Universidad de Granada

Experiencias que transforman #YosoyAgentedeCambio

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Tejiendo vínculos entre amigas en micro y un hogar social en Bolivia. María Hermida López

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Mi experiencia de voluntariado en Bolivia comenzó con una mezcla de emociones intensas.

Antes de partir hacia Montero, sabía que este viaje sería transformador, pero también estaba llena de nervios y dudas. Viajé con solo una mochila de 50 litros y el momento de hacerla se sentía como algo que me acercaba mucho a la experiencia, ya era real. Decidí llevar ropa ligera para las rutas, junto con una chaqueta y un chubasquero, por si el clima era cambiante en algún momento. Sin embargo, también incluí algunos objetos personales que considero esenciales: dos libros, material para coser y cartas de mis amigas que me recordaban la calidez de casa. Un diario de viaje también ocupó un lugar en mi mochila, listo para documentar cada paso de esta aventura.

Los días previos a mi partida fueron un torbellino de emociones. Aunque la emoción era palpable, la incertidumbre sobre lo que estaba por venir me hizo dudar en momentos. Sin embargo, el apoyo de mi amiga Sandra fue fundamental, ya que vamos a vivir esta experiencia juntas. Al final, decidí que, a pesar de mis miedos, debía lanzarme y confiar en lo que vendría.

El vuelo hacia Bolivia fue tranquilo y la llegada acogedora. Paul y Pancho, del equipo de Hombres Nuevos, nos recibieron con amabilidad, a pesar de que nos tuviesen que venir a recoger a las tres de la mañana.

Una vez en Santa Cruz, nos llevaron a la casa de voluntarios, un lugar acogedor que se convertiría en nuestro refugio los fines de semana.

El primer día fuimos invitadas a una boda, cosas que realmente nos hizo ilusión y nos generaba curiosidad. Lo veíamos como una excelente oportunidad para conocer a otros voluntarios y al equipo del proyecto. Aunque la multitud resultara abrumadora al principio, también fue un momento de integración para nosotras.

La primera semana en Bolivia estuvo marcada por un proceso de adaptación. Nos dedicamos a conocer los diferentes proyectos de Hombres Nuevos y conocimos a las voluntarias, Kary y Carla, con quienes formamos rápidamente una amistad que ha sido una fuente de apoyo está semana aquí.

A los días, Sandra y yo, exploramos el hogar social donde trabajaremos, yo llegué realmente tímida, pero a lo largo de los días siento que he cogido confianza y que son unas chavalas maravillosas. Lo más emocionante de esta experiencia ha sido la oportunidad de liderar talleres con los jóvenes. Pudiendo generar un espacio de creatividad y aprendizaje tanto para ellos como para nosotras. Esta interacción ha sido enriquecedora y gratificante, y nos ha permitido establecer un vínculo más cercano con ellas. La energía y la pasión que traen a cada actividad nos han inspirado a seguir comprometidas con nuestro trabajo.

A modo de resumen, estos primeros días en Bolivia han sido intensos, llenos de aprendizaje y crecimiento personal. A medida que nos adaptamos a este nuevo entorno, las ganas de seguir adelante crecen cada día más. Estoy ansiosa por descubrir lo que las próximas semanas traerán y por seguir contribuyendo con el proyecto. Esta semana es solo el comienzo de algo que luce muy enriquecedor.

Experiencia en Bolivia: descubrimientos y desafíos.

Llevo un mes y unas semanas en Bolivia, participando en el programa del CICODE, y puedo decir que ha sido un mes repleto de emociones intensas. La experiencia de estar lejos de España me ha brindado la oportunidad de reflexionar sobre mi vida y mis raíces, mientras me sumerjo en una cultura completamente nueva. La distancia de casa, aunque desafiante, también ha sido un catalizador para mi crecimiento personal. Me he encontrado con la morriña de extrañar a la gente que quiero y a la vez con esa sensación de pensar que me gustaría, ahora que estoy adaptada, quedarme más tiempo aquí.

Uno de los mayores desafíos que he enfrentado aquí es encontrar opciones de comida vegetariana. Este aspecto ha despertado en mí una mayor conciencia sobre lo que consumo y cómo se relaciona con mi identidad. Cada vez que busco un plato acorde a mis preferencias, me doy cuenta de lo importante que es para mí mantener este estilo de vida y siento que ha sido una de mis mayores frustraciones aquí, ya que mi alrededor consume mucha carne y en ciertos lugares en los que me muevo observo las condiciones duras en las que se encuentran los animales en la calle.

A pesar de las dificultades, he tenido la oportunidad de explorar Santa Cruz a nivel cultural. Esta inmersión me ha permitido sentirme más integrada y, al mismo tiempo, me ha despertado un deseo de conocer y compartir con más personas de aquí. 

Un aspecto que ha sido particularmente enriquecedor es mi exploración de espacios queer en la ciudad. Encontrar y conectar con mi comunidad al otro lado del charco ha sido una experiencia liberadora. Estas interacciones me han proporcionado un sentido de pertenencia y me han ayudado a comprender mejor la diversidad cultural que existe aquí y me ha ayudado a conectarme también con el sentimiento de comunidad. Para mí es algo realmente emocionante ver que vayas a donde vayas siempre vas a encontrar a alguien queer que te mira con complicidad.

En cuanto a mi labor de voluntariado, he sentido una gran flexibilidad en mis actividades. En el centro de día para personas mayores, he disfrutado de momentos de ocio compartido, realizando actividades como cocinar, participar en un bingo musical y teñir camisetas.

Estas experiencias han sido valiosas ya que me han permitido conectar con las personas mayores de manera sencilla pero significativa. Me llevo su alegría y la sensación de que son la vida misma, con su entusiasmo y sus ganas de que les pusiéramos música todos los días.

En el hogar social, que es el proyecto principal en el que trabajo, he comenzado a construir relaciones de confianza con los adolescentes. A lo largo de este tiempo, hemos enfrentado y superado nuestros primeros conflictos, lo que ha sido un gran aprendizaje sobre la convivencia y la empatía. Cada pequeño paso que damos juntos refuerza el vínculo que estamos formando.

Recientemente, he tenido la oportunidad de impartir dos talleres sobre bullying y relaciones saludables. Estos espacios me han permitido acercarme a mi rol como educadora y me han hecho reflexionar sobre el impacto que puedo tener en la vida de estos jóvenes. Sabiendo que ellos están generando un impacto enorme en mi.

Este mes en Bolivia ha sido un viaje de autodescubrimiento y conexión. A pesar de los retos, cada día me siento más arraigada a este lugar y a su gente, y estoy emocionada por lo que me espera en el futuro.

Mi Última Semana en Bolivia.

Mi voluntariado en Bolivia ha sido una experiencia transformadora, pero también llena de contradicciones y emociones encontradas que estoy reflexionando ahora que ya ha llegado a su final. A medida que la experiencia iba acabando, me ha empezado a invadir un sentimiento agridulce, propio de quien se va cuando los lazos más profundos empiezan a tomar forma. Aunque intenté evitar caer en la trampa del “volunturismo”, no pude evitar sentir que me iba en un momento crucial, no solo para mí, sino también para las personas con las que había compartido tanto. En mi caso, no se trataba solo de mi proceso de adaptación, sino de la conexión que había logrado construir con los usuarios del centro, especialmente con los adolescentes. Cuando llegué, estaba lejos de ser una presencia establecida. Ahora, al marcharme, sentía que dejaba una parte de mí en ese lugar y que la relación estaba comenzando a florecer. Todo esto me hace reflexionar sobre una experiencia de tan poco tiempo de este calibre, es por ello el sabor agridulce, ya que también estoy profundamente agradecida de haber podido aprovechar esta oportunidad.

El vínculo con los usuarios no se construye de la noche a la mañana. Son risas compartidas, miradas cómplices, pequeños gestos de complicidad y también algún enfrentamiento en la convivencia. Es por ello que la despedida también fue dura y deja algún que otro relámpago de tristeza cuando pasan los días desde que concluye la experiencia.

Las despedidas son siempre difíciles, pero un recuerdo hermoso que me llevo es la ternura con la que una señora del centro de día nos cantó una canción en aimara para desearnos feliz viaje, además del bonito detalle que tuvieron de poner nuestra foto en su árbol genealógico del centro de día. También es entonces cuando una no piensa simplemente en la efectividad de su labor como voluntario si no en la importancia de los vínculos que se crean, y que como le dije a una señora del centro, nunca me voy a olvidar de ellas.

En cuanto a la conexión con las voluntarias, no puedo más que expresar gratitud. Con Sandra, mi amiga y compañera, compartí absolutamente de todo y fue mi apoyo principal durante estos dos meses. La solidaridad y la colaboración entre el resto de voluntarias fue fundamental para poder enfrentarnos a los retos del día a día. A medida que se acercaba el final, la sensación de unidad se hizo más palpable, y ahora me las llevo cerquita espero que para mucho tiempo más, ya estamos hablando de reencuentros y quedadas compartidas.

Finalmente, quiero agradecer profundamente a la Fundación que me brindó esta oportunidad. No solo me permitió conocer todos los aspectos del proyecto, sino que me hizo sentir parte de él. Desde el primer día, hicieron todo lo posible por que me sintiera como en casa, y esa acogida fue fundamental para que pudiera vivir la experiencia con el corazón abierto y también para que a día de hoy sienta un duelo con volver. La despedida que nos organizaron a Sandra y a mí fue emotiva y creo que lo que más me ha marcado es que la sentí honesta y real.

Al mirar atrás, me siento agradecida por la oportunidad de haber formado parte de este proyecto, por haber aprendido tanto de las personas con las que trabajé y por haber podido ofrecer un pequeño aporte en sus vidas, ellas han ofrecido tanto a la mía… mi experiencia en Bolivia ha sido, sin duda, un viaje de crecimiento personal y colectivo. Un viaje que, aunque concluya físicamente, siento que perdurará mucho más tiempo en mi.

Publicado en: Bolivia Etiquetado como: Educación, Género

Vuelta a Bolivia y aclimatación en la Ciudad de la Alegría. Sandra Barrutieta San Miguel

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Desde que supe que me venía a un proyecto de cooperación a Bolivia, allá por abril de este mismo año y junto a una de mis mejores amigas, sentía unas ganas inmensas de volver a uno de los países de los que tenía mejor recuerdo de Latinoamérica. Por suerte, hace un par de años recibí una beca Erasmus para vivir y estudiar en Rosario, Argentina, y ya había tenido la oportunidad de conocer de cerca la cultura boliviana en una escapada que hice al altiplano en mayo de 2023. Volver a Bolivia tan seguido se sentía como un golpe de suerte, y desde que llegué a Santa Cruz el pasado 13 de septiembre me he sentido muy afortunada de tener esta oportunidad.

La Fundación Hombres Nuevos es una fundación religiosa que ofrece varios proyectos en la provincia de Santa Cruz, desde comunidades educativas, centros de día, colaboración en formaciones teatrales y orquestas hasta hogares sociales de adolescentes, donde tengo la suerte de poder participar.

Actualmente mi rutina está marcada por la convivencia en el hogar con 11 adolescentes que cuentan con becas de estudio ya que en sus comunidades no hay institutos. Aprendo mucho de la resiliencia y del coraje con el que estas adolescentes enfrentan su vida en el hogar, ya que son muy conscientes de la oportunidad que implica poder tener una educación de calidad en un país como Bolivia, y la aprovechan al máximo estudiando muy duro para poder entrar en un futuro en la universidad. El trabajo que desempeño allí junto a mi compañera es muy diverso, ya que hacemos un acompañamiento tanto escolar, en sus tareas, como educativo, ya que una vez a la semana desarrollamos talleres, y también de ocio y tiempo libre, porque organizamos juegos deportivos, cine o llevamos a cabo todo tipo de actividades lúdicas.

Por otra parte, también tenemos cierta libertad de elección de proyecto dentro de la Fundación, y si queremos probar en otras instituciones alguna semana, podemos ir desempeñando diferentes funciones.

Los fines de semana, convivo con el resto de voluntarias que se encuentran en Santa Cruz de la Sierra en la Ciudad de la Alegría, un hogar en el que también vive una familia que participa en la Fundación. Ellas son un apoyo fundamental. Además, la mayor parte de ellas son chicas que ya conocía de antes en Granada, por lo que desde el primer día la convivencia fue sobre ruedas.

En nuestro primer finde juntas hemos visitado el Parque Nacional de Amboró, una reserva natural en medio de la amazonía boliviana, donde también hemos podido ver de cerca el desastre de las quemas que están sucediendo a lo largo de toda la amazonía latinoamericana.

Es una pena convivir con el humo de los incendios y saber que hay grandes intereses financieros en que toda la fauna y la flora queden arrasadas. También es una pena ver cómo los gobiernos de turno tienen peleas internas que hacen que todos estos desastres naturales queden relegados a un segundo plano, así como otros desajustes que viven las personas del país día a día por la falta de recursos materiales. Cito a continuación una cita célebre de Eduardo Galeano que explica, en parte, la pena y la impotencia que quería reflejar: “Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder (…) Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destinos a los países ricos, que ganan consumiéndolos muchos más de lo que América Latina gana produciéndolos”.

No obstante, también es esperanzador ver cómo existen grupos organizados que se movilizan por todo el país contra estas injusticias y muchas otras, tanto en temas de deforestación como en temas de género, culturales y de soberanía alimentaría. Para mí, algunas de las lecciones principales de estas oportunidades residen en darse cuenta de los privilegios que una tiene por la mera razón de nacer en Europa, y también tener en cuenta que las cotidianidades de nuestras vidas que echamos en falta durante estas estancias, muchas veces, son cosas que estas personas no conocerán durante su juventud.

«Sin bosques ni hay agua, no hay vida, no hay nada»

Desde que estoy en el Departamento de Santa Cruz, cada atardecer refleja en el cielo un espejismo natural de la realidad medioambiental que respira este Estado. Cada tarde se ve a través del humo del ambiente un Sol más rojizo que el día anterior, un Sol más ardiente, más temible y más cercano. Recuerdo mi asombro el primer día, recuerdo quedar fascinada por los colores del cielo y caer en la cuenta más tarde de la atrocidad ecocida que estaba generando esos tonos tan intensos. Lo cierto es que hoy, a 8 de octubre de 2024, ya son más de 10 millones de hectáreas las que han sido y están siendo arrasadas solamente en el Estado Plurinacional de Bolivia, en el corazón de Latinoamérica y de la Amazonía. Además, este no es un fenómeno puntual ya que en Bolivia, desde principios del milenio, el promedio anual de quemas es de alrededor de 4 millones de hectáreas.

Como respuesta a esta grave crisis, el gobierno actual de Luis Arce decidió suspender por tiempo indefinido las llamadas “normas incendiarias”, que permitían “quemas controladas” en las propiedades agrícolas y forestales, y que fueron legitimadas durante los gobiernos de Evo Morales. Dichas normas, cómo no, benefician a los poderosos sectores sojeros, cañeros y ganaderos, que operan el llamado “agronegocio” y también a los campesinos migrantes de las tierras altas del altiplano, instalados ahora en tierras bajas. Así, se ha declarado una “pausa ecológica” que ha puesto sobre la mesa que todo fuego es político, así como que todo fuego es sagrado y no debe ser un instrumento de codicia para aumentar las fronteras productivas.

Sin embargo, las quemas en Bolivia están a la orden del día culturalmente hablando. La recogida de basuras en las zonas rurales y urbanas del país es casi inexistente y tanto en ciudades como en pueblos existe la costumbre de quemar los residuos en los patios de las viviendas. Es cierto que esta práctica no es la causa mayor de los incendios forestales, pero es sorprendente cómo las fogatas forman parte del día a día de este pueblo. También es sorprendente saber que en muchos países latinoamericanos, entre ellos este, el cuerpo nacional de bomberos es voluntario, es decir, que quién asume la responsabilidad de las tareas de los incendios es el pueblo, ya que no son vistas por el Estado como una obligación.

En cuanto a la respuesta civil ante estos conflictos, la sociedad boliviana parece muy fragmentada entre quienes apoyan a Arce y quienes apoyan a Evo, estando así bastante atravesada por la vida política y partidaria del momento. Es cierto que también existen grupos organizados fuera del panorama político institucional haciendo ruido, pero son menos numerosos y sus acciones no tienen tanta repercusión. Aún así, llevan a cabo labores sociales, culturales y pedagógicas de gran valor y ver su manera de organizarse frente a los problemas de un Estado convulso hace creer en nuevos paradigmas y formas del buen vivir.

En otro orden de las cosas, la confrontación entre Evo Morales y Luis Arce ha estado en el centro del panorama político de Bolivia en los últimos años y la tensión no ha hecho más que ir en aumento, llegando incluso en las últimas semanas a causar grandes marchas de protesta y heridos en disputas entre los seguidores de ambos políticos. Entre medias de tanto humo, y posicionándose Bolivia entre los diez países más contaminados del momento, pareciera que estos mandatarios estuviesen más interesados en conservar su poder que en poner una solución a la quema de los bosques, su flora y su fauna. Pareciera que estos mandatarios no estuvieran nada conectados con la realidad social que viven los y las bolivianas, ni incluso por el aire que respiran. En definitiva, pareciera que vivieran en su burbuja aislados de los conflictos cotidianos y del rojo abrasador del Sol en cada atardecer.

Está última parte del blog me gustaría empezarla citando un poema de Gloria Fuertes llamado «Todo asusta», ya que ahora que pronto me tendré que despedir y que esto me genera muchas sensaciones en el cuerpo, me doy cuenta de todas las cosas que he aprendido y que dejo en este lugar, aunque me abrume de pronto tener que marchar cuando ya he creado un cierto vínculo con el proyecto y las adolescentes.

«Asusta que la flor se pase pronto.

Asusta querer mucho y que te quieran.

Asusta ver a un niño cara de hombre,

asusta que la noche…

que se tiemble por nada,

que se ría por nada asusta mucho.

Asusta que la paz por los jardines

asome sus orejas de colores,

asusta porque es mayo y es buen tiempo,

asusta por si pasa sobre todo,

asusta lo completo, lo posible,

la demasiada luz, la cobardía,

la gente que se casa, la tormenta,

los aires que se forman y la lluvia.

Los ruidos que en la noche nadie hace

—la silla vacía siempre cruje—,

asusta la maldad y la alegría,

el dolor, la serpiente, el mar, el libro,

asusta ser feliz, asusta el fuego,

sobrecoge la paz, se teme algo,

asusta todo trigo, todo pobre,

lo mejor no sentarse en una silla.»

Siento que cada semana en el Hogar Social de Montero ha sido más enriquecedora que la anterior, que mi compañera María y yo hemos ido cogiendo más y más confianza con las adolescentes y que esto nos ha permitido poder hacer todas las actividades más fluidas. Hemos hablado y jugado mucho con ellas, hemos dado talleres, nos hemos acercado a sus vidas conociendo sus situaciones familiares, sus tareas, sus tradiciones, su música… Me pone muy contenta sentir que hemos logrado crear un vínculo con algunas de ellas, que nuestro paso por el hogar les ha sacado un poco de la rutina, que hemos salido a visitar lugares de Santa Cruz que no conocían y que, de alguna manera, les hemos acercado un poco también nuestras vidas, nuestras experiencias y nuestras formas de pensar.

También suelo pensar en el cuidado con el que he intentado acercarme siempre a las vidas de las adolescentes, en lo valioso que ha sido para mí poder conocer la cooperación desde esta beca, en lo valioso que es para ellas estar en el hogar y contar con una beca de estudios… Las paredes del curso donde pasamos las tardes con ellas están ahora mucho más decoradas y coloridas que cuando llegamos, me gusta pensar que esto refleja la dedicación y las ganas con las que hemos trabajado, y también la pequeña huella que hemos podido marcar en cotidianidad de todas estas personas…

Marcho del hogar con mucha pena, porque una vez me he hecho completamente a la rutina y siento valiosa mi labor dentro de la fundación al haber creado un vínculo con las adolescentes me toca decirles adiós. Aún así, me pone muy contenta percibir la fuerza y la resiliencia con la que afrontan sus estudios y las situaciones familiares y relacionales que transitan, desde las enfermedades familiares y cómo conseguir el dinero necesario para pagar los tratamientos y las operaciones hasta conseguir un equilibrio entre vivir sus primeras experiencias románticas y sexuales en un contexto en el que el patriarcado y la desinformación acerca de los métodos anticonceptivos existentes es total. Como dije en otras entradas, llegué a Santa Cruz sin muchas expectativas y sin saber demasiado acerca de la fundación, pero con muchas ganas de ver qué podía ofrecerme y qué podía aportar yo, me voy con un muy buen recuerdo y una muy buena visión de Hombres Nuevos y agarrada de la mano de muchas amistades y anécdotas…

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Educación

Experiencia de voluntariado en Senegal. Fátima Bernier Amakrane

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Una receta gastronómica, histórica y resiliente de Senegal.

Fotografía de Thiéboudienne en Gandiol.

El Thiéboudienne, conocido también como «Ceebu jën» en wolof, es el plato emblemático de Senegal, un verdadero símbolo de identidad cultural y de la resiliencia del país, el cuál me ha acompañado durante toda mi estancia de voluntariado.

Su origen se remonta a la ciudad costera de Saint-Louis en el siglo XIX, una región histórica que fue la capital del África occidental francesa y muy cercana a Gandiol, lugar dónde se encuentra la entidad que me acogió, Hahatay. Este plato no es solo el plato nacional, sino una manifestación viva de la historia, la cultura y las resistencias de las comunidades senegalesas frente a la colonización y sus impactos. Este guiso, que combina arroz, pescado y una variedad de verduras y especias locales, es una receta que cuenta como una comunidad ha logrado preservar y transformar su patrimonio en el contexto de las imposiciones coloniales. El origen del Thiéboudienne está profundamente entrelazado con las adaptaciones forzadas que las comunidades africanas tuvieron que hacer durante la colonización, pues el comercio de ingredientes y la gastronomía europea predominaban, obligando a las comunidades locales a reinventar sus tradiciones.

La creación del Thiéboudienne se atribuye a Penda Mbaye, una cocinera de Saint-Louis que, enfrentándose a la escasez de ingredientes importados durante la colonización, desarrolló esta receta utilizando productos locales. El pescado, omnipresente en la dieta costera, se combina con arroz, zanahorias, repollo, yuca, tomates y una mezcla de especias que crean un equilibrio perfecto de sabores. Este plato ha cruzado fronteras y es conocido en gran parte de África occidental, pero su preparación y presentación varían ligeramente según la región, destacando la diversidad cultural del continente.

Cartel del documental sobre el Ceebu jën por Papis Niang.

El Thiéboudienne también es una muestra de la conexión entre la gastronomía y el medio ambiente. Al ser un plato que depende de ingredientes locales, su preparación pone en valor la importancia de los recursos naturales y promueve prácticas sostenibles. En un mundo cada vez más globalizado, este plato es un recordatorio de la riqueza que puede encontrarse en lo local, en lo tradicional, y en el respeto por el entorno. La receta en sí misma es una lección de paciencia y dedicación, ya que cada paso requiere tiempo y cuidado.

Durante mi estancia se celebró la segunda edición de la Semana Culinaria de Saint-Louis, en la cuál 3 chef senegaleses se reunieron en la ciudad para trabajar sobre la codificación del plato nacional. Gracias a este evento descubrí que este plato fue inscrito en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en el año 2021. Este logro refuerza la importancia de los conocimientos y prácticas tradicionales en la cocina. Además, la preparación del plato es una actividad profundamente comunitaria, en la que las familias y las comunidades se reúnen para cocinar y compartir, reforzando los lazos sociales y celebrando su patrimonio común.

Fotografías de la Semana Culinaria de Saint-Louis, preparando Thiéboudienne en Ndar.

Más allá de su sabor, es un puente cultural, un plato que une a las personas a través del tiempo y el espacio. Es un elemento central en las celebraciones y reuniones familiares tanto en el país como en la diáspora, una forma de compartir no sólo comida, sino también historias, tradiciones y valores. Además, me gustaría terminar rescatando las palabras de Aliune Badian, crítico de arte y ex-funcionario del Ministerio de la Cultura, en las cuales explica una de las leyes no escritas a la hora de comer el Thiéboudienne:

Al igual que su preparación, su consumo está reglamentado. Primero, se recomienda comer lo que está frente a uno; está mal visto tomar la porción del vecino. Sin embargo, por respeto, tradición y cortesía, a menudo se verá a la cocinera empujar trozos de pescado o verduras hacia las personas mayores o los invitados.

Fotografía de los ingredientes del thieboudienne y yo cocinando.

Más información:

https://youtu.be/QlLxWJcSInw VIDEO UNESCO

https://www.jeuneafrique.com/1094533/societe/serie-le-tieboudiene-plat-de-resistance-et-de-resilience-1-5/  NOTICIA THIEBOUDIENNE

 https://www.au-senegal.com/sortie-du-long-metrage-intitule-ceebu-jen-l-art-de-penda-mbaye,16332.html DOCUMENTAL THIEBOUDIENNE

Biennal Dakar 24’: The Wake, L’éveil, Le sillage, Xàll wi.

Cartel oficial de la Biennal de Dakar 2024.

Mi experiencia en la Bienal de Dakar 2024 comenzó con un recorrido por el emblemático Antiguo Palacio de Justicia, un edificio monumental que en esta edición acogía un recorrido escenográfico único diseñado por Salimata Diop, la directora artística de la bienal. Este evento en su 15ava edición, que tuvo lugar entre el 7 de noviembre y el 7 de diciembre, reunió a casi 70 artistas de todo el mundo en su sección oficial y otros tantos en su programa paralelo «off».  Tuve la gran suerte de visitar la exposición permanente y acudir a algunos de los eventos enmarcados en la programación de la Bienal, además, es la primera vez que acudo a un evento artístico de tal magnitud. Me contaban que inicialmente estaba planeada para mayo, pero el contexto político y presupuestario obligó a retrasarla. Dakar se transformó en un vibrante epicentro del arte contemporáneo africano.

Lienzo con celebridades africanas y de la diáspora.

Gracias a la entrevista de Laura Feal, periodista e investigadora independiente, a Salimata Diop, he podido conocer un poco más sobre la primera mujer que ha dirigido la Bienal de Dakar. Salimata Diop es la visionaria detrás de esta edición, quien aportó una dirección artística profundamente influenciada por su amplia trayectoria y su sensibilidad interdisciplinaria. Nacida en Dakar, con raíces senegalesas y francesas, Diop se formó en literatura en la Sorbona y en historia del arte en la Universidad de Warwick. Su carrera incluye hitos como la dirección del Africa Centre de Londres, la feria AKAA en París, y la fundación del Museo de la Fotografía de Saint-Louis en Senegal. También es compositora y pianista, y en esta bienal integró la música como un hilo conductor, lo que enriqueció la experiencia sensorial de las exposiciones.

Bajo el tema The Wake: Awakening, Xàll wi’, Salimata imaginó un recorrido conceptual que invitaba al público a reflexionar sobre los naufragios simbólicos que enfrenta nuestra sociedad, desde crisis políticas hasta ambientales. Junto con la escenógrafa Clémence Farrell, diseñó un circuito innovador que incluía cuatro capítulos temáticos: Nager dans le sillage (Nadar en el estela), Plonger dans la forêt (Sumergirse en el bosque), Flotter dans le nuage (Flotar en la nube) y Brûler (Arder). Las obras expuestas en estas secciones, muchas de ellas instalaciones inéditas, combinaban lo poético y lo urgente, marcando un tono casi punk que desafiaba la pasividad del espectador.

Entre los aspectos que más me impactaron estuvo la presencia del afrofuturismo, un movimiento que reimagina futuros posibles desde perspectivas africanas. Varias obras exploraron las tensiones entre la tradición y la modernidad, utilizando medios como realidad aumentada, esculturas lumínicas y narrativas transmedia. Además, las conversaciones con artistas y críticos enriquecieron mi entendimiento del rol del arte como herramienta de resistencia y transformación.

Obras digitales de la exposición Afrofuturismos.

La Bienal de Dakar 2024 no fue solo una celebración del arte, sino un espacio de reivindicación y esperanza. Gracias a figuras como Salimata Diop, este evento sigue siendo un hotspot para el arte africano y una plataforma para cuestionar, imaginar y construir futuros. Mi visita no solo me dejó impregnada de arte, sino también inspirada por el compromiso de aquellos que trabajan para mantener este evento como un faro cultural y político en el continente.

Más información:

https://elpais.com/planeta-futuro/2024-11-30/salimata-diop-directora-de-la-bienal-de-dakar-quiero-que-la-juventud-se-acerque-al-arte-aunque-sea-para-hacerse-selfies.html ARTÍCULO LAURA FEAL

Festival Ecofeminista Kimpa Vita Dakar.

Cartel oficial del Festival Kimpa Vita 2024

La 5ta edición del Festival Kimpa Vita coincidía con la última semana de mi voluntariado en Senegal por lo que aproveché para poder pasarme por este evento. Este año el país elegido cómo epicentro del festival fue Marruecos, por lo que su enfoque ecofeminista y el análisis de este movimiento en el islam en Marruecos resonó profundamente conmigo, no solo por la relevancia de los temas tratados, sino también por cómo dialogan con mi propia herencia araboamazigh. Una de las figuras destacadas en esta edición fue Fátima Al-Fihriya, fundadora de la Universidad Al Quaraouiyine, reconocida como la institución educativa más antigua del mundo. Su historia de dedicación a la educación y a la comunidad la convierte en un símbolo poderoso del impacto de las mujeres africanas en la construcción de sociedades inclusivas y sostenibles.

Kimpa Vita es una plataforma de encuentro e intercambio creada por el Collektif Sankarista, cuyo objetivo es sensibilizar a la sociedad a través de la cultura. Busca crear espacios para la reflexión, la incidencia y el activismo en favor de la igualdad de género y la promoción de las mujeres, siguiendo una perspectiva feminista y eco-responsable en Senegal. Desde 2021, organiza el festival cultural panafricano, feminista y eco-responsable, difunde un pódcast sobre feminismos africanos, realiza proyecciones de películas temáticas y organiza conferencias y debates feministas en el espacio público. A partir de 2023, ha implementado un think tank de investigación y ampliado sus actividades hacia zonas rurales de Senegal, así como en escuelas y universidades.

La programación del festival fue rica y diversa, con paneles, proyecciones y debates que invitaron a reflexionar sobre el papel de las mujeres en contextos islámicos y su lucha por la igualdad. Entre los momentos más significativos para mi estuvo el espacio de lectura dedicado al libro Femmes et Islam de Asma Lamrabet, un texto que aborda la intersección entre género y religión desde una perspectiva crítica e histórica. El libro analiza las contribuciones y desafíos de las mujeres en el islam a lo largo de los siglos, ofreciendo herramientas para comprender mejor las tensiones y oportunidades actuales en la búsqueda de justicia de género. Personalmente, comencé a leer este libro 2 semanas antes del festival, de pura casualidad, fue muy enriquecedor compartir con las participantes nuestras conclusiones sobre algunos textos extraídos del libro. Sin embargo, muchas de nosotras esperábamos el encuentro con la autora y no asistió al festival.

Fotografía libro Islam et  Femmes de Asma Lamrabe.

Elena Bougaire y Chloé Ortolé, cofundadoras del festival, han conseguido dinamizar un evento que combina activismo, arte y pensamiento crítico. Las proyecciones de cine, que destacaron el trabajo de cineastas panafricanas, fueron especialmente conmovedoras, subrayando el papel del cine como herramienta para comprender y transformar nuestra realidad. En cada actividad, se percibía un compromiso con la promoción de los derechos de las mujeres y la sostenibilidad, pilares que guían la visión del festival.

El Festival Kimpa Vita es un ejemplo vivo de cómo la cultura puede servir como catalizador para el cambio social, ofreciendo no solo un espacio para el análisis, sino también para la acción colectiva. Participar en esta edición ha sido una experiencia transformadora que reafirma la importancia de iniciativas como esta en la construcción de un futuro más justo y equitativo.

Fotografía Cineforum en Gandiol.

Publicado en: Senegal, Voluntariado internacional

Dulce y amarga Santa Cruz, Bolivia. Karina Alejandra González García

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Hace bastante tiempo que esperaba este momento: pisar el suelo sudamericano, venir a la cuna de los Andes y sentirme parte de un pasado histórico que lucha por revivir y preservar su memoria.

¿Por dónde empezar a contar mi experiencia previa y de llegada a Bolivia? Hablar de los trámites administrativos está de sobra, bien sabemos que el hecho de entrar a un país que no es nuestro implica una burocracia tremenda, pero con muchísima paciencia y terquedad uno logra pasar esos primeros filtros que implica el viaje.

La idea romántica de Bolivia y Sudamérica es muy tentadora, esta tierra se presta para soñar y si bien es hermoso tomar conciencia del pasado ancestral una vez pisado el suelo andino, también es amarga la caída a la realidad actual del país.

Es extraño cómo nuestro cuerpo y mente reaccionan tan diferente a la misma situación. A unos cuantos meses del viaje sentí la adrenalina inmensa por volver a colgarme la mochila y agarrar rumbo otra vez, esa emoción de vivir nuevas experiencias, de conocer gente nueva y sobre todo de aportar aunque sea un granito de arena a una comunidad.

Y luego, a un par de días del vuelo sentí ese estrés, para unes inevitable como en mi caso, de enfrentarse a lo desconocido, de no saber qué va a pasar, de cuestionarme si estoy tomando la decisión correcta al salir tan pronto de un país al que recién llegué (España) o si sería mejor quedarme y continuar con mis proyectos ahí. En fin, volví a sentir, como cuando estuve a punto de viajar a España, ese temor tan naturalmente humano hacia lo desconocido.

Aunque pensándolo bien, gran parte de ese miedo y estrés estaba dirigido al tema de la falta de seguridad que puede vivir una mujer en Bolivia. Me preguntaba si me sentiría un poquito más segura que en México o si sería totalmente peor. Ahora, ya en Santa Cruz, puedo decir que me siento arropada y protegida por la gente del proyecto que me ha guiado y que en ningún momento me ha dejado sola. Así que por ese lado, no me arrepiento de estar acá y de haber tomado la decisión de venir.

Luego está el tema de la llegada, en cuanto a eso no puedo explicar la emoción de saberme entre tanta gente tan buena. Es muy bonito darse cuenta que sin conocerte, las personas del proyecto se emocionan al verte y te sonríen y te reciben con los brazos abiertos de una manera tan orgánica. Y ni hablar del calor de los adolescentes con los que estoy trabajando en los colegios de Plan 3000, todos se acercan a hablarte y sin saber todavía exactamente qué vas a hacer ahí, te dan la mano con mucho gusto.

Sin embargo, esa punzada tan bella en el corazón es atravesada por la dura realidad del Plan 3000, un sitio donde se viven muchas dificultades y necesidades. Caminando por acá he aprendido a valorar aún más lo que tengo, incluso he tomado conciencia de lo que me falta. He podido sentirme identificada con algunas carencias iguales a las de México, pero también he sentido un abismo enorme entre mi país y éste a pesar de que ambos tienen una historia similar. Sin más, a tan pocos días de haber llegado me siento muy afortunada de poder estar aquí, pisando y siendo consciente de este suelo y sus raíces y sintiéndome arropada por esta gente que ya ocupa un lugar en mí.

Bolivia a grandes rasgos, su belleza entre los incendios.

Estas primeras 3 semanas en Bolivia han tenido de todo un poco, así que me gustaría primero contar desde mi visión lo que ha sido mi experiencia en el país y en segundo lugar lo que ha sido mi labor en el voluntariado.

Me duele muchísimo hablar de los sitios tan bellos que he visitado en medio de la grave crisis forestal que está sufriendo Bolivia, principalmente en los departamentos de Santa Cruz, pero que alcanzan también los territorios de Perú, Brasil e incluso Argentina y Uruguay, estos últimos comienzan a sufrir las consecuencias de este ya declarado Desastre Nacional.

No considero propio de mi parte hablar de la belleza de Bolivia ignorando la llaga tan grande que se abre en el suelo sudamericano a causa del incendio. Más de 4 millones de hectáreas han sido consumidas desde hace ya algunas semanas y al igual que nosotras aquí en Santa Cruz, el resto de Bolivia despierta cada mañana con un aroma a humo y una nube gris que no nos deja ver ni el sol. En estos días he pensado mucho en lxs compañerxs que ya se encuentran voluntariando en refugios y reservas de animales aquí en el corazón del país. Sin embargo, también he pensado mucho en lxs voluntarixs que están a punto de llegar y “El fuerte de Samaipata” que se toparán con esta grave situación, pero que seguramente llegan cuando los refugios más les necesitan.

Aquí, dentro del voluntariado me ha roto el corazón ver a gente que quiero llorar por sus tierras. He visto sus rostros empapados en lágrimas y he escuchado a través de su voz quebrada que sus bosques, los que caminaron en su juventud, siguen quemándose y nadie hace nada, mas que la gente local que entra a intentar apagar el fuego porque a ellxs también les duele ver su tierra arder. En Santa Cruz hemos pasado una semana de clases en línea porque el aire es irrespirable y lo mejor para los niñxs es quedarse en casa.

Sin embargo, la vida sigue y la gente necesita trabajar. Me han contado que, al menos en Plan 3000, el ingreso económico de muchas familias viene de sus ventas en los mercados, por eso es increíble la cantidad de mercadillos que hay aquí en comparación con México.

Por otro lado y en contraste con lo antes contado, quiero hablar de la riqueza natural que he visto en esta zona del país. Hace poco tuve la oportunidad de visitar Samaipata, un pueblo hermoso donde hay una de las zonas arqueológicas más grandes que he visto, además ahí se encuentra un bello refugio de animales donde me contaban que reciben a aquellos que han sido rescatados del tráfico ilegal. Estar en el centro ceremonial preincaico de Samaipata fue algo inexplicable. Se trata de la piedra tallada más grande del mundo. Mirar el valle, ver las ruinas, ver las piedras, sentir el aire recio y pensar en los pies descalzos que pisaron este suelo andino hace siglos es sentirse pequeña.

El voluntariado.

En cuanto al voluntariado puedo decir que todo ha pasado tan rápido que a veces siento que en 6 semanas no se puede hacer mucho, pero lo intento. Creo que es super importante entender que no importa lo mucho que me involucre en mi proyecto de voluntariado, siempre habrá muchísimo que faltará ofrecer. Las necesidades son enormes y nosotros, evidentemente, solo somos una parte pequeñita del engranaje de estos grandes proyectos de apoyo a las comunidades. Claro que hasta ahora he experimentado una sensación de alegría muy bonita (casi siempre cuando estoy frente a los grupos de alumnos y alumnas) pero también he sentido bastante frustración cuando se trata de coordinarse para organizar horarios en los colegios, cosa que sucede en cualquier sistema educativo. A pesar de ello, es muy satisfactorio ver que dentro de los muchos grupos que tengo, algunos van con bastante motivación a las clases de nivelación con las que apoyo a los profes de Lenguaje. Hablar con los niños y niñas y ver la ilusión con la que se acercan es lo primordial para mí y sé que al final toda esa frustración de coordinación con los profes desaparece cuando encuentro a aquellos que se interesan y participan y preguntan por la siguiente clase. Sin embargo, sí considero que se podría mejorar la organización para que lx voluntarix pueda comenzar a trabajar desde su llegada con un horario estable sin perder el poco tiempo que tenemos.

Los adioses que no se quieren pronunciar.

Venir a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, ha hecho que valore y mire con más profundidad distintos aspectos de la vida, por ejemplo, mi percepción del tiempo.

Luego de 1 mes y medio aquí he sentido que los días pasan frente a nosotros de una manera incomprensible. Todavía recuerdo como si fuera ayer llegar al aeropuerto, conocer a la gente del proyecto e instalarme en la casa de voluntarios. Creo que para todo el mundo este tiempo ha pasado volando.

En las Unidades Educativas en las que me encuentro apoyando con talleres de lecto escritura, se ha formado un vínculo muy bonito con los alumnos. Más allá de compartir talleres con temas específicos que me dan algunos profesores, he tenido la libertad de poder proponer temas y métodos propios. Sin embargo, lo más bello para mí, ha sido cuando de repente los estudiantes tocan temas que les causan curiosidad y que les implican en tanto sociedad. Verlos hablar de temas tan importantes como el feminismo, la política de su país y el colonialismo me hace pensar que realmente hemos creado un espacio seguro en donde sienten la confianza y libertad de expresarse sin miedo o vergüenza.

Tras haberse creado este tipo de vínculos y espacios, es comprensible que llegados los últimos días juntos nos despidamos con cierta tristeza y sentimiento de que el tiempo no fue el suficiente. Personalmente sentí que hacen falta más días para seguir alimentando la confianza y colaborando, sin embargo, me voy contenta y satisfecha de haberles conocido y de haber aprendido tanto de ellos, así como de haber visto en sus ojos mi “yo” adolescente.

En cuanto a la despedida con la gente del proyecto, también me voy sintiendo una sensación de nostalgia. Hubo muchas personas de ahí que verdaderamente tocaron mi corazón y que se quedan en una parte de él. Quedo completamente agradecida por la implicación de estas personas en los diferentes proyectos con los que cuenta la fundación. De verdad que sus sonrisas y su motivación contagian enormemente.

Por otro lado, Bolivia y cada uno de sus rincones me dejan un hermoso recuerdo, pero sobre todo la sensación de querer volver, viendo que hay mucho en que colaborar.

Sin duda, descubrir este país y su cultura ha sido una decisión de la que no me arrepiento, aun mirando hacia tras y viendo los tropezones que son inevitables, volvería a elegir el mismo camino con su aprendizaje, con su gente, con sus tierras, con sus cosas bellas y con sus realidades tan impactantes. Con aquellas personas encontradas en el viaje, pero también con Sandra, María, Carla, tres compis voluntarias en Santa Cruz que se volvieron cómplices y apoyo en esta bella estancia en Bolivia.

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Derechos de la infancia, Educación

Un viaje al corazón de Bolivia. Marc Balleste i Tarrés

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

La llegada

Bajo las faldas del nevado Illimani se levanta una de las capitales más altas del mundo (3.640 m) y cuyo nombre conmemora la restauración de la paz después de la guerra civil que siguió a la insurrección de Gonzalo Pizarro contra Blasco Núñez Vela, primer virrey del Perú. Este enclave urbano, cuyo nombre evoca paz, se ha convertido en mi hogar temporal y en el de tantos otros extranjeros que, como yo, han sido asombrados por su encanto único. Que curiosamente, a pesar de ser sede de gobierno y centro neurálgico de la actividad política, económica y cultural, La Paz no es la capital del país, cuya atribución constitucional es Sucre, ciudad ubicada en el departamento de Chuquisaca.

Llegué en el aeropuerto de El Alto, ciudad colindante de La Paz, después de casi 24 horas de viaje, incluyendo una escala en Bogotá, Colombia, donde ya me espera pasadas las 3 de la madrugada un taxista colaborador asiduo de Ayuda en Acción, la fundación con quién estaré realizando mi voluntariado internacional los próximos cuarenta y cinco días. Antes de empezar tendré 5 días libres, para acomodarme, adaptarme a la altura, visitar la ciudad de La Paz y, sobre todo, cruzarme el país hasta el municipio de Tupiza, cerca de la frontera con Argentina.

Mientras me preparo para las semanas venideras, llenas de desafíos y aprendizajes, me siento profundamente agradecido por la oportunidad de descubrir este país que no suele sonar en las agencias de viajes, Tripadvisor, ni en las recomendaciones de páginas como Booking o AirBnB. País con una mezcla única de tradición y modernidad, gente cálida y paisajes asombrosos, y una espectacularidad cultural constante.

Desde el teleférico – que se ha convertido en un símbolo de progreso, unión y en una solución innovadora para el transporte urbano – se puede apreciar la magnitud de esta urbe que parece desafiar a la geografía. Las casas se aferran a las laderas de la hoyada paceña, creando un anfiteatro natural que tiene como telón de fondo las cumbres nevadas de la cordillera.

Por otro lado, constantemente se percibe como la diversidad cultural de Bolivia se manifiesta en cada esquina de La Paz. Es fascinante observar cómo las tradiciones originarias y prehispánicas conviven en armonía con la modernidad. Las calles empinadas de la ciudad son un testimonio vivo de esta fusión: mujeres con polleras coloridas caminan junto a jóvenes profesionales, mientras que los mercados tradicionales comparten espacio con centros comerciales contemporáneos.

A modo de ejemplo, en medio de una ladera ocre de la ciudad boliviana de La Paz resalta un barrio aymara de 150 casas multicolores, semejante a un macromural, inspirado en las favelas brasileñas. «Ch’uwa Uma» (‘vertiente cristalina’, en lengua aymara) es un barrio peculiar, situado a 3.800 metros de altitud, donde viven 400 familias de origen indígena. Su colorido lo destaca de los demás barrios que lo rodean. Sus calles y fachadas ostentan murales con imágenes de hombres, mujeres y niños nativos. Una de las 10 líneas del teleférico de La Paz sobrevuela esa zona y desde lo alto se aprecian las fachadas en colores pasteles -rojos, celestes, rosados, amarillos, verdes, azules y naranjas-, trazados en formas rectangulares o triangulares.

Un Viaje al Corazón de Bolivia

Hace apenas un mes, aterricé en el aeropuerto de El Alto con una mezcla de emoción y nerviosismo. Había leído y estudiado mucho sobre Bolivia, pero nada me preparó para la riqueza cultural y humana que estaba a punto de descubrir. Sin embargo, no es descabellado percibir ánimos convulsionados entre la gente, especialmente en las zonas más urbanas; y es que hace exactamente un mes el país vivió un fallido golpe de estado militar que dejó al descubierto un país dividido en medio de una crisis política y económica.

Entre tanto, mi actividad de voluntariado ya ha empezado, con la primera comunidad visitada. Esta se encuentra en las alturas del departamento de Chuquisaca. El viaje en sí mismo fue una aventura: carreteras serpenteantes que se elevaban hacia el cielo, atravesando paisajes que parecían sacados de otro planeta. A medida que ascendíamos, el aire se volvía más fino y el sol más intenso, recordándome que estaba entrando en el territorio de quienes han vivido en armonía con estas montañas durante milenios. Al llegar, coincidimos con una ceremonia originaria que nunca olvidaré. Era agosto, el mes dedicado a la Pachamama (Madre Tierra), y tuve el privilegio de participar en una k’oa, un ritual ancestral de ofrenda y agradecimiento. Los ancianos de la comunidad prepararon cuidadosamente una mesa ritual con diversos elementos simbólicos: hojas de coca, dulces, lanas de colores, incienso, y pequeñas figuras que representaban deseos de prosperidad.

Me explicaron que la k’oa es una forma de pedir permiso a la Pachamama para trabajar la tierra y agradecer por sus bendiciones. El aroma del incienso y las hierbas aromáticas quemadas llenaba el aire, mientras las palabras en quechua, aunque incomprensibles para mí en ese momento, resonaban con una profunda reverencia por la naturaleza y los ancestros. Observé cómo cada miembro de la comunidad se acercaba a la mesa para hacer sus ofrendas personales, un acto que reflejaba la profunda conexión entre el individuo, la comunidad y el entorno natural.

En este contexto tan rural, llegué con el objetivo de dar talleres de emprendimiento. El primero fue una montaña rusa emocional. Los nervios afloraban, es lógico, sobre todo cuando aún no te has acostumbrado a la “hora boliviana” y todo se retrasa al menos veinte minutos y aparecen constantemente nuevos “imprevistos”. Combinado con muchas dudas antes de empezar ¿Sería capaz de conectar con los participantes? ¿Serían relevantes mis conocimientos en este contexto tan diferente? ¿tiene sentido alguno llegar hasta aquí para impartirlos? Mis preocupaciones se disiparon rápidamente al encontrarme con un grupo de estudiantes y profesores ávidos de conocimiento y dispuestos a compartir sus propias experiencias.

Armado con mi presentación en PowerPoint y ejemplos de startups de Silicon Valley, me encontré frente a un grupo de estudiantes y agricultores cuya realidad estaba a años luz de mis diapositivas. Fue entonces cuando entendí que tendría que desaprender para poder enseñar. Los días siguientes fueron un ejercicio de humildad y adaptación. Cambié mis ejemplos de apps por casos de pequeños negocios locales. Aprendí sobre la economía del trueque y cómo un buen análisis de costos puede significar la diferencia entre comer o no al final del mes. Mis alumnos se convirtieron en mis maestros, enseñándome sobre resiliencia, creatividad y el verdadero significado de la innovación. Mis últimos talleres fueron muy diferentes de los primeros. Ya no hablaba de «maximizar beneficios», sino de «crear valor para la comunidad». Discutíamos cómo un negocio podía preservar la cultura local y proteger el medio ambiente. Y, lo más importante, aprendimos juntos, en un intercambio genuino de conocimientos y experiencias.

El último baile

Después de casi dos meses en Bolivia y regreso a casa, es momento de parar y reflexionar. Ver, en perspectiva, todo lo vivido que no ha sido poco.

Las últimas semanas de mi estancia fueron, sin duda, las más impactantes. Justo cuando mi mente comenzaba a anticipar el regreso, mi corazón se aferraba con más fuerza a cada instante vivido en esta tierra fascinante. La inminencia de la partida intensificó cada experiencia, convirtiendo cada conversación en la última fórmula de exprimir todo el nuevo conocimiento posible, cada paisaje se convertía en un espectáculo único e irrepetible. Mi cabeza pretendía memorizar cada una de estas vivencias con la intención de que perduren en mi memoria.

El punto culminante de mi viaje llegó con la visita a San Lucas y Camargo, un rincón remoto de Bolivia donde el tiempo parece fluir a un ritmo diferente. Allí tuve mi encuentro más profundo con las comunidades indígenas, una experiencia que sacudió los cimientos de mis creencias y expectativas.

En San Lucas, la vida se desplegaba ante mí en su forma más auténtica y cruda. Los agricultores, con sus manos encallecidas, narraban historias de lucha, resistencia indígena y  perseverancia sin necesidad de palabras. Los rostros marcados por el sol y el viento eran testimonios vivos de una sabiduría ancestral. En este lugar, la conexión con la Pachamama no era un concepto abstracto, sino una realidad tangible en cada gesto y ritual. Mi escepticismo espiritual y religioso entró en stand by para dejarme converger y penetrar en estos nuevos estilos de vida durante unos días. 

Desde el momento en que pusimos un pie en la comunidad, fuimos recibidos con una calidez y entusiasmo abrumadores. Los lugareños, vestidos con sus trajes tradicionales llenos de colores vibrantes, nos dieron la bienvenida con danzas típicas originarias que narraban historias ancestrales. El sonido de los sikus, charangos y las zampoñas llenaba el aire, creando una atmósfera mágica. Nos ofrecieron ch’alla, una ofrenda tradicional a la Pachamama, invitándonos a participar en sus rituales sagrados. Era como si el tiempo se hubiera detenido y estuviéramos viviendo en un momento suspendido entre el pasado y el presente. Bailes, ofrendas, rituales, comida y más comida, todo el pueblo en la calle. Parecía una escena sacada de una película.

La celebración se extendió durante todo el día y hasta bien entrada la noche. Compartimos platos típicos preparados con ingredientes locales, cada bocado era una explosión de sabores nuevos y emocionantes. Bailamos juntos, torpemente al principio, pero poco a poco nos fuimos soltando, guiados por la alegría contagiosa de nuestros anfitriones. A medida que el sol se ponía, encendieron fogatas y la fiesta continuó bajo un cielo estrellado que parecía infinito.

Esta experiencia no solo marcó el final exitoso de un proyecto, sino que también simbolizó la unión entre culturas, el entendimiento mutuo y la alegría compartida. Fue un recordatorio poderoso de que, a pesar de nuestras diferencias, la música, la danza y la comida tienen el poder de unirnos a todos. Esa noche en San Lucas, más que nunca, me sentí parte de algo mucho más grande que yo mismo, conectado a una comunidad global y a una humanidad compartida.

Solo el azar quiso dejar lo mejor para el final. Mi última semana en Bolivia fue, sin duda, la más especial y emotiva. No solo por la conmovedora despedida con mis compañeros de la oficina en Tupiza, sino por las cálidas bienvenidas -que para mí eran agridulces despedidas- que nos brindaron las comunidades originarias en San Lucas y Camargo

Estas experiencias finales no solo marcaron el cierre de mi voluntariado, sino que también simbolizaron la unión entre culturas y el entendimiento mutuo. Fue un poderoso recordatorio de que, a pesar de nuestras diferencias, compartimos una humanidad común que trasciende fronteras y lenguas.

Mientras me despedía, con el corazón lleno de gratitud y los ojos humedecidos, supe que estas memorias y lecciones me acompañarían para siempre. Bolivia, con su rica tapicería de culturas y paisajes, no solo había sido mi hogar temporal, sino que se había convertido en una parte indeleble de mi ser.

Publicado en: Bolivia Etiquetado como: Educación, Emprendimiento

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