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Experiencias que transforman #YosoyAgentedeCambio

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Bienvenida a Bolivia, el Amazonas te espera. María de los Ángeles Mora Ovalle.

17 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

El presente artículo es creado a partir de mi diario de campo personal basado en el voluntariado para la cooperación internacional, que llevé a cabo entre los meses de septiembre y octubre del año 2023, específicamente, en el proyecto Cuidado y rehabilitación de la vida silvestre en el Santuario Machía de la Comunidad Inti Wara Yassi en Bolivia.

Se iba acabando el verano, según el calendario, y mi travesía recién comenzaba; fue un 07 de septiembre cuando, después de más de 24 horas de viaje, aterricé en Cochabamba, Bolivia, con una misión clara: llegar al Santuario Machía de la Comunidad Inti Wara Yassi, ubicado a las afueras del municipio Villa Tunari.

No me lo creía, nunca estuvo en mi mente la posibilidad de viajar a Bolivia, pero al salir del Aeropuerto Internacional Jorge Wilstermann, ya era real, estaba en Bolivia, dispuesta a comenzar tan dichoso voluntariado para el que meses antes había aplicado. Solo disponía de una hoja de papel con instrucciones para llegar a la localidad, una vaga idea de lo que haría durante las próximas cuatro semanas y la total disposición y emoción que trae consigo una nueva experiencia. No obstante, debía conocer, con anterioridad a mi llegada, el propósito por el cual me aventuraba; es por ello, por lo que días antes me puse en la tarea de investigar un poco acerca de la ONG a la cual llegaría. Por los mismos motivos que me llevaron a conocer acerca de la labor de esta organización, considero importante centrar al lector en el contexto del voluntariado llevado a cabo. 

La Comunidad Inti Wara Yassi es una ONG boliviana que trabaja a favor de los animales silvestres; de la mano de un equipo de profesionales y voluntarios se encargan de darles una mejor calidad de vida a la fauna que ha sido rescatada del tráfico ilegal. CIWY tiene la misión de cuidar y aportar a la dignificación de la vida de los animales silvestres que en algún momento fueron vulnerados y retirados de su medio natural por el ser humano. Además, no solo concentran sus esfuerzos en acciones posteriores a la extracción de la fauna de su hábitat, sino que buscan prevenir este tipo de comportamientos del ser humano hacia los animales, por medio de campañas de educación a favor de la conservación y preservación de la biodiversidad, y la concientización del pueblo boliviano hacia la protección de la fauna y flora nativa. La ONG cuenta con tres santuarios ubicados en distintas zonas del país: Santuario Machía (Cochabamba), Santuario Ambue Ari (Santa Cruz) y Santuario Jacj Cuisi (La Paz); cada uno de estos cuenta con personal altamente cualificado para realizar las labores de cuidado y mantenimientos tanto de la fauna como de las instalaciones. En la actualidad, por motivos administrativos y territoriales, el Santuario Machía, al cual me dirigía e iba a ser mi destino final, se encuentra en un proceso de traslado desde hace tres años aproximadamente, y será reubicado, tanto instalaciones como animales y personal, en los dos santuarios restantes. 

He de decir que al conocer un poco la labor y proyección de CIWY me entusiasmé aún más, por ello, desde el desconocimiento total de lo que me esperaría y solo siguiendo las instrucciones que me dieron con anterioridad, con el constante monitoreo de la encargada de CIWY Machía, pude llegar al Santuario en surubí. 

A mi llegada, mis primeras impresiones no fueron acerca del lugar, sino que fueron sobre mi presencia en el mismo, me veía como una completa turista y, a simple vista, pareciera que no encajaba nada con el lugar, tal vez por mi vestimenta al momento de llegar o por mi extravagante elección de maletas para llevar mi equipaje, que usualmente sería ideal para un viaje largo, pero considerando que el Santuario se encuentra en la selva amazónica de Bolivia, sobresalían bastante mis dos maletas de 10 kilos arrastrables. A pesar de eso, cansada, hambrienta y expectante por lo que vendría a continuación, ese mismo día inició mi participación en CIWY como voluntaria internacional. 

Mi primera semana en el Santuario Machía debo definirla como de aprendizaje; era nueva, no conocía a nadie y no sabía qué debía hacer. A pesar de haber trabajado con animales silvestres con anterioridad, los contextos eran bastante diferentes. Mi experiencia radicaba en animales de zoológico, en donde se cuida y dignifica la vida animal, mientras el público visitante tiene la oportunidad de observar; los Santuarios de CIWY son totalmente opuestos a las premisas que maneja un recinto de esta índole, en este caso, se busca el bienestar de los animales y brindarles una vida digna sin exponerlos al contacto con visitantes. 

Con mi llegada, fui introduciéndome teóricamente en el funcionamiento interno de CIWY, su misión, visión, propósitos, metodología, todo aquello que tendría que saber para iniciar con las actividades más prácticas; la coordinadora y la bióloga del Santuario fueron orientándome en las reglas del lugar y presentándome con el personal e involucrados que desde ese momento serían mis compañeros, y más tarde amigos. 

Oficialmente, mi papel en CIWY inició el día 08 de septiembre; este día comenzó un proceso de aprendizaje práctico y experimental, que con el pasar de los días se iba nutriendo cada vez más. 

El Santuario Machía se divide en varias áreas, dependiendo de las necesidades y posibilidades de los animales, teniendo esto en cuenta, haré énfasis en los sectores con los que tuve más contacto a lo largo de mi estancia: el sector Tierra, al cual fui asignada, se encarga de dieciocho monos capuchinos, de los cuales catorce machos y dos hembras viven dentro de jaulas individuales, por aparte, dos hembras que se encuentran en libertad, pero se han acoplado tanto a la manada que son visitantes recurrentes  en esta área, especialmente, durante las horas de la comida; el sector Cielo, alberga diecisiete monos capuchinos que durante las noches son resguardados dentro de jaulas y, en las mañanas y tardes se encuentran en semilibertad por medio de la implementación de los runners; el Mirador 1 es un sector alejado de las instalaciones principales, a quince minutos caminando en subida, a mi parecer es un área bastante especial, pues vela por los monos que se encuentran en libertad a la vez que por los monos en runners, la entrada es restringida solo para personal autorizado por motivos de seguridad. A pesar de que gran parte del tiempo mi presencia se limitó exclusivamente al sector Tierra, visité los sectores Cielo y Mirador 1 en algunas ocasiones cuando se requería apoyo.

En el sector Tierra, conocí a quienes serían el foco de mi atención por las siguientes cuatro semanas; Peterli, Sterling, Chucky, Clarita, Martín, Santi, Roberto, Timo, Pepito, Juanito, Auri, Oliver, Víctor, Harold, Muelas, Martincho, Victoria y Tarzana, todos monos capuchinos, desde ese momento se convertirían en parte de mi vida social más inmediata y, sin imaginarlo, en mis consentidos con el pasar del tiempo. Aprendí que, como todo ser vivo, cada uno de estos monos tiene su propio carácter, y a pesar de que en un principio los veía a todos físicamente iguales el tiempo me demostró que no podían ser más distintos el uno del otro. 

Mis tareas en Tierra, como en todas las demás áreas, se enfocaban en velar por el bienestar de los animales; la entonces coordinadora del área se encargó de enseñarme todo lo que se debía hacer en el sector, además de aconsejarme acerca de cómo manejar a cada mono, explicándome que, dependiendo de su temperamento, yo, como nueva presencia, sería aceptada o no en su manada. 

La rutina era la siguiente:

  • De 07:00 a 08:00, comienza la jornada; siguiendo un cronograma de dietas divididas por días de la semana, se les sirve el desayuno a los monos, usualmente, consistía en dos tipos de verduras previamente lavadas y desinfectadas; luego de distribuir los alimentos, en el tiempo restante se inicia con la limpieza de las dos jaulas más grandes, en las que con ayuda de la presión de la manguera se retiran los restos de comida y suciedad que, posteriormente, serían retirados.
  • De 08:00 a 09:00, es la hora del desayuno del personal. 
  • De 09:00 a 12:30 se procede con la limpieza de las demás jaulas, manguereando y retirando los restos de comida y desechos que se encuentren al alcance, se les brinda agua a los monos y se les distribuye enriquecimiento ambiental, para luego iniciar con la limpieza interna de alguna jaula que se encuentre desocupada en el momento. La limpieza consiste en restregar los suelos que con el pasar del tiempo han ido acumulando moho, cepillar los elementos ubicados dentro de la jaula, desinfectar las instalaciones con amonio cuaternario disuelto en grandes cantidades de agua y, por último, ubicar el enriquecimiento ambiental dentro de la jaula, para luego cerrarla.
  • De 12:30 a 13:00, se prepara y distribuye el almuerzo de los monos, este consiste en frutas, frutos secos, semillas o croquetas.
  • De 13:00 a 14:30 es el almuerzo del personal.
  • De 14:30 a 16:30, se prepara y reparte el snack a los monos y se reanudan las labores de limpieza de la jaula que se esté organizando, usualmente, en este horario nos adentramos en la selva con el propósito de conseguir ramas de mediano tamaño para ambientar las jaulas dándoles una apariencia más selvática.
  • De 16:30 a 17:00, se rellenan los cuencos de agua, y se prepara y distribuye la cena de los monos, esta es bastante variada, puede consistir en frutas y granos en distintas elaboraciones.
  • De 17:00 a 17:30, se procede con la limpieza final de todas las jaulas y se termina la jornada.

El salir de las instalaciones en busca de ramas era un trabajo diario. Esta tarea fue una de las labores de las que más aprendí; ya que para conseguirlas debía de buscarlas primero, proceso que podría prolongarse un tiempo considerable debido a que se buscaban ciertas ramas con características específicas: ramas de tamaño mediano y grande con abundancia de hojas medianas. Al principio fue un reto, aventurarme a las zonas cercanas más selváticas, subiendo montañas, bajando al cauce del río o trepando grandes piedras, siempre acompañada de un machete para cortar las ramas. He de decir, que las primeras dos semanas yo era la persona menos habilidosa utilizando un machete, pero al ser un trabajo constante, con los días fui adquiriendo técnica para cortar sin mayor problema, además, tuve de maestro a uno de mis compañeros quien me enseñó como hacerlo con más facilidad.

De la rutina, aprendí que todas las labores que realizaba eran por los monos y para los monos; el alimentar, limpiar, desinfectar, jugar, se convirtieron en una rutina del día a día que amaba hacer.

Hubo ocasiones, en donde mi rutina cambiaba ligeramente, pues se estableció un horario de rotación del personal en donde cada cierto tiempo debía aventurarme dentro de la selva en un camino de quince minutos en subida para llegar a Mirador 1, equipada con una maleta llena de alimento y medicación para los monos que allí se encontraban; una vez allí, entregaba la maleta al encargado del área, quien distribuía su contenido, para después emprender mi camino de regreso a Tierra. De igual manera, hubo días donde el trabajo resultaba tan extenso que el encargado del sector Cielo solicitaba ayuda para terminarlo en horario. Si algo debo de resaltar es el espíritu colaborador y solidario que hay entre los miembros del personal, sentido que con el tiempo desarrollé, puesto que, a pesar de trabajar en sectores distintos, todos éramos un equipo trabajando por un mismo objetivo: darles una mejor calidad de vida a los animales silvestres que CIWY acoge.

Durante el transcurso de esta experiencia, debo decir que no todo fue color rosa, también hubo ciertas dificultades que afronté y que una vez superadas me hicieron entender donde me encontraba. En el Amazonas, las temperaturas y la elevada humedad propiciaban la abundancia de insectos, mismos a los que, aún hoy, les tengo terror, pero debía convivir con ellos cada día, pues en el Santuario se respeta la vida de todo ser vivo y, por mucha incomodidad que me causasen, tampoco era capaz de atentar en su contra. 

Con el pasar de los días, tanto el clima como los insectos fueron temas que aprendí a superar, claramente, de la mano de mis compañeros quienes cada vez que un bicho se acercaba a mi habitación corrían a ayudarme. Es inevitable para mí resaltar que el personal del lugar fue fundamental en mi proceso de adaptación; además, vivir en estas condiciones durante cuatro semanas me hizo madurar como persona y valorar mi propia cotidianidad. Descubrí aspectos de mí misma que no conocía, como la fuerza mental que puedo tener si me lo propongo; durante la jornada de trabajo ignoraba todos mis miedos e incomodidades, pues mi mente tenía un objetivo que alcanzar, no importaba cuantos bichos se me acercaban, ni pestañeaba; mientras que, fuera de la jornada, aseada y dispuesta a descansar, temía por lo mismo que no me importaba horas antes.

A pesar de las pequeñas dificultades, siempre esperaba ansiosa cada día ver a los monos, y muchos de ellos, también me esperaban con la misma emoción; como en el transcurso de todas las relaciones sociales, hay con quienes nos llevamos mejor que con otros, con los capuchinos pasaba lo mismo, dependiendo de su carácter me llevaba mejor con algunos, con otros teníamos una relación meramente formal y había otros a los que se les notaba que no era su persona favorita. 

Fueron los monos mismos quienes me enseñaron a leerlos: sus gestos, acciones, miradas, comportamientos y sonidos significaban cosas distintas. Tienen sus propias personalidades como Víctor con su típico carácter serio de macho alfa; Sterling, Muelas y Juanito con su enérgica actitud; Roberto que te recibe cada día con un grito de emoción y su característica ternura; Clarita quien siempre fue muy dócil y selectiva, tanto así que escogía su propia porción de comida cuando se le ofrecía; Auri y Martincho quienes siempre buscaban pillar alguna parte sobresaliente de mi vestimenta para jalarme; Santi, Tarzana y Victoria, quienes como cualquier grupo de amigas, se respaldaban una a la otra cuando estaban en desacuerdo con alguna acción que se hacía en Tierra; Harold, que nunca estaba demasiado lleno como para rechazar comida extra; Pepito y Timo, a los que les encantaban las ramas con flores de las mañanas; Chucky, siempre emocionado por la comida y atento a todo; Oliver abrazando su cobijita con su típico balanceo de adelante hacia atrás; Martín, que buscaba agarrar el cepillo cada vez que barría cerca de su jaula; y, Peterli que siempre acudía a mi llamado.

Cada uno era muy especial a su propia manera, y conociéndolos aprendí que sus instintos siguen presentes, muy a pesar de ser animales que modificaron sus comportamientos por influencia humana, siguen siendo animales silvestres y sus instintos no han desaparecido, es por ello, que se debe ser muy precavidos y entender que no se trata de muñecos de peluche; por el contrario, son seres vivos que pueden reaccionar en cualquier momento.

El trabajo con los monos capuchinos fue el elemento principal y propósito de mi voluntariado, pero no olvido que el factor humano estuvo presente todo el tiempo. Las encargadas del Santuario, en conjunto con los trabajadores, practicantes y demás voluntarios, todos fueron de gran apoyo durante mi estancia. Nuestra convivencia fue más allá del ámbito de trabajo, pues todos compartíamos casa; se trató de una experiencia totalmente multicultural, donde no solo pude conocer la cultura boliviana, específicamente de Villa Tunari, sino que, junto a la veterinaria y la bióloga del lugar, al ser las tres colombianas, pudimos compartir parte de la nuestra; una de estas oportunidades fue la noche de patacones, donde pudimos compartir esta delicia de Colombia y el Caribe acompañado de diversos aderezos y de buena música vallenata. Sin embargo, no fue el único momento que compartimos, nuestra vida en casa estaba llena de momentos en los que nos encontrábamos en la cocina a la hora de la cena o cuando nos reuníamos para hacerle una despedida a alguno de los trabajadores y voluntarios que ya habrían terminado su estancia con CIWY, estas siempre involucraban comida. 

Personalmente, la comida del lugar fue, como todo, una nueva experiencia para mí; la comida era vegetariana, pero era cocinada de distintas formas que ni se notaba la falta de carne, he de decir que los almuerzos eran una completa delicia. En muchas ocasiones, la cocinera del lugar, Doña Benita, nos deleitaba con sus delicias culinarias al terminar la jornada, en estos días esperábamos ansiosos a las 17:30 para darles un mordisco.

Bolivia me sorprendió de manera muy grata, mi estancia se caracterizó por la vivencia de buenos momentos en los que aprendí de una realidad diferente; logré adaptar mi rutina a la propia del lugar, mi dieta a la que se me proporcionaba y mis costumbres a las bolivianas, sin perder las mías; en este sentido, fue una experiencia totalmente recíproca en las que CIWY me aportaba y yo los apoyaba con los trabajos que se me asignaran. 

Este voluntariado internacional me enseñó más de lo que podría haber imaginado y me llevó a conocer personas maravillosas que me aportaron al desarrollo de una nueva versión de mí misma, en donde soy consciente del gran poder que tiene el ser humano sobre los demás individuos de la naturaleza y de cómo el mismo ha aprovechado esta ventaja de manera perjudicial y soberbia sobre la misma. El cómo llegaron estos animales a CIWY y bajo qué circunstancias específicas son situaciones bastante lamentables, pero después de mi experiencia he de decir que han llegado al mejor lugar, en el que son cuidados y apreciados, se les valora como individuos y se dignifica su condición de animales silvestres sin olvidar que poseen instintos presentes. 

A pesar de que la existencia de este tipo de organizaciones como CIWY se deba al mal obrar del ser humano, no quiere decir que la extracción de un animal silvestre de su hábitat sea acción positiva; por el contrario, a los animales les repercute más de lo que les aporta. Estos centros surgen como herramienta para amortiguar los efectos que causa está interacción humano-animal, pero lo ideal es prevenir este tipo de comportamientos respetando su hábitat natural y a la naturaleza en sí.

Chucky y Clarita acicalándose. 

Roberto después de recibir su comida.

Noche de patacones en casa del personal y voluntarios

Yo en el sector Tierra.

Preparando la cena de los monos capuchinos: bolas de avena y plátano.

Clarita viéndose al espejo que se le da como enriquecimiento ambiental.

Mural de CIWY

Monos del Sector Tierra.

Timo restregandose una cebolla que le fue entregada como enriquecimiento ambiental.

Ambientando las jaulas con las ramas previamente cortadas.

Yo dándole comida a los monos.

Clarita escogiendo su propia comida.

Marta y Santi acicalándose.

Ramas para ambientar las jaulas.

Cronograma de comidas de los monos capuchinos.

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Sostenibilidad ambiental

Foro Bolivia, un reencuentro inesperado. Carmen de Rivero. Diego Lagos Sierra.

16 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

En el avión tengo la costumbre de escuchar canciones del país que me recibirá, en este caso las recomendaciones cercanas fueron de “Chacareras”, con ánimo de darle una banda sonora a la experiencia que se avecinaba. Escucharlas (https://www.youtube.com/watch?v=FzKfx6J6AdY) era sentirme de nuevo con ritmos e instrumentos que me eran familiares. Para contextualizar un poco, soy colombiano, y volver desde España a otro país Latinoamericano era un reencuentro que esperaba con ansias.

Al bajar del avión, en la puerta de llegada, un chico espera el regreso de su (creía yo) prometida con un ramo gigante de flores y algunos globos de helio enormes con forma de piolín que, en una tipografía tan bombacha como colorida decían, “te amo”. ¿Una propuesta de matrimonio? Pues no, solo no se veían hace un par de semanas y el anhelado reencuentro era presenciado por un testigo, su perrito, que en la mitad del aeropuerto saltaba de la dicha al ver de nuevo a su humana. Tal muestra de cariño, que demostraba más ganas que pena, me situaban en otro espacio que carecía de puertas y barreras para conocerlo. “Bienvenido a Bolivia” me dijeron Víctor y Jenny, quienes me estaban esperando luego de manejar durante 10 horas seguidas desde Carmen de Rivero hasta el Aeropuerto de Santa Cruz, recorrido que tendríamos que volver a realizar de retorno desde el momento de nuestro encuentro. Desde allí me sentí en casa. Su calidez humana, sencillez, capacidad resolutiva, tranquilidad, humor espontáneo y poco pretensioso, me prometían un equipo de trabajo digno de agradecer y cuidar inicialmente por los próximos dos meses.

La primera parada fue para comprar la hamaca para pasar las noches y botas para recorrer el monte, pues mi estancia en la selva tropical me permitiría estar más en contacto con los majestuosos arboles nativos toborochis, que con semáforos. Con la luz de la mañana iban abriendo también las puertas del mercado de Santa Cruz, que por estos lados es un lugar de placer al paladar que sabe disfrutar de las comidas lentas y populares locales, por una plaza de mercado puedes saber las frutas y vegetales que están de temporada, así como poder disfrutar de especias y frutos con los que hace tiempo no nos veíamos de frente. Mi primer desayuno fue un delicioso caldo de Charque (proveniente del quechua “charki” que significa: Carne deshidratada) con papa congelada morada y 3 arepas (pan tradicional hecho de harina de maíz) de diferentes formas y sabores que iba coleccionando en el camino a la plaza. Recordaré que ese primer desayuno valió 12 Bolivianos, ahora un breve análisis de lo que significan 12 Bolivianos. Una boliviana promedio gana en su moneda local, por hora de trabajo 13.8 Bolivianos, que vendrían siendo 1.26 Euros por hora (a una tasa de cambio de 9.5 que fue la que encontré disponible al llegar). En contraste a ello alguien que venga de un país Europeo (España por ejemplo) está ganando unos 6.56 Euros (62.34 Bolivianos) por Hora (ambos cálculos según el SMLV Local). Por ende, si quien viene desde afuera goza de una situación estable e ingreso constante y sonante, pues el mismo desayuno le vale solo 11.5 minutos de su trabajo, mientras que a una Boliviana que además trabaja 5 horas semanales de más, el mismo desayuno le equivale a 51.8 minutos de su trabajo diario. ¿Sería necesario tasas diferenciales de precios dependiendo del lugar de donde venimos y lo que ganamos? ¿Hasta dónde podríamos llevar a la práctica nuestro discurso sobre equidad (de género y de clase)? Y, por último, para romperme aún más el coco (cabeza): ¿Qué pasa con los 40 minutos de diferencia que unos gozan y los otros pagan? ¿Dónde se acumulan? ¿Quién disfruta de ese tiempo de vida? ¿Dónde se denuncia dicha desigualdad? Claramente voy pensando en ello mientras me rio de los chistes locales, escucho la radio de domingo adornada con un español que comienzo a reconocer, y mastico mi papa morada con ají de cebolla larga. Comienzo a creer que aquí, al igual que en Colombia, pensar en las desigualdades atormenta, por eso a veces solo se viven.

– “Que tenga un buen día Vecina, que rico el caldo” – le digo a la vendedora de desayunos.

– “Ya” – Me responde.

En la misma mañana, de hecho, en menos de dos horas, compramos una SIM Entel para mi celular, porque es la única que a veces coge en las comunidades; negociamos y compramos un celular de segunda mano para doña Carmen, pues hace tiempo quería un celular con “Wasap”, para enviarle fotos y mensajes a sus nietos. Cambiamos mi dinero con una tasa de cambio bastante buena en comparación con la del aeropuerto; nos pusieron una multa de tránsito por estacionar el carro unos minutillos en una vía principal; hicimos mercado pues en Carmen de Rivero, decían, era todo mucho más caro. A las 9 de la mañana ya estábamos listos para partir, la relatividad del tiempo en su máximo esplendor. La economía informal Cruceña nos acababa de permitir hacer todo lo que necesitábamos en solo un par de calles muy a las 7 am, informal pero eficiente. Lo que no me cuadra es que no se puede romantizar el rebusque y la informalidad laboral que las y los bolivianos tienen que sufrir para subsistir, pues, según decía la OIT, Bolivia presenta el índice de informalidad laboral más alto del mundo (85% de su fuerza laboral).

– “En pocas horas comenzará el Paro de transportadores… donde estarán también priorizadas las vías de salida de Santa Cruz”

Mencionaba el locutor en la radio, mientras nosotros definíamos donde comprar el escaso combustible, que el paro era por la falta de combustible disponible en las estaciones (surtidores de gasolina). El equipo de ProAgro, que fue la entidad receptora supo resolver la escasez de combustible con mucha claridad y sin mayor contratiempo. Por otro lado, el contexto de inestabilidad política y, de igual forma, de resistencia de distintos gremios, me daban la bienvenida a Bolivia, haciéndome sentir que si o si la inestabilidad política afecta la cotidianidad de cualquier persona que habite el espacio geográfico, aunque los hay, sí que son pocos los que se pueden esconder de las crisis.

Fotografía 1. Fila para comprar Diesel (Gasolina) en la Estación “El Mana” en la vía a Carmen de Rivero.

Llegamos a Carmen de Rivero luego de recorrer unos 600 km hacia el oriente del país, a un punto donde estamos mas cerca de Brasil que de Santa Cruz. Con mi hospedaje suplo lo que necesito, estoy en un pueblo de 6.300 habitantes que se alcanzan a ver en su mayoría cuando hay fiestas locales. Tras un día de llegada y de acostumbrarme, decido pasar mi primera noche en Hamaca a la intemperie escuchando los pájaros, bichos, viendo las millones de estrellas, escuchando la música chacarera de algún vecino, rascando a los perros vecinos, disfrutando de la tranquilidad y comenzando la planeación que me diría qué y cómo hacer en los siguiente días.

Al cuarto día ya estábamos partiendo a terreno hacia las 7 comunidades Indígenas Chiquitanas que estaban a lo largo de la carretera hacia el camino del “Rincón del Tigre”. Mas o menos unos 120 KM de recorrido donde conocí a los primeros “Menonitas” en las vías, quienes son una comunidad agraria ortodoxa y cerrada, organizada por Colonias, y que mantiene una estética radicalmente uniforme, overol con camisa de cuadros/rayas y corte de pelo militar en los hombres, y mujeres con vestidos largos y oscuros. Sus familias andaban en tractores que jalaban a su vez tráilers donde permanecían sus hijos idénticamente uniformados. Después ya comentare más sobre los “Menonos”, como los locales les llaman.

Fotografía 2. Camión de Menonitas en camino a su Colmena a la salida de Santa Cruz, Bolivia.

Llegamos a la primera “comunidad Chiquitana”, vaya paisajes increíbles que acompañaron el camino, hasta casi olvido mencionar que nos pinchamos, pero eso es tan normal como fácil de solucionar. No lo vi como un problema si no como etapa necesaria en el recorrido, ya que un viaje conmigo mínimo tiene una pinchada, si se da una segunda esa si no es mi culpa, la primera si, ya que es un evento que siempre me acompaña y que ya hasta disfruto y tengo los chistes y comentarios apropiados mientras “el gato” (herramienta hidráulica que eleva el carro permitiendo cambiar la rueda) hace su función.

Fotografía 3. Carretera afilada y empatía. Despichada de llanta a medio día, camino a Carmen de Rivero.

La pinchada se solucionó no por magia, si no por la amabilidad y empatía de otros conductores, que sin preguntar nada se bajaron a ayudar. La cara de quien se bajó del camión a ayudarnos tenía un bulto gigantesco, que a juzgar desde la lectura de una amiga: “Pobrecito, quien sabe por qué tenía un tumor en su carita”, era de preocupación. Pero no, era solo que mascaba toda la hoja de coca que yo podría meter en mi mano, pues si, él la tenia en su boca desde hace un par de horas. La coca le daba la energía necesaria para tener jornadas de conducción de hasta 12 horas (o más) continuas. Coca con Bicarbonato (Bico) de sabores, la gasolina del pueblo boliviano que se encuentra de venta en cada esquina con vistosos letreros verdes que dicen “la Mejor Coca Machucada de la zona”.

Pasamos por las primeras comunidades y comenzaban consigo los nuevo estímulos, sonidos, tareas y actividades: ¡comenzó lo bueno! …

¡Se está quemando el bosque!

Anuncié en la oficina de la Chiquitanía en Carmen de Rivero una tarde, cuando vi que la montaña ardía en llamas. Sin saber muy bien cómo, pero con la certeza de que era la mejor opción, corrimos con algunas palas, incredulidad y valentía a apagar el incendio. Lo logramos, solo se alcanzaron a quemar dos hectáreas esa noche, lo cual era poco en comparación con lo que sucedería en las semanas siguientes.

En medio de incendios y animalitos que salían quemados y despavoridos de sus territorios, comenzaba mi cuarta semana de actividades. Adaptarme a ver incendios a diario era algo que, aunque podría, no quería aceptar, por lo que era crucial entender de dónde venían. Algunos decían que eran provocados por la población local para limpiar el monte y ampliar la frontera agrícola. Es importante mencionar que estos incendios se daban en zonas ambientales “protegidas”, específicamente en el Área Natural de Manejo Integrado (ANMI) San Matías, lo que significaba la destrucción de miles de vidas animales. Otras versiones señalaban que el modelo de desarrollo de monocultivo y soya, incrementado por la ganadería extensiva promovida por los menonitas, había generado un deterioro considerable de la tierra, traduciéndose finalmente en escasez de agua y sequía, un caldo de cultivo para incendios que, hasta hoy, han quemado cerca de 2 millones de hectáreas en todo el país.

Tenía entonces mucho sentido que gran parte de las actividades en las que me involucré en Bolivia estuvieran relacionadas con el acceso al agua y la construcción de entornos más resilientes y sostenibles frente al cambio climático. Por ende, el proyecto que me recibió estaba enfocado en la apicultura. En un contexto de escasez de agua, inminente sequía y amplia biodiversidad por salvaguardar, trabajar con abejas melíferas silvestres no solo era una opción viable, sino necesaria.

Al principio, mi trabajo con las abejas fue abordado desde la técnica; recibí formación de un experto apicultor para poder acompañar las capturas de los enjambres y trasladarlos a su nuevo hogar.

En una semana capturamos cerca de 20 enjambres en 6 comunidades chiquitanas, lo que significaba que era necesario un constante acompañamiento por parte del equipo técnico, ya que trasladarlas era solo el comienzo; luego vendría el proceso de adaptación, nutrición, alimentación, y en general, domesticarlas en su nueva casa. Después de las primeras 10 capturas, comencé a entender el modo de trabajo de las abejas: cuidar y garantizar la vida de la reina era el objetivo principal, pero además, existían otros roles: los zánganos, encargados de fecundar a la reina; las obreras, que no solo construían la colmena, sino que también limpiaban y termorregulaban. Otras salían a buscar comida y, las que más me sorprendieron, eran las encargadas de sacar a las abejas muertas de la caja, con el fin de mantener la salubridad al interior de la colmena.

En este proyecto apoyé con múltiples tareas, desde crear un registro fotográfico y audiovisual significativo que permitiera visibilizar el impacto social y ambiental del proyecto, hasta construir un análisis de costos de producción de miel, diseñar la identidad gráfica de varios productos derivados de la miel que fueron promocionados en ferias de emprendimiento, y dictar talleres de enfoque de género y desarrollo sostenible en varias comunidades.

Otro de los proyectos en los que participé fue la construcción de huertos comunitarios con centros educativos. Con el fin de promover la soberanía alimentaria de las comunidades, se generaron huertos comunitarios con un sistema de riego impulsado por una planta solar. Uno no se imagina lo que deben hacer cientos de comunidades en Bolivia para dejar de caminar 5 km diarios y traer agua desde el río más cercano, cada vez más contaminado por la ganadería.

Estos huertos permitían reconocer el trabajo en equipo y el importante rol que cumplen las mujeres en la comunidad. Aunque históricamente se les ha delegado las labores de cuidado y reproducción de la vida, son ellas quienes tienen una relación directa con la tierra y la reproducción de los alimentos. En este proyecto en particular, el huerto permitiría, en el futuro, generar ingresos económicos que fomentarían la autonomía económica de las mujeres chiquitanas, lo cual es de suma importancia en un contexto con altos índices de inequidad y violencia de género.

Entre visitas, acompañamiento y talleres de enfoque de género y finanzas básicas, transcurrieron las primeras 6 semanas en la Chiquitanía. Se han tejido fuertes lazos de confianza con el equipo de trabajo en Carmen de Rivero, y he podido conocer de primera mano los grandes retos en cuanto a la gestión de proyectos sociales y productivos. Ya casi se acercan los últimos 15 días de voluntariado: a seguir aprendiendo, terminar algunos productos y vivirlos intensamente.

Tercera entrega:

Antes de partir, me doy cuenta de la enorme importancia tanto del fortalecimiento técnico agrícola como del organizativo. El objetivo final de los proyectos de cooperación es reducir el nivel de dependencia que las comunidades tienen de las organizaciones internacionales, y eso se logra tanto con apoyo técnico como fomentando los lazos y alianzas que se gestan dentro de la comunidad para construir nuevas realidades. Nuestra visión de futuro debe dialogar con la visión de futuro de las comunidades con las que buscamos incidir positivamente. Uno de los grandes aprendizajes que me llevo es la importancia de encontrar o construir un plan de vida comunitario. Este es el eje fundamental en el que se construye una visión colectiva de mundo a futuro, y en torno al cual se pueden organizar y dirigir todos los esfuerzos en una misma dirección.

Era evidente la diferencia entre una comunidad con un extenso historial organizativo, principalmente liderado por mujeres, y aquellas que apenas sabían cuántos habitantes tenían y desconocían sus metas y objetivos comunes. Las huertas más bellas y las colmenas más estables siempre pertenecían a las comunidades organizadas. Allí era mucho más fácil la división de tareas, el diálogo y la definición de cuál sería el siguiente paso cuando el proyecto llegara a su culminación.

El camino por delante es largo, y será más claro en la medida en que se conozca de dónde se viene y hacia dónde se quiere ir. La construcción de líneas de vida y existencia comunitarias permitirá reconocer la importancia de defender lo propio frente a otros sistemas de producción. También será fundamental identificar a los actores involucrados en el acceso y consumo de agua para saber quiénes son los que insisten en agotar los recursos hídricos, y así tomar decisiones mediante políticas progresivas que apunten a quienes generan un mayor daño. De este modo, se podrá reconocer que muchas de estas comunidades, que diariamente luchan por obtener agua (ni siquiera potable), están lejos de ser quienes más dañan y afectan las fuentes hídricas.

La respuesta debe ser interinstitucional y con la participación activa de las comunidades directamente afectadas. Sin embargo, este no es el caso, ya que el Estado en estas zonas es visto como un fantasma: se habla de él, pero solo se le ve cada tanto en campaña.

Los aprendizajes y el agradecimiento son infinitos: a la Chiquitanía, por abrir sus puertas y darme la confianza para construir a su lado; a ProAgro, por confiar en mis capacidades y enseñarme su cotidianidad; a la FSU, pues en el territorio se les recuerda y reconoce todo el apoyo que han sabido dar a las comunidades; y finalmente a Bolivia, país hermano, por permitirme recorrer sus tierras y llevarme en un suspiro el sentir de sus valles y montañas.

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Derecho agua y alimentación, Género, Sostenibilidad ambiental

Totonicapán guarda su cultura e historia. Ana Karen Ayala Moreno.

16 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Los colores del paisaje y las vestimentas, los olores y sabores de la gastronomía, el viento frío en mi cuerpo, los sonidos de los altavoces en las avenidas y, sobre todo, las sonrisas y la calidez del saludo casual en las calles me transportaron, inmediatamente, a casa. Soy ecuatoriana y las similitudes entre latinoamericanos es palpable. Por ello, desde mi llegada a Guatemala he identificado las semejanzas que tenemos, tanto en lo positivo como en lo negativo.

No obstante, en este breve texto me enfocaré en describir mi primera impresión al pisar Totonicapán, un municipio perteneciente al departamento homónimo, que se ubica en la región suroccidental del país centroamericano, en el que realizo un voluntariado en el área de comunicación de la Municipalidad. Ya tendré el espacio en dos entregas posteriores para hablar sobre el mismo.

La primera impresión que un nuevo sitio deja en sus visitantes no radica solo en sus paisajes o arquitectura, sino en su cultura. Para saber sobre ello, mantuve un diálogo cargado de sabiduría con un totonicapense de corazón, Miguel Antonio Vásquez, director de la Casa de la Cultura, quien labora en este sitio hace 19 años. «Uno debe querer mucho a su pueblo, debe conocer mucho de su tierra y hablar de lo bonito y bueno que tiene», es una de las primeras frases que pronuncia, mientras me invita a recorrer las instalaciones.

Totonicapán es un baluarte de la cultura y la historia indígena que ha resistido el paso del tiempo. Fundada hace 51 años, la Casa de la Cultura de Totonicapán es mucho más que un simple edificio; es un espacio donde el pasado y el presente coexisten, aquí se encuentra la Morería Nima K’iche’, que guarda más de 400 trajes que forman parte del patrimonio cultural del municipio, utilizados en danzas tradicionales que reflejan la diversidad del departamento. Entre estos se encuentran los trajes ceremoniales y aquellos utilizados en la representación de los moros y los españoles durante la conquista, una tradición que ha perdurado gracias a dicha Morería, fundada hace 75 años por Francisco Gutiérrez.

Además, en la Casa de la Cultura se ofrecen una serie de actividades para el desarrollo de las artes y la educación. Con el apoyo de la Municipalidad, aquí se imparten clases de estimulación temprana, lectura comprensiva, artes, enseñanza de quiché -idioma perteneciente a la lingüística maya predominante en esta región-, y, de manera especial, marimba, el instrumento nacional de Guatemala. «La escuela de música ha tenido mucha aceptación y éxito. Varios jóvenes que han estudiado acá tienen ahora sus propios grupos y aquí han crecido, ha sido su cimiento», comenta con orgullo Miguel.

Máscaras de representación de los españoles en la conquista

Morería Nima K’iche’ que alberga más de 400 trajes

La historia de Totonicapán no estaría completa sin mencionar a Atanasio Tzul, uno de los líderes indígenas más venerados de Guatemala, quien perteneció al pueblo maya k’iche’. En 1820, Tzul lideró un levantamiento en contra de los tributos impuestos por los españoles, una revuelta que culminó el 12 de julio con su coronación como rey, junto a su esposa Felipa Tzoc.

Monumento de Atanasio Tzul ubicado en el Parque La Unión

El Teatro Municipal de Totonicapán es otro tesoro cultural que enriquece la historia de la ciudad. Su construcción, que comenzó en 1913, fue impulsada por el entonces alcalde Manuel Ricardo Espada, un amante de la cultura que, con gran visión, seleccionó a los mejores artesanos y arquitectos para llevar a cabo esta obra.

Miguel comenta que, aunque el arquitecto original, José León Arriola, falleció antes de que la obra comenzara, el totonicapense Manuel Trinidad Mesa tomó las riendas del proyecto, asegurando que los planos originales fueran interpretados fielmente.

El teatro, completado en 1922, fue finalmente inaugurado en julio de 1924, después de que las butacas y el mobiliario, donados por Juan Florencio Calderón y traídos desde Alemania, llegaron tras dos años de espera. Las butacas de la luneta, que aún se conservan en su estado original, son un testimonio del esmero y dedicación que se invirtieron en la creación de este espacio cultural.

Actualmente, esta construcción emblemática -con detalles neoclásicos, ubicada en el Parque San Miguel- tiene capacidad para unas 300 personas, en el que se planifican un sinnúmero de actos. Para celebrar su centenario, la Municipalidad ofreció a los totonicapenses una sucesión de eventos culturales durante el mes de julio, entre los que figuraron la participación de escuelas de marimba en el frontispicio del teatro y la presentación del Ballet Nacional de Guatemala.

Teatro Municipal. Un legado con 100 años de historia.

Totonicapán no solo es un rincón pintoresco de Guatemala sino un bastión de la cultura, la historia y la identidad. Cada rincón de este lugar está impregnado de un legado que sus habitantes han sabido preservar. Y en ‘Toto’ todavía hay mucho por contar.

Pinturas identitarias que engalanan la ciudad

Esfuerzos en Seguridad Alimentaria y Nutricional en Totonicapán

Desde 2016, la Oficina de Seguridad Alimentaria y Nutricional (OMSAN) de la Municipalidad de Totonicapán ha trabajado arduamente para mejorar la calidad de vida de sus comunidades. Encabezada por Yésica García, coordinadora de la Oficina, junto a un equipo de cuatro técnicos de campo, se dedica a garantizar el acceso a alimentos, atendiendo una necesidad en un departamento donde el 48.2% de los niños y niñas sufren de desnutrición crónica.

“La desnutrición es invisible, pero se refleja en el bajo rendimiento escolar, poca energía para sus actividades, poca retención, etc., que influye en los bajos índices de desarrollo. A través de la Comisión Municipal de Seguridad Alimentaria, el área de salud presenta una sala situacional de desnutrición aguda y para lo que va del 2024, registra 50 casos, respecto al 2023 que presentó 61 casos, es decir que la cifra puede aumentar” explica la funcionaria.

La seguridad alimentaria -según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés)- existe cuando todas las personas tienen, en todo momento, acceso físico, social y económico a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos que satisfacen sus necesidades energéticas diarias y preferencias alimentarias para llevar una vida activa y sana. Para ello, se plantearon cuatro dimensiones primordiales: la disponibilidad física de alimentos, el acceso económico y físico a los alimentos, la utilización de los alimentos y la estabilidad en el tiempo de las tres dimensiones anteriores.

En Totonicapán, muchas familias poseen tierras, pero carecen de los recursos económicos y los insumos necesarios para producir alimentos. La falta de trabajo y la preferencia por productos menos nutritivos, como refrescos, agravan la situación. Además, la calidad del agua es un tema delicado y tabú en las comunidades, lo que dificulta los esfuerzos para garantizar agua potable segura. “Se han querido realizar estudios del agua, pero los habitantes no lo permiten porque temen que se les quite el agua, que se disminuya el consumo o que se les cobre más. Es una idea suya, pero que no sucede”, manifiesta. La OMSAN ha adoptado un enfoque integral para combatir los desafíos, promoviendo cuatro pilares: disponibilidad, acceso, consumo y aprovechamiento biológico de los alimentos. Entre las iniciativas destacan la creación de huertos familiares y escolares, la producción de hongos ostra (variedad con alto valor nutricional, fuente de proteína y fibra), la implementación de granjas de gallinas ponedoras, invernaderos de tomate, donación de alrededor de ocho semillas certificadas. Estos esfuerzos buscan no solo mejorar la disponibilidad de alimentos, sino también generar ingresos económicos para las familias.

Para realizar estas actividades se cuentan con diez Comités Comunitarios de Seguridad Alimentaria (Cocosanes), muchos de ellos liderados por mujeres. “Lamentablemente, las autoridades comunitarias no ven como prioritaria a la seguridad alimentaria, piensan más en las infraestructuras, que está muy bien que se gestionen, pero se debe pensar más en el acceso a los alimentos y la nutrición de la comunidad. Por ello, se trabaja principalmente con lideresas comunitarias que son las que nos apoyan para identificar las necesidades”, explica Yésica. 

 En las Cocosanes se promueven charlas de salud, higiene del hogar, higiene personal, higiene de alimentos, el cuidado del consumo de los alimentos, etc.; además de talleres de cocina en colaboración con el proyecto Ixmucane, que apoya en la financiación de actividades como pastelería, chocolatería, recetas tradicionales impulsando así pequeños emprendimientos locales.

Asimismo, se gestionan y se entregan alimentos a las familias que más lo necesitan. “Sabemos que con alimentos no podemos erradicar ni combatir totalmente la problemática, pero al menos viene a aliviar un poco la situación de algunas familias que no tienen suficientes recursos”, menciona García.

Las alianzas son vitales en el trabajo de la Oficina, tanto a nivel estatal como privado. Karina Pretzantzin, técnica en Desarrollo e Implementación de Políticas de Catholic Relief Services (CRS), organización que trabaja aliada a la Municipalidad en seguridad alimentaria, comenta que fue muy favorable la actualización de la política, ya que en su implementación caben todas las actividades. Esta organización realiza seguimiento de la implementación de la política, también un impacto en educación y en alimentación escolar, en 415 escuelas del Departamento de Totonicapán. De igual manera, se capacitan sobre buenas prácticas higiénicas, se han promovido que productores locales lleven alimentos a las escuelas para generar circuitos económicos locales. 

 A pesar de los desafíos que existen a nivel departamental como municipal, García señala que los esfuerzos han dado frutos, con una mayor cobertura en las comunidades y un creciente reconocimiento del trabajo de la Oficina. «Antes, nosotros teníamos que ir a buscarlos; ahora, las personas vienen directamente a nosotros», comenta, subrayando el impacto de los proyectos en la comunidad.

¿Cómo se prepara Totonicapán para aplicar la política de gestión de residuos sólidos?

 En Guatemala se producen un promedio de 0.505 kg/hab/día de residuos y desechos sólidos, de acuerdo a un estudio realizado por el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales, por lo que el país centroamericano se ha comprometido a mejorar la gestión de los desechos a través de la clasificación obligatoria con la implementación del Acuerdo Gubernativo 164-2021.

 Este Acuerdo establece las normas para evitar el deterioro ambiental, reducir la contaminación y mejorar la salud. Es así que obliga a todos los municipios de Guatemala a clasificar los residuos sólidos para lograr una incidencia local y nacional que arrancará en febrero de 2025.

 A propósito, Juan Alvarado, director de Servicios Públicos Municipales de Totonicapán, explica que en este municipio el mandato se está implementando a través de una colaboración interinstitucional que ha establecido una Mesa Técnica cuyo enfoque es la concientización en la población y la creación de una planta de tratamiento. Esta Mesa cuenta con la participación del Centro de Salud, Medio Ambiente, la Junta Directiva de Recursos Naturales, las alcaldías de las cuatro zonas del municipio y la representación de los 48 Cantones.

 Alvarado enfatiza que la educación es clave para cambiar esta realidad. En respuesta, la municipalidad ha destinado a educadoras ambientales que trabajan en las escuelas del área urbana para impartir charlas sobre la clasificación y manejo de residuos. El proceso de concientización no se detiene en las aulas, ya que la Mesa Técnica prepara campañas informativas a través de diversos medios, incluyendo spots publicitarios y redes sociales.

 Pese a ello, un reto significativo es la construcción de la planta de tratamiento, puesto que la clasificación de desechos es esencial, pero no puede lograrse sin contar con la infraestructura adecuada para manejar los materiales clasificados. “A nivel de recursos económicos es una gran inversión. Según algunos estudios que se han realizado, necesitamos alrededor de 13 millones de quetzales y también un predio de al menos cuatro manzanas, donde se pueda construir esta planta”, explica el director.

Los datos de la Guía Práctica para la Formulación de Planes Municipales para la Gestión Integral de Residuos y Desechos Sólidos del Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales, mencionan que hasta 2018, en Guatemala, el 41.86% de los hogares utilizan servicio de recolección para eliminación de residuos, sin embargo, es superado por un 42.79% que practica la quema de residuos; además se identificaron que 6.82% practica la abonera o reciclaje, el entierro en 3.50% y arrojarlos en ríos, quebradas o en el mar en un 1.43%.

 En el caso de Totonicapán, mediante un estudio de caracterización, se sabe que más del 50% de los residuos recolectados son orgánicos, lo que abre una oportunidad para la creación de compost y la reutilización de estos desechos en la agricultura local, tomando en cuenta la composición geográfica del sector que aún guarda extensiones de campo.

 Alvarado señala que la implementación de una gestión efectiva de los residuos no es solo una cuestión de cumplimiento legal, sino una necesidad urgente para mitigar los efectos del cambio climático. También pone gran esperanza en el potencial de Totonicapán para adaptarse a los planes nacionales de gestión de residuos puesto que cuenta con la organización de los 48 Cantones, cohesión social que puede ser la clave para lograr una gestión efectiva.

La población (42,79%) practica la quema de residuos.

Publicado en: Guatemala, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Derecho agua y alimentación, Sostenibilidad ambiental

Gandiol, Senegal. María López del Paso.

14 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

1ª Experiencia del viaje: llegada y acogida por la entidad:

Después de varias convocatorias fallidas en las que esperaba recibir una plaza para este programa, había asumido que el viaje no era para mí. Sin embargo, para mi sorpresa, recibí una llamada de un número desconocido: «Maryam, te llamo del CICODE». Contesté emocionada: «¡No me lo puedo creer! ¿No me digas que…». La respuesta fue afirmativa: «Sí, sí te digo. Este viaje es para ti». Aquí comenzó mi frenética carrera con los preparativos del viaje. La emoción, la motivación y la alegría hicieron que todo fuera más fácil, aunque los pequeños y grandes detalles del viaje me abrumaron.

El día antes del vuelo, me encontré completamente bloqueada. Tenía que limpiar a fondo armarios y cajones porque una amiga se quedaría en mi casa para cuidar a mis gatos y plantas. No quería que pensara mal de mí si la casa no estaba impecable. Resultado final: terminé haciendo la maleta a la medianoche. Entre medicamentos, maquillaje, cremas, burkinis, y demás, la maleta pesaba mucho más de lo permitido, y la de mano estaba a punto de estallar. No podía dejar de pensar que no usaría ni la mitad de las cosas que llevaba. El autobús hacia Madrid salía a las 08:00, y me había dormido a las 05:00 (no lo recomiendo). Decidí no preparar ni agua ni comida, ya que había vivido en Madrid durante 7 años y estaba acostumbrada a mi parada en Abades o en el bar La Paradita, donde me esperaba un delicioso bocadillo de tortilla. Sin embargo, el tiempo calculado para la parada comenzó a fallar. Cerca de Madrid, la gente empezó a usar el baño portátil continuamente. Al final, no hubo parada. Acepté la situación con alegría, el autobús me dejó en el aeropuerto a las 13:00, con tiempo suficiente para comer y reposar, ya que las puertas de embarque abrían a las 17:00. Disfruté de un bocadillo de chipirones por 14 euros, delicioso, pero el precio complicó la digestión.

Llegó la hora de embarcar. Aunque odio los aeropuertos, me encanta el despegue de los aviones, así que estaba ansiosa por llegar a ese momento. Sin embargo, la maleta pesaba 7 kilos de más. A pesar de mi optimismo inicial, la situación no mejoró. La azafata del mostrador, una de las más amables con las que he tratado, me sugirió cambiar cosas a la maleta de mano o ponerme ropa para aligerarla. Así lo hice, sudando por los nervios, el Red Bull que había tomado de un trago, y el calor madrileño. Aunque intenté reducir el peso, aún sobraban 4 kilos. La tensión se rompió cuando una señora, al verme acalorada, se dirigió a la azafata diciendo: «¿Por qué no se quita eso la muchacha? Por lo menos mientras esté aquí…» (No entendí del todo, pero me pareció que no se refería al aeropuerto sino a España como país, y no a las mochilas, sino a mi pañuelo y su suposición de que regresaba a mi país de origen). La azafata, con empatía y respeto, me permitió pasar la maleta con exceso de peso y le respondió a la señora: «Ella se pone eso aquí y donde quiera, es su elección». Yo añadí: «Libre elección». Nos miramos con respeto y la azafata me entregó mis billetes. Viajé con Royal Air Maroc y esperaba con ilusión la escala de 4 horas en Casablanca.

Tras pasar el control de seguridad, me uní a un grupo de hombres senegaleses que, como yo, parecían desorientados en el aeropuerto. Juntos, logramos encontrar nuestra puerta de embarque. Decidí ir al baño, que estaba justo enfrente, para refrescarme. Al retirar mi pañuelo y lavarme la cara, decidí entornar la puerta que daba a la calle. En apenas 10 segundos, la puerta se abrió bruscamente y un hombre comenzó a increparme en un tono que parecía más relacionado con problemas auditivos que con el idioma: «¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡PUERTA ABIERTA EH!» Estupefacta y sin poder articular palabras, solo pude cubrirme. Una joven senegalesa con la que había entablado conversación en el baño intervino: «Perdón, pero es el baño de mujeres y ella solo necesitaba entornar un poco la puerta para poder…». Fue interrumpida de forma brusca: «Mira, a mí no me importa la religión que ella tenga, pero aquí se respetan las normas». Empujó la puerta y se alejó sin dar margen a respuesta. No era la indicación, sino el tono lo que nos dejó un mal sabor de boca. La joven me dijo con sinceridad: «Lo siento mucho, de verdad». Yo sonreí y respondí: «No te preocupes, seguro que tenía un mal día». Cuando llegó el momento de embarcar, la diversidad a bordo hizo que el etnocentrismo se desvaneciera. Las risas, la amabilidad y las miradas cómplices crearon un ambiente cálido. La comida, de sabor marroquí fue generosa y deliciosa para ser un menú de avión. Mientras servían las bebidas, el bajón del Red Bull empezó a hacer efecto. Pedí un café, pero me dijeron que no había. Sin embargo, a los 10 minutos, un azafato sonriente apareció con una taza rebosante de café caliente y fragante, a pesar de que era para la tripulación. Me sentí casi como si estuviera en un jet privado. Tras disfrutar de unas páginas de mi libro, aterrizamos en Marruecos. Al llegar noté diferencias en el trato hacia las personas negras por parte de la seguridad magrebí. Entendí algo de dariya (dialecto marroquí) y detecté algunos apelativos peyorativos.

Cada vuelo sufrió un retraso de más de una hora, y mi móvil se apagó. El cambio horario me desorientó. Me inquietaba que Pablo, quien había organizado que un taxista me recogiera en el aeropuerto, pensara que no llegaría y se hubiera marchado. Intenté cargar el móvil y contactar para avisar del retraso, pero pasé hora y media buscando un enchufe que funcionara sin éxito. Decidí volver a entrar al aeropuerto y probar suerte. Al mirar hacia mi izquierda, entre el tumulto de personas, vi un cartel con mi nombre. Nunca antes había sonreído así, como si estuviera en una escena de película. Me llené de felicidad, pero también de preocupación por el tiempo que el conductor había estado esperándome. Pablo me facilitó el transporte hasta Hahatay* a pesar de la hora tardía. Me dijo que el taxi tenía un precio alto, lo cual no comprendí completamente. Pensé que sería por la distancia desde el aeropuerto o la ciudad. Estaba claro que el trayecto era largo, pero mi cerebro trasnochado no lo dedujo. En el taxi comencé a tener microsueños. Mi madre solía advertirme que no me durmiera en el taxi, y a esas horas me pareció sensato no hacerlo, aunque estaba cansada y desorientada. Le pedí al conductor que me dejara en un hotel.

Alrededor de las 06:00 de la mañana, el taxi se detuvo en una calle oscura, un portón metálico se abrió, y me ayudaron con las maletas. Todo estaba oscuro, pero se vislumbraban sonrisas. Pablo y tres chicos jóvenes me dieron la bienvenida. Una chica me saludó y me abrazó con un cálido «Wa Salam alikum» (la paz sea contigo). Me asombró la calidez y el hecho de que hubiera gente dispuesta a recibirme a tan altas horas. Pablo me llevó a mi habitación, y me sorprendió al ver que era una habitación preciosa con una cama enorme. A día de hoy, uso los domingos para disfrutarla un poco antes de comenzar el día. Mi necesidad de una ducha me llevó a hacer una de las preguntas más tontas que recuerdo: «¿Tengo baño para mí?» Pablo sonrió y asintió. Agradecí y me dirigí a dejar mis cosas y ducharme. El baño merece un párrafo por sí mismo. Con el neceser y la toalla en mano, me encontré con un baño con el techo abierto, desde el cual se veía el amanecer y algunas palmeras que danzaban suavemente, pintando el cielo con colores cambiantes. El baño contaba con una ducha «occidental» y un cubo con una jarra. Elegí la segunda opción y arrojé agua sobre mi cuerpo con la jarra. Fue una sensación increíble. Luego, mientras hacía mi rutina de cuidado de la piel, escuché un ruido y miré hacia arriba: ¡Un mono! Estaba mirándome a una distancia de apenas un metro. Me quedé boquiabierta… el mono imito mi expresión facial y abrió la boca en señal de sorpresa. No podía creerlo: había llegado a mi destino, tenía la habitación más bonita que podía imaginar, y un mono acababa de imitarme. No podía procesarlo todo. Me recosté en la enorme cama, mi corazón acelerado. Aunque no había tenido tiempo ni necesidad de pedir la clave del wifi durante nuestra breve interacción, en ese momento necesitaba escuchar una meditación guiada, algo que hago cada noche. Gracias a la desconexión, logré conectar conmigo misma y, por primera vez en mi vida, pude dormirme concentrándome en mi respiración. Recordé a una gran amiga decir: «Siempre nos olvidamos de respirar».

Me despertó el sonido de la puerta abriéndose. Hacía mucho calor y no había sábanas, así que pedí que cerraran la puerta para poder cubrirme. Era Laura, una de mis anfitrionas. Una vez me vestí con lo primero que encontré, me llevó a comer a casa de «Mama Khady» (madre de Mamadou Dia, fundador de Hahatay) para celebrar Tabaski. (Eíd al-Adha o Fiesta del Sacrificio (en árabe : عيد الأضحى‎ ). Estaba muerta de sed, desorientada y necesitaba un café con urgencia, pero no había tiempo. Percibía la tensión y, aunque no entendía mucho, me sentía mal por hacerlos esperar para algo tan importante. Llegamos a casa de Mama Khady, donde conocí a Mamadou Dia, sus hijos, y a Laura, su esposa, quienes me acompañaron allí. Después de comer, llamé la atención de los niños de la casa. A pesar de la falta de palabras, establecimos un bonito vínculo. Mamadou me dijo: «Yo te conozco», y pensé que bromeaba, hasta que comenzó a darme detalles de cómo nos habíamos encontrado en septiembre pasado en Casa Manse, Senegal, primero en la recepción de un hotel y luego en el desayuno. Miré sus anillos y conecté con el recuerdo. Efectivamente lo recordaba; me ayudó a comunicarme con la recepcionista del hotel y luego, en el desayuno, ambos estábamos sentados frente a frente. ¡Qué curiosa coincidencia!  «El mundo es muy pequeño´´ dijimos a la vez, y muy hermoso, añadiría a día de hoy.

Y aquí comienza mi estancia, una experiencia vital que ha sido fundamental para integrar conocimientos de libros y conferencias que apenas habían rozado la superficie del conocimiento decolonial que estaba por venir. ¡Gracias, CICODE! ¡Gracias, Pablo! ¡Gracias, pequeña gran Khady, Laura y Mamadou!

«Descubriendo Hahatay: Experiencias y Aprendizajes en el Corazón de Senegal»

Mi llegada coincidió con las vacaciones de Tabaski (Eíd al-Adha o Fiesta del Sacrificio (en árabe : األضحى عيد( , que podría traducirse como Día del Cordero, es la festividad mayor de los musulmanes. En Senegal y otras regiones del África subsahariana toma el nombre de Tabaski), lo que me permitió adaptarme tranquilamente. A medida que Hahatay se reactivó y comenzó a funcionar, pasé mis primeras semanas junto a Salomé, Paps y Beltrán, residentes de Hahatay.

La organización Hahatay nace tras el viaje de Mamadou a España. Mamadou Dia, originario de Gandiol, un pequeño pueblo de pescadores el cual se ha visto perjudicado por el abuso de la pesca internacional y la apertura de la Lengua de Barbarie (que generó una gran catástrofe natural), se crió junto a su madre Khadija, una gran mujer conocida por su vasto conocimiento “no académico” y sus grandes dotes en los negocios. El ímpetu de Mamadou por ayudar a su madre y a sus 25 hermanos sumando las 4 veces en las que se le había negado el visado de forma injusta (el consulado de Francia tiene un sistema de visas que algunos tachan de “mafioso”: Pagas todas las tarifas y se te niega, sin devolución o explicación alguna. El porcentaje de visados admitidos es bochornoso) lo llevó a tomar una patera en la que prometió a sus acompañantes que si salía de allí con vida contaría al mundo aquella experiencia. Naciendo así el primer libro de Mamadou Dia “3052”. La cifra que da nombre a su libro es la distancia entre Murcia (donde fue escrito) hasta Gandiol. Tras el éxito que tuvo y su incansable lucha por enseñar y aprender en un mundo occidentalista volvió a Senegal con el objetivo de fundar Hahatay (Carcajada en Wolof). Le dio ese nombre debido a la inevitable carcajada que salía de él cada vez que recordaba la dramática situación que le llevó a lanzarse al mar y como aquello dio un vuelco tan inesperado.

Hahatay es una organización que tiene el objetivo de darse a la comunidad, desde el arte y la cultura hasta la agricultura y ganadería, desde las escuelas infantiles hasta el intercambio cultural con aquellos españoles que estén listos para despojarse de su etnocentrismo y mucho más que se me hace difícil clasificar.

Salomé estaba trabajando en su trabajo fin de máster sobre migración, un tema similar al que yo había abordado recientemente. Esto me brindó una excelente oportunidad para intercambiar ideas y conocimientos con ella, así como con Mamadou Dia, quien aporta una perspectiva valiosa basada en su experiencia personal y un notable poder de introspección y reflexión.

Paps y Beltrán, bailarines profesionales, entrenan intensamente de 09:00 a 14:00 todos los días. De hecho, su dedicación al baile es tan completa que se pasan el día entero, desde que se despiertan hasta que se acuestan, moviéndose al ritmo de la música. Uno de nuestros planes dominicales, que consistía en ir a la playa para bailar y meditar, dejó una huella profunda en mí.

Aunque la coordinación de mi actividad allí fue a veces confusa, resultó ser una experiencia extremadamente enriquecedora. Con Pablo y Mamadou, decidimos que, dada mi experiencia y currículum, sería más beneficioso para mí rotar por las diferentes instalaciones de Hahatay. A continuación, detallo algunas de las actividades que llevé a cabo:

En el Centro Cultural Aminata, en respuesta a la nueva postura política de Senegal respecto al genocidio palestino, propuse la creación de una coreografía que combinara la música tradicional senegalesa y su danza con el Dabke. El dabke es parte vital de la herencia Palestina que ayuda a preservar la identidad Palestina que la ocupación ha tratado de eliminar y tiene raíces comunes con Gandiol y Hahatay, ya que uno de los proyectos de Hahatay es volver a traer la forma tradicional de construcción que ha sido desvanecida por la presión del pensamiento colonial, el barro y la paja. La región levantina hacía el techo de sus casas con ramas de árboles y barro. Cuando el tiempo cambiaba, el barro se agrietaba. Los miembros de la familia y la comunidad palestina se reunían para repararlo, formando una línea, uniendo sus manos y pisoteando el barro en su lugar. Un proceso que ambas comunidades comparten.

En Tabax Nite, coordiné el material de comunicación para las formaciones agroecológicas y las visitas relacionadas: https://www.instagram.com/tabaxnite/

Tabax Nite, uno de los proyectos más grandes y en constante construcción de Hahatay, incluye un centro médico, la Casa de las Mujeres, un centro de comunicación, una radio, una academia de formación en diversos ámbitos (como construcción mediante reciclaje, hierro, y madera), y una granja con huerto. La granja experimenta con nuevas formas de agricultura debido a la salinización de las tierras cultivables en Gandiol, con el objetivo de ofrecer alternativas agrícolas a la comunidad.

Además, Hahatay cuenta con una planta de reciclaje, gestionada exclusivamente por mujeres jóvenes, y dos centros en Saint Louis dedicados a la formación artística y al laboratorio de fotografía. Conecté con Mame, una de las fotógrafas del centro, y le propuse un proyecto para realzar la belleza de la mujer en el Islam, destacando que la modestia también puede ser moda y desafiando las normas sociales que sexualizan y objetivizan el cuerpo de la mujer. Estamos a la espera de contar con el espacio adecuado para llevar a cabo esta idea.

En la granja, que ha recibido numerosos premios y es conocida por sus prestigiosas formaciones, descubrí que estos centros forman parte de una vasta red de pequeñas empresas emprendedoras. Uno de estos emprendimientos es Ban ak Suf (tierra con arena en wolof), un grupo de mujeres jóvenes que se están formando en construcción con adobe (barro, arena y paja) con el objetivo de ser autónomas como empresa.

Pasé días con ellas, pintando cabañas, reparando la granja y realizando trabajos en las paredes con cemento.

Durante la temporada de campamentos, específicamente en el Campamento Attaya, que recibe a españoles para pasar varias semanas, formé parte del equipo de coordinación, gestionando actividades infantiles junto a mi compañero Balla y atendiendo las necesidades del grupo. El campamento, que se realiza desde 2012, busca promover el intercambio cultural y ofrecer experiencias que beneficien a la comunidad local. Los primeros voluntarios que llegaron construyeron la misma escuela que ahora programamos pintar con los nuevos voluntarios.

Las actividades del campamento incluyen:

● Debate Ubuntu: Espacios de intercambio cultural, palabra que nace del apartheid sudafricano y significa «Yo soy porque tú eres».

● Taller de Baile.

● Visita al Parque Nacional.

● Visita a Saint Louis.

Uno de los objetivos del campamento es proporcionar a los jóvenes del pueblo una experiencia intercultural que les es difícil alcanzar debido a las restricciones del sistema que nos permite a los españoles viajar en este tipos de programas mientras a ellos, que son expuestos a la cultura occidental como la excelencia desde la más temprana infancia se les cierra esta puerta.

Mi objetivo personal no era solo investigar la migración provocada por la presencia neocolonial, sino aprender y adaptar este conocimiento a mi proyecto de formación de profesionales en el ámbito de la migración. Gracias a estos campamentos, adquirí técnicas y enfoques que me ayudarán a desarrollar mi proyecto de manera más efectiva.

«Entre la Arena y el Arte: Reflexiones de un Viaje Transformador a Senegal»

Aún estoy allí, atrapada en el eco de una experiencia que me transformó profundamente. No he logrado regresar completamente, ni física ni emocionalmente. El ritmo vibrante de la vida que experimenté, la música, los colores intensos, los sabores exquisitos, los paisajes cautivadores y, sobre todo, la calidez de su gente, me absorbieron de tal manera que ahora me resulta difícil encontrar mi lugar en mi entorno actual. La vivencia que tuve allí era lo que me faltaba para sentirme completa; una vez vivida, ahora desde la distancia, me siento inconclusa. Echo de menos a mis hermanas senegalesas, el café touba y las salidas al amanecer para comprar pan. Aunque debo admitir que mi dieta sigue siendo la misma: desayuno pan con café y almuerzo arroz con pescado. Me levanto a la misma hora, porque nunca antes había estado en mejor forma, tanto mental como física, y deseo mantener estos hábitos. Sin embargo, hay una diferencia significativa: mi etnocentrismo se ha desmoronado. Siento que el individualismo europeo me resulta cada vez más pesado. Ya no puedo ignorar los efectos del colonialismo y cómo nos jactamos de tener una ‘mejor vida’ basada en un neocolonialismo que sustenta nuestro bienestar social. Esta realidad ya rondaba en mi mente desde hace años, pero esta experiencia la ha concretado.

Llegué con propuestas y con la expectativa de encontrar mi lugar allí, sin tener en cuenta que Hahatay es una organización formada desde el sacrificio y la disciplina. Eran como la maquinaria precisa de un reloj, y me di cuenta de que, en realidad, no me necesitaban; yo los necesitaba a ellos. Me sentí desorientada, incapaz de encontrar mi lugar, a pesar de mis esfuerzos. No comprendía la falta de horarios estrictos o directrices precisas, no entendía que no estaba en Europa, ni que mis clases de intervención social en la UGR no eran aplicables allí. Me encontraba en un entorno donde muchas mentes pensantes y apasionadas se habían sincronizado en un ritmo que yo juzgaba desde una perspectiva completamente desajustada a esa nueva realidad cultural. En una conversación con Mamadou sobre la orientación que buscaba, me miró a los ojos y me preguntó: «Maryam, ¿cuál es tu sueño, tu meta?» Le respondí que terminar el doctorado en estudios migratorios. Entonces él me dijo: «Entonces, tu mayor obstáculo para alcanzar tu meta vital es tener o no tener un buen tutor, una buena orientación. Para mí, para mi pueblo, la meta es el mar, es lanzarse al mar. Tú has crecido en un entorno que te ha permitido visualizar una meta con la que ayudar a las personas. Nosotros creemos en un sistema académico que nos enseña la cultura, la lengua y la historia de un país que no es el nuestro, de un continente que ‘es superior al nuestro’, solo para después negarnos el derecho de siquiera visitarlo. Revisa tus prioridades, disfruta la experiencia, estás aquí, aprende.» Esa tarde pasé en la playa hasta el atardecer, escribiendo frente a un chaleco salvavidas que encontré a mi lado. Todo comenzó a encajar en mi mente.

Al mismo tiempo, a través de los campamentos (el Campamento Attaya, surgido de la necesidad íntima de Mamadou de desmontar prejuicios al establecer amistades en España), he aprendido a aplicar métodos antiracistas menos reactivos, basados en el cuidado y la amabilidad. En el Campamento Attaya, he conocido a muchas personas con el verdadero interés de ayudar y terminaban descubriendo una comunidad que no necesita ayuda alguna más que el afloje del expolio que ejercemos sobre ellos. He observado cómo se transformaban, desmontaban creencias y se enfrentaban a la otredad mientras desmantelaban prejuicios mediante la risa y la música. A través de mis hermanas senegalesas, he aprendido la importancia de valorar la familia, la unidad, la colectividad y el cuidado del prójimo. En wolof, cuando alguien siente dolor o experimenta algo malo, se dice «Balma», que significa «Siento tu dolor». Esta palabra abarca a toda la comunidad de Gandiol. Viven en casas conjuntas: madre, tía, abuela, padre, hermano, sobrinos, cuñada, prima, creando un entramado de viviendas conectadas donde todos son uno y se sienten uno. Los niños y bebés son considerados una responsabilidad colectiva de los adultos del pueblo; no existen guarderías, pues los niños son atendidos por familiares o por la vecina que los cuida como si fueran propios. La protección de la familia es prioritaria, y aunque este concepto me sorprende y aún estoy asimilándolo, debo reconocer que el fuerte sustento familiar y los lazos que unen a esta comunidad son algo muy distante de lo que vivimos aquí.

Espiritualmente, la experiencia ha sido apasionante. He percibido un gran contraste con lo que conocía hasta entonces. Viven un islam que se ha fusionado con antiguas creencias y tradiciones. Existen dos tipos de colegios: el «francés» y el coránico, siendo el segundo mucho más económico y al que la mayoría asiste. Allí, memorizan el Corán en árabe sin comprender el idioma. Luego está la figura del Marabú, quien conoce la traducción al wolof e interpreta el Corán, siendo considerado un «hombre más cercano a Allah» y representando la figura del sabio que mezcla creencias chamánicas con el islam. Los Marabús se encargan del cuidado y la educación islámica de niños varones de 4 a 9 años cuyas familias no pueden mantener, funcionando casi como un servicio social. Sin embargo, puedes ver a estos niños con ropas raídas, sin zapatos, mendigando después del primer rezo (06:30). Este dinero lo entregan al Marabú, quien lo gestiona. Estos niños son llamados Talibes. Formé un vínculo con los Talibes de Gandiol; cada vez que iba a comprar pan, me esperaban en una rotonda y compartíamos el pan y jugábamos un poco. En las noches en que iba al puesto de Aicha a por una hamburguesa, cenábamos juntos mientras los más pequeños se acurrucaban y el resto apoyaba sus hombros para que se acomodaran. Aicha era una mujer mayor muy dulce conmigo, y solíamos sentarnos en el tranco de su puesto a disfrutar del fresco y charlar mientras observábamos a la gente pasar. El más mayor, que conocía algo de francés, me dijo que su sueño era conseguir una equipación de fútbol para participar en los campeonatos del pueblo y, algún día, llegar a Europa como futbolista para mantener a su familia. Musa y sus compañeros lograron obtener la equipación, jugaron el torneo y él me dedicó su primer gol. No hay nada que desee más que volver a cenar con él algún día y escuchar cada detalle de los partidos que ha ganado.

La mayoría de las mujeres visten con hijab, pero lo colocan y lo quitan según les plazca y no necesariamente cubren todo su cuerpo. Así, las personas que visten de manera más tradicional o religiosa se identifican con el término Ibadu. Senegal es un país laico, y aunque la mayoría de la población es musulmana, las líneas entre religión y secularismo se difuminan, haciendo que la espiritualidad senegalesa sea un espectro fascinante del cual me gustaría escribir más en el futuro. La poligamia es común, y las familias pueden llegar a ser muy grandes. El capital principal de una familia es su descendencia. Un hombre me explicó: «Si tengo 10 hijos y, cuando sea viejo y enfermo, cada uno me da 10 euros al mes, podré vivir muy bien.» Los jóvenes, en cambio, rechazan la monogamia, especialmente las mujeres, pero cada vez más hombres, a raíz de sus experiencias intrafamiliares, optan por la monogamia.

El arte y la belleza de la naturaleza se manifiestan en cada rincón de Senegal, creando una sinfonía visual y sensorial que envuelve a todos los que tienen el privilegio de experimentarla. En este vibrante país, la creatividad no se limita a los espacios tradicionales, sino que se integra de manera orgánica en cada aspecto de la vida cotidiana. La gastronomía se convierte en una forma de arte, con platos que no solo satisfacen el paladar, sino que también narran historias de tradición y cultura. Las calles, llenas de color y vida, son escenarios donde se entrelazan la danza y la música, cada movimiento y cada nota contribuyendo a un espectáculo continuo de expresión artística. Cada día en Senegal era una inmersión en un mundo donde el arte se respira y se vive. Al caer la noche, me iba a dormir con la sensación de haber presenciado la más sublime de las bellezas, esa que trasciende lo visual y toca lo más profundo del alma. Los colores del atardecer, el ritmo de las canciones tradicionales, el aroma de los platos recién cocinados: todo formaba parte de una experiencia sensorial que me dejaba asombrada y agradecida. Pero cada mañana, al despertar, me encontraba con el desafío de superar lo que había vivido el día anterior. Senegal tiene una manera especial de elevar continuamente las expectativas, de ofrecer cada jornada una nueva oportunidad para maravillarse y descubrir algo aún más hermoso. Cada amanecer era una promesa de nuevas sorpresas, un recordatorio de que la belleza y el arte en este país nunca dejan de sorprender y de inspirar. Desde la elegancia de las danzas tradicionales que narran historias ancestrales hasta las letras de las poesías que reflejan el alma de la tierra, todo en Senegal me invitaba a sumergirme más profundamente en su rica cultura. El arte, en todas sus formas, no solo embellecía el entorno, sino que también se convertía en un lenguaje común que unía a las personas, creando una comunidad vibrante y creativa. Esta experiencia me enseñó que el verdadero arte y la belleza no están confinados a museos o escenarios, sino que están vivos en las calles, en las risas compartidas, en la música de cada día y en los gestos cotidianos. En Senegal, el arte es una forma de vida, y vivir en medio de esta constante efervescencia creativa ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Cada día, al irme a dormir, llevaba conmigo el eco de la belleza y el arte que había experimentado, y al despertar, me sentía impulsada a buscar y a crear algo aún más impresionante, sabiendo que en este rincón del mundo, la inspiración nunca se agota.

En resumen, mi experiencia en Senegal ha sido una revelación profunda que ha transformado mi percepción del mundo. La inmersión en una cultura rica y diversa me ha permitido desafiar mis propias creencias y entender el verdadero valor de la colectividad, la familia y la espiritualidad.

Me he dado cuenta de que, a menudo, el verdadero crecimiento personal surge cuando nos enfrentamos a realidades diferentes y nos dejamos llevar por el flujo de la vida en su forma más auténtica y cruda. El contraste entre mi vida anterior y la vida en Senegal ha puesto de manifiesto las grietas de mi etnocentrismo, abriendo mis ojos a las complejidades del neocolonialismo y a la profunda humanidad que se encuentra en cada rincón del mundo. Las lecciones aprendidas, desde la importancia de las relaciones comunitarias hasta el valor de una perspectiva intercultural, han sido invaluables. Volver a casa no significa regresar a la normalidad previa, sino integrar las experiencias vividas y continuar creciendo con ellas.

Echo de menos a mis hermanos y hermanas senegalesas, los momentos compartidos y las enseñanzas que me han acompañado en cada paso de mi viaje. A pesar de la distancia, el impacto de Senegal permanece en mi corazón, recordándome que la verdadera riqueza de la vida se encuentra en la conexión con los demás y en la capacidad de aprender y adaptarse. Espero con ansias el día en que pueda regresar, mientras tanto, llevaré conmigo las memorias, las enseñanzas y el amor que me brindaron, sabiendo que en cada gesto de cariño y en cada risa compartida, una parte de Senegal sigue viva en mí. Volveré a sentarme junto al mar, a escribir con el chaleco salvavidas como testigo silencioso, recordando las palabras de Mamadou y los sueños compartidos con Musa. Y en cada paso que dé, en cada decisión que tome, llevaré conmigo la esencia de una experiencia que me ha enseñado que, a veces, el mayor regalo es la capacidad de ver el mundo a través de los ojos de otros y de encontrar nuestro lugar en un mosaico de culturas y corazones entrelazados.

Publicado en: Senegal, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Emprendimiento, Género

Mi experiencia en Ambue Ari. Santa Cruz, Bolivia. Leire Alles Guevara.

14 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Cuando me puse una mochila más grande que yo a la espalda para ir al aeropuerto de Barajas para coger el avión dirección Santa Cruz, Bolivia, no era consciente de lo que me esperaba.

Tampoco tenía asimilado que me iba a ir un mes a trabajar a un santuario cruzando el charco, sentía que al día siguiente me despertaría en mi casa como si nada. Me pasé casi todo el viaje durmiendo y comiendo y, la verdad, fueron bastante sencillos todos los procesos lentos y aburridos del aeropuerto y también llevar a cabo los transbordos. Una vez llegué a Santa Cruz desayuné en el aeropuerto y cogí un taxi que me llevara a la estación de buses. Allí esperé dos horas con unas señoras muy agradables hasta que el bus dirección al parque salió: 7 horas me esperaban hasta comer algo y descansar.

Durante el trayecto, la mujer sentada a mi lado me vio observándola mientras ella comía, notó mi hambre en aquellas miradas de refilón a sus trozos de pollo y decidió compartir un par de ellos conmigo.

Una vez llegué al parque, me explicaron un poco como funcionaba todo y me hablaron de los incendios que les importunaban con bastante frecuencia, a lo que yo no hice mucho caso pensando que exageraban. Los voluntarios me acogieron rápidamente invitándome a formar parte de ese bonito grupo de gente maravillosa. Verdad es que, al principio, sentía que jamás encajaría con ellos, eran de distintos países, se conocían de antes y yo me sentía reacia a hacer amistades profundas en un lugar que voy abandonar en poco tiempo, pero poco me duró. Llegué la tarde antes del día libre, entonces, después de descansar fuimos a la laguna que hay cerca del parque y me estuvieron contando que animales cuidaba cada uno y como eran. No podía esperar a conocer mis animales y el funcionamiento de este sitio así que, al día siguiente, después de leer la información sobre protocolos y animales, empecé con gran ilusión mi primer día de trabajo. El coordinador de pequeños animales me presentó a los coatíes: Esme, Shelby, Aramis y Beepers. 4 maravillosos coatíes que tienen un trocito de mi corazón.

Es duro ser consciente de porqué están ahí y no en libertad, cada día estás cuidando de ellos y a veces te viene ese pensamiento a la cabeza: “no están en libertad porque no pueden sobrevivir debido al tráfico, a criarlos como mascotas o porque se desorientaron, lastimaron o perdieron a sus madres huyendo de incendios”. Y te da una punzada en el corazón. Así fue un poco mi recibimiento allí: dudas, miedos, contradicciones, ilusión y muchas ganas de empezar. Creo que como cualquier comienzo en la vida de alguien.

Las dos primeras semanas las viví como un niño el día de reyes: muchas cosas por aprender, actividades que realizar, animales y personas que conocer…

Voy a resumir un poco un día a día en el parque Ambue Ari: despertamos temprano (yo a las 6:40h más o menos) para a las 7h estar listos e ir con nuestros respectivos animales y/o (dependiendo de la organización del día) realizar tareas relacionadas con la vida en el parque. El desayuno es a las 8h y el almuerzo a las 12:30h.

La tarde comienza a las 14h y finaliza a las 17:30h por lo general (también depende un poco de tus animales y la organización diaria). Después hay algunas tareas nocturnas que te tocan algunos días, pero no siempre.

Empecé con campo animal donde me hice amiga de una chica francesa llamada Violette. Campo animal es como se le llama a la área que recoge coaties, chanchos y el ñandú llamado Matt Damon. El trabajo con ellos consistía en alimentarlos, limpiar sus jaulas, pasearlos y construirles enriquecimiento. A la semana empecé en aves, ahí casi todo consiste en construir enriquecimientos y cambiar las ramas y plantas de cada jaula para que así, las distintas aves puedan tener estímulos. El enriquecimiento consiste en mejorar el bienestar de animales que están en cautividad proporcionándoles estímulos que en la vida salvaje, normalmente, tendrían.

Fotografías de algunos enriquecimientos realizados.

Más adelante empecé a trabajar con Valo, un puma de poco más de un año al que encontraron junto con su hermanito que estaba muerto, por desgracia. Al ser tan pequeño y estar solo es muy difícil que sobreviva en la naturaleza y por eso se quedó en el parque. Ahora está muy acostumbrado a los humanos y no será posible liberarlo, por eso intentamos darle la mejor vida posible dentro de las posibilidades que hay en la vida en cautividad.

También empecé con Los Chicos, un grupo de tres pumas que encontraron en la casa de un narcotraficante que los tenía de mascotas. También están acostumbrados a los humanos, pero por desgracia no fueron criados desde cachorros por el equipo de CIWY, fueron criados como mascotas y en malas condiciones.

Por último, empecé a trabajar y a pasear a Waway, un mono nocturno al que se pasea, claramente, cuando ya es de noche. Esto es trabajo extra ya que es en horario de descanso, pero aun estando cansada después de un día de trabajo y calor, pasear con Waway a solas, en mitad de la selva, de noche, viendo lo feliz que está, la curiosidad que le recorre por el cuerpo, aunque al mismo tiempo a veces le de miedo… es un momento tan íntimo y tan especial para mí que no lo cambiaría por una hora más de descanso. Aunque esto pueda parecer peligroso no lo es, siempre hay un par de personas pendientes al paseo, no puedes pasear si no hay conexión o si no tienes batería en el móvil, siempre con linternas que ellos te proporcionan y están cargadas y, además, el área de paseo de monos nocturnos es a menos de un minuto del campamento, los animales salvajes que hay alrededor no son peligrosos por la cercanía al campamento (los animales más grandes que puedes encontrar son chanchos o armadillos).

La vida en común es maravillosa, pasas el día con gente muy diferente a ti, pero con la que compartes el deseo de poder ayudar a la naturaleza.

La peor parte diría yo, son las despedidas. Este lugar es mágico por mucho que busque palabras, estas se quedan cortas. Una vez empiezas a entender el funcionamiento de este sitio, el aura que te absorbe desde que pones un pie en el parque va aumentando y atrapándote cada día un poco más. Todos los voluntarios decimos que es muy difícil salir de este sitio… Aquí todos los problemas que nos comían la cabeza en nuestra vida antes de conocer este sitio se vuelven insignificantes. No echas de menos nada material, lo único que ocupa tu mente y corazón es el compartir vivencias, risas, llantos con la gente y los animales que aquí has conocido. Y en mi caso, el mayor problema aquí es lo rápido que pasa el tiempo, me encantaría pararlo en algunas ocasiones para poder extender este momento de mi vida lo máximo posible.

Volver a casa después de tanto tiempo de voluntariado es una sensación difícil de describir.

Cuesta describirlo, además, porque no soy capaz de entender el torbellino de emociones que van desde la alegría de reencontrarme con mi familia y amigos hasta la nostalgia de dejar atrás un capítulo tan especial de mi vida. Decir adiós no es algo fácil para nadie, pero para mí es siempre una parte muy dolorosa de cada experiencia que vivo. La última semana fue bastante dura, aceptando que sería el último lunes, martes… Mi último día de trabajo me despedí de los animales a los que, probablemente, nunca volveré a ver. La mañana de mi salida esperando el bus sentía una mezcla de pena y nervios que me estaba matando, porque también odio esperar. Por suerte o por desgracia, el bus no tardo mucho y a los 20 minutos estaba sentada en él, llorando, dirección Santa Cruz de la Sierra para coger un vuelo con destino a casa. Antes de subir algunos de mis amigos que allí conocí estuvieron esperando conmigo. Los abracé, me abrazaron, nos abrazamos; prometiéndonos un día volver a vernos. No sabemos cuándo, ni cómo, ni dónde, aunque ese día tarde o temprano llegará. Me niego a aceptar que no volveré a ver a esas personas con las que compartimos risas, llantos, sudor, noches sin dormir (tanto de fiesta como por la preocupación de los incendios), frustraciones, miedo, agotamiento, impotencia, intimidades, secretos… Un sitio así es como un ejemplo de vida fugaz…gente que va y viene y te recuerda lo efímero y valioso que es cada instante.

En el avión lloré mucho, al darme cuenta que me iba de verdad. Era caótico pensar en todo lo aprendido, en todos los recuerdos, en todos los lazos que habían sido construidos en un sitio tan pequeño como Ambue Ari. Como habitaciones, comedor, oficina, cocina de animales, depósito de humanos, fumador o café, construidas con madera y/o ladrillos, podían contener tanta vida, tantas emociones recogidas en sus paredes. La energía que rodea estos lugares antes nombrados es lo más duro de despedir. Llegas a Ambue Ari, inocentemente, pensando que solo vas ayudar y de repente, cada día allí te enseña algo nuevo y acabas descubriendo un poquito de ti, una parte que no conocías o que tenías escondida. Y no puedo estar más agradecida.

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Sostenibilidad ambiental

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