hábitos de higiene y la comunicación asertiva”. Desde allí, combiné mi voluntariado con la realización de mi Trabajo de Fin de Máster en Psicología de la Intervención Social, lo que me permitió vincular la práctica con la reflexión académica y personal.
Con el equipo del Centro viajábamos a distintas comunidades rurales del Cusco para realizar talleres con niños, niñas y familias. Las carreteras no siempre estaban asfaltadas y el polvo acompañaba cada trayecto. La mayoría de las casas estaban construidas de adobe, muchas sin acceso a agua corriente ni baño. En algunos hogares, las familias criaban cuyes dentro de la misma sala donde cocinaban o dormían; los pequeños animales corrían sueltos por el suelo de tierra, manteniendo el calor del espacio y sirviendo de alimento o ingreso económico. Aquello me sorprendió al principio, sobre todo por las condiciones de higiene, pero pronto entendí que era una forma de adaptarse al clima y a los recursos disponibles.
Las comunidades rurales del Cusco están dispersas entre montañas inmensas, donde el silencio y la sencillez dominan el paisaje. El acceso es difícil: caminos estrechos, cuestas empinadas y polvo constante. Pero también hay una belleza serena en todo ello: los colores de los tejidos, los saludos de la gente, el sentido de comunidad, la conexión con la tierra. Cada visita era una lección de vida.
En las escuelas rurales, trabajábamos talleres centrados en la autoestima, las habilidades socioemocionales y el cuidado del cuerpo. Los niños y las niñas esperaban esas sesiones con ilusión; solían acercarse antes de empezar para hacerme preguntas sobre España o mostrarme sus cuadernos. Durante el recreo, me encantaba quedarme con ellos: saltábamos, corríamos, volábamos cometas, o simplemente hablábamos mientras me peinaban o reían al verme intentar pronunciar algunas palabras en quechua. Era imposible no contagiarse de su energía.

Fotografía 3. Niños y niñas de la I. E. Sagrado Corazón de Jesús (Oropesa) participando en una actividad durante una de las sesiones de mi TFM.
Sin embargo, en medio de esa alegría también aparecían las carencias. En muchas casas no había agua corriente ni espacios adecuados para la higiene. Algunas familias utilizaban pilas comunales o recogían agua de los riachuelos más cercanos. En otras, directamente no había retretes, sino pozos sépticos improvisados o incluso nada. El agua no era solo una necesidad, sino un bien que se esperaba, se compartía y se agradecía.
Aquellas escenas cotidianas me llevaron a reflexionar sobre la relación entre el bienestar psicológico y las condiciones materiales de vida. Durante una de las salidas a las comunidades, vi cómo una madre lavaba la ropa en un balde, con el agua justa, y me impresionó la normalidad con que lo hacía. En ese momento entendí que hablar de bienestar sin tener en cuenta las condiciones materiales es una contradicción. ¿Cómo fortalecer la autoestima si no hay acceso a lo más básico? Esa pregunta me acompañó durante todo el proyecto, recordándome que la dignidad empieza por lo esencial.

Fotografía 4. Madre realizando labores de lavado de ropa en un balde.
En las comunidades, el juego era tan escaso como el agua, pero igual de necesario. No había parques ni columpios, y los patios escolares eran de tierra. Aun así, las niñas y los niños jugaban con lo que tenían: cuerdas, piedras, palos o simplemente su imaginación. Pero esas carencias no deben romantizarse, no se trata de admirar que “con poco hacen mucho”, sino de reconocer que deberían tener más, porque el juego y la higiene no son lujos, son derechos básicos universales.
Aprender de lo que sostiene la vida
Mientras comprendía las limitaciones materiales, también descubrí que las comunidades poseían una profunda sabiduría sobre la cooperación, la reciprocidad y el cuidado mutuo. Fue entonces cuando descubrí la importancia del “ayni” y la “minka”, dos valores fundamentales en la cultura andina.
El “ayni” representa la reciprocidad: lo que se da, se devuelve; lo que se aprende, se comparte. La “minka”, por su parte, hace referencia al trabajo comunitario, al esfuerzo conjunto para un bien común. Estos principios me parecieron tan coherentes y necesarios que decidí integrarlos en mi Trabajo de Fin de Máster. Comprendí que la intervención social no puede desligarse de las formas locales de cooperación, porque la verdadera transformación se construye desde la pertenencia a la comunidad.
Poco después, tuve la oportunidad de participar en varios rituales a la Pachamama, la Madre Tierra. Eran ceremonias llenas de respeto y simbolismo, en las que se ofrecían flores, dulces, hojas de coca, bebidas y chocolates en señal de agradecimiento. Me emocionaba ver la manera en que las personas honraban a la tierra, no solo como fuente de recursos, sino como ser vivo que nos sostiene. Aprendí que allí la espiritualidad no está separada de la vida cotidiana, sino que forma parte de ella, recordando que cuidar la tierra también es cuidarnos a nosotros y a nosotras mismas.

Fotografía 5. Ofrenda preparada para un ritual de agradecimiento a la Pachamama.
Esa conexión espiritual se extendía también a la naturaleza que rodea el Cusco. En mis días libres hice rutas de trekking que me exigieron esfuerzo, pero me regalaron serenidad y una conexión profunda con el entorno. Los paisajes eran sobrecogedores: montañas cubiertas de nieve, lagunas de un azul intenso, desiertos, playas, valles infinitos, selva y glaciares. Perú tiene todos los paisajes posibles en un solo país, y cada trayecto era un recordatorio de la inmensidad y la fuerza de la tierra que nos sostiene.
Con el tiempo comprendí que esa fuerza vital no solo habitaba en la naturaleza, sino también en las personas y en la propia ciudad. Cusco respira arte y cultura en cada esquina, y su vitalidad parecía prolongar ese mismo espíritu de aprendizaje y resistencia. Los murales que decoran sus calles son verdaderas obras de arte, llenas de color y de mensajes sobre identidad, respeto y justicia. Pasear por sus calles era descubrir talento en cada rincón y creatividad en cada mirada.
Cada tarde, al salir del voluntariado, cuando el sol se escondía entre los cerros y el cielo se teñía de un naranja imposible, comprendía que algo había cambiado para siempre en mi forma de mirar el mundo.

Fotografía 6. Pintura callejera con simbolismo andino.
Gota a gota, lo que me traje de Cusco
Durante los tres meses que estuve en Cusco, cada día fue una mezcla de aprendizaje y emoción. Había momentos de cansancio, sobre todo después de los viajes largos o de los días en que las condiciones eran más duras, pero siempre sentía que valía la pena. Si algo tenía claro era que quería exprimir esta experiencia al máximo, y ahora, aunque regresé agotada, lo hice con la tranquilidad de haberlo conseguido.
De todo lo vivido, lo más bonito fue la gente que conocí: personas que me ofrecieron su ayuda, su tiempo y su cariño. Las familias de las comunidades, los y las docentes con los que colaboré, mi equipo del Centro Guaman Poma de Ayala, y mis compañeros y compañeras del voluntariado. Todos y todas dejaron huellas en mí. De cada uno aprendí algo: la paciencia, la alegría, la resiliencia y la importancia de trabajar con el corazón y cuidar los vínculos.
Desde que volví, me siento una persona distinta, con esa mezcla de nostalgia y gratitud que dejan las experiencias importantes. Echo de menos los paisajes, los sonidos, los colores, las personas y hasta las calles empinadas, pero también me alegra haber vuelto a casa para compartir lo aprendido. Cada vez que miro las fotos de esos meses, se me aguan los ojos. Sé que nunca podré expresar completamente todo lo vivido, pero sí puedo afirmar que ha sido la mejor experiencia de mi vida.
Comprendí que la dignidad se construye día a día, en los actos más sencillos: en la madre que se levanta antes del amanecer para llenar un bidón, en las niñas y los niños que inventan juegos sin juguetes, en las comunidades que comparten lo poco que tienen, en los equipos que trabajan con compromiso y esperanza.
Desde la psicología comunitaria entendí que intervenir no es imponer, sino acompañar procesos; fortalecer lo que ya existe, reconocer los saberes y los esfuerzos que mantienen la vida.
Porque ahora sé que, como el agua que cae gota a gota, el cambio verdadero se construye lentamente, en comunidad, gesto a gesto, hasta llenar de sentido la vida.

Fotografía 7. Mi mano entrelazada con la de una niña a las afueras de su hogar.
Agradecimientos
Agradezco profundamente al Centro de Iniciativas de Cooperación al Desarrollo (CICODE) de la Universidad de Granada, al Centro Guaman Poma de Ayala y a la Fundación Social Universal por haberme permitido vivir esta experiencia transformadora. Gracias por abrirme las puertas, por acompañarme, por hacer posible un aprendizaje que va mucho más allá de lo académico.



