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Experiencias que transforman #YosoyAgentedeCambio

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Foro Bolivia, un reencuentro inesperado. Carmen de Rivero. Diego Lagos Sierra.

16 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

En el avión tengo la costumbre de escuchar canciones del país que me recibirá, en este caso las recomendaciones cercanas fueron de “Chacareras”, con ánimo de darle una banda sonora a la experiencia que se avecinaba. Escucharlas (https://www.youtube.com/watch?v=FzKfx6J6AdY) era sentirme de nuevo con ritmos e instrumentos que me eran familiares. Para contextualizar un poco, soy colombiano, y volver desde España a otro país Latinoamericano era un reencuentro que esperaba con ansias.

Al bajar del avión, en la puerta de llegada, un chico espera el regreso de su (creía yo) prometida con un ramo gigante de flores y algunos globos de helio enormes con forma de piolín que, en una tipografía tan bombacha como colorida decían, “te amo”. ¿Una propuesta de matrimonio? Pues no, solo no se veían hace un par de semanas y el anhelado reencuentro era presenciado por un testigo, su perrito, que en la mitad del aeropuerto saltaba de la dicha al ver de nuevo a su humana. Tal muestra de cariño, que demostraba más ganas que pena, me situaban en otro espacio que carecía de puertas y barreras para conocerlo. “Bienvenido a Bolivia” me dijeron Víctor y Jenny, quienes me estaban esperando luego de manejar durante 10 horas seguidas desde Carmen de Rivero hasta el Aeropuerto de Santa Cruz, recorrido que tendríamos que volver a realizar de retorno desde el momento de nuestro encuentro. Desde allí me sentí en casa. Su calidez humana, sencillez, capacidad resolutiva, tranquilidad, humor espontáneo y poco pretensioso, me prometían un equipo de trabajo digno de agradecer y cuidar inicialmente por los próximos dos meses.

La primera parada fue para comprar la hamaca para pasar las noches y botas para recorrer el monte, pues mi estancia en la selva tropical me permitiría estar más en contacto con los majestuosos arboles nativos toborochis, que con semáforos. Con la luz de la mañana iban abriendo también las puertas del mercado de Santa Cruz, que por estos lados es un lugar de placer al paladar que sabe disfrutar de las comidas lentas y populares locales, por una plaza de mercado puedes saber las frutas y vegetales que están de temporada, así como poder disfrutar de especias y frutos con los que hace tiempo no nos veíamos de frente. Mi primer desayuno fue un delicioso caldo de Charque (proveniente del quechua “charki” que significa: Carne deshidratada) con papa congelada morada y 3 arepas (pan tradicional hecho de harina de maíz) de diferentes formas y sabores que iba coleccionando en el camino a la plaza. Recordaré que ese primer desayuno valió 12 Bolivianos, ahora un breve análisis de lo que significan 12 Bolivianos. Una boliviana promedio gana en su moneda local, por hora de trabajo 13.8 Bolivianos, que vendrían siendo 1.26 Euros por hora (a una tasa de cambio de 9.5 que fue la que encontré disponible al llegar). En contraste a ello alguien que venga de un país Europeo (España por ejemplo) está ganando unos 6.56 Euros (62.34 Bolivianos) por Hora (ambos cálculos según el SMLV Local). Por ende, si quien viene desde afuera goza de una situación estable e ingreso constante y sonante, pues el mismo desayuno le vale solo 11.5 minutos de su trabajo, mientras que a una Boliviana que además trabaja 5 horas semanales de más, el mismo desayuno le equivale a 51.8 minutos de su trabajo diario. ¿Sería necesario tasas diferenciales de precios dependiendo del lugar de donde venimos y lo que ganamos? ¿Hasta dónde podríamos llevar a la práctica nuestro discurso sobre equidad (de género y de clase)? Y, por último, para romperme aún más el coco (cabeza): ¿Qué pasa con los 40 minutos de diferencia que unos gozan y los otros pagan? ¿Dónde se acumulan? ¿Quién disfruta de ese tiempo de vida? ¿Dónde se denuncia dicha desigualdad? Claramente voy pensando en ello mientras me rio de los chistes locales, escucho la radio de domingo adornada con un español que comienzo a reconocer, y mastico mi papa morada con ají de cebolla larga. Comienzo a creer que aquí, al igual que en Colombia, pensar en las desigualdades atormenta, por eso a veces solo se viven.

– “Que tenga un buen día Vecina, que rico el caldo” – le digo a la vendedora de desayunos.

– “Ya” – Me responde.

En la misma mañana, de hecho, en menos de dos horas, compramos una SIM Entel para mi celular, porque es la única que a veces coge en las comunidades; negociamos y compramos un celular de segunda mano para doña Carmen, pues hace tiempo quería un celular con “Wasap”, para enviarle fotos y mensajes a sus nietos. Cambiamos mi dinero con una tasa de cambio bastante buena en comparación con la del aeropuerto; nos pusieron una multa de tránsito por estacionar el carro unos minutillos en una vía principal; hicimos mercado pues en Carmen de Rivero, decían, era todo mucho más caro. A las 9 de la mañana ya estábamos listos para partir, la relatividad del tiempo en su máximo esplendor. La economía informal Cruceña nos acababa de permitir hacer todo lo que necesitábamos en solo un par de calles muy a las 7 am, informal pero eficiente. Lo que no me cuadra es que no se puede romantizar el rebusque y la informalidad laboral que las y los bolivianos tienen que sufrir para subsistir, pues, según decía la OIT, Bolivia presenta el índice de informalidad laboral más alto del mundo (85% de su fuerza laboral).

– “En pocas horas comenzará el Paro de transportadores… donde estarán también priorizadas las vías de salida de Santa Cruz”

Mencionaba el locutor en la radio, mientras nosotros definíamos donde comprar el escaso combustible, que el paro era por la falta de combustible disponible en las estaciones (surtidores de gasolina). El equipo de ProAgro, que fue la entidad receptora supo resolver la escasez de combustible con mucha claridad y sin mayor contratiempo. Por otro lado, el contexto de inestabilidad política y, de igual forma, de resistencia de distintos gremios, me daban la bienvenida a Bolivia, haciéndome sentir que si o si la inestabilidad política afecta la cotidianidad de cualquier persona que habite el espacio geográfico, aunque los hay, sí que son pocos los que se pueden esconder de las crisis.

Fotografía 1. Fila para comprar Diesel (Gasolina) en la Estación “El Mana” en la vía a Carmen de Rivero.

Llegamos a Carmen de Rivero luego de recorrer unos 600 km hacia el oriente del país, a un punto donde estamos mas cerca de Brasil que de Santa Cruz. Con mi hospedaje suplo lo que necesito, estoy en un pueblo de 6.300 habitantes que se alcanzan a ver en su mayoría cuando hay fiestas locales. Tras un día de llegada y de acostumbrarme, decido pasar mi primera noche en Hamaca a la intemperie escuchando los pájaros, bichos, viendo las millones de estrellas, escuchando la música chacarera de algún vecino, rascando a los perros vecinos, disfrutando de la tranquilidad y comenzando la planeación que me diría qué y cómo hacer en los siguiente días.

Al cuarto día ya estábamos partiendo a terreno hacia las 7 comunidades Indígenas Chiquitanas que estaban a lo largo de la carretera hacia el camino del “Rincón del Tigre”. Mas o menos unos 120 KM de recorrido donde conocí a los primeros “Menonitas” en las vías, quienes son una comunidad agraria ortodoxa y cerrada, organizada por Colonias, y que mantiene una estética radicalmente uniforme, overol con camisa de cuadros/rayas y corte de pelo militar en los hombres, y mujeres con vestidos largos y oscuros. Sus familias andaban en tractores que jalaban a su vez tráilers donde permanecían sus hijos idénticamente uniformados. Después ya comentare más sobre los “Menonos”, como los locales les llaman.

Fotografía 2. Camión de Menonitas en camino a su Colmena a la salida de Santa Cruz, Bolivia.

Llegamos a la primera “comunidad Chiquitana”, vaya paisajes increíbles que acompañaron el camino, hasta casi olvido mencionar que nos pinchamos, pero eso es tan normal como fácil de solucionar. No lo vi como un problema si no como etapa necesaria en el recorrido, ya que un viaje conmigo mínimo tiene una pinchada, si se da una segunda esa si no es mi culpa, la primera si, ya que es un evento que siempre me acompaña y que ya hasta disfruto y tengo los chistes y comentarios apropiados mientras “el gato” (herramienta hidráulica que eleva el carro permitiendo cambiar la rueda) hace su función.

Fotografía 3. Carretera afilada y empatía. Despichada de llanta a medio día, camino a Carmen de Rivero.

La pinchada se solucionó no por magia, si no por la amabilidad y empatía de otros conductores, que sin preguntar nada se bajaron a ayudar. La cara de quien se bajó del camión a ayudarnos tenía un bulto gigantesco, que a juzgar desde la lectura de una amiga: “Pobrecito, quien sabe por qué tenía un tumor en su carita”, era de preocupación. Pero no, era solo que mascaba toda la hoja de coca que yo podría meter en mi mano, pues si, él la tenia en su boca desde hace un par de horas. La coca le daba la energía necesaria para tener jornadas de conducción de hasta 12 horas (o más) continuas. Coca con Bicarbonato (Bico) de sabores, la gasolina del pueblo boliviano que se encuentra de venta en cada esquina con vistosos letreros verdes que dicen “la Mejor Coca Machucada de la zona”.

Pasamos por las primeras comunidades y comenzaban consigo los nuevo estímulos, sonidos, tareas y actividades: ¡comenzó lo bueno! …

¡Se está quemando el bosque!

Anuncié en la oficina de la Chiquitanía en Carmen de Rivero una tarde, cuando vi que la montaña ardía en llamas. Sin saber muy bien cómo, pero con la certeza de que era la mejor opción, corrimos con algunas palas, incredulidad y valentía a apagar el incendio. Lo logramos, solo se alcanzaron a quemar dos hectáreas esa noche, lo cual era poco en comparación con lo que sucedería en las semanas siguientes.

En medio de incendios y animalitos que salían quemados y despavoridos de sus territorios, comenzaba mi cuarta semana de actividades. Adaptarme a ver incendios a diario era algo que, aunque podría, no quería aceptar, por lo que era crucial entender de dónde venían. Algunos decían que eran provocados por la población local para limpiar el monte y ampliar la frontera agrícola. Es importante mencionar que estos incendios se daban en zonas ambientales “protegidas”, específicamente en el Área Natural de Manejo Integrado (ANMI) San Matías, lo que significaba la destrucción de miles de vidas animales. Otras versiones señalaban que el modelo de desarrollo de monocultivo y soya, incrementado por la ganadería extensiva promovida por los menonitas, había generado un deterioro considerable de la tierra, traduciéndose finalmente en escasez de agua y sequía, un caldo de cultivo para incendios que, hasta hoy, han quemado cerca de 2 millones de hectáreas en todo el país.

Tenía entonces mucho sentido que gran parte de las actividades en las que me involucré en Bolivia estuvieran relacionadas con el acceso al agua y la construcción de entornos más resilientes y sostenibles frente al cambio climático. Por ende, el proyecto que me recibió estaba enfocado en la apicultura. En un contexto de escasez de agua, inminente sequía y amplia biodiversidad por salvaguardar, trabajar con abejas melíferas silvestres no solo era una opción viable, sino necesaria.

Al principio, mi trabajo con las abejas fue abordado desde la técnica; recibí formación de un experto apicultor para poder acompañar las capturas de los enjambres y trasladarlos a su nuevo hogar.

En una semana capturamos cerca de 20 enjambres en 6 comunidades chiquitanas, lo que significaba que era necesario un constante acompañamiento por parte del equipo técnico, ya que trasladarlas era solo el comienzo; luego vendría el proceso de adaptación, nutrición, alimentación, y en general, domesticarlas en su nueva casa. Después de las primeras 10 capturas, comencé a entender el modo de trabajo de las abejas: cuidar y garantizar la vida de la reina era el objetivo principal, pero además, existían otros roles: los zánganos, encargados de fecundar a la reina; las obreras, que no solo construían la colmena, sino que también limpiaban y termorregulaban. Otras salían a buscar comida y, las que más me sorprendieron, eran las encargadas de sacar a las abejas muertas de la caja, con el fin de mantener la salubridad al interior de la colmena.

En este proyecto apoyé con múltiples tareas, desde crear un registro fotográfico y audiovisual significativo que permitiera visibilizar el impacto social y ambiental del proyecto, hasta construir un análisis de costos de producción de miel, diseñar la identidad gráfica de varios productos derivados de la miel que fueron promocionados en ferias de emprendimiento, y dictar talleres de enfoque de género y desarrollo sostenible en varias comunidades.

Otro de los proyectos en los que participé fue la construcción de huertos comunitarios con centros educativos. Con el fin de promover la soberanía alimentaria de las comunidades, se generaron huertos comunitarios con un sistema de riego impulsado por una planta solar. Uno no se imagina lo que deben hacer cientos de comunidades en Bolivia para dejar de caminar 5 km diarios y traer agua desde el río más cercano, cada vez más contaminado por la ganadería.

Estos huertos permitían reconocer el trabajo en equipo y el importante rol que cumplen las mujeres en la comunidad. Aunque históricamente se les ha delegado las labores de cuidado y reproducción de la vida, son ellas quienes tienen una relación directa con la tierra y la reproducción de los alimentos. En este proyecto en particular, el huerto permitiría, en el futuro, generar ingresos económicos que fomentarían la autonomía económica de las mujeres chiquitanas, lo cual es de suma importancia en un contexto con altos índices de inequidad y violencia de género.

Entre visitas, acompañamiento y talleres de enfoque de género y finanzas básicas, transcurrieron las primeras 6 semanas en la Chiquitanía. Se han tejido fuertes lazos de confianza con el equipo de trabajo en Carmen de Rivero, y he podido conocer de primera mano los grandes retos en cuanto a la gestión de proyectos sociales y productivos. Ya casi se acercan los últimos 15 días de voluntariado: a seguir aprendiendo, terminar algunos productos y vivirlos intensamente.

Tercera entrega:

Antes de partir, me doy cuenta de la enorme importancia tanto del fortalecimiento técnico agrícola como del organizativo. El objetivo final de los proyectos de cooperación es reducir el nivel de dependencia que las comunidades tienen de las organizaciones internacionales, y eso se logra tanto con apoyo técnico como fomentando los lazos y alianzas que se gestan dentro de la comunidad para construir nuevas realidades. Nuestra visión de futuro debe dialogar con la visión de futuro de las comunidades con las que buscamos incidir positivamente. Uno de los grandes aprendizajes que me llevo es la importancia de encontrar o construir un plan de vida comunitario. Este es el eje fundamental en el que se construye una visión colectiva de mundo a futuro, y en torno al cual se pueden organizar y dirigir todos los esfuerzos en una misma dirección.

Era evidente la diferencia entre una comunidad con un extenso historial organizativo, principalmente liderado por mujeres, y aquellas que apenas sabían cuántos habitantes tenían y desconocían sus metas y objetivos comunes. Las huertas más bellas y las colmenas más estables siempre pertenecían a las comunidades organizadas. Allí era mucho más fácil la división de tareas, el diálogo y la definición de cuál sería el siguiente paso cuando el proyecto llegara a su culminación.

El camino por delante es largo, y será más claro en la medida en que se conozca de dónde se viene y hacia dónde se quiere ir. La construcción de líneas de vida y existencia comunitarias permitirá reconocer la importancia de defender lo propio frente a otros sistemas de producción. También será fundamental identificar a los actores involucrados en el acceso y consumo de agua para saber quiénes son los que insisten en agotar los recursos hídricos, y así tomar decisiones mediante políticas progresivas que apunten a quienes generan un mayor daño. De este modo, se podrá reconocer que muchas de estas comunidades, que diariamente luchan por obtener agua (ni siquiera potable), están lejos de ser quienes más dañan y afectan las fuentes hídricas.

La respuesta debe ser interinstitucional y con la participación activa de las comunidades directamente afectadas. Sin embargo, este no es el caso, ya que el Estado en estas zonas es visto como un fantasma: se habla de él, pero solo se le ve cada tanto en campaña.

Los aprendizajes y el agradecimiento son infinitos: a la Chiquitanía, por abrir sus puertas y darme la confianza para construir a su lado; a ProAgro, por confiar en mis capacidades y enseñarme su cotidianidad; a la FSU, pues en el territorio se les recuerda y reconoce todo el apoyo que han sabido dar a las comunidades; y finalmente a Bolivia, país hermano, por permitirme recorrer sus tierras y llevarme en un suspiro el sentir de sus valles y montañas.

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Derecho agua y alimentación, Género, Sostenibilidad ambiental

Mi experiencia en Ambue Ari. Santa Cruz, Bolivia. Leire Alles Guevara.

14 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Cuando me puse una mochila más grande que yo a la espalda para ir al aeropuerto de Barajas para coger el avión dirección Santa Cruz, Bolivia, no era consciente de lo que me esperaba.

Tampoco tenía asimilado que me iba a ir un mes a trabajar a un santuario cruzando el charco, sentía que al día siguiente me despertaría en mi casa como si nada. Me pasé casi todo el viaje durmiendo y comiendo y, la verdad, fueron bastante sencillos todos los procesos lentos y aburridos del aeropuerto y también llevar a cabo los transbordos. Una vez llegué a Santa Cruz desayuné en el aeropuerto y cogí un taxi que me llevara a la estación de buses. Allí esperé dos horas con unas señoras muy agradables hasta que el bus dirección al parque salió: 7 horas me esperaban hasta comer algo y descansar.

Durante el trayecto, la mujer sentada a mi lado me vio observándola mientras ella comía, notó mi hambre en aquellas miradas de refilón a sus trozos de pollo y decidió compartir un par de ellos conmigo.

Una vez llegué al parque, me explicaron un poco como funcionaba todo y me hablaron de los incendios que les importunaban con bastante frecuencia, a lo que yo no hice mucho caso pensando que exageraban. Los voluntarios me acogieron rápidamente invitándome a formar parte de ese bonito grupo de gente maravillosa. Verdad es que, al principio, sentía que jamás encajaría con ellos, eran de distintos países, se conocían de antes y yo me sentía reacia a hacer amistades profundas en un lugar que voy abandonar en poco tiempo, pero poco me duró. Llegué la tarde antes del día libre, entonces, después de descansar fuimos a la laguna que hay cerca del parque y me estuvieron contando que animales cuidaba cada uno y como eran. No podía esperar a conocer mis animales y el funcionamiento de este sitio así que, al día siguiente, después de leer la información sobre protocolos y animales, empecé con gran ilusión mi primer día de trabajo. El coordinador de pequeños animales me presentó a los coatíes: Esme, Shelby, Aramis y Beepers. 4 maravillosos coatíes que tienen un trocito de mi corazón.

Es duro ser consciente de porqué están ahí y no en libertad, cada día estás cuidando de ellos y a veces te viene ese pensamiento a la cabeza: “no están en libertad porque no pueden sobrevivir debido al tráfico, a criarlos como mascotas o porque se desorientaron, lastimaron o perdieron a sus madres huyendo de incendios”. Y te da una punzada en el corazón. Así fue un poco mi recibimiento allí: dudas, miedos, contradicciones, ilusión y muchas ganas de empezar. Creo que como cualquier comienzo en la vida de alguien.

Las dos primeras semanas las viví como un niño el día de reyes: muchas cosas por aprender, actividades que realizar, animales y personas que conocer…

Voy a resumir un poco un día a día en el parque Ambue Ari: despertamos temprano (yo a las 6:40h más o menos) para a las 7h estar listos e ir con nuestros respectivos animales y/o (dependiendo de la organización del día) realizar tareas relacionadas con la vida en el parque. El desayuno es a las 8h y el almuerzo a las 12:30h.

La tarde comienza a las 14h y finaliza a las 17:30h por lo general (también depende un poco de tus animales y la organización diaria). Después hay algunas tareas nocturnas que te tocan algunos días, pero no siempre.

Empecé con campo animal donde me hice amiga de una chica francesa llamada Violette. Campo animal es como se le llama a la área que recoge coaties, chanchos y el ñandú llamado Matt Damon. El trabajo con ellos consistía en alimentarlos, limpiar sus jaulas, pasearlos y construirles enriquecimiento. A la semana empecé en aves, ahí casi todo consiste en construir enriquecimientos y cambiar las ramas y plantas de cada jaula para que así, las distintas aves puedan tener estímulos. El enriquecimiento consiste en mejorar el bienestar de animales que están en cautividad proporcionándoles estímulos que en la vida salvaje, normalmente, tendrían.

Fotografías de algunos enriquecimientos realizados.

Más adelante empecé a trabajar con Valo, un puma de poco más de un año al que encontraron junto con su hermanito que estaba muerto, por desgracia. Al ser tan pequeño y estar solo es muy difícil que sobreviva en la naturaleza y por eso se quedó en el parque. Ahora está muy acostumbrado a los humanos y no será posible liberarlo, por eso intentamos darle la mejor vida posible dentro de las posibilidades que hay en la vida en cautividad.

También empecé con Los Chicos, un grupo de tres pumas que encontraron en la casa de un narcotraficante que los tenía de mascotas. También están acostumbrados a los humanos, pero por desgracia no fueron criados desde cachorros por el equipo de CIWY, fueron criados como mascotas y en malas condiciones.

Por último, empecé a trabajar y a pasear a Waway, un mono nocturno al que se pasea, claramente, cuando ya es de noche. Esto es trabajo extra ya que es en horario de descanso, pero aun estando cansada después de un día de trabajo y calor, pasear con Waway a solas, en mitad de la selva, de noche, viendo lo feliz que está, la curiosidad que le recorre por el cuerpo, aunque al mismo tiempo a veces le de miedo… es un momento tan íntimo y tan especial para mí que no lo cambiaría por una hora más de descanso. Aunque esto pueda parecer peligroso no lo es, siempre hay un par de personas pendientes al paseo, no puedes pasear si no hay conexión o si no tienes batería en el móvil, siempre con linternas que ellos te proporcionan y están cargadas y, además, el área de paseo de monos nocturnos es a menos de un minuto del campamento, los animales salvajes que hay alrededor no son peligrosos por la cercanía al campamento (los animales más grandes que puedes encontrar son chanchos o armadillos).

La vida en común es maravillosa, pasas el día con gente muy diferente a ti, pero con la que compartes el deseo de poder ayudar a la naturaleza.

La peor parte diría yo, son las despedidas. Este lugar es mágico por mucho que busque palabras, estas se quedan cortas. Una vez empiezas a entender el funcionamiento de este sitio, el aura que te absorbe desde que pones un pie en el parque va aumentando y atrapándote cada día un poco más. Todos los voluntarios decimos que es muy difícil salir de este sitio… Aquí todos los problemas que nos comían la cabeza en nuestra vida antes de conocer este sitio se vuelven insignificantes. No echas de menos nada material, lo único que ocupa tu mente y corazón es el compartir vivencias, risas, llantos con la gente y los animales que aquí has conocido. Y en mi caso, el mayor problema aquí es lo rápido que pasa el tiempo, me encantaría pararlo en algunas ocasiones para poder extender este momento de mi vida lo máximo posible.

Volver a casa después de tanto tiempo de voluntariado es una sensación difícil de describir.

Cuesta describirlo, además, porque no soy capaz de entender el torbellino de emociones que van desde la alegría de reencontrarme con mi familia y amigos hasta la nostalgia de dejar atrás un capítulo tan especial de mi vida. Decir adiós no es algo fácil para nadie, pero para mí es siempre una parte muy dolorosa de cada experiencia que vivo. La última semana fue bastante dura, aceptando que sería el último lunes, martes… Mi último día de trabajo me despedí de los animales a los que, probablemente, nunca volveré a ver. La mañana de mi salida esperando el bus sentía una mezcla de pena y nervios que me estaba matando, porque también odio esperar. Por suerte o por desgracia, el bus no tardo mucho y a los 20 minutos estaba sentada en él, llorando, dirección Santa Cruz de la Sierra para coger un vuelo con destino a casa. Antes de subir algunos de mis amigos que allí conocí estuvieron esperando conmigo. Los abracé, me abrazaron, nos abrazamos; prometiéndonos un día volver a vernos. No sabemos cuándo, ni cómo, ni dónde, aunque ese día tarde o temprano llegará. Me niego a aceptar que no volveré a ver a esas personas con las que compartimos risas, llantos, sudor, noches sin dormir (tanto de fiesta como por la preocupación de los incendios), frustraciones, miedo, agotamiento, impotencia, intimidades, secretos… Un sitio así es como un ejemplo de vida fugaz…gente que va y viene y te recuerda lo efímero y valioso que es cada instante.

En el avión lloré mucho, al darme cuenta que me iba de verdad. Era caótico pensar en todo lo aprendido, en todos los recuerdos, en todos los lazos que habían sido construidos en un sitio tan pequeño como Ambue Ari. Como habitaciones, comedor, oficina, cocina de animales, depósito de humanos, fumador o café, construidas con madera y/o ladrillos, podían contener tanta vida, tantas emociones recogidas en sus paredes. La energía que rodea estos lugares antes nombrados es lo más duro de despedir. Llegas a Ambue Ari, inocentemente, pensando que solo vas ayudar y de repente, cada día allí te enseña algo nuevo y acabas descubriendo un poquito de ti, una parte que no conocías o que tenías escondida. Y no puedo estar más agradecida.

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Sostenibilidad ambiental

Internado de Escolapios en Anzaldo: la esperanza de la educación en el área rural boliviana. María Sáez

13 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Primera experiencia en Bolivia:

Anzaldo, nuestro nuevo hogar. La primera impresión que he tenido al llegar a Bolivia ha superado todas mis expectativas. A pesar de que no sentía miedo, cualquier duda que tuviera se ha disipado rápidamente. Ayer un grupo de seis chicas de distintas partes de España aterrizamos en Cochabamba, ciudad que se extiende alrededor de la laguna de Alalay y lejos hasta llegar a las laderas de las imponentes montañas que la escoltan. Hasta hace poco éramos desconocidas, pero ahora compartimos este viaje, sabiendo cómo llegamos, pero sin tener certeza de cómo volveremos. Dejamos nuestro equipaje en la Casa de Formación Escolapia, pero el destino final aún nos esperaba: Anzaldo, el lugar que será nuestro hogar durante las próximas semanas. Después de un vuelo de 11 horas y con una diferencia horaria de seis, estábamos agotadas. Sin embargo, no había tiempo que perder, así que salimos a explorar la presencia Escolapia en Cochabamba.

Visitamos la Parroquia de San Rafael, dos unidades educativas de primaria y dos de secundaria, repartidas en los turnos de mañana y tarde, así como la residencia universitaria de chicas. Me sorprendió que, salvando las distancias, la vida aquí parecía similar a la de mi ciudad, aunque lo que más captó mi atención fue nuestro barrio, Las Cuadras. Es un mosaico de contrastes: grandes casas con jardines bien cuidados junto a humildes viviendas con ladrillos expuestos, a veces con ventanas y otras veces carentes de ellas y, en algunos casos, en ruinas. Sin embargo, todo parece convivir en paz.

Al caer la tarde, partimos finalmente hacia Anzaldo. Durante el trayecto, la ciudad de Cochabamba nos mostró su lado más amargo: largas filas de camiones esperando un combustible que hacía días que no llegaba, sin el cual los transportistas no podían trabajar. Barrios en la periferia habitados por personas humildes, de origen campesino que vienen con la ilusión de un futuro mejor, y acaba viviendo sin recursos, a veces sin siquiera acceso a agua corriente. Pero lo que más me impactó fue la llegada a Anzaldo. Anzaldo es un pequeño pueblo en los Andes, a unos 3.000 metros sobre el nivel del mar.

Nos recibió la comunidad escolapia, quienes nos hicieron sentir como en casa desde el primer momento. Los niños y niñas que viven aquí, al contrario de lo que me esperaba, son cercanos y cariñosos, y nos acogieron con verdadera ilusión, aunque al principio se notaba algo de timidez. Ya hemos comenzado nuestras primeras sesiones de formación, que nos ayudan a comprender el contexto en el que nos encontramos, las razones que nos han traído hasta aquí y la actitud que debemos adoptar para que nuestra experiencia sea verdaderamente enriquecedora. Esta experiencia en Anzaldo es un paréntesis en nuestras vidas, una oportunidad para dejar una huella positiva en los demás y permitir que ellos dejen una en nosotros. Espero que esta vivencia me transforme, y que la semilla que se plante en mí crezca, para que al regresar pueda seguir ayudando desde mi propia realidad.

9 de agosto de 2024: Me sorprende ver que muchos de los problemas que enfrentan aquí, como la pérdida de las raíces culturales y la búsqueda de soluciones inmediatas, son similares a los que viven los jóvenes en España. Personalmente, llegué con incertidumbre acerca de mi futuro, pero estoy decidida a centrarme en el presente y aprovechar cada momento de esta experiencia para crecer y dar pasos hacia un cambio en mi día a día.

Centro Calasanz en la parroquia de San Rafael, Cochabamba.

Vista del Barrio de las Cuadras desde el colegio.

De camino a Anzaldo.

Internado de Anzaldo.

Primeras actividades en Anzaldo: descubriendo la vida en el internado y colegio.

Hoy ha sido un día especial, ya que finalmente comenzamos con nuestras actividades en el colegio y el internado de Anzaldo. La mañana inició con la formación habitual de los lunes a las 8:00 en el patio de secundaria. El acto empezó con el izado de la bandera al ritmo del Himno del Estado Plurinacional de Bolivia y una oración dirigida por el director general. Hoy, además, los estudiantes prepararon reseñas sobre la Virgen de Urkupiña y el Día de la bandera, que se celebran los días 15 y 17 de agosto respectivamente. El evento cerró con el himno a la bandera y un poema de Yolanda Bedregal que celebra la diversidad y la identidad de Bolivia.

Banderita de la escuela,

hermana alegre y querida,

cuando te veo, yo pienso en los aguayos tejidos con caitos de mil colores.

Cuando te veo, yo pienso en la tierra generosa y no en guerras ni fronteras.

Yo no quisiera morir sino vivir por tu gloria y trabajar por tu honor.

El rojo amarillo verde es el poncho de la raza que,

como un celaje, el viento hincha en la tarde de invierno.

ROJOS techos de la aldea,

guindas y crestas de gallo,

flores de espino, fogatas, campanario de la iglesia,

boca amada de mi madre,

trompo como un corazón,

volador que trepa al cielo:

¡Rojo de mi banderita!

ORO del sol en la pampa, balsas en el Titicaca,

trigo maduro en el campo, amarillos girasoles, manecitas de retama, fina piel de las vicuñas. ¡Canta un canario amarillo cuando ondula mi bandera!

VERDE aguayo de las chacras alfalfares, tunas húmedas,

chijipampa entre juguetes de día de Navidad;

río de mis vacaciones, en el cocal, bajo el molle,

¡verde de mis alegrías!

Bandera, mi banderita, tan india como mi sangre;

imilla en día de fiesta, kantuta que el aire mece.

Sencilla como el arcoiris, enlaza con un abrazo selva, puna, nieve y lago.

En los ojos de los cóndores va mi bandera a las cumbres;

y aquí dentro de mi pecho acaricio sus colores.

¡Bandera, mi banderita!

Tras la ceremonia, comenzamos a planificar las actividades para la Semana de Calasanz, una festividad en honor al fundador de las Escuelas Pías que se celebra mundialmente el 25 de agosto. Durante esta semana, el alumnado decora las puertas de sus aulas, organiza juegos y participa en una Eucaristía especial seguida de un desayuno compartido. Nuestra labor será seleccionar la mejor puerta decorada y preparar una gymkana para los jóvenes del Movimiento Calasanz, un grupo de fe presente en muchos colegios escolapios del mundo.

12 de agosto de 2024: Además, colaboramos en las clases de valores y religión, organizando un concurso de preguntas sobre la vida de San José de Calasanz, lo que permitió a los estudiantes conocer más sobre su legado y los valores que siguen vigentes después de casi 400 años.

Otra actividad importante es la Campaña Solidaria anual, que recauda fondos para proyectos escolapios en todo el mundo. Este año, los internados de Cocapata y Anzaldo son algunos de los beneficiarios. Para contribuir, organizaremos torneos de futsal, carreras, cine solidario y venta de snacks en los recreos.

Los jóvenes del Movimiento Calasanz también se han involucrado activamente, ayudando a elaborar y vender productos para apoyar la campaña y fomentar valores como la solidaridad y la empatía. Al recorrer el colegio, me sorprendió ver un gran campo de fútbol de césped artificial que contrasta con la humildad del pueblo que se levanta ladera arriba, simbolizando lo que a mi parecer representa este proyecto en la vida de los campesinos: un remanso de paz, un pequeño oasis en medio de este desierto.

Después de haber conocido las comunidades rurales de las que provienen estos pequeños y pequeñas, he comprendido mejor lo que significa esta oportunidad para ellos y ellas. Sabía que me iba a sorprender lo poco con lo que viven, pero lo que más me ha sobrecogido ha sido la soledad que lo envuelve todo. Entonces he comprendido por qué la cultura quechua vive en armonía con la Pacha Mama. Por qué considera seres vivientes a los ríos y las rocas. Por qué encuentra a Dios en la montaña y en el sol. Pensar en cómo se sentirá amanecer cada mañana en medio de la inmensidad de la naturaleza… Es algo que no puedo ni imaginar. Poder vivir en el internado, tener la posibilidad de estudiar, contar con personas que se preocupan por ti, respirar el amor que desborda cada costado de este recinto… Es, como dice la canción de la agrupación peruana, Grupo Siembra:

“Que se termine la noche, Que llegue el amanecer.

Que agoten todo su llanto, La vida nos va a llegar»

Puertas de las aulas decoradas para la semana de Calasanz

Campo de césped artificial del colegio

Casas de adobe en las comunidades rurales de Anzaldo

Municipio de Anzaldo

Despedida de Anzaldo: un adiós lleno de gratitud y amor.

Los últimos días en Bolivia han sido duros. No queríamos despedirnos de este lugar ni de las personas que nos acogieron con tanto cariño. El último viernes dijimos adiós a los chicos y chicas del internado, quienes regresaban a sus hogares para el fin de semana. Los vimos subir a la camioneta que les llevaría por esos caminos polvorientos, visiblemente emocionadas, mientras nos miraban con curiosidad. Pero yo no dejaba de pensar: ¿Qué será de ellos y ellas? Al día siguiente, partimos para Cochabamba, con la incertidumbre de si alguna vez volveríamos a pisar Anzaldo. Durante el trayecto, no podía apartar la vista de los montes, la tierra, el cielo… de la inmensidad y lo sagrado de ese rincón de Bolivia y del mundo. Nos despedimos también de los y las jóvenes educadores con los que compartimos ese mes. Nos agradecían constantemente, y yo no sabía cómo expresarles que éramos nosotras las que teníamos que estar agradecidas. Nos entregaron recuerdos, y yo estaba sin palabras ante su generosidad y esa entrega absoluta a unas desconocidas como nosotras. Lo que más me dolió fue la frase de uno de ellos: “Nosotros no vamos a poder viajar a España… así que ustedes deben volver”. No logro comprender cómo un pueblo al que hemos causado tanto daño puede acogernos con tanto amor y sin condiciones. Sabía que esta experiencia sería dura, pero no que sería tan hermosa. Ha sido, sin duda, la experiencia más bonita de mi vida. En esos últimos momentos, al sentirnos una comunidad junto a ellos y ellas, sentí que todo tenía sentido. Estar allí tiene sentido.

Me voy con un único compromiso:

Que tu vida sea un homenaje a quien con amor te recibió y con amor te recordará.

Vuelta a casa para el fin de semana

Publicado en: Bolivia Etiquetado como: Derechos de la infancia, Educación

Historias desde Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Carla Vivar Martínez.

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Primer contacto con Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)

Había tenido la oportunidad de viajar a Latinoamérica anteriormente, participando en un programa de voluntariado con la Universidad de Salamanca, lo cual despertó en mí muchas preguntas, sobre todo pensando si sería similar o completamente diferente lo que iba a vivir esta vez en Bolivia. Decidí no hacerme demasiadas expectativas y dejar que la experiencia me sorprendiera, permitiendo que el camino se andara solo a medida que conociera a nuevas personas y entornos.

El 21 de agosto de 2024 aterricé en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, en un barrio conocido como el Plan 3000. Esa misma noche, conocí a la familia que me acogería durante toda mi estancia. Santa Cruz de la Sierra, una ciudad que me parece inmensa en comparación con mi lugar de origen, me recibió con un calor sofocante y muchos mosquitos. Y también lo hizo con la calidez y la amabilidad que ya recordaba haber vivido antes en esta parte del mundo.

Mi estancia en la fundación se centra en acompañar a personas mayores en un centro de día. Desde el primer día, el coordinador del centro me dio la bienvenida y me mostró todas las instalaciones. También tuve la oportunidad de conocer a los adultos mayores que pasan allí sus mañanas y parte del mediodía. Mi primera impresión fue muy positiva, sus miradas reflejaban una gran cantidad de historias y un deseo sincero de compartirlas. Cada uno de ellos proviene de lugares diferentes y tiene una historia valiosa, lo que despertó en mí una curiosidad profunda, que ellos también compartieron. Por eso, desde el primer día comenzamos a intercambiar nuestras historias.

Desde el principio, me he sentido muy acogida, tanto en el centro de día como en otros espacios de la fundación. La vida aquí, por ahora, es tranquila y me permite detenerme a entender y a escuchar, que creo que es la única expectativa que se puede tener.

El centro de día es un lugar de encuentro donde no solo se comparte la compañía, sino también las conversaciones y las historias de vida de cada uno. María Galindo, activista boliviana, dice que “las calles de Bolivia son un patio común compartido que han creado las mujeres que trabajan en ellas”. El centro de día es un poco así también: un espacio donde todos aportan algo, ya sea tiempo, experiencias, una voz o ternura.

Desde que comencé mi voluntariado aquí, he tenido la oportunidad de trabajar con un grupo de personas que tienen mucho interés por la costura, la creatividad y hacer cosas juntos. Así que hace poco decidimos aprovechar esta habilidad para iniciar una nueva actividad: confeccionar carteras a mano.

La idea surgió un día en el que las usuarias me mostraron, con mucho orgullo, las cortinas y los manteles que habían hecho con retales de tela. El centro es casi tan colorido como Bolivia gracias a estas creaciones, y ahora las carteras que confeccionemos también reflejarán una parte de la comunidad que han creado en el centro.

Las carteras son sencillas, pero todos han aportado y se han ayudado unos a otros para poder hacerlas. El plan es vender las carteras para conseguir fondos y así organizar algún paseo al cine, alguna excursión o traer a alguien para que toque música porque lo que más les gusta hacer es bailar.

Además de trabajar en la confección de carteras, también estoy colaborando con la orquesta de la fundación, realizando fichas sociales de las familias para que puedan tener toda la información necesaria sobre ellas, lo que me permite acercarme más a la gente de aquí.

En los fines de semana, he aprovechado la oportunidad para explorar más a fondo el resto del país y salir un poco de Santa Cruz. Cada lugar tiene su propio encanto, características únicas, y paisajes muy diferentes, lo que hace que tenga muchas ganas de seguir conociendo Bolivia.

Recordaré Bolivia en femenino, como una mujer; bueno, en este caso, muchas.

El centro de día se convirtió en un refugio donde mi principal labor fue escuchar y aprender, nunca de lecciones, sino de experiencias. De todo aquello que no se escribe pero se habla. Que ha guiado a generaciones y, de alguna manera, sirve de manual intangible sobre cómo saber vivir. Un conocimiento tan abstracto que nos ha protegido y ha sido una prueba fundamental de que aun cuando no existíamos ni para los ojos de la ciencia, el compartir se hizo literatura, medicina y arte. El compartir siempre ha sido la prueba más irrefutable de que las mujeres han estado ahí las unas para las otras.

“La vida es bonita cuando una sabe compartir” dijo María una mañana que, se hubiera perdido en otra de las muchas mañanas que he pasado con ella, sino hubiera sido por que esa frase me despertó.

Comprendí que desde que empecé el voluntariado aquí, compartir es todo lo que he hecho. Pero de alguna manera no me siento vacía ni con menos cosas para mi misma, porque cuando lo hacía, me llenaban de nuevo con su veteranía en la vida.

Muchas me contaban sobre sus experiencia en el amor y como el machismo actuaba como una tercera pata en las relaciones. Cómo el ser mujer las ha definido y controlado en todas las labores que han hecho. “Por la cultura machista, mi madre siempre prefirió a sus hijos varones para que estudien” decía Bea “Las mujeres actuamos más con la ternura, por ello me tuve que quedar con mi madre” terminaba.

Siempre sabían terminar cada conversación con ese caramelo que te impedía quedarte con mal sabor de boca. Endulzaban cada experiencia para recordar que las experiencias no son solo los infinitos eventos que nos pasan, sino el como reaccionamos ante ellos, y de ellas sin duda, la resiliencia tendría envidia.

Desde que llegué he conocido Bolivia de otra forma. He tenido la gran oportunidad de viajar y conocerlo de otra manera. Tal y como es imposible conocer a una persona haciéndole siempre las mismas preguntas; un país se conoce solo si recorres esas calles que no están desgastadas por las infinitas pisadas. Si te adentras en bares o restaurantes donde solo encuentras gente local y comes todo aquello que te recomiendan con una sonrisa.

Me di de bruces con un país que era tan diverso como grande. Casi infinito. Muchos días siento que aun habiendo estado dos meses compartiendo mi tiempo con él, no sería capaz de conocerlo ni en años. Descubrí la zona del altiplano que distaba mucho de la zona del trópico. Las tradiciones y bailes se amoldaban a la diferencia de cada zona y cambiaban radicalmente dependiendo del suelo que estuvieras pisando.

Aunque también viajé mucho con Virginia (pero esta vez no nos hacía falta movernos de la silla). Me contó mucho sobre su tierra: el salar de Uyuni. Sobre las plantaciones de quinoa y sus aventuras como agricultora y ganadera.

“Ahora estamos muy apenadas con los incendios” compartían, sobre todo Lucy que, desbordada de ira, cargaba contra todos aquellos que dan la espalda al Amazonas y dejan que uno de los pulmones principales de la tierra se convierta en ceniza.

Para terminar cerrando el círculo con el comienzo. Quiero dar las gracias a todas mis compañeras por recibir mi cariño, abrazarlo y devolvérmelo sin duda. Nunca dejé mi casa porque vosotras me hicisteis sentir tan cómoda que los días pasaban y la añoranza se hacía más digerible. Pero sobre todo, gracias por compartir esta experiencia conmigo. Es lo que me llevo de todas.

Publicado en: Bolivia Etiquetado como: Adultos mayores, equidad de género

Mi experiencia en Jacj Cuisi. Andrea Vallejo González

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

El 14 de agosto aterricé en La Paz, no tenía muchas expectativas de cómo iba a ser esta experiencia porque nunca he vivido algo parecido a irme tan lejos de los lugares donde siempre he vivido, entonces me vi subiendo al avión sin haber pensado nada en lo que estaba haciendo. Sabía que el viaje iba a ser largo, 10 horas a Bogotá, de ahí a La Paz y después un viaje largo en autobús hasta Rurrenabaque, el pueblo más cercano a Jacj Cuisi, donde iba a pasar los dos meses siguientes. Desde Rurrenabaque hasta Jacj Cuisi, las opciones son tomar un taxi colectivo desde la terminal de San Buenaventura, municipio muy cercano a Rurrenabaque, o hacer autostop.

Creo que es la primera vez en mi vida que puedo preparar bien un equipaje, sólo traje una mochila de 60 litros sin llenar del todo porque sabía que iba a comprar cosas de recuerdo en alguna de mis visitas a alguna ciudad boliviana, traje ropa de trabajo para estar con los animales que no me importara estropear o dejar después aquí, y chubasquero, además de unos cuantos libros. Fue una buena idea no llevar mucho equipaje porque el viaje es largo y es mejor no tener que cargar con más de lo necesario.

Sólo sabía que iba a trabajar con animales salvajes durante 8 semanas, pero no tenía mucha idea de cómo iba a ser exactamente mi día a día, sólo sabía que iba a estar trabajando con una ONG boliviana, para mí era importante que el proyecto fuera boliviano y no un proyecto externo y por eso decidí este voluntariado por encima de otros.

La ONG se llama Comunidad Inti Wara Yassi (CIWY) y trabaja rescatando animales salvajes y reintroduciéndolos a sus hábitats, estos animales han sido mascotas, víctimas de comercio, de caza (entre otras posibilidades igual de hostiles para estos animales) y en esta entidad se les trata de dar una vida de calidad y devolverles a su hábitat natural si eso es posible, porque algunos de estos animales han sido tratados como animales domésticos tanto tiempo antes de llegar a CIWY que ya no pueden ser reintroducidos en su hábitat. La ONG está repartida en tres santuarios: El santuario en el que estaré estos dos meses, Jacj Cuisi (La Paz), Santuario Machía (Cochabamba), aunque este santuario está cerrando sus puertas y enviando a sus animales a los otros dos y Ambue Ari (situado en Santa Cruz), en estos santuarios, las personas que se encargan de cuidar y dar una buena vida a estos animales son personas voluntarias (que pueden permanecer en el parque entre varias semanas y unos meses) y personal permanente en cada reserva que se encargan de la coordinación de cada área del parque, del mantenimiento de las instalaciones y del cuidado de los animales.

Al llegar al santuario me recibió una de las voluntarias, que es estudiante de Veterinaria y está realizando sus prácticas de la Universidad aquí durante unos meses. Me llevó hacia los coordinadores, que me dieron la bienvenida al campamento y me enseñaron las instalaciones. Mi habitación es una de las cabañas que componen el campamento (las otras son dos dormitorios, la cocina y unos baños), es un campamento pequeño y, entre voluntarias y personas empleadas aquí, somos 16 personas.

Mis primeros días aquí han sido duros porque ha sido un cambio enorme en mi rutina y a mi siempre me cuestan un poco los comienzos, sobre todo en un lugar tan desconocido para mí. Aun así, he tenido en mente que no acostumbrarme rápido era tan normal como estar entusiasmada con la experiencia desde el minuto uno y que aún me quedaban muchas semanas por delante por vivir, además, Jacj Cuisi está a 40 minutos en coche del pueblo más cercano y sólo disponemos de un día a la semana para poder ir, por lo que me ha sido difícil adaptarse al principio, no estaba acostumbrada a pasar tiempo sola y mucho menos en medio de la selva.

Mis tareas como voluntaria en CIWY comenzaron el 16 de septiembre, un día después de llegar a la reserva. El santuario se divide en varias áreas, dependiendo de los animales que se encuentren en el parque en ese momento y de las necesidades de cada uno. Hay varias áreas: “Pequeños animales”, “Cielo”, “Parati” y “Negros”. El área que me asignaron a mí fue “Pequeños animales”, área compartida por nueve coatíes y una taira: Rosco (el más mayor de todos los coatíes), Roddy, Pancho, Begoña, Emili, Cristina, Sheldon, Berlin, Cyrano e Iván (la taira). Estos animales llegaron habiendo sido durante muchos años animales domésticos, por lo que no pueden ser reintroducidos ya a sus hábitats y viven en grandes jaulas. Se les saca de las jaulas todos los días a la selva mediante un método de “runners”, que son largas cuerdas atadas en varios árboles por la selva, por las que los coatíes pueden avanzar atados a ella; es decir, pueden recorrer un área de la selva todos los días, aunque no puedan ser libres. Mis tareas en el área son, junto con mi coordinador, dar el desayuno, comida y cena a los animales, sacarlos y recogerlos de los runners y limpiar sus jaulas.

Mi rutina es esta:

  • De 7:00 a 7:30 realizo una de las tareas de limpieza diarias de la reserva, que nos vamos turnando entre todas las personas que vivimos aquí.
  • De 7:30 a 8:30 es la hora de desayuno y descanso del personal.
  • 8:30 es la hora de ida al área y de desayuno de los animales.
  • De 9:00 a 12:30 son las horas de ida a los runners, limpieza de jaulas (con agua y jabón todos los días) y preparación del almuerzo de los animales.
  • A las 12:30 se les da la comida y hasta las 14:00 hay tiempo para el almuerzo del personal y un pequeño descanso.
  • De 14:00 a 17:00 se realizan pequeñas tareas del área que van cambiando diariamente según las necesidades, se prepara la cena de los coatíes y de la taira y se les alimenta. Se realiza una comprobación de que todo esté bien, las jaulas cerradas y los coatíes han podido comer, y se abandona el área hasta el día siguiente.
  • A las 17:00 acaba la jornada y se regresa al campamento para descansar, cenar y tener tiempo libre antes de dormir.

Por ahora sólo llevo una semana en el santuario y siento los días muy largos porque comienzan muy pronto y hacemos muchas cosas, pero cada día que paso aquí me siento mejor y sé que el resto de las semanas se pasarán mucho más rápido.

Este es el comienzo de mi quinta semana en el santuario Jacj Cuisi, donde aún me quedan 4 semanas más. Todo este tiempo he estado en el área de “Pequeños animales” cuidando de los coatíes y la taira. Al principio me resultó un poco duro adaptarme a la rutina, pero me he sentido muy afortunada de poder pasar 4 semanas en ese área, aprendiendo cómo son y qué necesitan los coatíes y la taira y encariñándome con ellos cada día más.

Es importante, como mínimo, diferenciar entre sí a los animales para poder conocer qué necesidades tiene cada uno, cómo se comportan entre sí y con la presencia de humanos y cómo es su carácter con ciertas cosas. Es importante conocer cómo reacciona cada uno de ellos al darles la comida, ya que hay que tener cuidado con los que pueden ponerse más nerviosos y pensar que quieres quitársela, igual que es importante saber cuáles de ellos pueden haber sufrido maltrato por parte de humanos porque podrían resultar más agresivos con otros coatíes o con humanos o tener comportamientos más imprevisibles, por lo que conociendo a cada uno de ellos y sabiendo sus posibles respuestas podremos cuidarlos y protegerlos mejor en todo momento.

Estos animales están en su jaula toda la noche, toman su desayuno ahí e inmediatamente después comienza la hora en la que pueden ir a sus runners. En este área, mi tarea es acceder a la jaula de cada coatí que presente señales de querer salir a su runner (está andando por su jaula en dirección a la puerta o se muestra interesado de alguna forma en que me acerque a su jaula), ato una correa a su collar y les acerco a su runner correspondiente. Es importante no tirar nada de la correa, simplemente vamos caminando a su lado dirigiéndole a su runner sin presionarle a ir más rápido porque este momento para él es de disfrute y, aunque no dejaremos que se vaya por otro camino distinto al que se dirige al runner, le dejaremos oler y jugar lo que quiera por el camino, sin prisa por llegar al runner.

La taira que está en el santuario, Iván, no sale de su jaula porque es mayor, tiene muchos problemas de movilidad y cuando llegó al santuario se le examinó y se consideró que lo mejor era que permaneciera dentro, pero en una jaula doble más grande que las de los coatíes y con acceso a un jardín privado en el que puede estar todo el día hasta la hora de la cena y al que ningún coatí puede acceder (la taira es depredadora de los coatíes, por lo que esos animales no tienen ningún tipo de contacto dentro del santuario).

Todos los días, la coordinadora del área elige el runner al que irá cada coatí basándose en el tiempo que lleve sin ir a ese runner concreto y en los runners que hay alrededor. Es decir, pondremos en dos runners cercanos a coatíes que tienen buena relación e intentaremos que los coatíes que no se llevan bien no tengan ningún tipo de contacto. Rosco y Roddy, dos de los coatíes, tienen muy buena relación, así que siempre están en runners cercanos que les permita tocarse.

Los coatíes permanecen en sus runners hasta la hora de cenar, momento en el que los coatíes son trasladados a sus jaulas de la misma forma en la que los llevamos, sin estresarles e indicándoles el camino con paciencia. Intentamos que Pancho, uno de los coatíes más activos y nerviosos, salga el primero de su jaula y entre el último. Pancho siempre quiere salir, al igual que Cyrano y Begoña, pero hay otros coatíes que no siempre quieren salir y se quedan en su casita, construida dentro de su jaula, por lo que permanecen ahí hasta que muestren señales de querer ir a sus runners.

La dieta de los coatíes y de la taira es muy variada. Son animales omnívoros y su dieta está reflejada en un cuadrante escrito en una pizarra del área, por lo que todos los días al llegar a su área y darles sus suplementos y medicinas (a los que tienen que tomarlos), les preparamos el desayuno que toque. Algunos días, el desayuno es comida de perro (para Rosco, Iván y Roddy remojada porque no tienen dientes) y plátano para Iván; otros días, el desayuno es pepino rayado muy fino y plátano machacado. A la hora del almuerzo, toman carne con alguna fruta y se les hace algún tipo de enriquecimiento, esto es darles la comida de forma que tengan que invertir energía física y mental en alcanzarla, como harían en su hábitat natural. Esto les estimula y los acerca a la vida que podrían tener fuera de cautividad.

Un tipo de enriquecimiento que tenemos en el área y que usamos todos los días para el almuerzo son unas hojas grandes en las que envolvemos la carne y atamos para que el coatí tenga que romper la hoja o desatarla y así poder acceder a la carne. En el caso de las cenas, los enriquecimientos van variando según el día, uno de ellos es enterrar la comida en sus jaulas para que ellos tengan que excavar y poder acceder a ella. Otro enriquecimiento es usar juguetes donde les escondemos la comida y eso les estimula mucho más que si les diéramos la comida simplemente en su plato. Con Iván (la taira) hay que tener cuidado porque no tiene dientes, al igual que hay algunos coatíes con más limitaciones que otros: Algunos escalan mucho y muy rápido y otros no, lo mismo ocurre con otras habilidades, por lo que es importante tener en cuenta las necesidades y limitaciones de todos los coatíes y la taira a la hora de planificar y llevar a cabo los enriquecimientos. Si no tuviéramos en cuenta las limitaciones de cada uno, podríamos estresarles mucho por no poder acceder a la comida.

El día a día en la reserva es el mismo siempre durante 6 días a la semana, uno de ellos descansamos. Cada persona tiene un día libre distinto de forma que todos los días haya una persona, al menos, encargada de cada área; siempre estará la persona coordinadora del área (en el caso de que sea su día libre, otra coordinadora le sustituye) con los animales cumpliendo con el horario.

Hay un tiempo mínimo de estancia en el santuario para cada área, desde un mes para el área de “negros” para poder tener tiempo suficiente de conocer a todos los monos, hasta un par de semanas en el área de “para ti”. Cada área tiene un tiempo mínimo de estancia acorde a las necesidades de los animales del área. En mi caso, estaré un mes en el área de coatíes y me trasladarán a otro de los áreas al finalizar el mes.

Mis cuatro últimas semanas en Jacj Cuisi

Mi último mes en Jacj Cuisi ha sido en el área de “Para ti”, que está a unos 15 minutos del campamento. Este área está destinada a 17 monos capuchinos, uno de ellos, Cleo, es libre y puede campar a sus anchas por el área, dos de ellas, Punki y Camila, tienen su jaula siempre abierta y se encuentran atadas al runner, pero pueden entrar y salir cuando quieran; el resto de los monos viven en sus jaulas por las noches y por las mañanas salen para pasar el día en sus runners.

Al contrario de lo que se hace en el área de “Pequeños” con los coatíes, no hay contacto físico directo con los monos, sino que su runner está atado a su jaula y ellos salen de esta directos al runner sin necesidad de llevarlos con una cuerda. En el caso de tres de las hembras (Franca, March y Totita), estas están en sus jaulas por las noches como el resto de monos pero por las mañanas sí se les lleva a sus runners, cada día uno distinto para que puedan tener variedad de espacios. Para llevar a las hembras a sus respectivos runners, vamos a la jaula de cada una de ellas, abrimos la puerta que está cerrada con carabina y esperamos a que ella se suba sola a nuestro hombro. Una vez se sube, quitamos la carabina que une su cuerda a su jaula y andamos con ella en el hombro (o en nuestra cabeza, dependiendo de la mona) hasta su runner. Una vez en el runner, colocamos la carabina en la cuerda de este y dejamos ahí a la mona hasta que volvemos a por ella por la tarde para volver a llevarla a su jaula.

Para el manejo de las hembras, es importante haber estado ya unos días trabajando en el área y acercándonos a las monas, para que ellas se sientan cómodas con nuestra presencia y seamos familiares con el área, es decir, debemos conocer un poco ya a cada una de ellas, estar atentas de sus reacciones y conocer bien todos los caminos desde las jaulas a los runners para poder ir directas y con seguridad una vez tengamos a las monas encima.

Mi rutina en el nuevo área es similar a mi rutina en “Pequeños”, nos despertamos a la misma hora y las actividades hasta las 8:30h son las mismas. Para ir al área, las personas voluntarias y la coordinadora del área nos reunimos para ir juntas con las mochilas cargadas con la comida que los monos comerán ese día. A las 8:45 (aproximadamente) llegamos al área y les servimos agua fuera de las jaulas, al lado de su runner, para que puedan estar hidratados durante el día. A la vez, alimentamos con un puré de fruta a algunos de ellos que necesitan más suplementos con su comida.

Después de esto, preparamos y les servimos el desayuno fuera de sus jaulas, cuando hacemos esto, abrimos la puerta trasera de sus jaulas, la que da a su runner, para que cada mono salga a tomar su desayuno y a pasar el día en su runner. En el caso de Cleo, que está libre, le servimos su puré en un plato y su desayuno y le llamamos para que venga a recogerlo. Es una monita bastante asustadiza así que suele esperar a que nos vayamos para pasar a recoger su desayuno.

Una vez que los monos están fuera de sus jaulas, nos dividimos el trabajo entre la encargada y las voluntarias que estemos en ese momento para limpiar las jaulas de todos los monos. En mi primera semana, éramos dos voluntarias y una encargada, así que nos dividíamos en tres: una persona limpiaba las jaulas de las hembras, más pequeñas, otra limpiaba una de las filas de jaulas de machos y la otra limpiaba otra de las filas. Es importante limpiar bien las jaulas a menudo para que no haya demasiados restos orgánicos que atraerían muchos animalitos, entre ellos cucarachas. Una vez por semana (suele ser los sábados), la limpieza que se hace en las jaulas es más profunda que el resto de días para acabar mejor con toda la suciedad, y usamos jabón y desinfectante.

Después de la limpieza, preparamos la comida y realizamos alguna tarea que haga falta ese día. Cada monita tiene una hamaca hecha con una manta en cada jaula, a veces estas hamacas se descuelgan y cada semana las cambiamos para limpiarlas, así que a veces una de las tareas diarias es hacer esto. Otras veces, es arreglar o renovar las estructuras de los monos en los runners (les colgamos lianas entre los árboles o les construimos estructuras para que puedan subirse y pasar de árbol en árbol con más facilidad o para que jueguen).

Al preparar la comida, muchas veces se hace con enriquecimientos, como en el caso de los coatíes y la tayra. En el caso de los monos, un enriquecimiento muy frecuente es usar pequeños tronquitos con agujeros donde metemos su comida para que ellos tengan que esforzarse un poco en conseguirla y a la vez les estimule más que ponerla directamente en el plato.

Después de darles su almuerzo, las voluntarias bajamos al campamento a comer y descansar y la coordinadora se queda comiendo en el área para asegurarse de que alguien puede proteger a los monos en el caso de que pase algo en esa hora y media. A las 14h, las voluntarias subimos de nuevo al área y les damos su snack a los monos (aquí es donde solemos hacer el enriquecimiento porque disponemos de más tiempo, y el snack suele ser plátano, entre otras cosas). Después del snack, seguimos haciendo las tareas que no pudimos terminar por la mañana y a las 16h les servimos agua y les damos su cena dentro de la jaula, abrimos su puerta trasera para que entren y nos aseguramos de que su puerta delantera está bien cerrada para la noche. Después de hacer esto, vamos a los runners de las tres hembras que he mencionado antes y las llevamos a sus jaulas, donde ya hemos dejado su cena y su agua preparadas para la noche.

A las 17:30 bajamos al campamento, dejando a todos los monos (excepto a Cleo, Camila, Punki y algún mono que no quiera entrar, que suele ser Murdock metidos en las jaulas hasta la mañana siguiente.

Es importante conocer el carácter de cada mono para trabajar con ellos, ya que, dependiendo de este, nos acercaremos o no a cada mono, y de una forma distinta. Hay algún mono, como Conejo, que no se lleva muy bien con las personas e intenta lanzarse contra mi cada vez que paso al lado de su jaula, por lo que es importante estar alerta y no acercarme mucho a la zona donde él puede agarrarme. Hay otros, como Jorge o Lemmy, que buscan más el contacto con las personas y no tienen las reacciones que puede tener Conejo con nuestra presencia. Igualmente, ninguna reacción es mala y son animales salvajes, entonces no deberían tenernos aprecio, sino huir de nosotros. En el caso de las monas, empecé llevando a March desde su jaula a su runner y, una vez que pasó el tiempo y estaba más segura, pude comenzar a llevar a Franca. En el caso de Totita, el manejo era de la coordinadora, porque esta monita tiene reacciones más impredecibles para nosotras y es importante tener mucha confianza con ella y mucho tiempo en el área para poder acercarse tanto como me puedo acercar a March y a Franca.

Ahora que esta experiencia ha llegado a su fin y tan sólo me quedan tres días en Jacj Cuisi, puedo decir que ha sido una vivencia muy bonita de la que me llevo muchos aprendizajes y recuerdos. Nunca había experimentado algo parecido, para mi muchas cosas eran nuevas: trabajar con animales (que, además, no me eran familiares porque nunca los había visto), vivir en la selva, lejos de los estímulos que daba por hecho antes de venir aquí (acceso a wifi, estímulos sociales, vivir en una ciudad). Aún no he asimilado mucho todo lo que he vivido y siento que hasta que no me vaya y pase un tiempo, no me daré cuenta de cómo me ha cambiado vivir aquí estos dos meses, pero puedo decir que me ha aportado mucha tranquilidad y que me siento muy bien con mi decisión de venir aquí.

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología

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