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Totonicapán y los 48 cantones. Tierra de la cultura maya – k’iché. Paula Pereira Lozano.

16 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Primera entrada:

Totonicapán es una ciudad que se encuentra a unos 200 km de la capital Ciudad de Guatemala, en Guatemala, a más de 2000 metros de altura sobre el nivel del mar. Su nombre viene del Nahuatl Atotonilco o Totonilco que significa “lugar del agua caliente”. Antes de la invasión y colonización española, Totonicapán era uno de los sitios más importantes del Reino K’iché. Por lo que en la ciudad conviven el español y el k’iché. Además, es una ciudad rodeada por las montañas de Cuxniquel, Itzel Ahual y, la más importante, la de Chuitamango. Más o menos esto fue lo primero que googleé cuando supe que iba a iniciar una aventura de 8 semanas en Totonicapán, Guatemala.

Después de lograr cerrar dos maletas llenas de ropa para el frío y de muchos “por si acasos” puse rumbo a un viaje que duraría 16 horas y que aterrizaría en la capital Ciudad de Guatemala. Desde el primer momento que pisé tierras centroamericanas pude notar el bullicio de la gente y los ‘carros’. Mucho ruido, todo el tiempo. Pero sobre todo me llamó la atención el respeto y la educación que me brindaba cada persona que conocía y, de esta manera, lograba hacer desaparecer el miedo de sentirme a más de 8500 km de mi casa y con 8 horas de diferencia horaria.

Al principio veía todo desde una mirada atenta y curiosa. Todo me parecía completamente desconocido. Los autobuses al estilo “americano” y customizados; los ‘tuk tuk’ o mototaxis de 3 ruedas con los que se mueven las personas de la ciudad; las mujeres y niñas vistiendo el traje típico con su cesta en la cabeza o cargando el hijo a la espalda; los puestos del mercado todos los días aunque no sea día de plaza; los altavoces en los coches anunciando a la ciudadanía cualquier evento de la ciudad; la cantidad de sitios para comer “pollo campero” o las tortillas recién hechas.

Autobús o ‘camioneta’ estacionada en la terminal de autobuses de Totonicapán junto a mototaxis o ‘tuk tuk’.

Pero una de las cuestiones que más ha llamado mi atención es la forma de organización territorial y el respeto por preservar su identidad indígena. Por un lado está la municipalidad o ayuntamiento que se encuentra en el centro de la ciudad y también están los 48 cantones.

Un cantón es una comunidad y en la ciudad conviven muchas comunidades rurales, de hecho son más de 48, aunque se le denomina de tal manera por una cuestión burocrática. En cada uno de los cantones existe una alcaldía comunal compuesta por el alcalde comunal, el cual distingue su autoridad a través de una vara que lleva consigo siempre.

Este alcalde es elegido democráticamente cada año en el mes de noviembre y entra a formar parte de un servicio comunitario que debe proporcionar a su comunidad. A este servicio comunal se le conoce con el nombre de ‘K’axcol’ que significa ‘servicio comunitario con dolor’. Se le denomina así porque son 24 horas los 7 días de la semana durante un año. En general unos 3000 hombres y mujeres voluntariamente ayudan en las necesidades de la vida en comunidad. Por ejemplo, entre las labores de este servicio comunal existe los ‘vecinos organizados contra la delincuencia’ en la que los habitantes de la comunidad se coordinan para evitar que haya robos o atracos en su cantón. Este servicio comunitario históricamente y culturalmente siempre se ha llevado a cabo y permite un mayor ordenamiento territorial y mejora el desarrollo comunal.

Por ejemplo, la alcaldía de la comunidad de Nimasac la componen 65 miembros y dentro de la misma se resuelven problemas relativos a la educación; la salud; el agua y un largo etcétera. Nimasac, en k’iché, ‘nim’ significa “grande” y ‘saq’, “llano”. Es considerada una de las comunidades mejor organizadas a nivel sociopolítico del departamento.

Además de las alcaldías comunales existe una junta directiva de los 48 cantones que está formada por representantes de cada comunidad que se reúnen en la casa comunal cada 2 o 3 semanas para resolver problemas comunales.

Por lo que existe una forma de gobierno urbana, denominada municipalidad y la rural o los 48 cantones. Ambas formas de gobierno trabajan unidas en beneficio de la ciudadanía del departamento. Es de gran relevancia esta forma de organización territorial ya que en el Acuerdo sobre Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas (AIDPI) firmado en 1995 se resalta la importancia que ejercen las autoridades indígenas en la reconciliación del país y en el mantenimiento de la paz social. En general en toda Guatemala conviven pueblos Maya, Garifuna y Xinca.

También, a parte de la organización territorial, se puede observar como Totonicapán es una ciudad que brinda apoyo a la cultura del país y del propio departamento. Prueba de ello es ‘la casa de la cultura’. En ella se reúne la biblioteca y hemeroteca municipal; un salón para exposiciones y conferencias; la morería o el lugar donde se confeccionan y alquilan los trajes típicos de las danzas y tradiciones populares, entre las que se encuentran: la Danza de los Moros y Cristianos; Venados; Mexicanos; Xecalcojes; Pascarines; de la Conquista, entre otros. Además de contar con un espacio específico para las clases de música y otro destinado a los diversos talleres que se imparten desde la oficina municipal de educación, tales como: el club de lectura; estimulación temprana o la clínica psicológica. Esta última supone una nueva iniciativa que brinda apoyo psicológico de manera gratuita, poniendo en valor la importancia de la salud mental y eliminando estigmas sociales que desafortunadamente aún persisten en la ciudadanía.

Este es el patio de ‘la casa de la cultura’ un lugar donde se realizan actividades con los habitantes de Totonicapán

En general esta experiencia supone una oportunidad única para conocer de cerca la cultura k’iché y en especial la totonicapense. Además de poder ayudar en todo lo necesario a las comunidades y/o a las problemáticas relativas con la educación.

Segunda entrada: La educación y la comunicación: dos herramientas fundamentales para el futuro de Totonicapán.

 La educación en Totonicapán cubre todos los niveles: Kinder, Párvulos, Preprimaria, Básico, Diversificado y Superior. Y en la ciudad se encuentran las escuelas públicas o de tipo federación y los colegios privados. Aquí se distinguen entre “escuelas” y “colegios”. Los primeros siempre públicos y los segundos privados.

 Pero en el municipio, a pesar de contar con diferentes escuelas y colegios, la realidad es que existe una baja alfabetización porque los niños y niñas y jóvenes, en muchas ocasiones, no asisten a la escuela debido a diferentes causas, entre las que se encuentran: la falta de interés en los padres de familia y de los propios jóvenes y por trabajo a temprana edad. Esta última causa muchas veces la realizan obligados por sus padres.

 Según se indica en la Política Municipal de Educación Intercultural (2019-2025), o comúnmente conocida por la Política MEI, desde la educación formal los principales problemas son: la falta de comprensión lectora y lógica matemática; la inseguridad alimentaria que afecta directamente a la capacidad de los niños y niñas para aprender; la infraestructura de los centros educativos muchas veces no proporciona espacios saludables para propiciar procesos de enseñanza y la ausencia de motivación que muestran muchos padres por apoyar la educación de sus hijos.

Todo lo anteriormente señalado tiene una repercusión directa en varias cuestiones como el fracaso de los estudiantes al no superar las pruebas de conocimientos básicos para ingresar a la universidad, lo que a su vez les dificulta acceder a puestos de trabajo en el que se requieren competencias superiores como el conocimiento de una lengua extranjera, como puede ser el inglés y el uso de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC).

 El voluntariado que estoy realizando se centra en realizar actividades de comunicación para promover las actividades que, desde la oficina de educación de la municipalidad, se llevan a cabo y, además, ayudar a la concienciación de la sociedad sobre los temas que afectan a la educación en Totonicapán.

 Actualmente he visitado la comunidad de Paxtoca, perteneciente a los 48 cantones, y ahí he podido acudir a la escuela rural de Chibatz. En ella he participado en una actividad de reforestación con los niños y niñas de quinto y sexto de primaria. Mi objetivo era grabar vídeos para después realizar un vídeo resumen que promocionase la actividad de la escuela en la página de Facebook de la Municipalidad, así como pudiese sensibilizar a la población de la importancia de ser respetuoso en el cuidado del medioambiente y, en concreto, de los bosques.

Un grupo de estudiantes de la Escuela de Chibatz se dirigen al bosque en la comunidad de Paxtoca para aprender la importancia de preservar el medioambiente.

Dos niñas de la Escuela de Chibatz aprenden a plantar árboles en el bosque de la comunidad de Paxtoca.

 En esa misma escuela he grabado un vídeo de entrevistas a padres y madres y docentes para poner en valor el trabajo que tienen los familias en la educación de sus hijos e hijas, señalando que: “la educación empieza en casa”. El principal objetivo, a través de testimonios de padres y madres que apoyan la enseñanza de sus hijos e hijas, es motivar a otras familias y crear conciencia en la importancia que tienen como ejemplo primordial en sus hijos e hijas y en sus futuros.

 También en Paxtoca, en la escuela Portazuela, tuve la oportunidad de asistir a una feria de la lectura donde los niños y niñas pudieron realizar diferentes actividades desde el teatro y la representación de cuentos a través de títeres hasta la lectura de sus propias historias y adivinanzas. La intención era animar a los jóvenes a seguir leyendo y aprendiendo tanto dentro de la escuela como fuera de esta. Así lo reflejé en un vídeo resumen que realicé de la actividad, así como a través de la creación de material fotográfico. Además, participé en un taller de envasados para padres de familia con la finalidad de promover el emprendimiento y la sostenibilidad económica de los mismos.

Taller de envasados de duraznos en la cocina de la Escuela Portazuela.

Asimismo pude liderar un taller para docentes de la escuela sobre “comunicación no violenta” dirigido a mejorar la comunicación, sobre todo dentro de diversas situaciones de conflicto que se puedan dar dentro del aula. En el taller pudieron trabajar sobre ejemplos reales, identificando la situación desde una perspectiva objetiva, así como aprender a divisar las necesidades y los sentimientos que les generó el conflicto en cuestión.

 En cuanto a la comunicación realizada en Totonicapán, pude grabar varios vídeos sobre los talleres del club de lectura que se lleva a cabo en la casa de la cultura, así como de estimulación temprana. En el primero se pretende motivar a los niños y niñas para que entiendan la importancia de comprender la lectura a través de actividades dinámicas y juegos. En el segundo se trabaja con niños y niñas de unos 2-3 años y se les ayuda a identificar texturas, colores, formas, etc. De esta manera, poco a poco, se van desarrollando las distintas áreas de su cerebro, desde la motricidad fina y gruesa, la cognitiva o la socioemocional.

Los niños y niñas participan en el club de lectura como parte de las actividades que se realizan en la oficina municipal de educación del municipio.

 Estas son algunas de las actividades que estoy realizando para la oficina de educación. Considero que la comunicación juega un papel fundamental tanto en la promoción de las actividades como en la sensibilización de las mismas. En cuanto a lo primero, muchos de los talleres que se organizan, si no tienen visibilidad, tanto de vídeo como de fotografía, en las redes sociales, por ejemplo, muchas personas no se enterarían de que se están haciendo esos talleres. Y con respecto a lo segundo, creo firmemente que la comunicación es una herramienta que puede crear y transformar comunidades, aunque los resultados no sean tangibles a corto plazo.

En general considero, como lo hizo Paulo Freire y otros educadores e investigadores, que la educación y la comunicación no deben de estar separados. La “educomunicación” pretende poner en valor la importancia de la comunicación bidireccional en el proceso de educación y de la vida en general, para poder formar a personas críticas y reflexivas. Por lo que, de esta manera, tal y como dijo Freire, “la educación no cambia al mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

Un niño lee las historietas que han escrito sus compañeros de la Escuela de Portazuela en Chibatz, Totonicapán.

Septiembre: un mes para celebrar la cultura y la identidad indígena

En Totonicapán más de un 90% de la población es indígena y en concreto, k’iché. Este mes de septiembre es importante para la ciudad porque se celebra el día del patrón San Miguel Arcángel. Entre las celebraciones más destacadas pude acudir el domingo 8 de septiembre a la celebración del VI Festival de la Cultura Totonicapense en la plaza de San Miguel, dónde hubo bailes típicos como los patzcarines, tradicional de la Aldea La Esperanza, en San Miguel Totonicapán, y en aldea Pavotoc, San Francisco El Alto en el departamento de Totonicapán. También se celebró el juego de pelota maya. Un juego ancestral que a día de hoy solo lo practican 15 equipos en toda Guatemala.

FOTO 1. En la foto se pueden ver a dos participantes que están realizando un ritual que dará comienzo al juego de la pelota maya

 Pero el evento más relevante y esperado del día fue la elección de la reina indígena. Un evento en el que se presentan 8 mujeres indígenas que provienen de diferentes aldeas o cantones de Totonicapán. Cada una de las candidatas representa a su comunidad a través de una estampa, que es como un pequeño teatro, en el que se muestran las diferentes tradiciones y la cultura de su comunidad. En este caso, los cantones que se presentaron fueron: Quiacquix, dos de Chuculjuyup, Chipuac, Patzarajmac, Aldea la esperanza, Xesacmaljá y la Aldea Barraneché.

 En cuanto a las estampas que cada una representó tenían en común poner en valor la cultura tradicional maya y reivindicar su posición en las comunidades.

 La reina que representaba al cantón de Quiacquix quiso poner en valor el significado del traje regional. Totonicapán es uno de los mayores productores de telas típicas en el país y,  por ello, la mayoría de sus habitantes se dedican a elaborar restos de trajes a partir de una telares a pedal construidos por ellos mismos. El traje regional del municipio de Totonicapán es utilizado solo en ocasiones especiales. Las partes del traje son: un güipil rojo que representa la sangre que derramaron los ancestros y está decorada con detalles en blanco y negro que significan la oscuridad. El corte representa la oscuridad compuesta por líneas verticales y horizontales que significa la rectitud de los antepasados. El güipil y el corte están unidos a una faja que representa la seguridad de la mujer indígena. Estos son los elementos principales del traje pero existen otros, como la cinta que decora sus trenzas, los aretes, etc.

FOTO 2. Aquí se puede ver como es el traje regional típico de Totonicapán.

 El mensaje de la estampa iba dirigido a poner en valor las formas de vida tradicionales en Totonicapán, como el uso de juguetes tradicionales versus el uso de las tecnologías actuales.

En el cantón de Chipuac se representó una escena de la vida cotidiana, unas mujeres haciendo tortillas para asegurar el almuerzo cuando sus maridos regresen de trabajar en el corte del maíz.

FOTO 3. En la foto aparecen de espaldas tres reinas invitadas que están visualizando una estampa en el escenario del Teatro Municipal de Totonicapán

 En cambio la Aldea barraneché compartió las costumbres de una ceremonia maya cuando una niña cumple los 15 años de edad. Una edad en la que se deja de ser niña y se asume cierta responsabilidad social.

 Por su parte, la ganadora de la noche, Vanesa Tócom representando al cantón de Chuculjuyup, realizó una muestra bastante amplia de las tradiciones ancestrales y las actuales de la cultura maya. La reina representaba a una figura ancestral llamada Stzusztzuxel e iba acompañada por el líder Atanasio Tzul, una figura muy importante de la historia de resistencia en Totonicapán, ya que consiguió firmar el acta de independencia de la ciudad. Estas dos figuras forman parte de la identidad local del municipio y la estampa pretendía mostrar la importancia de un intercambio de conocimientos entre, por ejemplo, una curandera que supone una figura de relevancia en el cuidado de las comunidades en la cultura maya y una doctora. Entre estas dos figuras, la curandera enseña el poder de las plantas medicinales a la doctora y esta le ofrece instrumentos médicos para mejorar el diagnóstico de los pacientes.

FOTO 4. Dos integrantes bailan hacia el escenario para representar sus tradiciones y visibilizar parte de su cultura.

 También se representó la importancia de que los jóvenes en la actualidad se encuentran inmersos en las redes sociales y en las tecnologías y por ende se alejan de su propia cultura y de las buenas prácticas ancestrales, como el respeto a la naturaleza y a la madre tierra. Es por ello que muchos jóvenes tiran la basura a la calle contaminando el medioambiente. Por lo que en la estampa, el mensaje era que los jóvenes difundiesen las buenas prácticas y los conocimientos de sus antepasados a través de las redes sociales. “Todos comprometidos en aprender las buenas prácticas, la ciencia y la tecnología de nuestros antepasados para asegurar el buen vivir de nuestras comunidades”, así lo afirmó el narrador de la historia.

 Además, se mostró a una familia de agricultores que enseñan a su hijo la importancia de cuidar los bosques, de plantar árboles y evitar la reforestación y el cambio climático. Por último el líder Atanasio Tzul conversa con una alcaldesa comunal para asegurar que se respete la práctica de resolución de conflictos de los pueblos originarios que se ha llevado a cabo en los 48 cantones y en otros pueblos de origen maya.

 En general este evento pone en valor el rol de la mujer indígena, la cual tiene una relevancia indiscutible para la defensa del territorio y sobre todo para la pervivencia de las costumbres y de la identidad maya. Tres días antes de la celebración del evento, el 5 de septiembre fue el Día internacional de la mujer indígena y desde las redes sociales de la municipalidad han afirmado “las mujeres indígenas son reconocidas como las protectoras y guardianas de los valores culturales y las garantes de la permanencia de sus pueblos; por ende, violaciones a sus derechos culturales suelen ocasionar violencia espiritual en contra de las mujeres indígenas”. Por lo que este evento supone una victoria para la mujer indígena porque tras años de represión y lucha, puede ocupar espacios públicos y reivindicar su cultura y la de su comunidad.

Publicado en: Guatemala, Voluntariado internacional Etiquetado como: Educación, Género, Sostenibilidad ambiental

Gandiol, Senegal. María López del Paso.

14 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

1ª Experiencia del viaje: llegada y acogida por la entidad:

Después de varias convocatorias fallidas en las que esperaba recibir una plaza para este programa, había asumido que el viaje no era para mí. Sin embargo, para mi sorpresa, recibí una llamada de un número desconocido: «Maryam, te llamo del CICODE». Contesté emocionada: «¡No me lo puedo creer! ¿No me digas que…». La respuesta fue afirmativa: «Sí, sí te digo. Este viaje es para ti». Aquí comenzó mi frenética carrera con los preparativos del viaje. La emoción, la motivación y la alegría hicieron que todo fuera más fácil, aunque los pequeños y grandes detalles del viaje me abrumaron.

El día antes del vuelo, me encontré completamente bloqueada. Tenía que limpiar a fondo armarios y cajones porque una amiga se quedaría en mi casa para cuidar a mis gatos y plantas. No quería que pensara mal de mí si la casa no estaba impecable. Resultado final: terminé haciendo la maleta a la medianoche. Entre medicamentos, maquillaje, cremas, burkinis, y demás, la maleta pesaba mucho más de lo permitido, y la de mano estaba a punto de estallar. No podía dejar de pensar que no usaría ni la mitad de las cosas que llevaba. El autobús hacia Madrid salía a las 08:00, y me había dormido a las 05:00 (no lo recomiendo). Decidí no preparar ni agua ni comida, ya que había vivido en Madrid durante 7 años y estaba acostumbrada a mi parada en Abades o en el bar La Paradita, donde me esperaba un delicioso bocadillo de tortilla. Sin embargo, el tiempo calculado para la parada comenzó a fallar. Cerca de Madrid, la gente empezó a usar el baño portátil continuamente. Al final, no hubo parada. Acepté la situación con alegría, el autobús me dejó en el aeropuerto a las 13:00, con tiempo suficiente para comer y reposar, ya que las puertas de embarque abrían a las 17:00. Disfruté de un bocadillo de chipirones por 14 euros, delicioso, pero el precio complicó la digestión.

Llegó la hora de embarcar. Aunque odio los aeropuertos, me encanta el despegue de los aviones, así que estaba ansiosa por llegar a ese momento. Sin embargo, la maleta pesaba 7 kilos de más. A pesar de mi optimismo inicial, la situación no mejoró. La azafata del mostrador, una de las más amables con las que he tratado, me sugirió cambiar cosas a la maleta de mano o ponerme ropa para aligerarla. Así lo hice, sudando por los nervios, el Red Bull que había tomado de un trago, y el calor madrileño. Aunque intenté reducir el peso, aún sobraban 4 kilos. La tensión se rompió cuando una señora, al verme acalorada, se dirigió a la azafata diciendo: «¿Por qué no se quita eso la muchacha? Por lo menos mientras esté aquí…» (No entendí del todo, pero me pareció que no se refería al aeropuerto sino a España como país, y no a las mochilas, sino a mi pañuelo y su suposición de que regresaba a mi país de origen). La azafata, con empatía y respeto, me permitió pasar la maleta con exceso de peso y le respondió a la señora: «Ella se pone eso aquí y donde quiera, es su elección». Yo añadí: «Libre elección». Nos miramos con respeto y la azafata me entregó mis billetes. Viajé con Royal Air Maroc y esperaba con ilusión la escala de 4 horas en Casablanca.

Tras pasar el control de seguridad, me uní a un grupo de hombres senegaleses que, como yo, parecían desorientados en el aeropuerto. Juntos, logramos encontrar nuestra puerta de embarque. Decidí ir al baño, que estaba justo enfrente, para refrescarme. Al retirar mi pañuelo y lavarme la cara, decidí entornar la puerta que daba a la calle. En apenas 10 segundos, la puerta se abrió bruscamente y un hombre comenzó a increparme en un tono que parecía más relacionado con problemas auditivos que con el idioma: «¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡PUERTA ABIERTA EH!» Estupefacta y sin poder articular palabras, solo pude cubrirme. Una joven senegalesa con la que había entablado conversación en el baño intervino: «Perdón, pero es el baño de mujeres y ella solo necesitaba entornar un poco la puerta para poder…». Fue interrumpida de forma brusca: «Mira, a mí no me importa la religión que ella tenga, pero aquí se respetan las normas». Empujó la puerta y se alejó sin dar margen a respuesta. No era la indicación, sino el tono lo que nos dejó un mal sabor de boca. La joven me dijo con sinceridad: «Lo siento mucho, de verdad». Yo sonreí y respondí: «No te preocupes, seguro que tenía un mal día». Cuando llegó el momento de embarcar, la diversidad a bordo hizo que el etnocentrismo se desvaneciera. Las risas, la amabilidad y las miradas cómplices crearon un ambiente cálido. La comida, de sabor marroquí fue generosa y deliciosa para ser un menú de avión. Mientras servían las bebidas, el bajón del Red Bull empezó a hacer efecto. Pedí un café, pero me dijeron que no había. Sin embargo, a los 10 minutos, un azafato sonriente apareció con una taza rebosante de café caliente y fragante, a pesar de que era para la tripulación. Me sentí casi como si estuviera en un jet privado. Tras disfrutar de unas páginas de mi libro, aterrizamos en Marruecos. Al llegar noté diferencias en el trato hacia las personas negras por parte de la seguridad magrebí. Entendí algo de dariya (dialecto marroquí) y detecté algunos apelativos peyorativos.

Cada vuelo sufrió un retraso de más de una hora, y mi móvil se apagó. El cambio horario me desorientó. Me inquietaba que Pablo, quien había organizado que un taxista me recogiera en el aeropuerto, pensara que no llegaría y se hubiera marchado. Intenté cargar el móvil y contactar para avisar del retraso, pero pasé hora y media buscando un enchufe que funcionara sin éxito. Decidí volver a entrar al aeropuerto y probar suerte. Al mirar hacia mi izquierda, entre el tumulto de personas, vi un cartel con mi nombre. Nunca antes había sonreído así, como si estuviera en una escena de película. Me llené de felicidad, pero también de preocupación por el tiempo que el conductor había estado esperándome. Pablo me facilitó el transporte hasta Hahatay* a pesar de la hora tardía. Me dijo que el taxi tenía un precio alto, lo cual no comprendí completamente. Pensé que sería por la distancia desde el aeropuerto o la ciudad. Estaba claro que el trayecto era largo, pero mi cerebro trasnochado no lo dedujo. En el taxi comencé a tener microsueños. Mi madre solía advertirme que no me durmiera en el taxi, y a esas horas me pareció sensato no hacerlo, aunque estaba cansada y desorientada. Le pedí al conductor que me dejara en un hotel.

Alrededor de las 06:00 de la mañana, el taxi se detuvo en una calle oscura, un portón metálico se abrió, y me ayudaron con las maletas. Todo estaba oscuro, pero se vislumbraban sonrisas. Pablo y tres chicos jóvenes me dieron la bienvenida. Una chica me saludó y me abrazó con un cálido «Wa Salam alikum» (la paz sea contigo). Me asombró la calidez y el hecho de que hubiera gente dispuesta a recibirme a tan altas horas. Pablo me llevó a mi habitación, y me sorprendió al ver que era una habitación preciosa con una cama enorme. A día de hoy, uso los domingos para disfrutarla un poco antes de comenzar el día. Mi necesidad de una ducha me llevó a hacer una de las preguntas más tontas que recuerdo: «¿Tengo baño para mí?» Pablo sonrió y asintió. Agradecí y me dirigí a dejar mis cosas y ducharme. El baño merece un párrafo por sí mismo. Con el neceser y la toalla en mano, me encontré con un baño con el techo abierto, desde el cual se veía el amanecer y algunas palmeras que danzaban suavemente, pintando el cielo con colores cambiantes. El baño contaba con una ducha «occidental» y un cubo con una jarra. Elegí la segunda opción y arrojé agua sobre mi cuerpo con la jarra. Fue una sensación increíble. Luego, mientras hacía mi rutina de cuidado de la piel, escuché un ruido y miré hacia arriba: ¡Un mono! Estaba mirándome a una distancia de apenas un metro. Me quedé boquiabierta… el mono imito mi expresión facial y abrió la boca en señal de sorpresa. No podía creerlo: había llegado a mi destino, tenía la habitación más bonita que podía imaginar, y un mono acababa de imitarme. No podía procesarlo todo. Me recosté en la enorme cama, mi corazón acelerado. Aunque no había tenido tiempo ni necesidad de pedir la clave del wifi durante nuestra breve interacción, en ese momento necesitaba escuchar una meditación guiada, algo que hago cada noche. Gracias a la desconexión, logré conectar conmigo misma y, por primera vez en mi vida, pude dormirme concentrándome en mi respiración. Recordé a una gran amiga decir: «Siempre nos olvidamos de respirar».

Me despertó el sonido de la puerta abriéndose. Hacía mucho calor y no había sábanas, así que pedí que cerraran la puerta para poder cubrirme. Era Laura, una de mis anfitrionas. Una vez me vestí con lo primero que encontré, me llevó a comer a casa de «Mama Khady» (madre de Mamadou Dia, fundador de Hahatay) para celebrar Tabaski. (Eíd al-Adha o Fiesta del Sacrificio (en árabe : عيد الأضحى‎ ). Estaba muerta de sed, desorientada y necesitaba un café con urgencia, pero no había tiempo. Percibía la tensión y, aunque no entendía mucho, me sentía mal por hacerlos esperar para algo tan importante. Llegamos a casa de Mama Khady, donde conocí a Mamadou Dia, sus hijos, y a Laura, su esposa, quienes me acompañaron allí. Después de comer, llamé la atención de los niños de la casa. A pesar de la falta de palabras, establecimos un bonito vínculo. Mamadou me dijo: «Yo te conozco», y pensé que bromeaba, hasta que comenzó a darme detalles de cómo nos habíamos encontrado en septiembre pasado en Casa Manse, Senegal, primero en la recepción de un hotel y luego en el desayuno. Miré sus anillos y conecté con el recuerdo. Efectivamente lo recordaba; me ayudó a comunicarme con la recepcionista del hotel y luego, en el desayuno, ambos estábamos sentados frente a frente. ¡Qué curiosa coincidencia!  «El mundo es muy pequeño´´ dijimos a la vez, y muy hermoso, añadiría a día de hoy.

Y aquí comienza mi estancia, una experiencia vital que ha sido fundamental para integrar conocimientos de libros y conferencias que apenas habían rozado la superficie del conocimiento decolonial que estaba por venir. ¡Gracias, CICODE! ¡Gracias, Pablo! ¡Gracias, pequeña gran Khady, Laura y Mamadou!

«Descubriendo Hahatay: Experiencias y Aprendizajes en el Corazón de Senegal»

Mi llegada coincidió con las vacaciones de Tabaski (Eíd al-Adha o Fiesta del Sacrificio (en árabe : األضحى عيد( , que podría traducirse como Día del Cordero, es la festividad mayor de los musulmanes. En Senegal y otras regiones del África subsahariana toma el nombre de Tabaski), lo que me permitió adaptarme tranquilamente. A medida que Hahatay se reactivó y comenzó a funcionar, pasé mis primeras semanas junto a Salomé, Paps y Beltrán, residentes de Hahatay.

La organización Hahatay nace tras el viaje de Mamadou a España. Mamadou Dia, originario de Gandiol, un pequeño pueblo de pescadores el cual se ha visto perjudicado por el abuso de la pesca internacional y la apertura de la Lengua de Barbarie (que generó una gran catástrofe natural), se crió junto a su madre Khadija, una gran mujer conocida por su vasto conocimiento “no académico” y sus grandes dotes en los negocios. El ímpetu de Mamadou por ayudar a su madre y a sus 25 hermanos sumando las 4 veces en las que se le había negado el visado de forma injusta (el consulado de Francia tiene un sistema de visas que algunos tachan de “mafioso”: Pagas todas las tarifas y se te niega, sin devolución o explicación alguna. El porcentaje de visados admitidos es bochornoso) lo llevó a tomar una patera en la que prometió a sus acompañantes que si salía de allí con vida contaría al mundo aquella experiencia. Naciendo así el primer libro de Mamadou Dia “3052”. La cifra que da nombre a su libro es la distancia entre Murcia (donde fue escrito) hasta Gandiol. Tras el éxito que tuvo y su incansable lucha por enseñar y aprender en un mundo occidentalista volvió a Senegal con el objetivo de fundar Hahatay (Carcajada en Wolof). Le dio ese nombre debido a la inevitable carcajada que salía de él cada vez que recordaba la dramática situación que le llevó a lanzarse al mar y como aquello dio un vuelco tan inesperado.

Hahatay es una organización que tiene el objetivo de darse a la comunidad, desde el arte y la cultura hasta la agricultura y ganadería, desde las escuelas infantiles hasta el intercambio cultural con aquellos españoles que estén listos para despojarse de su etnocentrismo y mucho más que se me hace difícil clasificar.

Salomé estaba trabajando en su trabajo fin de máster sobre migración, un tema similar al que yo había abordado recientemente. Esto me brindó una excelente oportunidad para intercambiar ideas y conocimientos con ella, así como con Mamadou Dia, quien aporta una perspectiva valiosa basada en su experiencia personal y un notable poder de introspección y reflexión.

Paps y Beltrán, bailarines profesionales, entrenan intensamente de 09:00 a 14:00 todos los días. De hecho, su dedicación al baile es tan completa que se pasan el día entero, desde que se despiertan hasta que se acuestan, moviéndose al ritmo de la música. Uno de nuestros planes dominicales, que consistía en ir a la playa para bailar y meditar, dejó una huella profunda en mí.

Aunque la coordinación de mi actividad allí fue a veces confusa, resultó ser una experiencia extremadamente enriquecedora. Con Pablo y Mamadou, decidimos que, dada mi experiencia y currículum, sería más beneficioso para mí rotar por las diferentes instalaciones de Hahatay. A continuación, detallo algunas de las actividades que llevé a cabo:

En el Centro Cultural Aminata, en respuesta a la nueva postura política de Senegal respecto al genocidio palestino, propuse la creación de una coreografía que combinara la música tradicional senegalesa y su danza con el Dabke. El dabke es parte vital de la herencia Palestina que ayuda a preservar la identidad Palestina que la ocupación ha tratado de eliminar y tiene raíces comunes con Gandiol y Hahatay, ya que uno de los proyectos de Hahatay es volver a traer la forma tradicional de construcción que ha sido desvanecida por la presión del pensamiento colonial, el barro y la paja. La región levantina hacía el techo de sus casas con ramas de árboles y barro. Cuando el tiempo cambiaba, el barro se agrietaba. Los miembros de la familia y la comunidad palestina se reunían para repararlo, formando una línea, uniendo sus manos y pisoteando el barro en su lugar. Un proceso que ambas comunidades comparten.

En Tabax Nite, coordiné el material de comunicación para las formaciones agroecológicas y las visitas relacionadas: https://www.instagram.com/tabaxnite/

Tabax Nite, uno de los proyectos más grandes y en constante construcción de Hahatay, incluye un centro médico, la Casa de las Mujeres, un centro de comunicación, una radio, una academia de formación en diversos ámbitos (como construcción mediante reciclaje, hierro, y madera), y una granja con huerto. La granja experimenta con nuevas formas de agricultura debido a la salinización de las tierras cultivables en Gandiol, con el objetivo de ofrecer alternativas agrícolas a la comunidad.

Además, Hahatay cuenta con una planta de reciclaje, gestionada exclusivamente por mujeres jóvenes, y dos centros en Saint Louis dedicados a la formación artística y al laboratorio de fotografía. Conecté con Mame, una de las fotógrafas del centro, y le propuse un proyecto para realzar la belleza de la mujer en el Islam, destacando que la modestia también puede ser moda y desafiando las normas sociales que sexualizan y objetivizan el cuerpo de la mujer. Estamos a la espera de contar con el espacio adecuado para llevar a cabo esta idea.

En la granja, que ha recibido numerosos premios y es conocida por sus prestigiosas formaciones, descubrí que estos centros forman parte de una vasta red de pequeñas empresas emprendedoras. Uno de estos emprendimientos es Ban ak Suf (tierra con arena en wolof), un grupo de mujeres jóvenes que se están formando en construcción con adobe (barro, arena y paja) con el objetivo de ser autónomas como empresa.

Pasé días con ellas, pintando cabañas, reparando la granja y realizando trabajos en las paredes con cemento.

Durante la temporada de campamentos, específicamente en el Campamento Attaya, que recibe a españoles para pasar varias semanas, formé parte del equipo de coordinación, gestionando actividades infantiles junto a mi compañero Balla y atendiendo las necesidades del grupo. El campamento, que se realiza desde 2012, busca promover el intercambio cultural y ofrecer experiencias que beneficien a la comunidad local. Los primeros voluntarios que llegaron construyeron la misma escuela que ahora programamos pintar con los nuevos voluntarios.

Las actividades del campamento incluyen:

● Debate Ubuntu: Espacios de intercambio cultural, palabra que nace del apartheid sudafricano y significa «Yo soy porque tú eres».

● Taller de Baile.

● Visita al Parque Nacional.

● Visita a Saint Louis.

Uno de los objetivos del campamento es proporcionar a los jóvenes del pueblo una experiencia intercultural que les es difícil alcanzar debido a las restricciones del sistema que nos permite a los españoles viajar en este tipos de programas mientras a ellos, que son expuestos a la cultura occidental como la excelencia desde la más temprana infancia se les cierra esta puerta.

Mi objetivo personal no era solo investigar la migración provocada por la presencia neocolonial, sino aprender y adaptar este conocimiento a mi proyecto de formación de profesionales en el ámbito de la migración. Gracias a estos campamentos, adquirí técnicas y enfoques que me ayudarán a desarrollar mi proyecto de manera más efectiva.

«Entre la Arena y el Arte: Reflexiones de un Viaje Transformador a Senegal»

Aún estoy allí, atrapada en el eco de una experiencia que me transformó profundamente. No he logrado regresar completamente, ni física ni emocionalmente. El ritmo vibrante de la vida que experimenté, la música, los colores intensos, los sabores exquisitos, los paisajes cautivadores y, sobre todo, la calidez de su gente, me absorbieron de tal manera que ahora me resulta difícil encontrar mi lugar en mi entorno actual. La vivencia que tuve allí era lo que me faltaba para sentirme completa; una vez vivida, ahora desde la distancia, me siento inconclusa. Echo de menos a mis hermanas senegalesas, el café touba y las salidas al amanecer para comprar pan. Aunque debo admitir que mi dieta sigue siendo la misma: desayuno pan con café y almuerzo arroz con pescado. Me levanto a la misma hora, porque nunca antes había estado en mejor forma, tanto mental como física, y deseo mantener estos hábitos. Sin embargo, hay una diferencia significativa: mi etnocentrismo se ha desmoronado. Siento que el individualismo europeo me resulta cada vez más pesado. Ya no puedo ignorar los efectos del colonialismo y cómo nos jactamos de tener una ‘mejor vida’ basada en un neocolonialismo que sustenta nuestro bienestar social. Esta realidad ya rondaba en mi mente desde hace años, pero esta experiencia la ha concretado.

Llegué con propuestas y con la expectativa de encontrar mi lugar allí, sin tener en cuenta que Hahatay es una organización formada desde el sacrificio y la disciplina. Eran como la maquinaria precisa de un reloj, y me di cuenta de que, en realidad, no me necesitaban; yo los necesitaba a ellos. Me sentí desorientada, incapaz de encontrar mi lugar, a pesar de mis esfuerzos. No comprendía la falta de horarios estrictos o directrices precisas, no entendía que no estaba en Europa, ni que mis clases de intervención social en la UGR no eran aplicables allí. Me encontraba en un entorno donde muchas mentes pensantes y apasionadas se habían sincronizado en un ritmo que yo juzgaba desde una perspectiva completamente desajustada a esa nueva realidad cultural. En una conversación con Mamadou sobre la orientación que buscaba, me miró a los ojos y me preguntó: «Maryam, ¿cuál es tu sueño, tu meta?» Le respondí que terminar el doctorado en estudios migratorios. Entonces él me dijo: «Entonces, tu mayor obstáculo para alcanzar tu meta vital es tener o no tener un buen tutor, una buena orientación. Para mí, para mi pueblo, la meta es el mar, es lanzarse al mar. Tú has crecido en un entorno que te ha permitido visualizar una meta con la que ayudar a las personas. Nosotros creemos en un sistema académico que nos enseña la cultura, la lengua y la historia de un país que no es el nuestro, de un continente que ‘es superior al nuestro’, solo para después negarnos el derecho de siquiera visitarlo. Revisa tus prioridades, disfruta la experiencia, estás aquí, aprende.» Esa tarde pasé en la playa hasta el atardecer, escribiendo frente a un chaleco salvavidas que encontré a mi lado. Todo comenzó a encajar en mi mente.

Al mismo tiempo, a través de los campamentos (el Campamento Attaya, surgido de la necesidad íntima de Mamadou de desmontar prejuicios al establecer amistades en España), he aprendido a aplicar métodos antiracistas menos reactivos, basados en el cuidado y la amabilidad. En el Campamento Attaya, he conocido a muchas personas con el verdadero interés de ayudar y terminaban descubriendo una comunidad que no necesita ayuda alguna más que el afloje del expolio que ejercemos sobre ellos. He observado cómo se transformaban, desmontaban creencias y se enfrentaban a la otredad mientras desmantelaban prejuicios mediante la risa y la música. A través de mis hermanas senegalesas, he aprendido la importancia de valorar la familia, la unidad, la colectividad y el cuidado del prójimo. En wolof, cuando alguien siente dolor o experimenta algo malo, se dice «Balma», que significa «Siento tu dolor». Esta palabra abarca a toda la comunidad de Gandiol. Viven en casas conjuntas: madre, tía, abuela, padre, hermano, sobrinos, cuñada, prima, creando un entramado de viviendas conectadas donde todos son uno y se sienten uno. Los niños y bebés son considerados una responsabilidad colectiva de los adultos del pueblo; no existen guarderías, pues los niños son atendidos por familiares o por la vecina que los cuida como si fueran propios. La protección de la familia es prioritaria, y aunque este concepto me sorprende y aún estoy asimilándolo, debo reconocer que el fuerte sustento familiar y los lazos que unen a esta comunidad son algo muy distante de lo que vivimos aquí.

Espiritualmente, la experiencia ha sido apasionante. He percibido un gran contraste con lo que conocía hasta entonces. Viven un islam que se ha fusionado con antiguas creencias y tradiciones. Existen dos tipos de colegios: el «francés» y el coránico, siendo el segundo mucho más económico y al que la mayoría asiste. Allí, memorizan el Corán en árabe sin comprender el idioma. Luego está la figura del Marabú, quien conoce la traducción al wolof e interpreta el Corán, siendo considerado un «hombre más cercano a Allah» y representando la figura del sabio que mezcla creencias chamánicas con el islam. Los Marabús se encargan del cuidado y la educación islámica de niños varones de 4 a 9 años cuyas familias no pueden mantener, funcionando casi como un servicio social. Sin embargo, puedes ver a estos niños con ropas raídas, sin zapatos, mendigando después del primer rezo (06:30). Este dinero lo entregan al Marabú, quien lo gestiona. Estos niños son llamados Talibes. Formé un vínculo con los Talibes de Gandiol; cada vez que iba a comprar pan, me esperaban en una rotonda y compartíamos el pan y jugábamos un poco. En las noches en que iba al puesto de Aicha a por una hamburguesa, cenábamos juntos mientras los más pequeños se acurrucaban y el resto apoyaba sus hombros para que se acomodaran. Aicha era una mujer mayor muy dulce conmigo, y solíamos sentarnos en el tranco de su puesto a disfrutar del fresco y charlar mientras observábamos a la gente pasar. El más mayor, que conocía algo de francés, me dijo que su sueño era conseguir una equipación de fútbol para participar en los campeonatos del pueblo y, algún día, llegar a Europa como futbolista para mantener a su familia. Musa y sus compañeros lograron obtener la equipación, jugaron el torneo y él me dedicó su primer gol. No hay nada que desee más que volver a cenar con él algún día y escuchar cada detalle de los partidos que ha ganado.

La mayoría de las mujeres visten con hijab, pero lo colocan y lo quitan según les plazca y no necesariamente cubren todo su cuerpo. Así, las personas que visten de manera más tradicional o religiosa se identifican con el término Ibadu. Senegal es un país laico, y aunque la mayoría de la población es musulmana, las líneas entre religión y secularismo se difuminan, haciendo que la espiritualidad senegalesa sea un espectro fascinante del cual me gustaría escribir más en el futuro. La poligamia es común, y las familias pueden llegar a ser muy grandes. El capital principal de una familia es su descendencia. Un hombre me explicó: «Si tengo 10 hijos y, cuando sea viejo y enfermo, cada uno me da 10 euros al mes, podré vivir muy bien.» Los jóvenes, en cambio, rechazan la monogamia, especialmente las mujeres, pero cada vez más hombres, a raíz de sus experiencias intrafamiliares, optan por la monogamia.

El arte y la belleza de la naturaleza se manifiestan en cada rincón de Senegal, creando una sinfonía visual y sensorial que envuelve a todos los que tienen el privilegio de experimentarla. En este vibrante país, la creatividad no se limita a los espacios tradicionales, sino que se integra de manera orgánica en cada aspecto de la vida cotidiana. La gastronomía se convierte en una forma de arte, con platos que no solo satisfacen el paladar, sino que también narran historias de tradición y cultura. Las calles, llenas de color y vida, son escenarios donde se entrelazan la danza y la música, cada movimiento y cada nota contribuyendo a un espectáculo continuo de expresión artística. Cada día en Senegal era una inmersión en un mundo donde el arte se respira y se vive. Al caer la noche, me iba a dormir con la sensación de haber presenciado la más sublime de las bellezas, esa que trasciende lo visual y toca lo más profundo del alma. Los colores del atardecer, el ritmo de las canciones tradicionales, el aroma de los platos recién cocinados: todo formaba parte de una experiencia sensorial que me dejaba asombrada y agradecida. Pero cada mañana, al despertar, me encontraba con el desafío de superar lo que había vivido el día anterior. Senegal tiene una manera especial de elevar continuamente las expectativas, de ofrecer cada jornada una nueva oportunidad para maravillarse y descubrir algo aún más hermoso. Cada amanecer era una promesa de nuevas sorpresas, un recordatorio de que la belleza y el arte en este país nunca dejan de sorprender y de inspirar. Desde la elegancia de las danzas tradicionales que narran historias ancestrales hasta las letras de las poesías que reflejan el alma de la tierra, todo en Senegal me invitaba a sumergirme más profundamente en su rica cultura. El arte, en todas sus formas, no solo embellecía el entorno, sino que también se convertía en un lenguaje común que unía a las personas, creando una comunidad vibrante y creativa. Esta experiencia me enseñó que el verdadero arte y la belleza no están confinados a museos o escenarios, sino que están vivos en las calles, en las risas compartidas, en la música de cada día y en los gestos cotidianos. En Senegal, el arte es una forma de vida, y vivir en medio de esta constante efervescencia creativa ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Cada día, al irme a dormir, llevaba conmigo el eco de la belleza y el arte que había experimentado, y al despertar, me sentía impulsada a buscar y a crear algo aún más impresionante, sabiendo que en este rincón del mundo, la inspiración nunca se agota.

En resumen, mi experiencia en Senegal ha sido una revelación profunda que ha transformado mi percepción del mundo. La inmersión en una cultura rica y diversa me ha permitido desafiar mis propias creencias y entender el verdadero valor de la colectividad, la familia y la espiritualidad.

Me he dado cuenta de que, a menudo, el verdadero crecimiento personal surge cuando nos enfrentamos a realidades diferentes y nos dejamos llevar por el flujo de la vida en su forma más auténtica y cruda. El contraste entre mi vida anterior y la vida en Senegal ha puesto de manifiesto las grietas de mi etnocentrismo, abriendo mis ojos a las complejidades del neocolonialismo y a la profunda humanidad que se encuentra en cada rincón del mundo. Las lecciones aprendidas, desde la importancia de las relaciones comunitarias hasta el valor de una perspectiva intercultural, han sido invaluables. Volver a casa no significa regresar a la normalidad previa, sino integrar las experiencias vividas y continuar creciendo con ellas.

Echo de menos a mis hermanos y hermanas senegalesas, los momentos compartidos y las enseñanzas que me han acompañado en cada paso de mi viaje. A pesar de la distancia, el impacto de Senegal permanece en mi corazón, recordándome que la verdadera riqueza de la vida se encuentra en la conexión con los demás y en la capacidad de aprender y adaptarse. Espero con ansias el día en que pueda regresar, mientras tanto, llevaré conmigo las memorias, las enseñanzas y el amor que me brindaron, sabiendo que en cada gesto de cariño y en cada risa compartida, una parte de Senegal sigue viva en mí. Volveré a sentarme junto al mar, a escribir con el chaleco salvavidas como testigo silencioso, recordando las palabras de Mamadou y los sueños compartidos con Musa. Y en cada paso que dé, en cada decisión que tome, llevaré conmigo la esencia de una experiencia que me ha enseñado que, a veces, el mayor regalo es la capacidad de ver el mundo a través de los ojos de otros y de encontrar nuestro lugar en un mosaico de culturas y corazones entrelazados.

Publicado en: Senegal, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Emprendimiento, Género

Tejiendo vínculos entre amigas en micro y un hogar social en Bolivia. María Hermida López

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Mi experiencia de voluntariado en Bolivia comenzó con una mezcla de emociones intensas.

Antes de partir hacia Montero, sabía que este viaje sería transformador, pero también estaba llena de nervios y dudas. Viajé con solo una mochila de 50 litros y el momento de hacerla se sentía como algo que me acercaba mucho a la experiencia, ya era real. Decidí llevar ropa ligera para las rutas, junto con una chaqueta y un chubasquero, por si el clima era cambiante en algún momento. Sin embargo, también incluí algunos objetos personales que considero esenciales: dos libros, material para coser y cartas de mis amigas que me recordaban la calidez de casa. Un diario de viaje también ocupó un lugar en mi mochila, listo para documentar cada paso de esta aventura.

Los días previos a mi partida fueron un torbellino de emociones. Aunque la emoción era palpable, la incertidumbre sobre lo que estaba por venir me hizo dudar en momentos. Sin embargo, el apoyo de mi amiga Sandra fue fundamental, ya que vamos a vivir esta experiencia juntas. Al final, decidí que, a pesar de mis miedos, debía lanzarme y confiar en lo que vendría.

El vuelo hacia Bolivia fue tranquilo y la llegada acogedora. Paul y Pancho, del equipo de Hombres Nuevos, nos recibieron con amabilidad, a pesar de que nos tuviesen que venir a recoger a las tres de la mañana.

Una vez en Santa Cruz, nos llevaron a la casa de voluntarios, un lugar acogedor que se convertiría en nuestro refugio los fines de semana.

El primer día fuimos invitadas a una boda, cosas que realmente nos hizo ilusión y nos generaba curiosidad. Lo veíamos como una excelente oportunidad para conocer a otros voluntarios y al equipo del proyecto. Aunque la multitud resultara abrumadora al principio, también fue un momento de integración para nosotras.

La primera semana en Bolivia estuvo marcada por un proceso de adaptación. Nos dedicamos a conocer los diferentes proyectos de Hombres Nuevos y conocimos a las voluntarias, Kary y Carla, con quienes formamos rápidamente una amistad que ha sido una fuente de apoyo está semana aquí.

A los días, Sandra y yo, exploramos el hogar social donde trabajaremos, yo llegué realmente tímida, pero a lo largo de los días siento que he cogido confianza y que son unas chavalas maravillosas. Lo más emocionante de esta experiencia ha sido la oportunidad de liderar talleres con los jóvenes. Pudiendo generar un espacio de creatividad y aprendizaje tanto para ellos como para nosotras. Esta interacción ha sido enriquecedora y gratificante, y nos ha permitido establecer un vínculo más cercano con ellas. La energía y la pasión que traen a cada actividad nos han inspirado a seguir comprometidas con nuestro trabajo.

A modo de resumen, estos primeros días en Bolivia han sido intensos, llenos de aprendizaje y crecimiento personal. A medida que nos adaptamos a este nuevo entorno, las ganas de seguir adelante crecen cada día más. Estoy ansiosa por descubrir lo que las próximas semanas traerán y por seguir contribuyendo con el proyecto. Esta semana es solo el comienzo de algo que luce muy enriquecedor.

Experiencia en Bolivia: descubrimientos y desafíos.

Llevo un mes y unas semanas en Bolivia, participando en el programa del CICODE, y puedo decir que ha sido un mes repleto de emociones intensas. La experiencia de estar lejos de España me ha brindado la oportunidad de reflexionar sobre mi vida y mis raíces, mientras me sumerjo en una cultura completamente nueva. La distancia de casa, aunque desafiante, también ha sido un catalizador para mi crecimiento personal. Me he encontrado con la morriña de extrañar a la gente que quiero y a la vez con esa sensación de pensar que me gustaría, ahora que estoy adaptada, quedarme más tiempo aquí.

Uno de los mayores desafíos que he enfrentado aquí es encontrar opciones de comida vegetariana. Este aspecto ha despertado en mí una mayor conciencia sobre lo que consumo y cómo se relaciona con mi identidad. Cada vez que busco un plato acorde a mis preferencias, me doy cuenta de lo importante que es para mí mantener este estilo de vida y siento que ha sido una de mis mayores frustraciones aquí, ya que mi alrededor consume mucha carne y en ciertos lugares en los que me muevo observo las condiciones duras en las que se encuentran los animales en la calle.

A pesar de las dificultades, he tenido la oportunidad de explorar Santa Cruz a nivel cultural. Esta inmersión me ha permitido sentirme más integrada y, al mismo tiempo, me ha despertado un deseo de conocer y compartir con más personas de aquí. 

Un aspecto que ha sido particularmente enriquecedor es mi exploración de espacios queer en la ciudad. Encontrar y conectar con mi comunidad al otro lado del charco ha sido una experiencia liberadora. Estas interacciones me han proporcionado un sentido de pertenencia y me han ayudado a comprender mejor la diversidad cultural que existe aquí y me ha ayudado a conectarme también con el sentimiento de comunidad. Para mí es algo realmente emocionante ver que vayas a donde vayas siempre vas a encontrar a alguien queer que te mira con complicidad.

En cuanto a mi labor de voluntariado, he sentido una gran flexibilidad en mis actividades. En el centro de día para personas mayores, he disfrutado de momentos de ocio compartido, realizando actividades como cocinar, participar en un bingo musical y teñir camisetas.

Estas experiencias han sido valiosas ya que me han permitido conectar con las personas mayores de manera sencilla pero significativa. Me llevo su alegría y la sensación de que son la vida misma, con su entusiasmo y sus ganas de que les pusiéramos música todos los días.

En el hogar social, que es el proyecto principal en el que trabajo, he comenzado a construir relaciones de confianza con los adolescentes. A lo largo de este tiempo, hemos enfrentado y superado nuestros primeros conflictos, lo que ha sido un gran aprendizaje sobre la convivencia y la empatía. Cada pequeño paso que damos juntos refuerza el vínculo que estamos formando.

Recientemente, he tenido la oportunidad de impartir dos talleres sobre bullying y relaciones saludables. Estos espacios me han permitido acercarme a mi rol como educadora y me han hecho reflexionar sobre el impacto que puedo tener en la vida de estos jóvenes. Sabiendo que ellos están generando un impacto enorme en mi.

Este mes en Bolivia ha sido un viaje de autodescubrimiento y conexión. A pesar de los retos, cada día me siento más arraigada a este lugar y a su gente, y estoy emocionada por lo que me espera en el futuro.

Mi Última Semana en Bolivia.

Mi voluntariado en Bolivia ha sido una experiencia transformadora, pero también llena de contradicciones y emociones encontradas que estoy reflexionando ahora que ya ha llegado a su final. A medida que la experiencia iba acabando, me ha empezado a invadir un sentimiento agridulce, propio de quien se va cuando los lazos más profundos empiezan a tomar forma. Aunque intenté evitar caer en la trampa del “volunturismo”, no pude evitar sentir que me iba en un momento crucial, no solo para mí, sino también para las personas con las que había compartido tanto. En mi caso, no se trataba solo de mi proceso de adaptación, sino de la conexión que había logrado construir con los usuarios del centro, especialmente con los adolescentes. Cuando llegué, estaba lejos de ser una presencia establecida. Ahora, al marcharme, sentía que dejaba una parte de mí en ese lugar y que la relación estaba comenzando a florecer. Todo esto me hace reflexionar sobre una experiencia de tan poco tiempo de este calibre, es por ello el sabor agridulce, ya que también estoy profundamente agradecida de haber podido aprovechar esta oportunidad.

El vínculo con los usuarios no se construye de la noche a la mañana. Son risas compartidas, miradas cómplices, pequeños gestos de complicidad y también algún enfrentamiento en la convivencia. Es por ello que la despedida también fue dura y deja algún que otro relámpago de tristeza cuando pasan los días desde que concluye la experiencia.

Las despedidas son siempre difíciles, pero un recuerdo hermoso que me llevo es la ternura con la que una señora del centro de día nos cantó una canción en aimara para desearnos feliz viaje, además del bonito detalle que tuvieron de poner nuestra foto en su árbol genealógico del centro de día. También es entonces cuando una no piensa simplemente en la efectividad de su labor como voluntario si no en la importancia de los vínculos que se crean, y que como le dije a una señora del centro, nunca me voy a olvidar de ellas.

En cuanto a la conexión con las voluntarias, no puedo más que expresar gratitud. Con Sandra, mi amiga y compañera, compartí absolutamente de todo y fue mi apoyo principal durante estos dos meses. La solidaridad y la colaboración entre el resto de voluntarias fue fundamental para poder enfrentarnos a los retos del día a día. A medida que se acercaba el final, la sensación de unidad se hizo más palpable, y ahora me las llevo cerquita espero que para mucho tiempo más, ya estamos hablando de reencuentros y quedadas compartidas.

Finalmente, quiero agradecer profundamente a la Fundación que me brindó esta oportunidad. No solo me permitió conocer todos los aspectos del proyecto, sino que me hizo sentir parte de él. Desde el primer día, hicieron todo lo posible por que me sintiera como en casa, y esa acogida fue fundamental para que pudiera vivir la experiencia con el corazón abierto y también para que a día de hoy sienta un duelo con volver. La despedida que nos organizaron a Sandra y a mí fue emotiva y creo que lo que más me ha marcado es que la sentí honesta y real.

Al mirar atrás, me siento agradecida por la oportunidad de haber formado parte de este proyecto, por haber aprendido tanto de las personas con las que trabajé y por haber podido ofrecer un pequeño aporte en sus vidas, ellas han ofrecido tanto a la mía… mi experiencia en Bolivia ha sido, sin duda, un viaje de crecimiento personal y colectivo. Un viaje que, aunque concluya físicamente, siento que perdurará mucho más tiempo en mi.

Publicado en: Bolivia Etiquetado como: Educación, Género

El Salvador, Tierra de los volcanes y de lucha histórica. Martha Elena Pérez Tuñón

19 septiembre, 2025 por marivimf Deja un comentario

La llegada. 23 de agosto de 2025.

Volver a América Latina siempre es un gusto, pero hoy se siente extrañamente familiar, un volver a casa. Mi nombre es Elena y soy mexicana, llevo cuatro años viviendo en España. Dos másteres, dos cambios de ciudad, 8 mudanzas y casi tres años de no pisar Latinoamérica, pero estoy de vuelta.

Ahora en El Salvador. Sólo me tomó 30 horas de vuelo, con 3 conexiones y 5 horas de bus desde Guatemala. Me ha recibido Montse, mi tutora por parte de la cooperación andaluza, una catalana enamorada de El Salvador que se quedó. Se quedó desde hace más de dos décadas tras un viaje mochila al hombro desde la Patagonia, un viaje que también fue de carretera. Sí, cruzó Latinoamérica en moto. Y es importante aclara que, sí, hablamos de Latinoamérica y no Hispanoamérica, porque la identidad no la deciden otros, la decide el pueblo, los pueblos, todos los pueblos. Al menos desde una mirada alejada de la visión neocolonial recalcitrante que no para de reconstruirse otra vez, en Europa, ahora desde el discurso público y atendiendo a intereses muy concretos (y muy dispares a la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo sostenible). En fin, volviendo a Montse que ella se quedó y aprendió, deconstruyó y se arraigó y ahora es una salvadoreña más quién a veces (y sobre todo como suele ser con quienes experimentamos la realidad migrante) lo único que le pesa realmente es estar lejos de la familia, porque tu hogar ya no está en el lugar en que naciste.

Después de conocer a mi amable casera Nati y dejar las maletas, comenzó el primer día. ¿Qué es lo que noté? Compromiso, cercanía, entusiasmo, una mano amiga que acoge. Pero también miedo, incertidumbre, desasosiego, dolor, mucho dolor. Supongo que decir así las cosas sin que medie una oración que conecte puede parecer burdo, inconexo o hasta absurdo, pero eso quiero transmitir, que mi primer encuentro fue así, un parteaguas, profundo a manos llenas pero ambivalente, de una alta intensidad que se percibe enseguida contrastante.

Y no podía ser de otra manera. Conocía de antemano el pasado de lucha de El Salvador, primero estando en México, hace ya unos años, cuando comencé a interesarme por los procesos de construcción de paz, con el «qué pasa después de», la historia de los vencidos, al fin y al cabo, pensando en Miguel León Portilla.

A Latinoamérica han llegado las comisiones de la verdad, los procesos de justicia transicional, tenemos un Sistema Interamericano de Derechos Humanos sólido, coherente, un referente que nace de la lucha social, del insistir y del resistir y sí, se ha avanzado mucho (aunque el norte global no suela hablar de ello), pero parece ser que, la historia de Latinoamérica, es como un río de caudal fuerte, en donde siempre se nada a contracorriente y que, aunque sintamos que tocamos la riviera, la tierra mojada,  a veces, todos los esfuerzos titánicos e incansables que supusieron las vidas de varias generaciones enteras,  solo han alcanzado para mantener apenas, la cabeza fuera del agua.

En fin, que a lo que quería llegar es que, al conocer ALGES (la organización histórica que salvaguarda los derechos de las personas lisiadas de guerra de El Salvador) punto de encuentro (y hogar) de mis entrañables compañeros en estas cortitas, pero significativas ocho semanas, eso fue lo que percibí. Una calidez humana enorme, pero también muchas heridas, heridas de una lucha que aún no termina y que ahora incluso, se encuentra con una realidad que parece más difícil de hacerle frente.

Los salvadoreños son personas suaves, yo diría eso, suaves, aunque también muy fuertes, llamó mi atención que en las reuniones de la Junta Directiva Nacional y del equipo técnico (como cada lunes desde 1997). Victorino, el Jefe de Organización tenía un tono así, suave. Mientras organizaba 14 Departamentos (división territorial administrativa de El Salvador) en razón de sus respectivas labores, de la logística, los presupuestos, las salidas a terreno y un largo etcétera; en todo momento, se mantuvo firme, enfocado y con un tono de voz muy, muy bajo, a veces casi imperceptible.

Pero todo el equipo en ningún momento parpadeó, todos escucharon con atención a cada detalle, tomaron nota, participaron, enriquecieron el diálogo, y es que es así, o así debería ser, al menos. Organizar debe ser tarea de quién sabe poner de acuerdo a una comunidad, quién es cercano y sabe comunicar, quién tiene ideas claras, quién coordina, quién optimiza las maneras de colaborar, no quién habla más fuerte, quién impone, quien crea animadversión, quién siembra discordia y crea antagonismo. Liderazgo, le llaman.

El tono no es ceremonial ni formal, sí técnico, pero sólo cuando es necesario. Más allá de eso, siempre hay un espacio para la cercanía (en la que seguiré haciendo énfasis), un sentido del humor común y una preocupación genuina por el otro. Exige una suave sutileza recordar las situaciones que cada uno vive: si es que existe un familiar delicado de salud de uno de los presentes, la canción favorita del motorista, aquella anécdota en terreno de la que todos se acuerdan (y ríen), el sabor favorito de pupusas de la niña Glorita y en mi caso, la dieta vegetariana de uno de los nuevos integrantes. Una más al fin.

Pero esa misma tarde, se reveló ante mí, la otra cara, a veces solemne, a veces, doliente. ¿Qué esta pasando en El Salvador? Nayib Bukele está pasando.

Una nueva institucionalidad, afirman algunos. Si bien, había permanecido hasta cierto punto (e intencionalmente) alejada de la figura de Bukele, hasta en tanto no pisar El Salvador y escuchar de viva voz de los salvadoreños lo que estaba pasando, algo parecía no estar bien. Y no, no lo estaba.

Empiezan a salir hechos a raudales. Primera fueron las maras, sí, hubo una época en que los diarios internacionales mencionaban todo el tiempo a El Salvador, pero no por las mejores razones. Pandillas, secuestros, homicidios, drogas. Llegó Bukele como una figura casi mesiánica de planteamientos simples, entendibles para todos: detenciones masivas, penas muy altas (abandonando el principio de proporcionalidad del derecho penal), sentencias muchas sentencias. Control absoluto de la Asamblea Legislativa, Militarismo, un régimen de excepción desde el 27 de marzo de 2022, 3 años y contando.

Después vinieron objetivos concretos, líderes comunitarios, ambientalistas, defensores de los derechos humanos y del territorio, activistas, abogados y médicos, todos detenidos solo por mantenerse en una opinión política radical: la conciencia social.  Luego escaló, comuneros, obreros trabajando, limpiando, reparando, madres trabajadoras, profesoras, literalmente cualquiera. Había que llenar una cuota.

Cerrar canales, tirar puentes, crear realidades alternas, controlar el discurso ¿Qué podría salir mal? ¿Quién podría contradecir la realidad creada por Nayib Bukele?

Bueno, pues quizá quienes vienen de fuera, quienes vienen y van, pero que al mismo tiempo se interesan, quienes con el tiempo se sienten un poco de acá, quienes crean lazos y conocen la realidad social, los que ¿por qué no? invierten fondos, diseñan proyectos, los ejecutan, pero también evalúan, también son mensajeros, también tienen el privilegio de tener voz. El norte global al fin, pero dentro de este, los que están. Ellos son el siguiente objetivo.

La solidaridad internacional no comenzó ahora, tiene historia, una historia muy profunda y muy arraigada, identitaria, en todos y cada uno de los salvadoreños. Durante el conflicto armado hubo reconocimiento internacional hacia los combatientes como fuerza legítima del pueblo. Varios cientos de médicos extranjeros formaron a miles de sanitarias y sanitarios que salvaron la vida de sus compañeros combatientes, pero también de niños y de ancianos. Heridos graves fueron atendidos en hospitales en Cuba, formación táctica y militar desde muchas latitudes, decenas de miles de refugiados en el norte global, ayuda humanitaria del CICR. No, la solidaridad internacional no es nueva en El Salvador.

Así inició el primer día.

Unidad, solidaridad y lucha. 25 de agosto de 2025.

El Salvador, es el país más pequeño de todo Centroamérica, cuenta con una superficie de apenas 21,040 kilómetros cuadrados y 6,3 millones de habitantes. Es un país joven: casi la mitad de su población (47,9%) tiene menos de 29 años, de acuerdo con la ONAC (Oficina Nacional de Estadística y Censos). Pero juventud no siempre significa prosperidad, a veces se traduce en contrastes, puesto que la pobreza multidimensional, va en aumento. Mientras en 2019 el 22,8% de los hogares vivía en pobreza, en 2023 la cifra creció hasta el 27,2%. Datos duros que evidencian desigualdades, sí, sin embargo, pretender conocer a El Salvador a partir de la mirada solemne de las cifras, sería un error.

Porque El Salvador también es café, uno de calidad excepcional, que se exporta con orgullo y es cultivado en sus microclimas. Es cordillera y es volcán (242 volcanes cubren su territorio y al menos 36 de ellos se encuentran activos), también es playa de aguas tibias y altas olas que atraen a surfistas de todo el mundo. Y sobre todo, es mesa abundante y generosa, la tierra de las deliciosas pupusas, emblema de su gastronomía tradicional, en donde también se encuentran humeantes tamales, riguas, sopa de pata y platillos como la yuca frita con chicharrón, en donde también destacan bebidas como el atol en sus infinitas versiones. Las tortillas acá son gruesas al menos para una mexicana, pero guardan la misma vocación de reunir.

Quien tiene la fortuna de conocer a El Salvador encontrará que las hierbas no solo son especias ni tés, sino el ingrediente que da esencia a los platos: ya sea el chipilín, la verdolaga, el cochinito, el loroco (mi favorito) o la flor de izote, que además de alimentar y sazonar también es reconocida como su flor identitaria.

El Salvador también se reconoce en el torogoz, ave nacional de plumaje verde, turquesa y cobrizo que simboliza libertad pues no sobrevive en cautiverio y unidad familiar, porque en las familias de torogoz padre y madre, crían juntos.

Pero más allá de la geografía y la gastronomía, El Salvador es comunidad. Aquí se coopera, se comparte, se sostiene al otro. Es un país donde la amabilidad se convierte en cercanía, la resiliencia en fortaleza y el humor en herramienta de resistencia. Una forma de ser que tiene raíces en la memoria del conflicto armado.

Y claro que no todo ha sido armonía. En 1981 comenzó oficialmente la guerra civil, resultado de décadas de desigualdad, represión militar sistemática, encarcelamiento masivo de presos políticos y reformas al código penal que calificaban cualquier forma de subversión como un acto terrorista mientras suprimían el derecho a la libre asociación en todo el territorio. El asesinato del del defensor de derechos humanos Monseñor Oscar Arnulfo Romero en 1980 encendió una indignación que ya no pudo detenerse.

El pueblo salvadoreño se organizó con convicción y disciplina en todos los niveles, desde instrucción militar y política, brigadas médicas (conformadas a partir de la educación popular), el establecimiento de voceros políticos en el ámbito nacional e internacional (incluyendo una comisión diplomática), el perfeccionamiento de las comunicaciones a través de la radio popular y prensa escrita para combatir el discurso oficialista, y esfuerzos constantes desde el pueblo para garantizar la seguridad alimentaria que mantuviera viva la lucha, mientras muchas familias desplazadas por el conflicto (en las guindas) buscaban proteger su vida de las masacres efectuadas por las fuerzas armadas, buscando refugio en Honduras.

El conflicto duró doce años y dejó más de 75,000 muertos y miles de desaparecidos y desplazados. Aún en la actualidad esta lucha es reconocida internacionalmente, así como lo es la legitimidad de sus causas.

El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, conformado por cinco organizaciones (FPL, ERP, RN, PCES y PRTC) luchó de forma organizada durante más de una década y venció, firmando junto al gobierno salvadoreño representado por el ex mandatario, Alfredo Cristiani, los Acuerdos de Paz en Chapultepec, México, el 31 de diciembre de 1992, tras 21 meses de negociaciones.

La firma puso fin a la lucha armada, pero no a sus consecuencias. Quienes sobrevivieron, ahora enfrentaban nuevos retos: reconstruir una vida dentro de una nueva institucionalidad, hacer frente a múltiples duelos y en muchos casos aprender a vivir con una discapacidad adquirida a partir de la guerra y las secuelas del trauma.

De ese contexto doloroso nació una nueva forma de lucha civil: el 12 de julio de 1997 se fundó la Asociación de Lisiados de Guerra de El Salvador, Héroes de Noviembre del 89 (ALGES). Una organización civil conformada por antiguos combatientes que cambiaron las armas por la defensa de sus derechos, y que hoy representan: unidad, solidaridad y lucha.

Una nueva etapa para ALGES. 30 de agosto de 2025.

ALGES nació en un contexto de posguerra marcado por profundas heridas sociales y miles de cuerpos lisiados por la violencia. Más de 40,000 personas adquirieron una discapacidad como consecuencia directa del conflicto armado, lo que configuró un nuevo colectivo con necesidades apremiantes. Frente a esa realidad, 423 salvadoreños decidieron organizarse en defensa de derechos básicos reconocidos en el Decreto 416: salud, rehabilitación, capacitación y empleo. Su apuesta fue clara: resistir desde la organización.

A diferencia de otras agrupaciones de la época, centradas en cabildeos que beneficiaban a exmiembros de las fuerzas armadas, ALGES buscó representar genuinamente a las víctimas del conflicto. Su mayor aporte, no obstante, fue haber demostrado una capacidad de reconciliación histórica: desde 1998 acogió en su seno a excombatientes del FMLN, a exmilitares y a civiles sobrevivientes con discapacidad. De ese modo, la Asociación se convirtió en un espacio de encuentro entre sectores antes enfrentados, sentando bases para una paz más inclusiva.

Mi experiencia como voluntaria se concentró en dos momentos. El primero fueron los actos conmemorativos de los 28 años de ALGES, celebrados entre el 11 y el 27 de julio de 2025 en los 14 departamentos del país. Allí se articularon encuentros entre afiliados, directivos y supervisores que no solo recordaron el pasado, sino que también analizaron críticamente el presente.

El panorama que emergió de esas discusiones no fue alentador. Entre las amenazas identificadas estuvieron la desaparición de organismos encargados del pago de pensiones, la transferencia de competencias que limitan la autonomía comunitaria y la creación de marcos legales que obstaculizan proyectos locales. Todo ello refleja una estrategia estatal orientada a debilitar a la sociedad civil organizada. Como respuesta, la conclusión fue que ALGES debía actualizar sus estrategias y fortalecer sus procesos organizativos frente a la nueva institucionalidad.

El segundo momento de mi voluntariado fue un ejercicio de memoria centrado en mujeres y adolescentes sobrevivientes del conflicto. A través de entrevistas y retratos narrativos, se buscó visibilizar sus experiencias. El reto fue enorme: dificultades logísticas para llegar a las comunidades, poco tiempo para realizar entrevistas y, sobre todo, el peso emocional de abordar relatos tan duros. No obstante, el aprendizaje fue muy valioso.

Las mujeres entrevistadas dejaron ver dos dimensiones de la resistencia. Por un lado, el sentido de pertenencia comunitaria que las sostuvo en los momentos más oscuros. Por otro, una conciencia social que, con el tiempo, se ha transformado en participación activa en foros públicos, en liderazgos locales y en propuestas de políticas públicas. La lucha, en este sentido, no se extingue: se reinventa

De todo este proceso se desprenden varias reflexiones. La primera, la necesidad de permanecer atentas frente a los intentos de restringir derechos. La segunda, el reconocimiento pendiente al papel de las mujeres en la guerra: su aporte ha sido sistemáticamente invisibilizado y su acceso a beneficios, muy limitado. La tercera, la persistencia de secuelas emocionales como el estrés postraumático, que prolongan el sufrimiento incluso en tiempos de paz.

Finalmente, tres certezas fundamentales orientan la experiencia:

La lucha armada y la defensa de derechos son expresiones legítimas de resistencia, cada una adecuada a su tiempo y contexto.

Todo proceso de lucha debe garantizar continuidad generacional; de lo contrario, corre el riesgo de extinguirse.

Quien ha enfrentado la injusticia ya no puede volver atrás. La conciencia adquirida y la práctica cotidiana de resistencia convierten la lucha en una forma de vida.

Hoy ALGES se encuentra en un proceso de transición hacia una estructura más sólida y sostenible. Su reto consiste en transmitir a las nuevas generaciones no solo un ideario político, sino también los medios para resistir en un entorno cada vez más adverso. La historia de la Asociación demuestra que la lucha no se limita al pasado: se expande, se transforma y se resignifica en cada momento histórico.

 

Publicado en: El Salvador, Voluntariado internacional Etiquetado como: Discapacidad, Género

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