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Pasantía en Investigación en Medicina Preventiva y Salud Pública con la Universidad de Antioquia, Medellín-Colombia. Proyecto Migraciones y Salud Pública. León González Casas.

17 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

“La situación de salud (y la enfermedad) de las personas son el resultado de la manera en la que se vive y se trabaja, es decir, al final es el producto de cómo la sociedad se organiza y se distribuyen los recursos y oportunidades que en ella se generan; no es el resultado de un simple juego de probabilidades y va mucho más allá de la distribución, la oportunidad y la calidad de los servicios de atención a la enfermedad (cuestiones relevantes, pero de lo que no depende exclusivamente la salud de las personas). Las desigualdades sociales son la manifestación de la concentración y apropiación del poder y los recursos de la sociedad en unas pocas personas y grupos que han configurado unas formas de organización social injusta. Las desigualdades sociales matan a las personas y limitan sus posibilidades de desarrollar una vida plena, con libertad y autonomía; también, repercuten de manera directa en las desigualdades en salud. Actuar sobre las desigualdades sociales y sanitarias es un imperativo ético para todos los ciudadanos del mundo, es imprescindible que cambiemos el rumbo. 

En una región del planeta, Latinoamérica, de gran diversidad biológica y cultural, una zona de gran riqueza natural y social, pero que también es la más desigual del mundo. Sin embargo, vivir bajo esta configuración inequitativa de condiciones y opciones de vida se ha vuelto parte del paisaje” (Otálvaro Castro et al., 2023).

En los márgenes urbanos de Medellín nacen historias de resistencia y esperanza y se entrelazan historias de lucha y transformación, donde la cara de la desigualdad social se encarna en lo más alto de la montaña, pero permanece casi invisible. Colombia ha sido escenario de conflictos alimentados por divergencias políticas, luchas de poder, un campo de batalla donde las diferencias en torno a quién y cómo debe gobernar han dibujado un paisaje social tenso y complejo. “La gran mayoría de las organizaciones de la sociedad civil colombiana coinciden en señalar que la causa principal del desplazamiento es la violencia política (estado-grupos guerrilleros)” (2) la violación masiva de derechos humanos y el irrespeto constante de las normas del derecho internacional humanitario que buscan proteger la población civil.  En este contexto, el desplazamiento forzado emergió como una sombría realidad y una táctica de control político y militar, una estrategia empleada no solo por actores armados sino también por aquellos en posiciones de poder.

Esta crónica no es solo la historia de una comunidad que tiene sus orígenes en el desplazamiento al que llegó huyendo de la violencia y que es la más viva cara de una ciudad desigual si no de una comunidad que liderada por mujeres sabe levantarse todos los días para enfrentar sus desafíos. Según ACNUR para el primer semestre de 2023 Colombia fue el país con más desplazados internos del mundo, estos fenómenos de desplazamiento y de desigualdad social no solo representan un desafío logístico y humanitario, sino también una crisis de salud pública. La falta de acceso a servicios de salud adecuados, la variabilidad en la calidad de la atención recibida y las disparidades en los determinantes sociales de la salud son aspectos críticos que se han visto exacerbados por estos fenómenos.

En medio de este escenario se encuentra la Universidad de Antioquia y su Escuela Nacional de Salud Pública, un faro de compromiso en el ámbito de la salud pública. Bajo los principios de su fundador, Héctor Abad Gómez, esta institución se ha convertido en un símbolo de resistencia y dedicación a las causas sociales. Abad Gómez, un médico consiente de la importancia de abordar las necesidades en salud de las poblaciones y vincularlas con el análisis de la realidad, dejó un legado muy importante a través de su valiente denuncia de las injusticias sociales y las brechas en la atención sanitaria. Su vida, marcada por el coraje y la integridad, y su trágico asesinato en 1987 por intereses políticos ha inspirado a generaciones de profesionales de la salud, reafirmando el papel crucial de la Escuela Nacional de Salud Pública en Colombia.

La vereda Granizal es el segundo asentamiento más grande de Colombia y uno de los más extensos de América Latina.  Granizal se ha convertido en un lugar en el que conviven migrantes, desplazados internos, campesinos, afros e indígenas. Su población se acerca a los 25 mil habitantes en los que, el 80% aproximadamente, vive en condiciones de pobreza y pobreza extrema. (3) Un lugar invisibilizado y que ha sido el refugio y hogar de campesinos desplazados de diversos municipios y zonas rurales de Colombia. Hasta allí llegué como parte de mi pasantía de investigación con la Universidad de Antioquia, la Escuela Nacional de Salud Pública y la facultad de Medicina, participando de proyectos de investigación que desde el maestro Héctor Abad Gómez han desarrollado en diferentes territorios de Medellín y que buscan transferir el trabajo académico a la realidad de la ciudad.

Durante muchos años, viví en Medellín, mi ciudad, una ciudad de contrastes. A pesar de ser mi casa, debo decir que Granizal era para mí un territorio desconocido, nunca había caminado sus calles. Quizás, en algún viaje en metro, había vislumbrado a Granizal a lo lejos, una silueta borrosa en el horizonte urbano, o tal vez había escuchado su nombre en algún telediario, casi siempre con toda seguridad, asociado a algún suceso trágico que se hace paisaje cotidiano.  

A pesar de enfrentar grandes retos, esta comunidad se ha organizado en una sinfonía de esfuerzo colectivo y esperanza. Comités de líderesas locales se han formado, cada uno dedicado a abordar aspectos cruciales como la infraestructura, la titularidad de tierras, la educación, la atención sanitaria, la seguridad alimentaria y la generación de empleo. Estos comités no son simples agrupaciones; representan el pulso de una comunidad en transformación.

El proyecto que llegamos a conocer hace parte de la estrategia de un grupo de mujeres que se han formado junto a la Facultad de Medicina y que busca fortalecer el concepto de salud comunitaria. Son las promotoras de salud, mujeres valientes y comprometidas, cuya labor, aunque mayormente voluntaria, se ha convertido en el pilar de bienestar en esta comunidad. En ausencia de un apoyo del Estado, ellas a manos propias han levantado un pequeño recinto de madera que funciona como centro de salud, donde realizan labores de primer respondiente y atienden todo tipo de urgencias si la circunstancia lo obliga, en el centro de salud de Granizal no hay médicos, los periplos burocráticos no los llevan, no hay enfermeras, ni siquiera medicamentos o guantes. 

Estas promotoras con mucha voluntad y casi cero recursos han tejido una red de cuidado y prevención que sostiene a la comunidad. 

La siguiente es la reflexión que escribí desde allí, tan necesaria para sacar desde el alma el sentir que muchas veces nos limita la escritura académica y científica de la escuela biomédica. 

El capitalismo fagocita, insaciable, ya asilvestrado, un territorio y sus habitantes y lo invisibiliza, aunque en ese lugar se forje, a través de las mujeres, una unión de comunidades diferentes, que se ponen de acuerdo para sencillamente, vivir. 

Este cruel sistema socioeconómico se nutre de las desigualdades y lo renueva y lo mantiene vivo para que se asiente la desesperación y lo peor, la muerte. Sin embargo, afortunadamente, entre sus habitantes no hay rendición. (Así reza el bellísimo texto en una placa, que se erige a la puerta del puesto de salud: “Aquí nace, crece y se hace realidad el sueño de una comunidad humilde, luchadora, emprendedora y digna que jamás de rinde”. 

Utilizan la herramienta más importante y potente que posee la sociedad, se convierten en un equipo unido (no hay otro mecanismo más saludable que este, pues enferma al monstruo insaciable). Ese equipo unido regurgita y vomita una expresión de lucha, basada en la búsqueda del derecho humano que debería ser sagrado: el bienestar social con todos sus condicionantes, la legalización de sus casas, colegios públicos, centros de salud con médicos, caminos, agua potable.

Esta lucha en Granizal tiene nombre de mujer, estas doce mujeres, doblemente explotadas por el sistema económico y patriarcal, se rebelan y proporcionan un sello, por tanto, una visión nueva y limpia de contaminación machista. No es baladí que, incluso consigan estas mujeres abrir paso a un nuevo prototipo de hombre: el número trece del equipo, es un joven de 18 años, que, junto a ellas, con absoluto entendimiento, trabajan en la lucha diaria por hacer digno este territorio. No es casual tal vez, que se junten allí afros, indígenas, campesinos y desplazados víctimas de un sistema y un largo conflicto.

Es el mismo sistema capitalista corrupto en sí mismo, el que se mantiene y pervive a través de la injusticia social, le interesa provocar las desigualdades sociales; sin embargo, esta nueva experiencia de territorio desborda lo político y lo académico. Por ello, no se quiere levantar a un muerto en Granizal, y no interesa porque levantar a un cadáver es levantar acta de un fracaso político y de las administraciones; de ahí que se “tiren la pelotica” entre los municipios de Bello y Medellín. No existe un plan de ordenamiento territorial. Por esta razón la muerte no debe dejar rastro, para que no haya responsabilidades.

Así mismo, desde lo académico, aunque se aporten algunas soluciones, estas además de ser parciales, pecan en el intento, porque pareciera una mirada e intervención desde “afuera” (como el que visita un zoo) están cansadas de recibir a gente que luego se va, es lo que manifiestan.

El que escribe este artículo en este sentido, después de revisar la literatura científica, así como analizar las experiencias en otros territorios apuesta dentro de la formulación del talento humano en la salud, por subrayar un importante cambio, contratar a estas mujeres como promotoras de la salud. Se trata de contratar a la gente del territorio, pues ellas son las que saben de las necesidades de su territorio.

Encuentro en la fuerza que brota de escuchar hablar a estas mujeres tan auténticamente el significado de la dignidad, esperanza y la energía que de manera diáfana une mis raíces con las suyas en la búsqueda de la felicidad y del “buen vivir”.

La siguiente es la pregunta que hice a mi tutor académico en Colombia, Gabriel Jaime Otalvaro, autor del primer párrafo que abre este texto y deja abierta la posibilidad para que entre todxs los que deseemos podamos vincularnos con la comunidad de Granizal:

 ¿De qué forma pueden aportar las organizaciones internacionales, academia y ciudadanos para impulsar el bienestar de la comunidad de Granizal, según su experiencia y perspectiva como experto en salud pública?

Las organizaciones internacionales pueden aportar al bienestar de las comunidades a partir de la generación de procesos de intercambio de saberes, experiencias y perspectivas, en los cuales, expertos y/o funcionarios de estas organizaciones activen procesos de reconocimiento, escucha y diálogo de las realidades locales, de los saberes y prácticas construidas por las comunidades para responder a sus necesidades, a partir de lo cual, pueden activar procesos de intercambio, de retroalimentación, de canalización de apoyos, tendientes a fortalecer las capacidades de los actores locales.

– Apoyo en la sistematización de experiencias en alguna o las diferentes líneas de trabajo de las mujeres y jóvenes líderes

– Formación en estrategias específicas en temáticas de justicia climática, de género, incidencia política

– Apoyo en infraestructura y equipamiento para el desarrollo de las estrategias de comunicaciones 

– Apoyo y acompañamiento en el proceso de planeación y monitoreo del plan de salud pública territorial (algo que desean hacer las promotoras).

Autor: León González Casas

Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Granada. 

  1. Otálvaro Castro GJ, Ramirez AF, Santa HA, Cano Bedoya SM, Guzmán Cano S, Espinosa Ruiz V, et al. Dispar: La experiencia de vivir en una ciudad desigual. [Internet]. Marzo 2023; [Volumen(número)]:[páginas]. Disponible en: https://www.researchgate.net/publication/369388153_Dispar_La_experiencia_de_vivir_en_una_ciudad_desigual.
  2. Doria-Falquez LM, Reales-Silvera L, Russo De Vivo AR. Condiciones de vida después del desplazamiento forzado: Experiencias y percepciones de niños, niñas y sus cuidadores. Psicoperspectivas. 2021;20(1):95-105. Disponible en: http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-69242021000100095&lng=es&nrm=iso. ISSN 0718-6924. DOI: 10.5027/psicoperspectivas-vol20-issue1-fulltext-2111.
  3. World Vision Colombia. Salud y bienestar para la Vereda Granizal [Internet]. [citado 2023-12-18]. Disponible en: https://www.worldvision.co/sala-de-prensa/salud-y-bienestar-para-la-vereda-granizal.

Publicado en: Colombia, TFM/G Etiquetado como: Género, salud

Gota a gota: dignidad y vida en los Andes peruanos. Paola Bernal Herrera

16 diciembre, 2025 por marivimf Deja un comentario

Adaptación a la vida cotidiana

Cuando llegué a Cusco, en julio, el frío era intenso y el aire seco de la sierra se sentía en cada respiración. Las montañas se alzaban imponentes y mi emoción por estar en aquella nueva ciudad estaba a la altura. No imaginaba entonces que mi estancia allí cambiaría mi manera de mirar lo cotidiano, pero pronto descubrí que iba a aprender mucho más de lo que esperaba.

Había cruzado el charco con nervios y entusiasmo. Sentía esa mezcla de ilusión por empezar una aventura y el miedo natural a lo desconocido. Antes de viajar, había escuchado advertencias y miedos infundados sobre Latinoamérica, pero ninguno se cumplió. Desde el primer día me sentí segura, acogida y acompañada. Cusco me recibió con ruido, color y vida: coches que pitaban a todas horas, perros sueltos por las calles, puestos de comida en cada esquina y un movimiento constante que al principio me desorientaba, pero pronto aprendí a disfrutar.

Fotografía 1. Miembros del grupo Danzaq durante la festividad de la Virgen del Carmen en Paucartambo.

Durante las primeras semanas me sorprendía la manera en que los coches parecían comunicarse a base de bocinazos: para ofrecerse como taxi, para avisarte de que te apartaras o para marcar quién tenía preferencia (que casi nunca era el peatón). Los semáforos y pasos de cebra parecían orientativos, y cruzar una calle se convertía en una pequeña aventura diaria. Con el tiempo dejé de asustarme y me acostumbré a ese ritmo caótico que, de algún modo, también reflejaba la vitalidad de la ciudad.

Los perros eran parte del paisaje. La mayoría caminaba libre, sin correa, buscando sombra, comida o compañía. Algunos se acercaban en busca de una caricia, otros simplemente te observaban pasar. Aprendí a reconocerlos en mi ruta diaria; se volvían parte del entorno, parte de la vida compartida en las calles.

Fotografía 2. Perros recorriendo las calles del distrito de Poroy, Cusco.

A medida que pasaban los días, Cusco se fue revelando como una ciudad llena de contrastes: entre lo antiguo y lo moderno, lo turístico y lo local, lo espiritual y lo cotidiano. Vivía en un barrio alejado del centro, donde las fachadas color tierra se mezclaban con muros sin terminar, y los cables eléctricos se entrelazaban sobre las calles empinadas.

Las dos primeras semanas viví en un pequeño apartamento donde casi nunca había agua caliente y, algunos días, el agua simplemente no llegaba. Aquello que en España daba por hecho —abrir un grifo y tener agua— se volvió un ejercicio de paciencia. Al principio me agobié, pero esa experiencia me ayudó a comprender mejor cómo viven muchas familias en las comunidades rurales donde después trabajé. Entre el bullicio de los coches y el caos de las calles, fui descubriendo otra cara de la ciudad: la de las necesidades básicas que no siempre están garantizadas. Me di cuenta de que la comodidad no es universal, y que la escasez enseña a valorar cada gesto cotidiano.

A partir de esa vivencia comprendí que mi paso por Cusco no iba a ser solo una experiencia profesional, sino también una oportunidad para aprender desde la práctica personal.

Donde el agua enseña y la tierra abraza

Mi estancia en el Cusco formó parte de un proyecto dentro del Centro Guaman Poma de Ayala, concretamente en el departamento de Hábitat y Ciudadanía, en el programa “Estrategias de cuidado de la salud y la autoestima de la infancia y niñez a través del acceso a la alimentación saludable, la mejora de los hábitos de higiene y la comunicación asertiva”. Desde allí, combiné mi voluntariado con la realización de mi Trabajo de Fin de Máster en Psicología de la Intervención Social, lo que me permitió vincular la práctica con la reflexión académica y personal.

Con el equipo del Centro viajábamos a distintas comunidades rurales del Cusco para realizar talleres con niños, niñas y familias. Las carreteras no siempre estaban asfaltadas y el polvo acompañaba cada trayecto. La mayoría de las casas estaban construidas de adobe, muchas sin acceso a agua corriente ni baño. En algunos hogares, las familias criaban cuyes dentro de la misma sala donde cocinaban o dormían; los pequeños animales corrían sueltos por el suelo de tierra, manteniendo el calor del espacio y sirviendo de alimento o ingreso económico. Aquello me sorprendió al principio, sobre todo por las condiciones de higiene, pero pronto entendí que era una forma de adaptarse al clima y a los recursos disponibles.

Las comunidades rurales del Cusco están dispersas entre montañas inmensas, donde el silencio y la sencillez dominan el paisaje. El acceso es difícil: caminos estrechos, cuestas empinadas y polvo constante. Pero también hay una belleza serena en todo ello: los colores de los tejidos, los saludos de la gente, el sentido de comunidad, la conexión con la tierra. Cada visita era una lección de vida.

En las escuelas rurales, trabajábamos talleres centrados en la autoestima, las habilidades socioemocionales y el cuidado del cuerpo. Los niños y las niñas esperaban esas sesiones con ilusión; solían acercarse antes de empezar para hacerme preguntas sobre España o mostrarme sus cuadernos. Durante el recreo, me encantaba quedarme con ellos: saltábamos, corríamos, volábamos cometas, o simplemente hablábamos mientras me peinaban o reían al verme intentar pronunciar algunas palabras en quechua. Era imposible no contagiarse de su energía.

Fotografía 3. Niños y niñas de la I. E. Sagrado Corazón de Jesús (Oropesa) participando en una actividad durante una de las sesiones de mi TFM.

Sin embargo, en medio de esa alegría también aparecían las carencias. En muchas casas no había agua corriente ni espacios adecuados para la higiene. Algunas familias utilizaban pilas comunales o recogían agua de los riachuelos más cercanos. En otras, directamente no había retretes, sino pozos sépticos improvisados o incluso nada. El agua no era solo una necesidad, sino un bien que se esperaba, se compartía y se agradecía.

Aquellas escenas cotidianas me llevaron a reflexionar sobre la relación entre el bienestar psicológico y las condiciones materiales de vida. Durante una de las salidas a las comunidades, vi cómo una madre lavaba la ropa en un balde, con el agua justa, y me impresionó la normalidad con que lo hacía. En ese momento entendí que hablar de bienestar sin tener en cuenta las condiciones materiales es una contradicción. ¿Cómo fortalecer la autoestima si no hay acceso a lo más básico? Esa pregunta me acompañó durante todo el proyecto, recordándome que la dignidad empieza por lo esencial.

Fotografía 4. Madre realizando labores de lavado de ropa en un balde.

En las comunidades, el juego era tan escaso como el agua, pero igual de necesario. No había parques ni columpios, y los patios escolares eran de tierra. Aun así, las niñas y los niños jugaban con lo que tenían: cuerdas, piedras, palos o simplemente su imaginación. Pero esas carencias no deben romantizarse, no se trata de admirar que “con poco hacen mucho”, sino de reconocer que deberían tener más, porque el juego y la higiene no son lujos, son derechos básicos universales.

Aprender de lo que sostiene la vida

Mientras comprendía las limitaciones materiales, también descubrí que las comunidades poseían una profunda sabiduría sobre la cooperación, la reciprocidad y el cuidado mutuo. Fue entonces cuando descubrí la importancia del “ayni” y la “minka”, dos valores fundamentales en la cultura andina.

El “ayni” representa la reciprocidad: lo que se da, se devuelve; lo que se aprende, se comparte. La “minka”, por su parte, hace referencia al trabajo comunitario, al esfuerzo conjunto para un bien común. Estos principios me parecieron tan coherentes y necesarios que decidí integrarlos en mi Trabajo de Fin de Máster. Comprendí que la intervención social no puede desligarse de las formas locales de cooperación, porque la verdadera transformación se construye desde la pertenencia a la comunidad.

Poco después, tuve la oportunidad de participar en varios rituales a la Pachamama, la Madre Tierra. Eran ceremonias llenas de respeto y simbolismo, en las que se ofrecían flores, dulces, hojas de coca, bebidas y chocolates en señal de agradecimiento. Me emocionaba ver la manera en que las personas honraban a la tierra, no solo como fuente de recursos, sino como ser vivo que nos sostiene. Aprendí que allí la espiritualidad no está separada de la vida cotidiana, sino que forma parte de ella, recordando que cuidar la tierra también es cuidarnos a nosotros y a nosotras mismas.

Fotografía 5. Ofrenda preparada para un ritual de agradecimiento a la Pachamama.

Esa conexión espiritual se extendía también a la naturaleza que rodea el Cusco. En mis días libres hice rutas de trekking que me exigieron esfuerzo, pero me regalaron serenidad y una conexión profunda con el entorno. Los paisajes eran sobrecogedores: montañas cubiertas de nieve, lagunas de un azul intenso, desiertos, playas, valles infinitos, selva y glaciares. Perú tiene todos los paisajes posibles en un solo país, y cada trayecto era un recordatorio de la inmensidad y la fuerza de la tierra que nos sostiene.

Con el tiempo comprendí que esa fuerza vital no solo habitaba en la naturaleza, sino también en las personas y en la propia ciudad. Cusco respira arte y cultura en cada esquina, y su vitalidad parecía prolongar ese mismo espíritu de aprendizaje y resistencia. Los murales que decoran sus calles son verdaderas obras de arte, llenas de color y de mensajes sobre identidad, respeto y justicia. Pasear por sus calles era descubrir talento en cada rincón y creatividad en cada mirada.

Cada tarde, al salir del voluntariado, cuando el sol se escondía entre los cerros y el cielo se teñía de un naranja imposible, comprendía que algo había cambiado para siempre en mi forma de mirar el mundo.

Fotografía 6. Pintura callejera con simbolismo andino.

Gota a gota, lo que me traje de Cusco

Durante los tres meses que estuve en Cusco, cada día fue una mezcla de aprendizaje y emoción. Había momentos de cansancio, sobre todo después de los viajes largos o de los días en que las condiciones eran más duras, pero siempre sentía que valía la pena. Si algo tenía claro era que quería exprimir esta experiencia al máximo, y ahora, aunque regresé agotada, lo hice con la tranquilidad de haberlo conseguido.

De todo lo vivido, lo más bonito fue la gente que conocí: personas que me ofrecieron su ayuda, su tiempo y su cariño. Las familias de las comunidades, los y las docentes con los que colaboré, mi equipo del Centro Guaman Poma de Ayala, y mis compañeros y compañeras del voluntariado. Todos y todas dejaron huellas en mí. De cada uno aprendí algo: la paciencia, la alegría, la resiliencia y la importancia de trabajar con el corazón y cuidar los vínculos.

Desde que volví, me siento una persona distinta, con esa mezcla de nostalgia y gratitud que dejan las experiencias importantes. Echo de menos los paisajes, los sonidos, los colores, las personas y hasta las calles empinadas, pero también me alegra haber vuelto a casa para compartir lo aprendido. Cada vez que miro las fotos de esos meses, se me aguan los ojos. Sé que nunca podré expresar completamente todo lo vivido, pero sí puedo afirmar que ha sido la mejor experiencia de mi vida.

Comprendí que la dignidad se construye día a día, en los actos más sencillos: en la madre que se levanta antes del amanecer para llenar un bidón, en las niñas y los niños que inventan juegos sin juguetes, en las comunidades que comparten lo poco que tienen, en los equipos que trabajan con compromiso y esperanza.

Desde la psicología comunitaria entendí que intervenir no es imponer, sino acompañar procesos; fortalecer lo que ya existe, reconocer los saberes y los esfuerzos que mantienen la vida.

Porque ahora sé que, como el agua que cae gota a gota, el cambio verdadero se construye lentamente, en comunidad, gesto a gesto, hasta llenar de sentido la vida.

Fotografía 7. Mi mano entrelazada con la de una niña a las afueras de su hogar.

Agradecimientos

Agradezco profundamente al Centro de Iniciativas de Cooperación al Desarrollo (CICODE) de la Universidad de Granada, al Centro Guaman Poma de Ayala y a la Fundación Social Universal por haberme permitido vivir esta experiencia transformadora. Gracias por abrirme las puertas, por acompañarme, por hacer posible un aprendizaje que va mucho más allá de lo académico.

Publicado en: Perú, TFM/G Etiquetado como: Derechos de la infancia

Mi experiencia en Honduras: un viaje que transformador. María Morales

7 octubre, 2025 por marivimf Deja un comentario

Los primeros días: un choque de realidades

Recordar mi experiencia en Tegucigalpa es como revivir un sueño. Tengo recuerdos que a veces se vuelven borrosos, pero todos ellos están impregnados de una emocionalidad muy fuerte. Antes de viajar me pasé horas viendo vídeos, fotografías e intentando imaginar cómo sería todo: con quién viviría, qué cosas haría, cómo sería mi día a día. Creía que podía anticipar algo tan grande, pero ninguna de esas imágenes se acercaba mínimamente a lo que realmente viví.

Mi intención inicial era llevar un diario que me permitiera registrar cada momento, cada emoción, cada pequeño detalle que pudiera escapárseme. Sin embargo, pronto descubrí que aquello era imposible: había demasiado que sentir, demasiado que aprender, y ponerlo en palabras resultaba imposible.

Los primeros días fueron un auténtico bombardeo de estímulos. Honduras me recibió con una mezcla de dureza y ternura. Recuerdo la sensación extraña de no poder salir sola a la calle, de depender de alguien para moverme con seguridad. Recuerdo las casas sencillas, muchas construidas de madera, de lámina, otras apenas sostenidas sobre colinas de tierra. En cada esquina había niños con ropa gastada, algunos pidiendo dinero, niñas cargando a sus hermanos pequeños en brazos como si ya fueran madres a pesar de su corta edad.

También recuerdo los jóvenes que compartían sus historias de sacrificio para poder estudiar: algunos caminaban más de dos horas cada mañana para llegar al colegio; otros trabajaban desde muy pequeños para poder ayudar a sus familiares.

Pero junto a esas escenas duras descubrí la otra cara de Honduras: la calidez de la gente, la música y bailes que nos enseñaban, los colores tan vivos de las paredes, el olor de las comidas típicas, pero sin duda lo que más me sorprendió fue toda la naturaleza y los maravillosos paisajes verdes que tenían.

 

 

Acostumbrándonos a una nueva vida

 

Con el paso de las semanas comencé a sentirme plenamente integrada. Después de un mes allí me di cuenta de que, a pesar de las incomodidades y los retos, me sentía plena. Levantarme a las 4:30 de la mañana era difícil, pero lo hacía con la certeza de estar viviendo algo único, que me hacía sentir la persona más feliz y privilegiada del mundo. Muchos dicen que estas experiencias sirven para valorar más lo que tenemos en casa, y es verdad, pero mi gratitud no se dirigía tanto a lo que me esperaba en España como a lo que estaba viviendo en Honduras. Me sentía agradecida por cada instante, aunque también me acompañaba un pequeño síndrome del impostor al pensar que estaba sacando adelante un proyecto grande por mi cuenta.

Después de una hora de autobús por carreteras sin asfaltar y montañas cubiertas de verde, llegar al colegio era como llegar a mi segunda casa. Los compañeros se alegraban de verme y los niños corrían a abrazarme con esa energía que derriba cualquier cansancio. Las jornadas eran largas, de unas diez horas, entre las actividades del TFM, el apoyo psicológico y pedagógico, y las dinámicas de acompañamiento. Acababa agotada, pero con una satisfacción difícil de describir.

Cada semana conocía a alguien nuevo que me contaba su historia, me enseñaba sobre Honduras, me enseñaba la importancia de la religión o simplemente compartía momentos cotidianos. Los fines de semana viajábamos para colaborar en proyectos distintos: repartir uniformes en comunidades alejadas, dar talleres, acompañar a jóvenes en su formación. Esas oportunidades de conocer diferentes realidades, familias y escuelas fueron de lo más enriquecedor. Me sentía muy afortunada de poder aportar mi granito de arena a mejorar en pequeños aspectos, pero a la vez una frustración enorme sintiendo que esto es mucho más grande, t que la realidad del país es muy difícil de cambiar. Constantemente una ambivalencia de emociones.

No solo permanecimos dos meses en la misma ciudad, sino que nos trasladábamos a otras zonas: recuerdo con cariño la populorum de Marcala, donde convivimos con jóvenes estudiantes, o la comunidad de El Rifle, perdida entre montañas, donde apoyamos en el colegio. Cada lugar nos regalaba una experiencia diferente y única.

Uno de los aspectos que más me marcaron fue la riqueza cultural del país. La música, por ejemplo, está presente en todo momento, la punta garífuna me maravilló con su energía y su vitalidad. Tener la oportunidad de bailar con la gente local era en una oportunidad.

La comida también fue una ventana a la identidad hondureña. No había día que no comiéramos tortilla y, por supuesto, el café hondureño, uno de los mejores que he probado en mi vida, con un aroma y un sabor que parecían contener toda la esencia de la tierra.

El regreso

La vuelta a España fue dura. Aunque intentamos mentalizarnos, nunca es lo mismo imaginarlo que vivirlo. Recuerdo la primera vez que abrí el grifo y bebí agua sin pensar, y lo chocante que me resultó ese gesto tan automático, después de dos meses en los que hasta un vaso de agua requería cuidado.

También fue difícil responder a la pregunta inevitable: “¿Qué tal en Honduras?”. ¿Cómo resumir una experiencia tan profunda en pocas palabras? ¿Cómo explicar

la mezcla de alegría, dureza, gratitud, dolor y amor que viví allí? Por eso, la mayoría de las veces prefiero recomendarlo, animar a otros a vivirlo por sí mismos.

Lo que más extraño son los pequeños detalles: los aguacates gigantes, las baleadas de la señora de la esquina, los viajes interminables en autobús, los niños que corrían a abrazarme cada mañana, los amigos con los que compartí cada instante, las conversaciones al atardecer, la sensación de pertenecer a una comunidad, el aprender constantemente cosas nuevas de la cultura, la incertidumbre del día a día, el poder ayudar a los demás.

Hoy, al mirar atrás, me siento profundamente agradecida: a la fundación ACOES por la oportunidad, a mi familia por confiar en mí, a mis amigos por acompañarme, a la población hondureña por abrirme las puertas de su vida y cultura, y sobre todo a los niños y niñas, que me recordaron la importancia de cuidar siempre de la infancia.

Dejamos un enlace a un vídeo de  su intervención para reducir los estereotipos de género en la infancia a través del juego: https://www.instagram.com/reel/DOJjlEIk-1I/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=YXVuOTZsNmU3Y2Iy

Publicado en: Honduras, TFM/G Etiquetado como: Derechos de la infancia, equidad de género

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