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Iniciativas sociales en Togo, la importancia de las pequeñas acciones. Silvia González González

16 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Togo es un pequeño país situado en África occidental, entre Ghana y Benín. Siendo antiguo protectorado y luego colonia alemana, Togo logró su independencia en el año 1960, constituyéndose como república.

Comencé mi experiencia a finales de septiembre, tan sólo dos meses después del golpe de estado en Níger, y concretamente en Niamey, la capital, prácticamente en la frontera con Togo. La situación en la frontera era particularmente inestable y muchos trabajadores togoleses trabajando en Níger tuvieron que desplazarse de nuevo a Togo, como el caso de Philippe, nuestro coordinador y responsable en la organización de destino, AJEVES. Debido a ello, tuve que informarme muy bien sobre las precauciones a tomar y tener especial cuidado sobre todo en caso de cruzar fronteras.

Antes de iniciar esta experiencia, era poco lo que conocía de Togo, por lo que pensé que sería buena idea comenzar proponiéndome como objetivo aprender y formarme sobre el país a base de hablar con la gente local. Mi experiencia se desarrolló en Apeyemé, prefectura de Danyi, en la región de Plateaux.

Nada más llegar, la comunidad nos recibió con los brazos abiertos. Debido a la importancia del protocolo en Togo, pasamos todo el primer día presentándonos ante el Prefecto, el alcalde, la familia del jefe de Apeyemé y los representantes de otras instituciones. Durante las reuniones, comentamos los objetivos de nuestro proyecto, cómo íbamos a trabajar y durante cuánto tiempo íbamos a vivir en allí, de manera que, si necesitáramos recurrir a ellos para cualquier duda o problema, supieran cómo atendernos.

La vida en Danyí-Apeyemé es particular. Por un lado, es tranquila y sin horarios, pero por otro, es ajetreada como durante los días de mercado cada viernes. Al mercado vienen personas de toda la región a vender diferentes productos, desde telas hasta especias. También venden comida típica, frutas y verduras, la bebida tradicional togolesa sodabi y hasta medicamentos. El mercado constituye uno de los eventos semanales más importantes, dando lugar a grandes desplazamientos por la zona para llegar desde los diferentes pueblos hasta Apeyemé. Cada día de la semana, el mercado se realiza en una localidad diferente.

Mercado semanal en Apeyemé

Otro momento importante son los eventos religiosos. La mayor parte de la población togolesa es católica, pero también profesan otras religiones como el animismo o el protestantismo. Existe un gran número de iglesias tanto protestantes como católicas en la zona que pudimos visitar.

Todos los domingos, la comunidad se reúne durante las misas. Comparten tiempo en familia y con los amigos. En ocasiones se dan eventos como bodas, o funerales. Nosotras tuvimos la oportunidad de asistir a una de las ceremonias que se celebraron por el fallecimiento de uno de los familiares del jefe de Apeyemé. La celebración se prolongó hasta cuatro días, desde el sábado hasta el martes, en memoria también de otros seres queridos y familiares de la comunidad fallecidos durante ese mismo mes, o durante los años precedentes.  

Funeral en Apeyemé

Podríamos decir que los habitantes de esta zona tienen una gran vida social, la familia y las tradiciones tienen un papel muy importante en la vida cotidiana, y los lazos interpersonales se fortalecen y se mantienen día a día. Es, en otras palabras, el sentimiento de pertenencia a la comunidad.

Fruto de este pensamiento comunitario nacen muchas de las iniciativas que pudimos conocer durante nuestra estancia en Apeyemé. A pesar de tratarse de un pequeño pueblo ubicado en lo alto de las montañas, existen un gran número de pequeñas asociaciones y ONGs llevadas a cabo por la gente local. La mayoría de ellas se encargan de temas de especial importancia en la sociedad togolesa, como garantizar la salud de la población, la protección y el desarrollo forestal, o la promoción de cultivos biológicos y libres de pesticidas. Muchas de estas entidades están vinculadas ya sea a la Prefectura, como al Ayuntamiento o, incluso, al gobierno togolés.

Durante el mes y medio que estuvimos allí, pudimos conocer de cerca dichas iniciativas. Por ejemplo, Grase-Population, constituida en 2007, se encarga de algunas campañas de vacunación infantil, como la llevada a cabo hace 2 años, en colaboración con el hospital de Apeyemé, e intervino en el reparto de mosquiteras para la prevención de malaria durante el mes de octubre de 2023, campaña en la que trabajaron algunos miembros de AJEVES. Grase-Population también colaboró con nosotras en la identificación de mujeres para nuestro proyecto sobre higiene menstrual, basado en la distribución de kits que permitan mejorar la salud y la higiene de la mujer durante el período menstrual, a fin de evitar posibles infecciones o problemas de salud derivados.

Centro de lectura y formación cultural en Danyi-Apeyemé

Otra de las colaboraciones que establecimos fue con Samuel, que, junto con su padre, fundó AEH, dedicado a la apicultura. En un proyecto dedicado a la reforestación de terrenos, prevención de la tala ilegal de árboles y producción y comercialización de miel. Este proyecto permitía, además, fomentar la inserción de la mujer en el mercado laboral, siendo mujeres prácticamente el 80% de las empleadas. Y, por otro lado, crear nuevas fuentes de ingresos y reactivación de la economía en la zona.

Voluntarias de IROKO trabajando con Samuel para el proyecto de apicultura

Sin embargo, estos proyectos e iniciativas también se enfrentan a muchas trabas y dificultades, ya sea de carácter económico o burocrático, entre otros.

En ocasiones la falta de medios y organización dificultan la creación de un tejido asociativo fuerte y constante en el tiempo. La planificación de las iniciativas, así como su proyección y consecución de objetivos conlleva tiempo, formación, personal y recursos que deben estar perfectamente coordinados para que el trabajo salga adelante.

Por otro lado, existe una falta de sensibilización en gran parte de la población en cuanto a determinadas problemáticas sociales, como puede ser la importancia de la conservación del medio ambiente, la prevención de enfermedades y la vacunación infantil, la salud sexual y reproductiva, o la gestión de residuos. En este último caso, por ejemplo, el ayuntamiento inició hace 2 meses un servicio de recogida de residuos a cambio de una pequeña cuota. Según el Ayuntamiento, “la población, aunque reticente al inicio, está comenzando a sumarse a las listas de familias que contratan el servicio, no obstante, queda aún mucho trabajo por hacer en cuanto a la sensibilización”, señala el alcalde de Apeyemé.

Por otra parte, a pesar de los intentos por avanzar en el terreno, son muchos los intereses de terceros en este ámbito. No podemos obviar que la corrupción que sufre el país, en gran medida por parte de las altas esferas, complica la llegada de fondos a la población beneficiaria, así como la falta de trasparencia o de una política de buenas prácticas. Por lo que, dicho en otras palabras, llegan pocos fondos y, parte de lo que llega, queda en manos de terceros.

No obstante, las pequeñas acciones sociales como las descritas anteriormente están logrando que, poco a poco, la calidad de vida en la región de Danyi vaya mejorando, sumado a iniciativas locales como la de Noah, que, a pesar de no haber constituido oficialmente ninguna asociación, unió a mujeres de Todomé (situado al lado de Apeyemé) para tratar diferentes problemáticas sociales, recoger testimonios, tratar de establecer relaciones de cooperación y colaboración entre ellas. Muchas de estas mujeres también trabajan sus propios terrenos para la apicultura.

Gracias a ello, pudimos encontrar mujeres interesadas en colaborar con nosotras, con IROKO en nuestro proyecto de artesanía, en el que se realizan bolsos, mochilas y carteras que posteriormente se venden en España, financiando así próximos proyectos con el dinero recaudado, contribuyendo así a la circulación del flujo económico.

Mujeres trabajando en el taller de artesanía

Por todo lo descrito anteriormente, podemos ver que la población togolesa, y especialmente en Apeyemé, está abierta a la realización de proyectos en colaboración con otras entidades, ya sean locales, como nacionales e internacionales. Para ello, es importante crear espacios de diálogo donde se puedan recoger, presentar y compartir las diferentes problemáticas que interesan a la población. De modo que conjuntamente, se puedan decidir soluciones y trazar el plan de acción que lleve hacia los objetivos propuestos. 

Durante nuestra estancia, hemos participado en encuentros donde se compartían los diferentes intereses sociales. El hecho de encontrarnos con estos espacios ya conformados con anterioridad a nuestra llegada, ha facilitado en gran medida tanto el compartir experiencias, como conocimientos sobre las diferentes realidades de la comunidad en Danyí – Apeyemé. En una de las reuniones, se nos presentaron claramente diferentes problemáticas. Por ejemplo, la creación de aulas o espacios de aprendizaje y alfabetización para las personas mayores. En segundo lugar, una diversificación del trabajo femenino, que está tradicionalmente dividido entre el ámbito de la costura y la peluquería. Y en tercero, la posibilidad de la conciliación familiar, puesto que las mujeres cada vez se encuentran más presentes en el mercado laboral, al mismo tiempo que son las encargadas de la crianza de los hijos, lo que dificulta en gran medida la organización del tiempo.

En conclusión, a través de este artículo se ha tratado la importancia de la pequeña acción social como motor de proyectos más grandes. De los acuerdos establecidos y de cuáles han sido las principales actividades que hemos realizado en colaboración con la comunidad local. No obstante, aún queda mucho trabajo por delante para hacer frente a las dificultades a las que se enfrenta la acción social en el país.

Reunión para las elecciones del comité, Todomé

Tras todo lo vivido durante esta pequeña experiencia, puedo decir que, lo que más me emocionó desde el principio fue la fortaleza de los lazos comunitarios, y de la constancia con la que trabajan muchas de las personas por lograr que estas iniciativas locales lleguen a buen puerto, mejorando así, no sólo sus propias vidas sino de aquellos a los que quieren.

Publicado en: Togo, Voluntariado internacional Etiquetado como: Emprendimiento, Género, Sostenibilidad ambiental

Gandiol, Senegal. María López del Paso.

14 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

1ª Experiencia del viaje: llegada y acogida por la entidad:

Después de varias convocatorias fallidas en las que esperaba recibir una plaza para este programa, había asumido que el viaje no era para mí. Sin embargo, para mi sorpresa, recibí una llamada de un número desconocido: «Maryam, te llamo del CICODE». Contesté emocionada: «¡No me lo puedo creer! ¿No me digas que…». La respuesta fue afirmativa: «Sí, sí te digo. Este viaje es para ti». Aquí comenzó mi frenética carrera con los preparativos del viaje. La emoción, la motivación y la alegría hicieron que todo fuera más fácil, aunque los pequeños y grandes detalles del viaje me abrumaron.

El día antes del vuelo, me encontré completamente bloqueada. Tenía que limpiar a fondo armarios y cajones porque una amiga se quedaría en mi casa para cuidar a mis gatos y plantas. No quería que pensara mal de mí si la casa no estaba impecable. Resultado final: terminé haciendo la maleta a la medianoche. Entre medicamentos, maquillaje, cremas, burkinis, y demás, la maleta pesaba mucho más de lo permitido, y la de mano estaba a punto de estallar. No podía dejar de pensar que no usaría ni la mitad de las cosas que llevaba. El autobús hacia Madrid salía a las 08:00, y me había dormido a las 05:00 (no lo recomiendo). Decidí no preparar ni agua ni comida, ya que había vivido en Madrid durante 7 años y estaba acostumbrada a mi parada en Abades o en el bar La Paradita, donde me esperaba un delicioso bocadillo de tortilla. Sin embargo, el tiempo calculado para la parada comenzó a fallar. Cerca de Madrid, la gente empezó a usar el baño portátil continuamente. Al final, no hubo parada. Acepté la situación con alegría, el autobús me dejó en el aeropuerto a las 13:00, con tiempo suficiente para comer y reposar, ya que las puertas de embarque abrían a las 17:00. Disfruté de un bocadillo de chipirones por 14 euros, delicioso, pero el precio complicó la digestión.

Llegó la hora de embarcar. Aunque odio los aeropuertos, me encanta el despegue de los aviones, así que estaba ansiosa por llegar a ese momento. Sin embargo, la maleta pesaba 7 kilos de más. A pesar de mi optimismo inicial, la situación no mejoró. La azafata del mostrador, una de las más amables con las que he tratado, me sugirió cambiar cosas a la maleta de mano o ponerme ropa para aligerarla. Así lo hice, sudando por los nervios, el Red Bull que había tomado de un trago, y el calor madrileño. Aunque intenté reducir el peso, aún sobraban 4 kilos. La tensión se rompió cuando una señora, al verme acalorada, se dirigió a la azafata diciendo: «¿Por qué no se quita eso la muchacha? Por lo menos mientras esté aquí…» (No entendí del todo, pero me pareció que no se refería al aeropuerto sino a España como país, y no a las mochilas, sino a mi pañuelo y su suposición de que regresaba a mi país de origen). La azafata, con empatía y respeto, me permitió pasar la maleta con exceso de peso y le respondió a la señora: «Ella se pone eso aquí y donde quiera, es su elección». Yo añadí: «Libre elección». Nos miramos con respeto y la azafata me entregó mis billetes. Viajé con Royal Air Maroc y esperaba con ilusión la escala de 4 horas en Casablanca.

Tras pasar el control de seguridad, me uní a un grupo de hombres senegaleses que, como yo, parecían desorientados en el aeropuerto. Juntos, logramos encontrar nuestra puerta de embarque. Decidí ir al baño, que estaba justo enfrente, para refrescarme. Al retirar mi pañuelo y lavarme la cara, decidí entornar la puerta que daba a la calle. En apenas 10 segundos, la puerta se abrió bruscamente y un hombre comenzó a increparme en un tono que parecía más relacionado con problemas auditivos que con el idioma: «¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡PUERTA ABIERTA EH!» Estupefacta y sin poder articular palabras, solo pude cubrirme. Una joven senegalesa con la que había entablado conversación en el baño intervino: «Perdón, pero es el baño de mujeres y ella solo necesitaba entornar un poco la puerta para poder…». Fue interrumpida de forma brusca: «Mira, a mí no me importa la religión que ella tenga, pero aquí se respetan las normas». Empujó la puerta y se alejó sin dar margen a respuesta. No era la indicación, sino el tono lo que nos dejó un mal sabor de boca. La joven me dijo con sinceridad: «Lo siento mucho, de verdad». Yo sonreí y respondí: «No te preocupes, seguro que tenía un mal día». Cuando llegó el momento de embarcar, la diversidad a bordo hizo que el etnocentrismo se desvaneciera. Las risas, la amabilidad y las miradas cómplices crearon un ambiente cálido. La comida, de sabor marroquí fue generosa y deliciosa para ser un menú de avión. Mientras servían las bebidas, el bajón del Red Bull empezó a hacer efecto. Pedí un café, pero me dijeron que no había. Sin embargo, a los 10 minutos, un azafato sonriente apareció con una taza rebosante de café caliente y fragante, a pesar de que era para la tripulación. Me sentí casi como si estuviera en un jet privado. Tras disfrutar de unas páginas de mi libro, aterrizamos en Marruecos. Al llegar noté diferencias en el trato hacia las personas negras por parte de la seguridad magrebí. Entendí algo de dariya (dialecto marroquí) y detecté algunos apelativos peyorativos.

Cada vuelo sufrió un retraso de más de una hora, y mi móvil se apagó. El cambio horario me desorientó. Me inquietaba que Pablo, quien había organizado que un taxista me recogiera en el aeropuerto, pensara que no llegaría y se hubiera marchado. Intenté cargar el móvil y contactar para avisar del retraso, pero pasé hora y media buscando un enchufe que funcionara sin éxito. Decidí volver a entrar al aeropuerto y probar suerte. Al mirar hacia mi izquierda, entre el tumulto de personas, vi un cartel con mi nombre. Nunca antes había sonreído así, como si estuviera en una escena de película. Me llené de felicidad, pero también de preocupación por el tiempo que el conductor había estado esperándome. Pablo me facilitó el transporte hasta Hahatay* a pesar de la hora tardía. Me dijo que el taxi tenía un precio alto, lo cual no comprendí completamente. Pensé que sería por la distancia desde el aeropuerto o la ciudad. Estaba claro que el trayecto era largo, pero mi cerebro trasnochado no lo dedujo. En el taxi comencé a tener microsueños. Mi madre solía advertirme que no me durmiera en el taxi, y a esas horas me pareció sensato no hacerlo, aunque estaba cansada y desorientada. Le pedí al conductor que me dejara en un hotel.

Alrededor de las 06:00 de la mañana, el taxi se detuvo en una calle oscura, un portón metálico se abrió, y me ayudaron con las maletas. Todo estaba oscuro, pero se vislumbraban sonrisas. Pablo y tres chicos jóvenes me dieron la bienvenida. Una chica me saludó y me abrazó con un cálido «Wa Salam alikum» (la paz sea contigo). Me asombró la calidez y el hecho de que hubiera gente dispuesta a recibirme a tan altas horas. Pablo me llevó a mi habitación, y me sorprendió al ver que era una habitación preciosa con una cama enorme. A día de hoy, uso los domingos para disfrutarla un poco antes de comenzar el día. Mi necesidad de una ducha me llevó a hacer una de las preguntas más tontas que recuerdo: «¿Tengo baño para mí?» Pablo sonrió y asintió. Agradecí y me dirigí a dejar mis cosas y ducharme. El baño merece un párrafo por sí mismo. Con el neceser y la toalla en mano, me encontré con un baño con el techo abierto, desde el cual se veía el amanecer y algunas palmeras que danzaban suavemente, pintando el cielo con colores cambiantes. El baño contaba con una ducha «occidental» y un cubo con una jarra. Elegí la segunda opción y arrojé agua sobre mi cuerpo con la jarra. Fue una sensación increíble. Luego, mientras hacía mi rutina de cuidado de la piel, escuché un ruido y miré hacia arriba: ¡Un mono! Estaba mirándome a una distancia de apenas un metro. Me quedé boquiabierta… el mono imito mi expresión facial y abrió la boca en señal de sorpresa. No podía creerlo: había llegado a mi destino, tenía la habitación más bonita que podía imaginar, y un mono acababa de imitarme. No podía procesarlo todo. Me recosté en la enorme cama, mi corazón acelerado. Aunque no había tenido tiempo ni necesidad de pedir la clave del wifi durante nuestra breve interacción, en ese momento necesitaba escuchar una meditación guiada, algo que hago cada noche. Gracias a la desconexión, logré conectar conmigo misma y, por primera vez en mi vida, pude dormirme concentrándome en mi respiración. Recordé a una gran amiga decir: «Siempre nos olvidamos de respirar».

Me despertó el sonido de la puerta abriéndose. Hacía mucho calor y no había sábanas, así que pedí que cerraran la puerta para poder cubrirme. Era Laura, una de mis anfitrionas. Una vez me vestí con lo primero que encontré, me llevó a comer a casa de «Mama Khady» (madre de Mamadou Dia, fundador de Hahatay) para celebrar Tabaski. (Eíd al-Adha o Fiesta del Sacrificio (en árabe : عيد الأضحى‎ ). Estaba muerta de sed, desorientada y necesitaba un café con urgencia, pero no había tiempo. Percibía la tensión y, aunque no entendía mucho, me sentía mal por hacerlos esperar para algo tan importante. Llegamos a casa de Mama Khady, donde conocí a Mamadou Dia, sus hijos, y a Laura, su esposa, quienes me acompañaron allí. Después de comer, llamé la atención de los niños de la casa. A pesar de la falta de palabras, establecimos un bonito vínculo. Mamadou me dijo: «Yo te conozco», y pensé que bromeaba, hasta que comenzó a darme detalles de cómo nos habíamos encontrado en septiembre pasado en Casa Manse, Senegal, primero en la recepción de un hotel y luego en el desayuno. Miré sus anillos y conecté con el recuerdo. Efectivamente lo recordaba; me ayudó a comunicarme con la recepcionista del hotel y luego, en el desayuno, ambos estábamos sentados frente a frente. ¡Qué curiosa coincidencia!  «El mundo es muy pequeño´´ dijimos a la vez, y muy hermoso, añadiría a día de hoy.

Y aquí comienza mi estancia, una experiencia vital que ha sido fundamental para integrar conocimientos de libros y conferencias que apenas habían rozado la superficie del conocimiento decolonial que estaba por venir. ¡Gracias, CICODE! ¡Gracias, Pablo! ¡Gracias, pequeña gran Khady, Laura y Mamadou!

«Descubriendo Hahatay: Experiencias y Aprendizajes en el Corazón de Senegal»

Mi llegada coincidió con las vacaciones de Tabaski (Eíd al-Adha o Fiesta del Sacrificio (en árabe : األضحى عيد( , que podría traducirse como Día del Cordero, es la festividad mayor de los musulmanes. En Senegal y otras regiones del África subsahariana toma el nombre de Tabaski), lo que me permitió adaptarme tranquilamente. A medida que Hahatay se reactivó y comenzó a funcionar, pasé mis primeras semanas junto a Salomé, Paps y Beltrán, residentes de Hahatay.

La organización Hahatay nace tras el viaje de Mamadou a España. Mamadou Dia, originario de Gandiol, un pequeño pueblo de pescadores el cual se ha visto perjudicado por el abuso de la pesca internacional y la apertura de la Lengua de Barbarie (que generó una gran catástrofe natural), se crió junto a su madre Khadija, una gran mujer conocida por su vasto conocimiento “no académico” y sus grandes dotes en los negocios. El ímpetu de Mamadou por ayudar a su madre y a sus 25 hermanos sumando las 4 veces en las que se le había negado el visado de forma injusta (el consulado de Francia tiene un sistema de visas que algunos tachan de “mafioso”: Pagas todas las tarifas y se te niega, sin devolución o explicación alguna. El porcentaje de visados admitidos es bochornoso) lo llevó a tomar una patera en la que prometió a sus acompañantes que si salía de allí con vida contaría al mundo aquella experiencia. Naciendo así el primer libro de Mamadou Dia “3052”. La cifra que da nombre a su libro es la distancia entre Murcia (donde fue escrito) hasta Gandiol. Tras el éxito que tuvo y su incansable lucha por enseñar y aprender en un mundo occidentalista volvió a Senegal con el objetivo de fundar Hahatay (Carcajada en Wolof). Le dio ese nombre debido a la inevitable carcajada que salía de él cada vez que recordaba la dramática situación que le llevó a lanzarse al mar y como aquello dio un vuelco tan inesperado.

Hahatay es una organización que tiene el objetivo de darse a la comunidad, desde el arte y la cultura hasta la agricultura y ganadería, desde las escuelas infantiles hasta el intercambio cultural con aquellos españoles que estén listos para despojarse de su etnocentrismo y mucho más que se me hace difícil clasificar.

Salomé estaba trabajando en su trabajo fin de máster sobre migración, un tema similar al que yo había abordado recientemente. Esto me brindó una excelente oportunidad para intercambiar ideas y conocimientos con ella, así como con Mamadou Dia, quien aporta una perspectiva valiosa basada en su experiencia personal y un notable poder de introspección y reflexión.

Paps y Beltrán, bailarines profesionales, entrenan intensamente de 09:00 a 14:00 todos los días. De hecho, su dedicación al baile es tan completa que se pasan el día entero, desde que se despiertan hasta que se acuestan, moviéndose al ritmo de la música. Uno de nuestros planes dominicales, que consistía en ir a la playa para bailar y meditar, dejó una huella profunda en mí.

Aunque la coordinación de mi actividad allí fue a veces confusa, resultó ser una experiencia extremadamente enriquecedora. Con Pablo y Mamadou, decidimos que, dada mi experiencia y currículum, sería más beneficioso para mí rotar por las diferentes instalaciones de Hahatay. A continuación, detallo algunas de las actividades que llevé a cabo:

En el Centro Cultural Aminata, en respuesta a la nueva postura política de Senegal respecto al genocidio palestino, propuse la creación de una coreografía que combinara la música tradicional senegalesa y su danza con el Dabke. El dabke es parte vital de la herencia Palestina que ayuda a preservar la identidad Palestina que la ocupación ha tratado de eliminar y tiene raíces comunes con Gandiol y Hahatay, ya que uno de los proyectos de Hahatay es volver a traer la forma tradicional de construcción que ha sido desvanecida por la presión del pensamiento colonial, el barro y la paja. La región levantina hacía el techo de sus casas con ramas de árboles y barro. Cuando el tiempo cambiaba, el barro se agrietaba. Los miembros de la familia y la comunidad palestina se reunían para repararlo, formando una línea, uniendo sus manos y pisoteando el barro en su lugar. Un proceso que ambas comunidades comparten.

En Tabax Nite, coordiné el material de comunicación para las formaciones agroecológicas y las visitas relacionadas: https://www.instagram.com/tabaxnite/

Tabax Nite, uno de los proyectos más grandes y en constante construcción de Hahatay, incluye un centro médico, la Casa de las Mujeres, un centro de comunicación, una radio, una academia de formación en diversos ámbitos (como construcción mediante reciclaje, hierro, y madera), y una granja con huerto. La granja experimenta con nuevas formas de agricultura debido a la salinización de las tierras cultivables en Gandiol, con el objetivo de ofrecer alternativas agrícolas a la comunidad.

Además, Hahatay cuenta con una planta de reciclaje, gestionada exclusivamente por mujeres jóvenes, y dos centros en Saint Louis dedicados a la formación artística y al laboratorio de fotografía. Conecté con Mame, una de las fotógrafas del centro, y le propuse un proyecto para realzar la belleza de la mujer en el Islam, destacando que la modestia también puede ser moda y desafiando las normas sociales que sexualizan y objetivizan el cuerpo de la mujer. Estamos a la espera de contar con el espacio adecuado para llevar a cabo esta idea.

En la granja, que ha recibido numerosos premios y es conocida por sus prestigiosas formaciones, descubrí que estos centros forman parte de una vasta red de pequeñas empresas emprendedoras. Uno de estos emprendimientos es Ban ak Suf (tierra con arena en wolof), un grupo de mujeres jóvenes que se están formando en construcción con adobe (barro, arena y paja) con el objetivo de ser autónomas como empresa.

Pasé días con ellas, pintando cabañas, reparando la granja y realizando trabajos en las paredes con cemento.

Durante la temporada de campamentos, específicamente en el Campamento Attaya, que recibe a españoles para pasar varias semanas, formé parte del equipo de coordinación, gestionando actividades infantiles junto a mi compañero Balla y atendiendo las necesidades del grupo. El campamento, que se realiza desde 2012, busca promover el intercambio cultural y ofrecer experiencias que beneficien a la comunidad local. Los primeros voluntarios que llegaron construyeron la misma escuela que ahora programamos pintar con los nuevos voluntarios.

Las actividades del campamento incluyen:

● Debate Ubuntu: Espacios de intercambio cultural, palabra que nace del apartheid sudafricano y significa «Yo soy porque tú eres».

● Taller de Baile.

● Visita al Parque Nacional.

● Visita a Saint Louis.

Uno de los objetivos del campamento es proporcionar a los jóvenes del pueblo una experiencia intercultural que les es difícil alcanzar debido a las restricciones del sistema que nos permite a los españoles viajar en este tipos de programas mientras a ellos, que son expuestos a la cultura occidental como la excelencia desde la más temprana infancia se les cierra esta puerta.

Mi objetivo personal no era solo investigar la migración provocada por la presencia neocolonial, sino aprender y adaptar este conocimiento a mi proyecto de formación de profesionales en el ámbito de la migración. Gracias a estos campamentos, adquirí técnicas y enfoques que me ayudarán a desarrollar mi proyecto de manera más efectiva.

«Entre la Arena y el Arte: Reflexiones de un Viaje Transformador a Senegal»

Aún estoy allí, atrapada en el eco de una experiencia que me transformó profundamente. No he logrado regresar completamente, ni física ni emocionalmente. El ritmo vibrante de la vida que experimenté, la música, los colores intensos, los sabores exquisitos, los paisajes cautivadores y, sobre todo, la calidez de su gente, me absorbieron de tal manera que ahora me resulta difícil encontrar mi lugar en mi entorno actual. La vivencia que tuve allí era lo que me faltaba para sentirme completa; una vez vivida, ahora desde la distancia, me siento inconclusa. Echo de menos a mis hermanas senegalesas, el café touba y las salidas al amanecer para comprar pan. Aunque debo admitir que mi dieta sigue siendo la misma: desayuno pan con café y almuerzo arroz con pescado. Me levanto a la misma hora, porque nunca antes había estado en mejor forma, tanto mental como física, y deseo mantener estos hábitos. Sin embargo, hay una diferencia significativa: mi etnocentrismo se ha desmoronado. Siento que el individualismo europeo me resulta cada vez más pesado. Ya no puedo ignorar los efectos del colonialismo y cómo nos jactamos de tener una ‘mejor vida’ basada en un neocolonialismo que sustenta nuestro bienestar social. Esta realidad ya rondaba en mi mente desde hace años, pero esta experiencia la ha concretado.

Llegué con propuestas y con la expectativa de encontrar mi lugar allí, sin tener en cuenta que Hahatay es una organización formada desde el sacrificio y la disciplina. Eran como la maquinaria precisa de un reloj, y me di cuenta de que, en realidad, no me necesitaban; yo los necesitaba a ellos. Me sentí desorientada, incapaz de encontrar mi lugar, a pesar de mis esfuerzos. No comprendía la falta de horarios estrictos o directrices precisas, no entendía que no estaba en Europa, ni que mis clases de intervención social en la UGR no eran aplicables allí. Me encontraba en un entorno donde muchas mentes pensantes y apasionadas se habían sincronizado en un ritmo que yo juzgaba desde una perspectiva completamente desajustada a esa nueva realidad cultural. En una conversación con Mamadou sobre la orientación que buscaba, me miró a los ojos y me preguntó: «Maryam, ¿cuál es tu sueño, tu meta?» Le respondí que terminar el doctorado en estudios migratorios. Entonces él me dijo: «Entonces, tu mayor obstáculo para alcanzar tu meta vital es tener o no tener un buen tutor, una buena orientación. Para mí, para mi pueblo, la meta es el mar, es lanzarse al mar. Tú has crecido en un entorno que te ha permitido visualizar una meta con la que ayudar a las personas. Nosotros creemos en un sistema académico que nos enseña la cultura, la lengua y la historia de un país que no es el nuestro, de un continente que ‘es superior al nuestro’, solo para después negarnos el derecho de siquiera visitarlo. Revisa tus prioridades, disfruta la experiencia, estás aquí, aprende.» Esa tarde pasé en la playa hasta el atardecer, escribiendo frente a un chaleco salvavidas que encontré a mi lado. Todo comenzó a encajar en mi mente.

Al mismo tiempo, a través de los campamentos (el Campamento Attaya, surgido de la necesidad íntima de Mamadou de desmontar prejuicios al establecer amistades en España), he aprendido a aplicar métodos antiracistas menos reactivos, basados en el cuidado y la amabilidad. En el Campamento Attaya, he conocido a muchas personas con el verdadero interés de ayudar y terminaban descubriendo una comunidad que no necesita ayuda alguna más que el afloje del expolio que ejercemos sobre ellos. He observado cómo se transformaban, desmontaban creencias y se enfrentaban a la otredad mientras desmantelaban prejuicios mediante la risa y la música. A través de mis hermanas senegalesas, he aprendido la importancia de valorar la familia, la unidad, la colectividad y el cuidado del prójimo. En wolof, cuando alguien siente dolor o experimenta algo malo, se dice «Balma», que significa «Siento tu dolor». Esta palabra abarca a toda la comunidad de Gandiol. Viven en casas conjuntas: madre, tía, abuela, padre, hermano, sobrinos, cuñada, prima, creando un entramado de viviendas conectadas donde todos son uno y se sienten uno. Los niños y bebés son considerados una responsabilidad colectiva de los adultos del pueblo; no existen guarderías, pues los niños son atendidos por familiares o por la vecina que los cuida como si fueran propios. La protección de la familia es prioritaria, y aunque este concepto me sorprende y aún estoy asimilándolo, debo reconocer que el fuerte sustento familiar y los lazos que unen a esta comunidad son algo muy distante de lo que vivimos aquí.

Espiritualmente, la experiencia ha sido apasionante. He percibido un gran contraste con lo que conocía hasta entonces. Viven un islam que se ha fusionado con antiguas creencias y tradiciones. Existen dos tipos de colegios: el «francés» y el coránico, siendo el segundo mucho más económico y al que la mayoría asiste. Allí, memorizan el Corán en árabe sin comprender el idioma. Luego está la figura del Marabú, quien conoce la traducción al wolof e interpreta el Corán, siendo considerado un «hombre más cercano a Allah» y representando la figura del sabio que mezcla creencias chamánicas con el islam. Los Marabús se encargan del cuidado y la educación islámica de niños varones de 4 a 9 años cuyas familias no pueden mantener, funcionando casi como un servicio social. Sin embargo, puedes ver a estos niños con ropas raídas, sin zapatos, mendigando después del primer rezo (06:30). Este dinero lo entregan al Marabú, quien lo gestiona. Estos niños son llamados Talibes. Formé un vínculo con los Talibes de Gandiol; cada vez que iba a comprar pan, me esperaban en una rotonda y compartíamos el pan y jugábamos un poco. En las noches en que iba al puesto de Aicha a por una hamburguesa, cenábamos juntos mientras los más pequeños se acurrucaban y el resto apoyaba sus hombros para que se acomodaran. Aicha era una mujer mayor muy dulce conmigo, y solíamos sentarnos en el tranco de su puesto a disfrutar del fresco y charlar mientras observábamos a la gente pasar. El más mayor, que conocía algo de francés, me dijo que su sueño era conseguir una equipación de fútbol para participar en los campeonatos del pueblo y, algún día, llegar a Europa como futbolista para mantener a su familia. Musa y sus compañeros lograron obtener la equipación, jugaron el torneo y él me dedicó su primer gol. No hay nada que desee más que volver a cenar con él algún día y escuchar cada detalle de los partidos que ha ganado.

La mayoría de las mujeres visten con hijab, pero lo colocan y lo quitan según les plazca y no necesariamente cubren todo su cuerpo. Así, las personas que visten de manera más tradicional o religiosa se identifican con el término Ibadu. Senegal es un país laico, y aunque la mayoría de la población es musulmana, las líneas entre religión y secularismo se difuminan, haciendo que la espiritualidad senegalesa sea un espectro fascinante del cual me gustaría escribir más en el futuro. La poligamia es común, y las familias pueden llegar a ser muy grandes. El capital principal de una familia es su descendencia. Un hombre me explicó: «Si tengo 10 hijos y, cuando sea viejo y enfermo, cada uno me da 10 euros al mes, podré vivir muy bien.» Los jóvenes, en cambio, rechazan la monogamia, especialmente las mujeres, pero cada vez más hombres, a raíz de sus experiencias intrafamiliares, optan por la monogamia.

El arte y la belleza de la naturaleza se manifiestan en cada rincón de Senegal, creando una sinfonía visual y sensorial que envuelve a todos los que tienen el privilegio de experimentarla. En este vibrante país, la creatividad no se limita a los espacios tradicionales, sino que se integra de manera orgánica en cada aspecto de la vida cotidiana. La gastronomía se convierte en una forma de arte, con platos que no solo satisfacen el paladar, sino que también narran historias de tradición y cultura. Las calles, llenas de color y vida, son escenarios donde se entrelazan la danza y la música, cada movimiento y cada nota contribuyendo a un espectáculo continuo de expresión artística. Cada día en Senegal era una inmersión en un mundo donde el arte se respira y se vive. Al caer la noche, me iba a dormir con la sensación de haber presenciado la más sublime de las bellezas, esa que trasciende lo visual y toca lo más profundo del alma. Los colores del atardecer, el ritmo de las canciones tradicionales, el aroma de los platos recién cocinados: todo formaba parte de una experiencia sensorial que me dejaba asombrada y agradecida. Pero cada mañana, al despertar, me encontraba con el desafío de superar lo que había vivido el día anterior. Senegal tiene una manera especial de elevar continuamente las expectativas, de ofrecer cada jornada una nueva oportunidad para maravillarse y descubrir algo aún más hermoso. Cada amanecer era una promesa de nuevas sorpresas, un recordatorio de que la belleza y el arte en este país nunca dejan de sorprender y de inspirar. Desde la elegancia de las danzas tradicionales que narran historias ancestrales hasta las letras de las poesías que reflejan el alma de la tierra, todo en Senegal me invitaba a sumergirme más profundamente en su rica cultura. El arte, en todas sus formas, no solo embellecía el entorno, sino que también se convertía en un lenguaje común que unía a las personas, creando una comunidad vibrante y creativa. Esta experiencia me enseñó que el verdadero arte y la belleza no están confinados a museos o escenarios, sino que están vivos en las calles, en las risas compartidas, en la música de cada día y en los gestos cotidianos. En Senegal, el arte es una forma de vida, y vivir en medio de esta constante efervescencia creativa ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Cada día, al irme a dormir, llevaba conmigo el eco de la belleza y el arte que había experimentado, y al despertar, me sentía impulsada a buscar y a crear algo aún más impresionante, sabiendo que en este rincón del mundo, la inspiración nunca se agota.

En resumen, mi experiencia en Senegal ha sido una revelación profunda que ha transformado mi percepción del mundo. La inmersión en una cultura rica y diversa me ha permitido desafiar mis propias creencias y entender el verdadero valor de la colectividad, la familia y la espiritualidad.

Me he dado cuenta de que, a menudo, el verdadero crecimiento personal surge cuando nos enfrentamos a realidades diferentes y nos dejamos llevar por el flujo de la vida en su forma más auténtica y cruda. El contraste entre mi vida anterior y la vida en Senegal ha puesto de manifiesto las grietas de mi etnocentrismo, abriendo mis ojos a las complejidades del neocolonialismo y a la profunda humanidad que se encuentra en cada rincón del mundo. Las lecciones aprendidas, desde la importancia de las relaciones comunitarias hasta el valor de una perspectiva intercultural, han sido invaluables. Volver a casa no significa regresar a la normalidad previa, sino integrar las experiencias vividas y continuar creciendo con ellas.

Echo de menos a mis hermanos y hermanas senegalesas, los momentos compartidos y las enseñanzas que me han acompañado en cada paso de mi viaje. A pesar de la distancia, el impacto de Senegal permanece en mi corazón, recordándome que la verdadera riqueza de la vida se encuentra en la conexión con los demás y en la capacidad de aprender y adaptarse. Espero con ansias el día en que pueda regresar, mientras tanto, llevaré conmigo las memorias, las enseñanzas y el amor que me brindaron, sabiendo que en cada gesto de cariño y en cada risa compartida, una parte de Senegal sigue viva en mí. Volveré a sentarme junto al mar, a escribir con el chaleco salvavidas como testigo silencioso, recordando las palabras de Mamadou y los sueños compartidos con Musa. Y en cada paso que dé, en cada decisión que tome, llevaré conmigo la esencia de una experiencia que me ha enseñado que, a veces, el mayor regalo es la capacidad de ver el mundo a través de los ojos de otros y de encontrar nuestro lugar en un mosaico de culturas y corazones entrelazados.

Publicado en: Senegal, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Emprendimiento, Género

Un viaje al corazón de Bolivia. Marc Balleste i Tarrés

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

La llegada

Bajo las faldas del nevado Illimani se levanta una de las capitales más altas del mundo (3.640 m) y cuyo nombre conmemora la restauración de la paz después de la guerra civil que siguió a la insurrección de Gonzalo Pizarro contra Blasco Núñez Vela, primer virrey del Perú. Este enclave urbano, cuyo nombre evoca paz, se ha convertido en mi hogar temporal y en el de tantos otros extranjeros que, como yo, han sido asombrados por su encanto único. Que curiosamente, a pesar de ser sede de gobierno y centro neurálgico de la actividad política, económica y cultural, La Paz no es la capital del país, cuya atribución constitucional es Sucre, ciudad ubicada en el departamento de Chuquisaca.

Llegué en el aeropuerto de El Alto, ciudad colindante de La Paz, después de casi 24 horas de viaje, incluyendo una escala en Bogotá, Colombia, donde ya me espera pasadas las 3 de la madrugada un taxista colaborador asiduo de Ayuda en Acción, la fundación con quién estaré realizando mi voluntariado internacional los próximos cuarenta y cinco días. Antes de empezar tendré 5 días libres, para acomodarme, adaptarme a la altura, visitar la ciudad de La Paz y, sobre todo, cruzarme el país hasta el municipio de Tupiza, cerca de la frontera con Argentina.

Mientras me preparo para las semanas venideras, llenas de desafíos y aprendizajes, me siento profundamente agradecido por la oportunidad de descubrir este país que no suele sonar en las agencias de viajes, Tripadvisor, ni en las recomendaciones de páginas como Booking o AirBnB. País con una mezcla única de tradición y modernidad, gente cálida y paisajes asombrosos, y una espectacularidad cultural constante.

Desde el teleférico – que se ha convertido en un símbolo de progreso, unión y en una solución innovadora para el transporte urbano – se puede apreciar la magnitud de esta urbe que parece desafiar a la geografía. Las casas se aferran a las laderas de la hoyada paceña, creando un anfiteatro natural que tiene como telón de fondo las cumbres nevadas de la cordillera.

Por otro lado, constantemente se percibe como la diversidad cultural de Bolivia se manifiesta en cada esquina de La Paz. Es fascinante observar cómo las tradiciones originarias y prehispánicas conviven en armonía con la modernidad. Las calles empinadas de la ciudad son un testimonio vivo de esta fusión: mujeres con polleras coloridas caminan junto a jóvenes profesionales, mientras que los mercados tradicionales comparten espacio con centros comerciales contemporáneos.

A modo de ejemplo, en medio de una ladera ocre de la ciudad boliviana de La Paz resalta un barrio aymara de 150 casas multicolores, semejante a un macromural, inspirado en las favelas brasileñas. «Ch’uwa Uma» (‘vertiente cristalina’, en lengua aymara) es un barrio peculiar, situado a 3.800 metros de altitud, donde viven 400 familias de origen indígena. Su colorido lo destaca de los demás barrios que lo rodean. Sus calles y fachadas ostentan murales con imágenes de hombres, mujeres y niños nativos. Una de las 10 líneas del teleférico de La Paz sobrevuela esa zona y desde lo alto se aprecian las fachadas en colores pasteles -rojos, celestes, rosados, amarillos, verdes, azules y naranjas-, trazados en formas rectangulares o triangulares.

Un Viaje al Corazón de Bolivia

Hace apenas un mes, aterricé en el aeropuerto de El Alto con una mezcla de emoción y nerviosismo. Había leído y estudiado mucho sobre Bolivia, pero nada me preparó para la riqueza cultural y humana que estaba a punto de descubrir. Sin embargo, no es descabellado percibir ánimos convulsionados entre la gente, especialmente en las zonas más urbanas; y es que hace exactamente un mes el país vivió un fallido golpe de estado militar que dejó al descubierto un país dividido en medio de una crisis política y económica.

Entre tanto, mi actividad de voluntariado ya ha empezado, con la primera comunidad visitada. Esta se encuentra en las alturas del departamento de Chuquisaca. El viaje en sí mismo fue una aventura: carreteras serpenteantes que se elevaban hacia el cielo, atravesando paisajes que parecían sacados de otro planeta. A medida que ascendíamos, el aire se volvía más fino y el sol más intenso, recordándome que estaba entrando en el territorio de quienes han vivido en armonía con estas montañas durante milenios. Al llegar, coincidimos con una ceremonia originaria que nunca olvidaré. Era agosto, el mes dedicado a la Pachamama (Madre Tierra), y tuve el privilegio de participar en una k’oa, un ritual ancestral de ofrenda y agradecimiento. Los ancianos de la comunidad prepararon cuidadosamente una mesa ritual con diversos elementos simbólicos: hojas de coca, dulces, lanas de colores, incienso, y pequeñas figuras que representaban deseos de prosperidad.

Me explicaron que la k’oa es una forma de pedir permiso a la Pachamama para trabajar la tierra y agradecer por sus bendiciones. El aroma del incienso y las hierbas aromáticas quemadas llenaba el aire, mientras las palabras en quechua, aunque incomprensibles para mí en ese momento, resonaban con una profunda reverencia por la naturaleza y los ancestros. Observé cómo cada miembro de la comunidad se acercaba a la mesa para hacer sus ofrendas personales, un acto que reflejaba la profunda conexión entre el individuo, la comunidad y el entorno natural.

En este contexto tan rural, llegué con el objetivo de dar talleres de emprendimiento. El primero fue una montaña rusa emocional. Los nervios afloraban, es lógico, sobre todo cuando aún no te has acostumbrado a la “hora boliviana” y todo se retrasa al menos veinte minutos y aparecen constantemente nuevos “imprevistos”. Combinado con muchas dudas antes de empezar ¿Sería capaz de conectar con los participantes? ¿Serían relevantes mis conocimientos en este contexto tan diferente? ¿tiene sentido alguno llegar hasta aquí para impartirlos? Mis preocupaciones se disiparon rápidamente al encontrarme con un grupo de estudiantes y profesores ávidos de conocimiento y dispuestos a compartir sus propias experiencias.

Armado con mi presentación en PowerPoint y ejemplos de startups de Silicon Valley, me encontré frente a un grupo de estudiantes y agricultores cuya realidad estaba a años luz de mis diapositivas. Fue entonces cuando entendí que tendría que desaprender para poder enseñar. Los días siguientes fueron un ejercicio de humildad y adaptación. Cambié mis ejemplos de apps por casos de pequeños negocios locales. Aprendí sobre la economía del trueque y cómo un buen análisis de costos puede significar la diferencia entre comer o no al final del mes. Mis alumnos se convirtieron en mis maestros, enseñándome sobre resiliencia, creatividad y el verdadero significado de la innovación. Mis últimos talleres fueron muy diferentes de los primeros. Ya no hablaba de «maximizar beneficios», sino de «crear valor para la comunidad». Discutíamos cómo un negocio podía preservar la cultura local y proteger el medio ambiente. Y, lo más importante, aprendimos juntos, en un intercambio genuino de conocimientos y experiencias.

El último baile

Después de casi dos meses en Bolivia y regreso a casa, es momento de parar y reflexionar. Ver, en perspectiva, todo lo vivido que no ha sido poco.

Las últimas semanas de mi estancia fueron, sin duda, las más impactantes. Justo cuando mi mente comenzaba a anticipar el regreso, mi corazón se aferraba con más fuerza a cada instante vivido en esta tierra fascinante. La inminencia de la partida intensificó cada experiencia, convirtiendo cada conversación en la última fórmula de exprimir todo el nuevo conocimiento posible, cada paisaje se convertía en un espectáculo único e irrepetible. Mi cabeza pretendía memorizar cada una de estas vivencias con la intención de que perduren en mi memoria.

El punto culminante de mi viaje llegó con la visita a San Lucas y Camargo, un rincón remoto de Bolivia donde el tiempo parece fluir a un ritmo diferente. Allí tuve mi encuentro más profundo con las comunidades indígenas, una experiencia que sacudió los cimientos de mis creencias y expectativas.

En San Lucas, la vida se desplegaba ante mí en su forma más auténtica y cruda. Los agricultores, con sus manos encallecidas, narraban historias de lucha, resistencia indígena y  perseverancia sin necesidad de palabras. Los rostros marcados por el sol y el viento eran testimonios vivos de una sabiduría ancestral. En este lugar, la conexión con la Pachamama no era un concepto abstracto, sino una realidad tangible en cada gesto y ritual. Mi escepticismo espiritual y religioso entró en stand by para dejarme converger y penetrar en estos nuevos estilos de vida durante unos días. 

Desde el momento en que pusimos un pie en la comunidad, fuimos recibidos con una calidez y entusiasmo abrumadores. Los lugareños, vestidos con sus trajes tradicionales llenos de colores vibrantes, nos dieron la bienvenida con danzas típicas originarias que narraban historias ancestrales. El sonido de los sikus, charangos y las zampoñas llenaba el aire, creando una atmósfera mágica. Nos ofrecieron ch’alla, una ofrenda tradicional a la Pachamama, invitándonos a participar en sus rituales sagrados. Era como si el tiempo se hubiera detenido y estuviéramos viviendo en un momento suspendido entre el pasado y el presente. Bailes, ofrendas, rituales, comida y más comida, todo el pueblo en la calle. Parecía una escena sacada de una película.

La celebración se extendió durante todo el día y hasta bien entrada la noche. Compartimos platos típicos preparados con ingredientes locales, cada bocado era una explosión de sabores nuevos y emocionantes. Bailamos juntos, torpemente al principio, pero poco a poco nos fuimos soltando, guiados por la alegría contagiosa de nuestros anfitriones. A medida que el sol se ponía, encendieron fogatas y la fiesta continuó bajo un cielo estrellado que parecía infinito.

Esta experiencia no solo marcó el final exitoso de un proyecto, sino que también simbolizó la unión entre culturas, el entendimiento mutuo y la alegría compartida. Fue un recordatorio poderoso de que, a pesar de nuestras diferencias, la música, la danza y la comida tienen el poder de unirnos a todos. Esa noche en San Lucas, más que nunca, me sentí parte de algo mucho más grande que yo mismo, conectado a una comunidad global y a una humanidad compartida.

Solo el azar quiso dejar lo mejor para el final. Mi última semana en Bolivia fue, sin duda, la más especial y emotiva. No solo por la conmovedora despedida con mis compañeros de la oficina en Tupiza, sino por las cálidas bienvenidas -que para mí eran agridulces despedidas- que nos brindaron las comunidades originarias en San Lucas y Camargo

Estas experiencias finales no solo marcaron el cierre de mi voluntariado, sino que también simbolizaron la unión entre culturas y el entendimiento mutuo. Fue un poderoso recordatorio de que, a pesar de nuestras diferencias, compartimos una humanidad común que trasciende fronteras y lenguas.

Mientras me despedía, con el corazón lleno de gratitud y los ojos humedecidos, supe que estas memorias y lecciones me acompañarían para siempre. Bolivia, con su rica tapicería de culturas y paisajes, no solo había sido mi hogar temporal, sino que se había convertido en una parte indeleble de mi ser.

Publicado en: Bolivia Etiquetado como: Educación, Emprendimiento

Latinoamérica en movimiento: experiencias y reflexiones en Cusco. Paula Jaimes Rico

22 octubre, 2025 por marivimf Deja un comentario

Al llegar a Cusco tuve un sentimiento dual: una cierta familiaridad, pero también un fuerte contraste con mi último año en España. Recordé mi ciudad natal, Cúcuta, que al igual que Cusco, es una ciudad secundaria en el contexto nacional —en este caso, de Colombia. Me sorprendió sentir que había perdido algunas de mis “habilidades latinas”. La ciudad me recibió con cierta hostilidad: tráfico denso, mucho movimiento, escaso espacio peatonal, basura en las calles, perros callejeros, trabajadores informales, ruido constante… Era como si uno tuviera que pelear por el espacio, por el derecho a habitar la calle.

Me sentí confundida al principio, pero rápidamente me fui adaptando al ritmo y movimiento. La calidez de las personas que me recibieron contrastaba con la crudeza del entorno, que refleja profundas brechas sociales: desigualdad, pobreza y falta de gestión del espacio público. Cabe aclarar que mi percepción se construye desde la zona central de Cusco, que —como bien se observa en muchas ciudades latinoamericanas— suele concentrar estas dinámicas.

Más adelante, al explorar el centro histórico, me sorprendió encontrar un espacio mucho más ordenado y turístico. Allí se refleja, casi físicamente, la historia de Perú y de América Latina: la mezcla, el mestizaje. Las iglesias coloniales se alzan sobre los templos sagrados de los incas, y los turistas —en su mayoría extranjeros— conviven con las personas locales dedicadas al comercio y al turismo. En ese momento resonaron en mi mente algunas reflexiones de Silvia Rivera Cusicanqui sobre la identidad mestiza como una forma de colonización interna, que disfraza las relaciones de poder bajo la idea de una armonía cultural. Rivera plantea que:

“El mestizaje ha sido una trampa ideológica que busca borrar la memoria indígena y reproducir la                                          dominación                                          colonial                   desde                    adentro.”

—Silvia Rivera Cusicanqui, Ch’ixinakax utxiwa: Una reflexión sobre prácticas y discursos

descolonizadores

Esto me hizo reflexionar aún más sobre el contraste con Colombia, donde lo indígena ha sido mucho más invisibilizado. En muchos sentidos, hemos adoptado un modelo occidentalizado que tiende a negar esa otra parte de nuestra identidad. En cambio, en Perú, el pasado precolombino no solo es más visible, sino también motivo de orgullo y, paradójicamente, motor del turismo. Sin embargo, esa visibilidad no garantiza inclusión. Las comunidades campesinas y quechua-hablantes siguen siendo de las más vulnerables y excluidas del país, como lo pude constatar durante mis primeros días de voluntariado, cuando asistí a un taller de habilidades blandas en una comunidad alejada.

Esta es mi primera vez viviendo en otro país de América Latina, y la experiencia me ha llevado a cuestionarme sobre la identidad latinoamericana y su significado: ¿cuáles son nuestras coincidencias?, ¿cuáles nuestras diferencias?, ¿es posible hablar de una identidad compartida basada en el pasado colonial y en los problemas sociales comunes que nos aquejan?

Me reconozco extranjera —en Perú y también en España. Soy “la otra” para mis compañeros de voluntariado, y también para muchas personas peruanas. Y sin embargo, es justamente esta idea de una identidad “latina” la que me ha permitido sentirme parte de algo mayor: de historias, referencias, prácticas y cosmovisiones compartidas. Al mismo tiempo, también soy voluntaria proveniente de España, con los privilegios que implica haber podido estudiar y vivir allí. Paradójicamente, eso también ha moldeado mi experiencia en Perú, acercándome más a mis compañeros europeos, con quienes he podido compartir, comparar, aprender y conectar.

 

Crónicas desde Guamán Poma: entre la gestión pública y el territorio

El tiempo pasa rápido. Los días corren, y aun así , por momentos siento como si llevara años aquí . Las jornadas transcurren entre el trabajo en oficina y el acompañamiento que realizamos a los talleres de capacitación en las municipalidades. Hemos visitado Poroy, Chinchero y Cachimayo, espacios donde, junto con las y los asistentes, he podido aprender sobre temas fundamentales de la gestión pública: inversiones, contrataciones y Procompite, una ley peruana que busca impulsar el desarrollo productivo mediante la financiación de planes de negocio de emprendedores locales que concursan a través de sus asociaciones en distintos niveles de gobierno.


Ha sido muy interesante observar como la gestión pública se debate entre la necesidad de modernizarse —a menudo tomando como referencia modelos de países como España— y las dificultades que impone la realidad local: la corrupción, la falta de recursos y las escasas herramientas para adaptar las nuevas leyes, diseñadas en Lima, a los contextos diversos del territorio.
Algo que se repite constantemente en los talleres es la falta de interés de muchos funcionarios por formarse en estos temas. Con el tiempo, esa aparente desmotivación cobra sentido: la sobrecarga laboral y las formas de contratación precarias que enfrentan hacen casi imposible que puedan capacitarse o innovar. El sistema, paradójicamente, exige eficiencia y transparencia, pero no ofrece las condiciones necesarias para alcanzarlas.
En momentos así —sobre todo considerando el inestable clima político que atraviesa el Perú — puede resultar frustrante ver como los grandes esfuerzos de las organizaciones sociales se enfrentan a estructuras que parecen diseñadas para que poco cambie. Aún así , cada día salimos a trabajar, y cada día se aprende algo nuevo. Se sigue promoviendo el cambio, incluso asumiendo su dificultad.

Como politóloga, ha sido una experiencia profundamente enriquecedora observar este trabajo de incidencia en las municipalidades: los aciertos, las críticas, y los desafíos que surgen tanto desde quienes formulan las políticas como desde quienes las implementan en el territorio y dan la cara al público. En medio de esa compleja trama institucional, queda claro que transformar lo público no es tarea sencilla, pero sí profundamente necesaria.

 

 

 

 

 

Tupananchiskama: hasta que la vida nos vuelva a encontrar

Mis últimos días en el Centro Guaman Poma de Ayala transcurrieron entre emociones intensas. Poco a poco, mis compañeros y compañeras de voluntariado fueron emprendiendo el regreso, y cada despedida dejaba un pequeño vacío, pero también un enorme agradecimiento. Fue inevitable sentir la nostalgia al verlos partir uno a uno, mientras comprendía el lazo de cariño y confianza que se había tejido en tan poco tiempo.

Cada persona dejó una huella especial en el equipo y en la comunidad, y todos nos llevamos también algo invaluable: aprendizajes compartidos, risas, complicidades y la certeza de haber aportado, desde nuestras áreas de conocimiento, a un proyecto común. Más allá del trabajo técnico, construimos emocionalidades y tejido humano, tanto con las personas como con el territorio.

Durante mis últimos días, dediqué gran parte de mi tiempo al Manual para la transversalización del enfoque de género en Guaman Poma, un documento que reúne herramientas conceptuales y metodológicas para incorporar la igualdad en la gestión institucional y en los proyectos. Su construcción fue un proceso de aprendizaje profundo, que combinó la revisión de marcos teóricos con la adaptación a la realidad local y las experiencias del equipo. Incluye orientaciones prácticas, actividades participativas y metodologías sobre temas como la prevención de violencias basadas en género, la economía de los cuidados, la salud sexual y reproductiva, y la comunicación con enfoque inclusivo. Verlo tomar forma fue también reconocer el esfuerzo colectivo de una organización que apuesta por transformarse desde adentro.

Yo fui de las últimas voluntarias en salir. Vi las lágrimas de despedida, pero también las promesas de reencuentro, las sonrisas entre abrazos y esa sensación tan extraña y hermosa de saber que algo cambió dentro de uno mismo. En medio de la nostalgia, también hay plenitud: la certeza de haber vivido algo irrepetible y de haber encontrado, lejos de casa, un lugar donde sentirse parte.

Porque, como decimos en Colombia, “nadie nos quita lo bailado”. A pesar de las partidas, nos quedan las experiencias, los aprendizajes y esos momentos significativos que nos recordarán siempre quiénes fuimos en este lugar. Me despido con una palabra quechua que escuchamos en cada cierre y que resume el espíritu de este viaje:
“Tupananchiskama”, hasta que la vida nos vuelva a encontrar —con los territorios, con las personas, y con esos pequeños hogares que vamos dejando por donde pasamos.

 

Publicado en: Perú, Voluntariado internacional Etiquetado como: Emprendimiento

Perú en Primera Persona: Mi Experiencia como Voluntario. Carlos Alguacil López

6 octubre, 2025 por marivimf Deja un comentario

Mi llegada a Perú y primeros pasos en el voluntariado

 

Mi llegada a Perú fue una experiencia muy positiva desde el primer momento. La acogida que recibí me permitió sentirme como en casa, algo que sin duda agradezco muchísimo. La adaptación no ha sido complicada gracias al apoyo de compañeros como Cristian, Will, Giovanna o Paola, quienes me han acompañado en cada paso y me han ayudado a integrarme en el día a día de la organización. Además, con el resto de los voluntarios hemos formado una auténtica piña: compartimos no solo trabajo, sino también vivencias, conversaciones y momentos de ocio que hacen que la experiencia sea todavía más enriquecedora.

Estoy participando en dos proyectos muy interesantes: Fondoempleo y Work4Progress, cada uno con dinámicas diferentes, pero ambos con un gran impacto en la vida de los emprendedores locales.

En Fondoempleo, nuestra labor principal ha sido recoger encuestas para seleccionar a los beneficiarios que recibirán formación y tendrán la oportunidad de acceder a un fondo semilla. Este busca impulsar sus negocios y darles una base más sólida para crecer. Me ha parecido una dinámica muy enriquecedora porque se parece mucho a un concurso de ideas de negocio en el que participé en la UGR. La diferencia es que aquí los emprendimientos no se quedan en un concepto o idea, sino que son negocios reales, con historias y familias detrás, que buscan mejorar su calidad de vida a través del trabajo. Hemos visitado sus emprendimientos y conversar directamente con ellos me ha permitido conocer de cerca sus objetivos, dificultades y estrategias. Este contacto humano me ha marcado mucho, porque me recuerda que detrás de cada proyecto hay personas que luchan cada día por salir adelante. Además, el equipo con el que estoy trabajando es extraordinario Mario, Heidi y Kami son profesionales muy comprometidos que me enseñan constantemente y de los que aprendo un montón.

Por otro lado, en Work4Progress estoy desarrollando la parte más vinculada a la informática. Han considerado que mi experiencia podía aportar valor y me han pedido crear una aplicación para el control de costes e ingresos. El objetivo es que los emprendedores tengan una herramienta sencilla y práctica que les ayude a organizar mejor las finanzas de sus negocios, algo fundamental para que puedan tomar decisiones informadas y sostenibles. Para mí, este reto ha sido muy estimulante, porque combina mis conocimientos técnicos con la posibilidad de generar un impacto real en la vida de las personas. Paralelamente, también he asistido a diversas capacitaciones organizadas por el proyecto. Estas sesiones me han permitido abrir la mente, conocer otras realidades y comprender mejor la situación actual de Perú en relación con el emprendimiento, la inclusión y el desarrollo económico local.

Más allá del trabajo, esta experiencia está siendo un verdadero aprendizaje de vida. Cada día me doy cuenta de nuevas cosas: la importancia de la colaboración, el valor del esfuerzo colectivo y lo mucho que se puede lograr cuando las personas se unen con un propósito común. Estoy aprendiendo a mirar el mundo desde otra perspectiva, a valorar las pequeñas cosas y a reconocer la fuerza de las comunidades que luchan por un futuro mejor.

En resumen, mi llegada y primeras semanas en Perú han sido intensas, motivadoras y muy gratificantes. Me siento afortunado de poder vivir esta experiencia, de aprender de tantas personas valiosas y de poner mi granito de arena en proyectos que tienen un impacto real en la vida de los emprendedores. Estoy convencido de que lo que queda por delante será igual de enriquecedor, y espero seguir compartiendo en este espacio mis avances, aprendizajes y reflexiones.

 

 

 

 

 

Continuamos en Perú, con proyectos que avanzan y primeros resultados
Ya estoy super adaptado y, veo cómo los proyectos toman forma. Mantengo la misma sensación de acogida que conté en mi primera entrada: el equipo no solo acompaña, también impulsa. Y con el resto de voluntarios seguimos siendo una piña: trabajamos, conversamos y celebramos cada pequeño avance.
Novedades en Fondoempleo
En Fondoempleo hemos cerrado una etapa importante: ya terminamos las encuestas y empezamos a llamar a las personas seleccionadas que participarán en el programa. La semana que viene arrancan las formaciones en municipalidades como Saylla y Lucre, con contenidos muy prácticos: control de gastos, registro de ingresos y habilidades blandas para fortalecer la gestión del día a día. Me ilusiona especialmente porque siento que estas sesiones serán muy útiles: están diseñadas para necesidades concretas que vimos en campo. Volver a conversar con los emprendedores, ahora con la noticia de su selección, ha sido un recordatorio potente de que detrás de cada negocio hay una historia, un esfuerzo y una familia.


Novedades en Work4Progress
En Work4Progress estoy viviendo mi primer contacto real con el desarrollo tecnológico aplicado al territorio, y me está encantando:
1.
Entrevistas con emprendedores Antes de diseñar o programar nada, quisimos entender de primera mano cómo gestionan su negocio: qué usaban para llevar gastos e ingresos, si es que los llevaban, que les gustaría tener en un aplicativo y qué les gustaría mejorar. Hicimos un formulario para ir recabando información, pero lo que más me sirvió fue las charlas con los emprendedores que daban muchas ideas y cosas a tener en cuenta.
2.
Empezamos a mejorar la aplicación Con esa información, empezamos a construir la app, para que respondiera mejor a sus necesidades. Refinamos pantallas, simplificamos procesos, esto era lo más importante, que fuera simple y fácil de usar para que les fuera útil, y añadimos opciones según los comentarios recibidos.
3.
Generación de la APK y pruebas con usuarios Creamos un archivo instalable (APK), que es como una forma de prueba que se tiene que instalar en los móviles de los usuarios, para poder hacer las primeras pruebas con las personas de la oficina. Es una fase de prueba clave: observamos cómo interactúan con ella, qué entienden fácilmente y qué no tanto. A partir de esas observaciones, mejoramos la experiencia y eliminamos errores.
No todo salió perfecto a la primera —aparecieron pequeños fallos—, pero esa retroalimentación es oro: nos permite afinar la herramienta, simplificar pantallas, mejorar la carga de datos y hacerla más clara y útil para tomar decisiones financieras.
Aprendizajes que se quedan
Más allá de las tareas, cada día confirmo la fuerza del trabajo colaborativo y el impacto de construir soluciones con las personas y no solo para ellas. Escuchar, probar, corregir y volver a probar es un ciclo que, aunque exigente, da resultados muy tangibles.
No todo es trabajo (¡por suerte!). Estoy aprovechando para conocer el lugar: ya visité el Valle Sagrado y el glaciar más grande del mundo, el Quelccaya. Me encanta conversar con la gente, descubrir las historias que hay detrás de cada una y sentir cómo me voy integrando poco a poco. Esta experiencia está siendo muy positiva, tanto en lo profesional como en lo personal.
En resumen, estas semanas han sido de avances: participantes confirmados, formaciones a punto de empezar y una app en manos de usuarios reales. Me siento afortunado por lo aprendido y motivado por lo que viene. Seguiré compartiendo por aquí mis progresos, aprendizajes y reflexiones.

Wasiyki Perú: un hogar para siempre
Han pasado ya dos meses y miro atrás con una mezcla de alegría, nostalgia y gratitud inmensa. No podría haber imaginado una acogida tan cálida ni una experiencia tan completa. Cusco me ha regalado mucho más de lo que traje: me ha ofrecido un hogar lejos del mío, una familia entre los voluntarios y un sinfín de momentos que guardaré siempre.
En Guaman Poma me he sentido cuidado como si fuera uno más de la familia. Cada persona del equipo ha tenido un gesto, una palabra o una sonrisa que me han hecho sentir valorado y querido. Mención especial para Paola, que me ha mostrado la cara más amable de Perú, enseñándome tanto con su ejemplo como con su cariño. Agradezco también a la FSU y a la UGR por hacer posible esta experiencia, que sin duda me ha transformado profundamente.
He aprendido a mirar la vida desde otra perspectiva: a quedarme con lo bueno, a entender que las diferencias nos enriquecen y a disfrutar de cada día intensamente. Este viaje me ha enseñado a reír más, a escuchar mejor y a valorar el poder de las pequeñas cosas: una conversación, una caminata, una comida compartida o una simple mirada cómplice entre compañeros.
En Fondoempleo hemos iniciado las capacitaciones, y ha sido precioso ver cómo los emprendedores, que al principio apenas se conocían, ahora forman un grupo unido, con confianza, apoyo mutuo y mucha ilusión. El contenido de las sesiones es muy potente, pero lo que más valoro es lo que le comenté a Mario un día: “lo mejor de estas capacitaciones son las conexiones que se crean, el conocimiento que se transmite sin darse cuenta.”
Agradezco enormemente a todo el equipo, porque cada viaje al Valle Sur no solo ha sido un trabajo, sino una experiencia compartida llena de risas, aprendizaje, paisajes inolvidables y alguna que otra siesta. Esos trayectos quedarán grabados en mi memoria como parte de una etapa muy especial.
En Work4Progress culminé una de las tareas más emocionantes de todo el voluntariado: terminar la aplicación de control de ingresos y gastos. Fue casi contra el reloj, pero el resultado final fue un producto totalmente funcional, listo para subir a Google Play. No puedo estar más orgulloso.
Nada de esto habría sido posible sin Cristian y Will, que estuvieron ahí en los momentos más duros, cuando el cansancio o el código se me atragantaban. Siempre encontraban la manera de sacarme una sonrisa o recordarme por qué valía la pena seguir. Gracias a ellos, este proyecto no es solo una app, sino una prueba de lo que se logra cuando la colaboración y la amistad se unen.

Publicado en: Perú, Voluntariado internacional Etiquetado como: Emprendimiento, Informática

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