- La amabilidad como forma de vida:
Santa Cruz de la Sierra, ubicada en Bolivia, está a 11 horas en avión de Madrid, España.
Con tres maletas y preparada para la nueva aventura, embarco en el avión y me siento en mi asiento del medio. Nada más sentarme, las dos mujeres mayores bolivianas a mi lado empiezan a hablar sobre sus viajes. Como yo estaba en medio, les ofrezco cambiarme para que se sienten juntas y estén más cómodas. Ellas me miran un poco raro y, tras un rato, aceptan. No entendí esta reacción hasta que vine a este nuevo país y conocí la cultura de su gente.
Estas dos señoras no se conocían de nada, para mi sorpresa, solo estaban hablando entre ellas porque así son los bolivianos: amables, altruistas, bondadosos y serviciales. Personas que, aunque no te conozcan de nada, te van a dar lo que necesites sin pedir nada a cambio. Personas que te van a abrir su casa y te van a dar de comer aunque tú no lo pidas.
Bolivia es un país de gente resistente, con una política y economía inestables, con problemas de violencia callejera y una policía corrupta. Es por eso que, frente a todos estos problemas, su población ha aprendido que deben apoyarse entre ellos y que nadie se queda atrás.
Durante mi primer mes en el voluntariado con la Fundación Hombres Nuevos, aprendí que, aunque tuviese miedo porque era un gran cambio cultural y había situaciones que aún no podía llegar a comprender por falta de contexto, siempre iba a poder contar con la gente a mi alrededor. Si me faltaba un boliviano (0,10 céntimos) para agarrar el micro (el bus), un señor mayor me lo prestaba. Si no sabía si el jugo de tamarindo estaba hecho con agua del grifo, una vecina que pasaba por ahí me ayudaba hasta encontrar uno que pudiese beber en el mercado. Si me equivocaba de bus y terminaba en un polígono a las afueras de la ciudad, el autobús entero me tranquilizaba y me ayudaba a encontrar otro que me dejase en mi casa.
Es por eso que mis primeras semanas en Bolivia fueron un ajuste inmenso a otra realidad, no porque fuese Sudamérica y yo solo hubiese estado en Europa, sino porque no estaba acostumbrada a que completos extraños me ayudasen en mi día a día y tuviesen un corazón tan grande.

- La rabia que encontré en el camino:
Llevo ya más de un mes en Bolivia y aún no he tenido ni un día de descanso. Antes de pensar en venir aquí, pregunté a algunos amigos sudamericanos qué sabían de Bolivia. Su respuesta siempre era la misma: nada. Me decían que la comida era mala, que había mucha corrupción y que no había muchos lugares turísticos que valiesen la pena.
Aunque las dos primeras afirmaciones son ciertas (solo comen arroz blanco con pollo frito y no hay constancia de ningún político que no robe), he comprobado que la última no lo es. Cada fin de semana he viajado a una zona diferente de Bolivia.
El destino turístico más visitado es el salar de Uyuni, el mayor desierto de sal continuo y elevado del mundo. Aun así, es uno de los lugares más difícilmente accesibles del país: un bus de 8 horas desde la ciudad más cercana (Sucre). Pero ver el cielo reflejado en las aguas del salar y caminar sobre una extensión infinita de blanco es una experiencia que haría llorar de emoción a cualquier fotógrafo. Es cierto que esta zona está pensada para el turismo, pero eso no significa que no vayas a tener la experiencia boliviana completa. En nuestro alojamiento, en medio del salar, no contábamos ni con calefacción ni con agua caliente, ya que las tuberías se habían congelado del frío que hacía. Así que, alrededor de la única estufa del hostal —que solo podía estar encendida un par de horas— nos acurrucamos todos los huéspedes y compartimos historias.
Por un lado, una familia boliviana viajaba por primera vez a Uyuni con su hija, nacida y criada en España. Ella venía con prejuicios y miedos que le habían inculcado desde allí: “No comas la comida, te vas a enfermar”, “Nunca pasees sola”, “No confíes en nadie, van a intentar timarte o peor”. Para el final de la cena, después de escuchar nuestras experiencias positivas en el país, se había relajado lo suficiente como para empezar a experimentar de verdad Bolivia y su maravillosa cultura. Por otro lado, un grupo de jóvenes griegos que apenas hablaban español necesitaban que les tradujésemos lo que querían decirle a la dueña del alojamiento, que al principio no era nada amable y nos trataba fatal. Antes de dormir, ya habíamos conseguido que esa mujer nos sonriera al menos una vez.
La Paz, la capital del país, es la ciudad más llena de turismo, y con razón. Desde allí puedes llegar a varios sitios que merecen la pena: el lago Titicaca, los Yungas o los glaciares del norte. Se nota que es la capital: hay más gente, más turistas, más taxis y más tecnología. Aunque cuenta con transporte público asequible y calles pavimentadas, La Paz no es representativa de la realidad de gran parte de Bolivia.
Viniendo de Santa Cruz, una ciudad grande e importante, donde la gente no se puede permitir los medicamentos ni algunos alimentos como el aguacate, me chocó ver tan claramente esta diferencia. Este sentimiento, al cual aún no sabía ponerle nombre, me acompañó durante todo el viaje.
Cuando entrábamos a un restaurante bonito y descubríamos que el dueño era europeo, esa emoción me volvía. Cuando la guía nos explicó que los locales —y sobre todo la población indígena— vivían en terrenos irregulares y no podían acceder a un seguro de vivienda, mientras el centro estaba lleno de hoteles y alojamientos, mis puños se apretaban. Y cuando le preguntaba al dependiente de una tienda de souvenirs si aquel objeto era local y me respondía que no lo sabía porque él no era boliviano, volvía a sentir ese peso en el pecho.
No fue hasta que volví a Santa Cruz y pude pensar alejada de esa otra realidad que había vivido, que me di cuenta de que era rabia. Rabia de que la gente se estuviese muriendo de hambre y sin condiciones básicas de higiene, pero el turista fuese la prioridad. De que quienes se beneficiaban de los extranjeros eran otros extranjeros, ya que los locales no se podían permitir abrir negocios en estas zonas turísticas. El turismo no da dinero, el turismo es una rueda donde las mismas personas se benefician y venden la pobreza del lugar como atracción turística. En mis viajes, ví como se utilizaba la miseria de los niños para que los extranjeros pudiesen sacar una foto, y la cultura de sus comunidades como un circo.
Es por eso que en mi siguiente viaje decidí alejarme de las zonas turísticas e irme a Buena Vista, un pueblecito a 3 horas de Santa Cruz. Allí, en una plaza con cuatro calles en total y dos bares en todo el pueblo, encontré un poco de calma en mis pensamientos. Éramos los únicos turistas, pero precisamente por eso pudimos conocer bien la zona y a sus residentes. Compramos en negocios locales, consumimos la misma comida que ellos y fuimos al río del pueblo, donde la gente pasaba el día con unas cervezas y un altavoz del que sonaba cumbia. Y allí, y solo allí, llegué a la conclusión de que viajar es un privilegio, y que el confort del turista no debería estar en contraposición con la vivienda básica de los locales. Que no porque yo tenga más dinero para gastar merezco más respeto que quien ha vivido en la zona toda la vida. A veces queremos viajar al máximo y conocer otras culturas, cuando a lo mejor solo estamos conociendo la realidad que las agencias de viaje nos están vendiendo, y en realidad no llegamos a conocer el país de verdad. Viajar no es solo recorrer kilómetros, sino aprender a mirar con otros ojos. Y esos ojos, muchas veces, te los presta la gente local.
- Mi voluntariado en Bolivia: