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Experiencias que transforman #YosoyAgentedeCambio

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Archivo de 2025

Gota a gota: dignidad y vida en los Andes peruanos. Paola Bernal Herrera

16 diciembre, 2025 por marivimf Deja un comentario

Adaptación a la vida cotidiana

Cuando llegué a Cusco, en julio, el frío era intenso y el aire seco de la sierra se sentía en cada respiración. Las montañas se alzaban imponentes y mi emoción por estar en aquella nueva ciudad estaba a la altura. No imaginaba entonces que mi estancia allí cambiaría mi manera de mirar lo cotidiano, pero pronto descubrí que iba a aprender mucho más de lo que esperaba.

Había cruzado el charco con nervios y entusiasmo. Sentía esa mezcla de ilusión por empezar una aventura y el miedo natural a lo desconocido. Antes de viajar, había escuchado advertencias y miedos infundados sobre Latinoamérica, pero ninguno se cumplió. Desde el primer día me sentí segura, acogida y acompañada. Cusco me recibió con ruido, color y vida: coches que pitaban a todas horas, perros sueltos por las calles, puestos de comida en cada esquina y un movimiento constante que al principio me desorientaba, pero pronto aprendí a disfrutar.

Fotografía 1. Miembros del grupo Danzaq durante la festividad de la Virgen del Carmen en Paucartambo.

Durante las primeras semanas me sorprendía la manera en que los coches parecían comunicarse a base de bocinazos: para ofrecerse como taxi, para avisarte de que te apartaras o para marcar quién tenía preferencia (que casi nunca era el peatón). Los semáforos y pasos de cebra parecían orientativos, y cruzar una calle se convertía en una pequeña aventura diaria. Con el tiempo dejé de asustarme y me acostumbré a ese ritmo caótico que, de algún modo, también reflejaba la vitalidad de la ciudad.

Los perros eran parte del paisaje. La mayoría caminaba libre, sin correa, buscando sombra, comida o compañía. Algunos se acercaban en busca de una caricia, otros simplemente te observaban pasar. Aprendí a reconocerlos en mi ruta diaria; se volvían parte del entorno, parte de la vida compartida en las calles.

Fotografía 2. Perros recorriendo las calles del distrito de Poroy, Cusco.

A medida que pasaban los días, Cusco se fue revelando como una ciudad llena de contrastes: entre lo antiguo y lo moderno, lo turístico y lo local, lo espiritual y lo cotidiano. Vivía en un barrio alejado del centro, donde las fachadas color tierra se mezclaban con muros sin terminar, y los cables eléctricos se entrelazaban sobre las calles empinadas.

Las dos primeras semanas viví en un pequeño apartamento donde casi nunca había agua caliente y, algunos días, el agua simplemente no llegaba. Aquello que en España daba por hecho —abrir un grifo y tener agua— se volvió un ejercicio de paciencia. Al principio me agobié, pero esa experiencia me ayudó a comprender mejor cómo viven muchas familias en las comunidades rurales donde después trabajé. Entre el bullicio de los coches y el caos de las calles, fui descubriendo otra cara de la ciudad: la de las necesidades básicas que no siempre están garantizadas. Me di cuenta de que la comodidad no es universal, y que la escasez enseña a valorar cada gesto cotidiano.

A partir de esa vivencia comprendí que mi paso por Cusco no iba a ser solo una experiencia profesional, sino también una oportunidad para aprender desde la práctica personal.

Donde el agua enseña y la tierra abraza

Mi estancia en el Cusco formó parte de un proyecto dentro del Centro Guaman Poma de Ayala, concretamente en el departamento de Hábitat y Ciudadanía, en el programa “Estrategias de cuidado de la salud y la autoestima de la infancia y niñez a través del acceso a la alimentación saludable, la mejora de los hábitos de higiene y la comunicación asertiva”. Desde allí, combiné mi voluntariado con la realización de mi Trabajo de Fin de Máster en Psicología de la Intervención Social, lo que me permitió vincular la práctica con la reflexión académica y personal.

Con el equipo del Centro viajábamos a distintas comunidades rurales del Cusco para realizar talleres con niños, niñas y familias. Las carreteras no siempre estaban asfaltadas y el polvo acompañaba cada trayecto. La mayoría de las casas estaban construidas de adobe, muchas sin acceso a agua corriente ni baño. En algunos hogares, las familias criaban cuyes dentro de la misma sala donde cocinaban o dormían; los pequeños animales corrían sueltos por el suelo de tierra, manteniendo el calor del espacio y sirviendo de alimento o ingreso económico. Aquello me sorprendió al principio, sobre todo por las condiciones de higiene, pero pronto entendí que era una forma de adaptarse al clima y a los recursos disponibles.

Las comunidades rurales del Cusco están dispersas entre montañas inmensas, donde el silencio y la sencillez dominan el paisaje. El acceso es difícil: caminos estrechos, cuestas empinadas y polvo constante. Pero también hay una belleza serena en todo ello: los colores de los tejidos, los saludos de la gente, el sentido de comunidad, la conexión con la tierra. Cada visita era una lección de vida.

En las escuelas rurales, trabajábamos talleres centrados en la autoestima, las habilidades socioemocionales y el cuidado del cuerpo. Los niños y las niñas esperaban esas sesiones con ilusión; solían acercarse antes de empezar para hacerme preguntas sobre España o mostrarme sus cuadernos. Durante el recreo, me encantaba quedarme con ellos: saltábamos, corríamos, volábamos cometas, o simplemente hablábamos mientras me peinaban o reían al verme intentar pronunciar algunas palabras en quechua. Era imposible no contagiarse de su energía.

Fotografía 3. Niños y niñas de la I. E. Sagrado Corazón de Jesús (Oropesa) participando en una actividad durante una de las sesiones de mi TFM.

Sin embargo, en medio de esa alegría también aparecían las carencias. En muchas casas no había agua corriente ni espacios adecuados para la higiene. Algunas familias utilizaban pilas comunales o recogían agua de los riachuelos más cercanos. En otras, directamente no había retretes, sino pozos sépticos improvisados o incluso nada. El agua no era solo una necesidad, sino un bien que se esperaba, se compartía y se agradecía.

Aquellas escenas cotidianas me llevaron a reflexionar sobre la relación entre el bienestar psicológico y las condiciones materiales de vida. Durante una de las salidas a las comunidades, vi cómo una madre lavaba la ropa en un balde, con el agua justa, y me impresionó la normalidad con que lo hacía. En ese momento entendí que hablar de bienestar sin tener en cuenta las condiciones materiales es una contradicción. ¿Cómo fortalecer la autoestima si no hay acceso a lo más básico? Esa pregunta me acompañó durante todo el proyecto, recordándome que la dignidad empieza por lo esencial.

Fotografía 4. Madre realizando labores de lavado de ropa en un balde.

En las comunidades, el juego era tan escaso como el agua, pero igual de necesario. No había parques ni columpios, y los patios escolares eran de tierra. Aun así, las niñas y los niños jugaban con lo que tenían: cuerdas, piedras, palos o simplemente su imaginación. Pero esas carencias no deben romantizarse, no se trata de admirar que “con poco hacen mucho”, sino de reconocer que deberían tener más, porque el juego y la higiene no son lujos, son derechos básicos universales.

Aprender de lo que sostiene la vida

Mientras comprendía las limitaciones materiales, también descubrí que las comunidades poseían una profunda sabiduría sobre la cooperación, la reciprocidad y el cuidado mutuo. Fue entonces cuando descubrí la importancia del “ayni” y la “minka”, dos valores fundamentales en la cultura andina.

El “ayni” representa la reciprocidad: lo que se da, se devuelve; lo que se aprende, se comparte. La “minka”, por su parte, hace referencia al trabajo comunitario, al esfuerzo conjunto para un bien común. Estos principios me parecieron tan coherentes y necesarios que decidí integrarlos en mi Trabajo de Fin de Máster. Comprendí que la intervención social no puede desligarse de las formas locales de cooperación, porque la verdadera transformación se construye desde la pertenencia a la comunidad.

Poco después, tuve la oportunidad de participar en varios rituales a la Pachamama, la Madre Tierra. Eran ceremonias llenas de respeto y simbolismo, en las que se ofrecían flores, dulces, hojas de coca, bebidas y chocolates en señal de agradecimiento. Me emocionaba ver la manera en que las personas honraban a la tierra, no solo como fuente de recursos, sino como ser vivo que nos sostiene. Aprendí que allí la espiritualidad no está separada de la vida cotidiana, sino que forma parte de ella, recordando que cuidar la tierra también es cuidarnos a nosotros y a nosotras mismas.

Fotografía 5. Ofrenda preparada para un ritual de agradecimiento a la Pachamama.

Esa conexión espiritual se extendía también a la naturaleza que rodea el Cusco. En mis días libres hice rutas de trekking que me exigieron esfuerzo, pero me regalaron serenidad y una conexión profunda con el entorno. Los paisajes eran sobrecogedores: montañas cubiertas de nieve, lagunas de un azul intenso, desiertos, playas, valles infinitos, selva y glaciares. Perú tiene todos los paisajes posibles en un solo país, y cada trayecto era un recordatorio de la inmensidad y la fuerza de la tierra que nos sostiene.

Con el tiempo comprendí que esa fuerza vital no solo habitaba en la naturaleza, sino también en las personas y en la propia ciudad. Cusco respira arte y cultura en cada esquina, y su vitalidad parecía prolongar ese mismo espíritu de aprendizaje y resistencia. Los murales que decoran sus calles son verdaderas obras de arte, llenas de color y de mensajes sobre identidad, respeto y justicia. Pasear por sus calles era descubrir talento en cada rincón y creatividad en cada mirada.

Cada tarde, al salir del voluntariado, cuando el sol se escondía entre los cerros y el cielo se teñía de un naranja imposible, comprendía que algo había cambiado para siempre en mi forma de mirar el mundo.

Fotografía 6. Pintura callejera con simbolismo andino.

Gota a gota, lo que me traje de Cusco

Durante los tres meses que estuve en Cusco, cada día fue una mezcla de aprendizaje y emoción. Había momentos de cansancio, sobre todo después de los viajes largos o de los días en que las condiciones eran más duras, pero siempre sentía que valía la pena. Si algo tenía claro era que quería exprimir esta experiencia al máximo, y ahora, aunque regresé agotada, lo hice con la tranquilidad de haberlo conseguido.

De todo lo vivido, lo más bonito fue la gente que conocí: personas que me ofrecieron su ayuda, su tiempo y su cariño. Las familias de las comunidades, los y las docentes con los que colaboré, mi equipo del Centro Guaman Poma de Ayala, y mis compañeros y compañeras del voluntariado. Todos y todas dejaron huellas en mí. De cada uno aprendí algo: la paciencia, la alegría, la resiliencia y la importancia de trabajar con el corazón y cuidar los vínculos.

Desde que volví, me siento una persona distinta, con esa mezcla de nostalgia y gratitud que dejan las experiencias importantes. Echo de menos los paisajes, los sonidos, los colores, las personas y hasta las calles empinadas, pero también me alegra haber vuelto a casa para compartir lo aprendido. Cada vez que miro las fotos de esos meses, se me aguan los ojos. Sé que nunca podré expresar completamente todo lo vivido, pero sí puedo afirmar que ha sido la mejor experiencia de mi vida.

Comprendí que la dignidad se construye día a día, en los actos más sencillos: en la madre que se levanta antes del amanecer para llenar un bidón, en las niñas y los niños que inventan juegos sin juguetes, en las comunidades que comparten lo poco que tienen, en los equipos que trabajan con compromiso y esperanza.

Desde la psicología comunitaria entendí que intervenir no es imponer, sino acompañar procesos; fortalecer lo que ya existe, reconocer los saberes y los esfuerzos que mantienen la vida.

Porque ahora sé que, como el agua que cae gota a gota, el cambio verdadero se construye lentamente, en comunidad, gesto a gesto, hasta llenar de sentido la vida.

Fotografía 7. Mi mano entrelazada con la de una niña a las afueras de su hogar.

Agradecimientos

Agradezco profundamente al Centro de Iniciativas de Cooperación al Desarrollo (CICODE) de la Universidad de Granada, al Centro Guaman Poma de Ayala y a la Fundación Social Universal por haberme permitido vivir esta experiencia transformadora. Gracias por abrirme las puertas, por acompañarme, por hacer posible un aprendizaje que va mucho más allá de lo académico.

Publicado en: Perú, TFM/G Etiquetado como: Derechos de la infancia

Comunidades educativas, Bolivia. Clara Bouchet

16 diciembre, 2025 por marivimf Deja un comentario

Primera Semana


Llegué a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, hace una semana y quiero compartir mi experiencia con ustedes para que todos aquellos que quieran solicitar el voluntariado puedan vivir de manera más cercana la experiencia conmigo.
En primer lugar, los primeros días fueron muy intensos. Conocí a todo el equipo del voluntariado y mi tutor se encargó de explicarme las cosas principales para que pudiera integrarme fácilmente. La diferencia horaria entre Bolivia y España es de 6 horas, por lo que me sentí bastante cansada y necesité recuperarme unos días.
Sin embargo, muy rápidamente tuve que comenzar el voluntariado, lo que supuso tener que lidiar con el cansancio acumulado del viaje. No obstante, la ilusión y las ganas de empezar esta nueva experiencia conocer a todos los niños con los que iba a trabajar en los dos centros educativos que me habían sido asignados superó la fatiga.
El primer día estuve en un instituto como profesora de inglés por la mañana y por la tarde en un colegio de primaria como profesora de matemáticas y de Lengua. Los profesores y alumnos de los centros educativos me acogieron muy bien y me adapté muy rápido.
Mi horario laboral es de 8 a 11:30 y de 14:00 a 17:30 de Lunes a Jueves ya que el viernes es mi día de limpieza en la casa donde vivo. Cada día le toca a un voluntario diferente y como son muchas las tareas que hay que hacer, no acudimos a los centro educativos ese día.
En los centros educativos se han realizado muchas fiestas estos últimos días y los niños han estado jugando al fútbol, escuchando música, comiendo, incluso hemos hecho una jornada deportiva de atletismo con todas sus modalidades. Aquí se celebran los aniversarios de las escuelas y de la ciudad misma prácticamente al mismo tiempo.

Mi experiencia a mitad del voluntariado en Bolivia
En el primer blog compartí algunas anécdotas que viví nada más llegar a Bolivia.
En esta ocasión, me gustaría contar pequeñas experiencias desde otra perspectiva. Ya llevo
más de tres semanas aquí y he tenido tiempo para observar, reflexionar y analizar distintos
aspectos de mi día a día.
La vida en Bolivia es muy diferente a la de España. Como todo, tiene elementos positivos y
otros que no lo son tanto.
Quisiera comenzar hablando sobre la calidad de vida. Bolivia es un país con altos niveles de
pobreza, y muchas personas luchan diariamente por conseguir lo básico: alimentarse y
alimentar a sus familias.
En España nuestras preocupaciones suelen ser muy distintas. A menudo pensamos que ciertos
problemas son de vital importancia, pero al vivir de cerca realidades como esta, tu forma de
ver el mundo cambia. Empiezas a relativizar muchas cosas. De pronto, tener comida, un
techo, agua caliente o simplemente agua potable, se vuelve un auténtico privilegio. Al vivir
rodeados de comodidades que damos por sentadas, muchas veces dejamos de valorar lo que
realmente tenemos.
Una de las cosas que más me ha impactado es la hospitalidad de la gente. Es curioso ver
cómo, a menudo, quienes menos tienen son quienes más dan. He conocido personas
maravillosas, con un corazón enorme, siempre dispuestas a ayudar.
En cuanto a mis prácticas, estoy colaborando en dos colegios. Por la mañana imparto clases
de inglés en secundaria, y por la tarde doy apoyo en matemáticas y lengua castellana.
La experiencia está siendo muy enriquecedora y totalmente distinta a la que viví durante mis
prácticas en centros educativos en España. Aquí, las aulas no disponen de internet y muchos
profesores continúan utilizando métodos de enseñanza bastante tradicionales. En este
contexto, los voluntarios podemos aportar ideas nuevas, dinámicas y creativas, que ayudan a
los niños no solo a aprender, sino también a disfrutar del proceso.
Les dejo algunas imágenes de esta experiencia tan especial:

Blog final

Ya he terminado mi estancia aquí en Bolivia y creo que como cierre de esta experiencia, es buena idea compartir mis aprendizajes y todo lo que me ha podido aportar esta increíble experiencia en este país.
En resumidas cuentas, podría destacar estos aspectos:
-La riqueza no significa felicidad. Ser feliz es una decisión propia que muchas veces no depende tanto de lo que nos rodea a diferencia de lo que solemos pensar.
-La comunicación es imprescindible entre dos o más personas para poder evolucionar y trabajar de manera equilibrada.
-Cuando ofreces tu tiempo y tu energía para los demás, la vida te regala el doble en gratitud y plenitud.
-Dar muchas veces es recibir, porque aprendes mucho de los momentos compartidos con los demás, aún más si se trata de un país y una cultura diferente.
Si tienes ganas de lanzarte a participar en algún plan de cooperación internacional, te animo a que lo hagas. Siempre saldrás ganando en nuevas experiencias y momentos compartidos.


¡Gracias Bolivia!

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Derechos de la infancia, Educación

Asistencia integral a la niñez, Bolivia. Maia Maiten Moñin Escudero

16 diciembre, 2025 por marivimf Deja un comentario

1.    Primeras semanas: el impacto de llegar

La llegada: entre lo familiar y lo desconocido

Llegar a Bolivia ha sido una experiencia intensa, llena de contrastes y emociones. Aterrizar en Santa Cruz de la Sierra me removió desde el primer momento. Sentí cierta familiaridad: algunas cosas me recordaban a Argentina, donde nací y donde aún vive parte de mi familia. Había algo familiar en la forma de vivir de la gente: una vida más orgánica, espontánea, menos burocrática. Esa cercanía humana se nota en los mercados, en los micros abarrotados, en la manera de hablar y de moverse.

Si bien sentía cierta familiaridad, también sorpresa ante lo desconocido, imágenes impactantes entraban en mi retina, y sensaciones entremezcladas. El calor húmedo y pegajoso, los minibuses diminutos donde apenas puedo estar de pie, los caballos, las vacas, los perros, gatos y gallinas que deambulan por la ciudad entre charcos en los que buscan agua y montones de basura en lo que buscan algo para comer. Niños moviéndose solos por la ciudad. El tráfico caótico, la gente cargada yendo a vender a los mercados… Mucha basura. Ningún contenedor, ni siquiera papeleras en el barrio. Un olor extraño que invade las calles llenas de mosquitos, espacios ruidosos y abarrotados, el ritmo de la ciudad, que se combina con las cumbias siempre de fondo que suenan por todos lados, la vida es animada, de día y de noche, se escucha música allá donde vayas, bocinas de coches, risas, gente charlando, una vitalidad que no da tregua. Una mezcla entre tristeza y cansancio en las miradas, pero a la vez mucho movimiento, mucha lucha y mucha vida. Todo es distinto, incluso la percepción del tiempo y las distancias, pero curiosamente, me hace sentir muy presente, muy viva. En cada trayecto de micro no dejo de mirar por la ventana, con curiosidad y asombro.

Primeros pasos en Hombres Nuevos

Al llegar al aeropuerto me fueron a recoger trabajadores de la fundación de Hombres Nuevos. Ese mismo día no hubo tiempo para el descanso, me llevaron a conocer el centro, a aprender cómo moverme en micro por la enorme ciudad, a cambiar dinero, y a recorrer los distintos proyectos del barrio Plan 3000, una de las zonas más vulnerables de la ciudad, donde se encuentra la fundación, la casa donde resido y todas las actividades que realizo como voluntaria que se desarrollan aquí. Ese día conocí el proyecto de la Escuela Nacional de Teatro, el centro de día, la “casa de la espiritualidad” y otros proyectos que Hombres Nuevos tiene en el barrio. Digo barrio, pero el Plan 3000 es prácticamente una ciudad paralela, a una hora en micro de Santa Cruz de la Sierra, y tiene más de 300.000 habitantes.

También conocí la casa que llaman “Palacio” donde residen los trabajadores de Hombres Nuevos, me invitaron a comer y a conocer un poquito más a cada una de las personas que se dedican diariamente a hacer que los proyectos salgan adelante. Todos los trabajadores de la fundación son personas bolivianas, cosa que me pareció enormemente positiva, ya que a pesar de no estar ya el Padre Nicolás (fundador de Hombres Nuevos) el proyecto se ha podido mantener con la gente de aquí y todo sigue adelante.

La Escuela de Teatro

Uno de los proyectos que más me llamó la atención, y tuve la suerte de que estuviera al lado de la casa donde vivo es el de la Escuela Nacional de Teatro, también fundada por Hombres Nuevos. Me pareció un proyecto maravilloso: un espacio cultural en medio de un barrio tan humilde, donde se respira arte, disciplina y esperanza. Ese día colaboré ayudando a recibir a los asistentes del concierto de la Orquesta del Plan, formada por niños y niñas becados que, gracias a la fundación, pueden aprender música y tocar un instrumento.

El ambiente era conmovedor: familias enteras, profesores, vecinos, todos reunidos para escuchar a esos niños que, con sus violines, pianos, bajos y chelos, parecían transformar por un rato el paisaje de tierra y ruido en un lugar lleno de belleza.

A través de este evento conocí a Lorena, la directora de la escuela de teatro, con quien enseguida conecté. Me contó que al día siguiente comenzaba un curso de teatro, así que decidí apuntarme. Fue una decisión impulsiva, pero profundamente acertada: asistir a las clases un par de tardes por semana me permite conocer la vida cultural de Santa Cruz, descubrir la técnica de la biodinámica —muy centrada en los estados corporales del actor— y reconectar conmigo misma.

En medio de un contexto en el que estoy constantemente al servicio de otros —acompañando, cuidando, sosteniendo—, el teatro se volvió mi espacio de calma y de escucha interna. Un lugar donde, por unas horas al día, podía pararme a respirar, a sentir mi cuerpo, a escuchar mis emociones, y recibir en lugar de dar.

El comedor social: un refugio cotidiano

Al día siguiente de llegar comencé formalmente mi voluntariado en el Comedor Social de Hombres Nuevos, acompañada por mi tutora, Carla. El espacio es más pequeño de lo que imaginaba: unos ocho niños por la mañana y otros nueve por la tarde. En Bolivia, la jornada escolar se divide en dos turnos, así que el comedor se adapta a ese ritmo: quienes estudian por la mañana acuden después a comer; quienes estudian por la tarde, vienen antes de clases a desayunar y hacer tareas.

No me costó entender que, más allá de la necesidad alimentaria, los niños vienen buscando atención, afecto y presencia. En cuanto confían un poco, que suele ser rápido en cuanto ven el cariño y la ilusión con la que llegamos, se abren, son super cariñosos, cercanos y te hacen sentir en casa. También rápidamente se abren emocionalmente, a veces, los ves tristes, les preguntas y muchas veces te cuentan cosas muy duras: hogares marcados por la violencia, el abandono o la negligencia.

Escuchar esas historias me genera impotencia, tristeza, frustración… Muchas situaciones de violencia de género en las familias, y entender que no hay mecanismos o instituciones que realmente puedan ser efectivas en estos casos, sumado a la precariedad, comprender cómo la pobreza hace que sea muy difícil salir de hogares violentos porque no hay alternativa. Esos días, con distintos relatos que me fueron contando, llegaba a casa triste, y con una sensación de no poder hacer nada. Pero pronto entendí que, aunque no haya soluciones inmediatas, el motivo por el que estoy aquí tiene sentido, mi labor principalmente es acompañar, proponer talleres en base a las necesidades reales que percibo, ofrecer escucha o un abrazo, es también una forma de transformación social.

Como aprendimos en la formación del CICODE, educar es sembrar pequeñas semillas, incluso en terrenos difíciles. Y aquí, cada gesto cuenta.

Junto a otra voluntaria comenzamos a implementar dinámicas lúdicas y educativas. Observamos que el sistema educativo local se centra mucho en la memorización, dejando poco espacio a la creatividad, al pensamiento crítico, al juego o a la expresión emocional.

Por eso, buscamos que los niños aprendan jugando, creando, sintiendo. Diseñamos actividades que mezclan contenidos educativos con movimiento, arte y diálogo. Poco a poco, vamos viendo cómo se abren, cómo expresan lo que sienten, cómo recuperan la alegría de aprender. Aunque no siempre es fácil, y a diario hay que gestionar situaciones difíciles, frustraciones de los niños, y también propias, todo se hace más ameno cuando llegas cada día y te saludan con ilusión, abrazándote, y deseando compartir y seguir aprendiendo juntos.

Aprender jugando: una educación más viva

La convivencia con otras voluntarias que vienen de otras ciudades de España también me ha hecho reflexionar. Algunas vienen con una visión más asistencialista o despolitizada de la cooperación, y eso genera tensiones. A veces cuesta conciliar distintas formas de entender el voluntariado: una más “de ayuda”, otra más de encuentro y transformación mutua.

Estas diferencias, aunque incómodas, me ayudan a reafirmar mi manera de estar aquí: desde una mirada horizontal, comprometida y crítica, cuidando los vínculos y cuestionando continuamente el propio rol del voluntariado.

Cierre: cada día, un aprendizaje

Estas dos primeras semanas han sido intensas, desafiantes y profundamente valiosas. Estoy aprendiendo que el cambio estructural lleva tiempo, pero también que la transformación comienza en lo pequeño, en la escucha diaria, en el cariño sincero, en el compartir una comida o una sonrisa.

Santa Cruz me está enseñando a mirar distinto, a convivir con el caos y la belleza al mismo tiempo. Y sobre todo, a comprender que el voluntariado no se trata de dar, sino de estar.

2. Segunda entrada – Adaptarse al ritmo: vínculos, rutinas y nuevas miradas

Aprender el ritmo del lugar

Han pasado ya un par de semanas desde que llegué, y empiezo a sentir que mi cuerpo se adapta al ritmo boliviano, tan distinto al de Europa.

Los micros que al principio me parecían caóticos, ahora son parte de mi cotidianidad: reconozco las rutas, los colores, las caras de curiosidad de las personas que se giran al escuchar mi acento… Ya no me abruman tanto el ruido ni el calor sofocante; se han vuelto parte del paisaje, casi un latido constante de la ciudad.

La moneda local, los bolivianos, también dejaron de ser un misterio. Ahora calculo mentalmente el tipo de cambio sin pensar, aunque con cierto pesar noto cómo el valor ha bajado respecto al euro. Me doy cuenta de que debí cambiar más dinero al llegar. La inestabilidad económica aquí se siente en las conversaciones cotidianas, en el mercado, en los precios…

Otro aspecto importante que me sorprendió mucho de Bolivia es el tema de la gasolina. Muchas veces no hay combustible, y las gasolineras cierran durante días. Los días que vuelve a haber gasolina se forman colas terribles, de buses, camiones, coches y personas particulares que van a llenar bidones de gasolina (a veces para tener, o para revender en el mercado negro cuando vuelve a no haber suministro). Es impactante al principio, sobre todo cuando vives escenas curiosas como estar en un micro y que de repente el conductor se para a hacer la cola de la gasolina, y los pasajeros deben bajar del micro y esperar. Es curioso como a nadie le sorprende, nadie tiene prisa, lo comprenden y esperan a que el micro vuelva a funcionar.

Santa Cruz me enseña a soltar el control, a fluir con la improvisación, a aceptar que las cosas funcionan de otra manera, ni mejor ni peor, solo diferente.

Vínculos que se profundizan

En el comedor social, las caras ya son familiares. Los niños me esperan cada día con abrazos, con dibujos, con historias que se entrelazan con mi propia rutina.

También estoy conociendo más a fondo a las madres y abuelas que colaboran en el proyecto. Cada semana, una de ellas se encarga de cocinar para todos; ese sistema hace que podamos compartir, conversar, y entender mejor las vidas que sostienen el comedor desde hace años.

Ahí conocí a doña Irma, una mujer fuerte y generosa que ahora lleva a sus nietas, aunque antes traía a sus hijos. Me contó que antes había más comunidad, más niños, más presencia de las familias. Ahora, muchas madres no pueden venir cuando les toca cocinar y le pagan a ella para que las sustituya. Le viene bien el dinero, pero confiesa con cierta tristeza que se ha perdido “el espíritu de comunidad”.

Escucharla me hizo pensar en cómo los proyectos sociales, con el tiempo, también se transforman y se enfrían, y en lo difícil que es sostener la motivación colectiva cuando hay tanta precariedad alrededor.

Entre el acompañamiento y la soledad

Siento un vínculo fuerte con los niños y las familias. A veces incluso, fuera del horario del comedor, algunos niños vienen a merendar a casa, cuando sus madres o abuelas deben salir a trabajar o hacer recados. Esos momentos, sencillos y cotidianos, me llenan de una sensación de familia elegida.

Pero es cierto que a veces percibo cierta falta de comunidad dentro de la propia fundación. Desde la muerte del padre Nicolás, fundador de Hombres Nuevos, parece haberse diluido un poco la energía colectiva. Cada persona cumple su función dentro de la organización, pero echo en falta un acompañamiento más cercano, alguien que pregunte sinceramente cómo estamos, que comparta también desde lo personal.

Por momentos me he sentido un poco sola en ese sentido. No tanto por falta de afecto, sino por esa sensación de estar en un espacio donde “cada uno hace lo suyo” y faltan espacios de encuentro.

Con Patricia, mi compañera de voluntariado, esa conexión sí existe. Hemos compartido muchas horas de risas, llantos, reflexiones, tareas y también silencios.

La vida en casa: aprender a convivir

En la casa donde vivimos los voluntarios también reside una familia local. Con ellos compartimos las comidas, la limpieza y el día a día. Cada persona tiene su turno para cocinar o limpiar, una vez por semana.

Esta convivencia es, a su manera, otra forma de aprendizaje. A veces observo ciertas actitudes que aparecen de manera sutil en los roles domésticos: los chicos voluntarios suelen tener más margen o menos exigencia que las chicas. No me enfado ni lo juzgo; prefiero observar, comprender el contexto y adaptarme con respeto. No vine a imponer nada, sino a colaborar y aprender desde dentro, con paciencia y empatía. A veces charlamos, e intentamos buscar formas un poco más justas de distribuir las tareas.

Comemos todos juntos, y esto también da sensación de hogar y familia. Además, los niños de la familia que viven en la casa son super amorosos y cercanos, te integran y te hacen sentir en casa desde el primer momento.

Espacios de respiro y conexión

Sigo asistiendo al curso de teatro en la Escuela Nacional del Plan 3000. Es un espacio que me equilibra, me recuerda quién soy fuera del rol de voluntaria.

Allí puedo moverme, expresarme, explorar mis emociones. Después de días tan centrados en cuidar y acompañar, el teatro se ha convertido en un acto de autocuidado. Además, el vínculo con la gente de la escuela se ha vuelto más cercano, más amistoso. Siento que también desde el arte se construye comunidad, otra clase de voluntariado: el del encuentro a través de la sensibilidad.

Mirar la educación con otros ojos

En las últimas semanas he notado algo que me choca sobre las escuelas de aquí: los niños tienen pocas horas de clase, y las cancelaciones son constantes. A veces porque llueve, otras por vacunaciones, torneos de profesores, reuniones de padres o cualquier otra razón.

Esa discontinuidad educativa me impacta. Entiendo que responde a condiciones estructurales, pero también me hace pensar en las desigualdades invisibles que moldean el futuro de estos niños.

Por eso, cada momento en el comedor —un juego, una conversación, una lectura— adquiere aún más sentido. Es un pequeño espacio donde la curiosidad y el aprendizaje pueden seguir vivos incluso cuando la escuela se detiene.

Cierre: estar dentro del ritmo

Empiezo a sentir que ya no estoy de paso, que mi cuerpo y mi mente se ajustaron al compás de este lugar.

Sigo enfrentando contradicciones, soledades y desafíos, pero también me descubro más flexible, más atenta, más presente.

Bolivia me enseña que adaptarse no es perder la identidad, sino ensancharla: abrir espacio dentro de uno mismo para que quepa otra forma de mirar, de vivir, de vincularse.

Y en ese proceso, siento que el voluntariado deja de ser solo una experiencia solidaria para convertirse en una escuela profunda de humanidad.


3. Entrada 3: Cerrar un ciclo, abrir el corazón

Han pasado ya varias semanas desde que llegué a Santa Cruz de la Sierra, y el ritmo cotidiano del voluntariado en Hombres Nuevos se ha transformado en algo más que una rutina: es una experiencia vital que ha calado muy hondo. En estas últimas etapas del viaje, el vínculo con los niños, con las madres del comedor, y con la gente del barrio se ha vuelto más profundo, más humano, más real.

Crecer juntos: talleres y aprendizajes compartidos

En las últimas semanas hemos organizado varios talleres: de gestión emocional, resolución de conflictos y género. Me sorprendió al principio la dificultad que tenían los niños para respetar los turnos de palabra o mantener la atención. Pero poco a poco fui encontrando estrategias para conectar con ellos —desde el juego, el movimiento y el teatro—, generando espacios donde pudieran expresarse sin miedo a ser juzgados.

Algo que me conmovió fue notar cómo la mayoría están acostumbrados al castigo como forma de corrección. Yo intenté, en cambio, sembrar el refuerzo positivo, recordarles lo valiosos que son, que sí pueden, que son capaces, inteligentes, buenos. Trabajé mucho desde el llamado efecto Pigmalión positivo: mostrarles que confío en ellos, que creo en sus posibilidades, incluso cuando se distraen o se frustran.

Emociones, vínculos y despedidas

También hemos vivido muchas emociones. Es fin de curso y se nota el cansancio, la nostalgia. Algunos niños están tristes porque durante el verano sus madres se van a trabajar a Chile y ellos se quedan con tíos o abuelos. Desde ahí surgieron espacios de educación emocional: reconocer, nombrar, y expresar lo que sienten a través de juegos de teatro, dibujos, y dinámicas grupales. Momentos de ternura y escucha que quedarán grabados.

Organizamos una salida de despedida a las piscinas del Plan 3000, un día de alegría compartida, de risas y confianza. Era importante que se llevaran no solo aprendizajes, sino también recuerdos felices.

Vida cotidiana y comunidad

En la casa donde vivimos los voluntarios, la convivencia con la familia local se ha vuelto más cercana. Compartimos comidas, historias, tradiciones. Ellos nos hablan de su cultura con orgullo y cariño. Incluso una noche hicimos una sesión de cine en casa con la familia y los niños.

También hemos cuidado juntos a un perrito y un gatito del barrio, que la familia seguirá alimentando cuando nos vayamos —pequeños gestos que simbolizan continuidad y cuidado mutuo.

Por las tardes seguimos yendo al teatro, preparando una obra que presentaremos en noviembre. Allí he encontrado amistades que siento auténticas, un pequeño refugio artístico dentro del caos cotidiano.

Miradas sobre la cultura y la realidad

También he tenido momentos de reflexión sobre las contradicciones culturales. Asistí, por ejemplo, al acto escolar donde se elige a la “reina del curso”. Es bonito ver a las niñas tan felices, tan protagonistas, pero también me hace pensar en cómo el reconocimiento sigue girando en torno a la belleza y la apariencia.

En cambio, me encanta que los bailes de fin de curso estén dedicados al folklore boliviano: música, trajes, danzas típicas de cada región. Es una celebración vibrante de identidad y pertenencia.

A veces los fines de semana salgo de la ciudad, hago pequeñas escapadas que me ayudan a respirar y reconectar. He conocido maravillosas señoras en los pueblos que me cuentan historia de sus pueblos y culturas, me invitan a chicha, a pasear y a conocer de cerca su tierra. Esas pausas me renuevan, me recuerdan por qué estoy aquí y lo mucho que este lugar me ha transformado.

Gratitud y transformación

Ahora, cuando me despido de los niños o camino por las calles del Plan 3000, muchos me saludan por mi nombre. Me hace gracia cuando en el centro de Santa Cruz alguien se asombra al saber que vivo en el Plan, como si fuese una locura. “¿Ahí? ¿No te da miedo?”. Y yo solo sonrío. Me he sentido segura, acogida, parte.

Me voy con la sensación de haber dejado un granito de arena —y de haberme llevado montañas de aprendizaje.

Este lugar me enseñó que la transformación no siempre se mide en grandes cambios, sino en los pequeños gestos: una sonrisa, una palabra amable, una tarde de juegos, una mirada que dice “confío en ti”.

El Plan 3000 será siempre mi casa, y Hombres Nuevos, una escuela de humanidad.

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Derechos de la infancia, Educación

Cuidado y rehabilitación de la vida silvestre en Bolivia. Santuario Ambue Ari. Edelwa Adriana Roldán López.

12 diciembre, 2025 por marivimf Deja un comentario

Llegada-primeras semanas

La llegada al parque Ambue Ari fue de todo menos fácil. Llegando al aeropuerto la huelga hizo que la despedida y el inicio de esta aventura fuera apresurada y estresante. Sin embargo, la gente suele estar siempre dispuesta a echar una mano a los más perdidos, convirtiendo un mal comienzo en uno no tan malo.

Mi llegada a Bolivia y al parque Ambue ari fue agotadora y complicada, al aterrizar con la presión de llegar a tiempo al autobús hubo un incendio en el aeropuerto y pasé, junto a otros desafortunados, horas de espera sin saber cuándo podría pasar a migración. No fue agradable, pero permitió que el agobio y estrés se diluyera con el paso del tiempo. Después nos obligaron a salir del aeropuerto y seguir esperando para poder sacar la SIM y cambiar a bolivianos. A pesar de mi mala fortuna Carmela, una de mis compañeras en el avión que hizo de las 11 horas de agobio por la llegada una agradable conversación, se preocupó por mí e intentó contactarme varias veces durante el incidente e incluso pidió a uno de sus nietos que enviasen un taxi para que pudiera llegar a la terminal de bus. Cuyo conductor fue muy simpático también y receptivo a mis preguntas. Ella era una mujer boliviana residente en Barcelona muy católica y que contaba con pasión sus aventuras de fe. Yo bien atea y negada a la religión escuchando las anécdotas de una fiel beata. Evidentemente lo que me contaba no lo consideraba realista ni estaba de acuerdo, pero sí podía escucharla, su fe y la gratitud que sentía de Dios le había permitido superar sus desdichas, permitiéndole sentirse cada día afortunada por lo que tenía.

La siguiente persona con la que me encontré en este viaje fue un hombre de cuyo nombre desgraciadamente desconozco que coincidió conmigo en el trayecto de llegada a Ascensión de Guarayos y quien añoraba España. No solo había estado en Granada, sino que había incluso visitado más provincias que yo. Un hombre encantado de enseñarme cosas de su país y de preguntarme por el mío.

Carmela pintaba a los locales de mangantes y tenía una percepción poco agraciada de peruanos, dominicanos y otros vecinos, coincidía con el hombre simpático en que había que tener cuidado con los robos, pero sus visiones eran completamente opuestas. Carmela había vivido (y vive) en España cómodamente mientras que señor simpático había estado en España por trabajo, él se desplazaba en “rapiditos” (minibuses) mientras que ella poseía coche o sus hijas la llevaban. Decían lo mismo pero el mensaje era distinto.

La llegada fue de todo menos fácil, pero fue en pocas horas una experiencia tan enriquecedora como reveladora. Sola en un país completamente diferente a lo que estaba acostumbrada, con un tráfico similar a los coches de choque, pero intentando esquivar colisiones en una circulación caótica, y en el que parecía que nunca iba a llegar a mi destino, al fin llegué y conocí gente encantadora en el trayecto.

Mi primera semana la describiría como fatigante y repleta de información que debía retener, puesto que debía de acostumbrarme al calor, humedad y sobre todo a los mosquitos mientras trabajaba y a la vez aprendía de los demás voluntarios. Para mi sorpresa en el campamento la lengua principal era el inglés, lo que dificultaba mi comunicación con el resto de los voluntarios. Era de esperar que la mayoría de mis compañeros procedieran de fuera de Bolivia, sin embargo, imaginé que hablarían, al menos, un poco de español para poder comunicarse con los locales.

Sin embargo, todo el cansancio y calor se esfumaba cuando caminaba con Kusiy. Ese era el nombre de mi área de trabajo cada mañana, el pobre felino víctima del tráfico ilegal y de unos dueños incapaces de suplir sus necesidades que acabaron con condenarlo a vivir el resto de sus días en un recinto cerrado sin la posibilidad de ser reintroducido. Kusiy, el felino más grande de Sudamérica y con la mordida más fuerte de los felinos iba a ser mi rutina a partir de ahora. El trabajo con él no era fácil, puesto que debía estar atenta a su comportamiento para intentar entender cuando el jaguar estaba estresado y de ser así tenía que intentar sacarlo de ese bucle. El objetivo principal era hacerle compañía y minimizar su estrés, tarea fácil de decir, pero muy complicada de realizar. La mayoría del tiempo lo pasaba haciendo enriquecimientos y limpiando su recinto. Esta primera semana iba como aprendiz de una chica muy amable y dulce, cualidades que era capaz de transmitir con la voz y que creo que Kusiy percibía.

Estos primeros días con Kusiy fueron agotadores, tanto física como psicológicamente, puesto que además del trabajo físico era una carga emocional ver como este imponente y precioso animal mostraba signos de estrés y no sabías como actuar para poder aliviarlo. Sin embargo, días como el de hoy en el que el jaguar caminaba, corría y jugaba con energía, sentías su felicidad y te llenaba de satisfacción. Él te transmitía su buen estado de ánimo y te sentías realizada a pesar del sudor y de los mosquitos.

El campamento del parque Ambue ari era diverso, no solo en riqueza de especies animales y vegetales sino también en nacionalidades. Franceses, ingleses, estadounidenses, españoles, bolivianos, australianos,… todos trabajando y viviendo juntos. Con el tiempo veías como cada voluntario se comunicaba en un idioma distinto en función de con quien trabajaba haciendo del voluntariado una inmersión casi lingüística y poniendo a prueba tus habilidades con los idiomas.

Cada mañana caminaba por la selva con dos kilos de carne en una mano y hasta 5 litros de agua a mis espaldas dando comienzo a un día más trabajando con Kusiy. Al llegar al recinto lo saludábamos con entusiasmo y comenzábamos a caminar, correr o jugar, era el jaguar quien determinaba el trabajo. Este pobre animal, aunque afortunado por haber acabado en las manos de CIWY, necesitaba de nuevos estímulos y actividades que suplieran su vida en la naturaleza. Razón por la cual la imaginación y creatividad eran dos cualidades muy valiosas en este trabajo. Lianas, cortezas, palos, nidos de aves, cualquier cosa que pudieras encontrarte en la selva podía ser útil para hacer los enriquecimientos que tanto costaban hacer y que tan rápido Kusiy destrozaba. Sus favoritos, grandes objetos colgantes, que arrancaba y cargaba mientras corría en estallidos de energía, y los nidos de aves que aportaban nuevos olores a su recinto. Además de los enriquecimientos también debías complicar el acceso a la carne, envolviéndola primero en hojas de patujú, luego ocultándola en otros enriquecimientos y por último esconderla por el recinto. Es decir, no solo debía hacerle compañía al impresionante animal, sino que también debía ponerme “Manny manitas”, además de otras labores como limpiar el valde del agua, despejar el perímetro externo e interno de plantas para mantener el corta fuegos y sacar enriquecimientos viejos del recinto principal.

La forma de trabajar con Kusiy se basaba en dos puertas que separaban el túnel que conectaba la jaula principal de la jaula de manejo. Kusiy debía quedar encerrado en la jaula de manejo mientras nosotras trabajábamos en la principal y viceversa si limpiábamos la de manejo. No era complicado, pero la primera vez que me lo explicaron me mente se quedó bloqueada cuando me dijeron: “si Kusiy está en la misma jaula que tú, te va a matar. A él no le gusta que entren en su recinto”. Era evidente que es peligroso, al igual que el resto de felinos del santuario, pero los demás sí salen a pasear con los voluntarios por lo que me sorprendía que Kusiy fuera una excepción. Pero cuando lo vi por primera vez, esa cabeza, dientes y garras tan grandes lo entendí, no era demasiado alto, de hecho, me lo imaginaba más grande, pero era todo fuerza. La cual demostraba cargando al galope los pesados enriquecimientos, deformando la malla de su recinto y sus estallidos de energía. Podría decirte la rápida velocidad de reacción que tiene, pero incluso así no podrías hacerte a la idea de lo rápido que es a menos que lo vieses tú mismo. Kusiy camina y en menos de un parpadeo, cuando vuelves abrir los ojos, lo ves a metros de distancia de ti corriendo. No solo fuerte y veloz, sino que también descabelladamente ágil. Parecen cualidades evidentes para un felino pero nunca vas a ser verdaderamente consciente de ellas hasta que las sientes tú mismo, hasta que lo miras a los ojos instantes antes de que salte.

Segunda entrada para el blog de CICODE.

¡Viernes de pizza! Después de un día agotador con trabajo en la construcción en la mañana, con indicios de un golpe de calor en el cuerpo y dolor leve de cabeza por la tarde con Kusiy, ¡había pizza para cenar! Fue un día raro por cambios repentinos, la obra, Kusiy tampoco estaba en sus mejores días y además encontramos un rastro en la periferia de su recinto de lo que parecía ser sangre. Sin embargo, el día no fue nada comparado con la noche.

En cuestión de minutos pasamos de estar descansando en las habitaciones a reunidos en el comedor por un aviso de un incendio que amenazaba con avanzar hacía Ambue ari. Eso sí que me cogió completamente desprevenida. Los voluntarios nos dividimos en tres grupos, dos de ellos irían a la zona afectada y apoyarían al equipo de bomberos de Ascensión de Guarayos y al del Parque, el otro permanecería en el campamento a la espera de nuevos avisos para ofrecer comida, agua o cualquier otro tipo de apoyo.

Esa noche se demostró que no hay fronteras, no hay nacionalismos cuando algo amenaza ideales comunes. En un pequeño campamento, decenas de personas sin relación, desconocidos de países distantes, trabajando unidos como una gran familia para luchar por la selva y los seres que la habitan. Lo que ocurrió esa noche fue la mayor expresión de humanidad, la misma que había olvidado que teníamos las personas. Esa noche, esa gente, el esfuerzo, el sudor, el trabajo, eran humanidad genuina. No hay palabras para explicar lo que ocurrió, pero sí las emociones que se quedarán para siempre y el recuerdo que aflorará cuando piense que la humanidad está condenada. Aun podemos cambiar las cosas.

A pesar de ser completos desconocidos que el azar quiso que coincidiéramos en mitad de la selva y en poco tiempo les cogías cariño. En tu viaje habías dejado a familiares y amigos atrás, al otro lado del océano y esos desconocidos eran tus únicos acompañantes en esta aventura. Cada día trabajabas, comías y descansabas con ellos, de modo que en poco tiempo dejaban de ser extraños para convertirse en algo más. No todos éramos amigos, no todos éramos cercanos, incluso algunos podían no ser de tu agrado, pero todos y cada uno de nosotros éramos compañeros que se ayudaban y respetaban. Eso era comunidad, un sentimiento similar a la amistad, pero hacia un grupo numeroso de gente con el que pasabas poco tiempo, pero el suficiente como para echarlos de menos a su partida. O bien, cuando fueras tú quien los dejaba

Las despedidas eran tan frecuentes como los dos panes que te correspondían en el desayuno. Habitualmente no tenías tiempo suficiente para estrechar lazos, pero eras partícipe de su despedida y sentías la calidez que desprendía el lugar y su gente. Había personas que le bastaban unos pocos días para marcarte y deseabas más tiempo para conocerlos. Veías esas caras de ojos llorosos, escuchabas anécdotas y palabras bonitas y sentías la pena de su partida. En esos momentos pensabas en tus compañeros y nuevos amigos/as que cierto día se irán o tú te marcharás sin saber si volverías a verlos. Por esa razón, había que aprovechar al máximo cada cena, cada hora de trabajo y cada noche compartiendo habitación para que, aunque efímero fuese el tiempo juntos, mereciera la pena cada instante.

Si las partidas de voluntarios con los que no te habías relacionado mucho las sentías cercanas, cuando se marchaban esas personas que al verlas sonreías, esas con las que parecía que el tiempo se detenía y solo estabais vosotros, eso sí que era duro. ¿Coincidiremos de nuevo en algún lugar? ¿Volvería a verlos/as? ¿Podría ir a visitarlos/as algún día? No podías responder, pero eras consciente de los caprichos del azar y tenías que creer que sí era posible para que la despedida no fuera un adiós, sino un hasta pronto.

Eso era lo mejor y lo peor que tenía este lugar. Conocías gente maravillosa, tan interesante como agradable que llegaban y se iban. Y sin embargo, los días continuaban y la rutina permanecía inmutable, aunque el equipo de voluntarios estuviera en continuo cambio.

Con tantos cambios, Kusiy era una constante cada mañana. Estas últimas semanas había estado trabajando con otra chica encantadora, hasta que fui sola. Esas dos ocasiones en las que estábamos solos, echaba en falta la compañía de otra persona con la que hablar y poner en práctica los idiomas. Sin embargo, me gusto estar a solas con Kusiy. Podía observarlo en silencio, atendiendo a cada uno de sus gestos y acciones pudiendo entenderlo cada vez un poquito más.

Kusiy había vivido toda su vida rodeado de humanos, desde sus negligentes dueños hasta que CIWY lo tuvo en sus manos. Ambue ari ha sido su hogar y los cuidadores y voluntarios su familia, razón por la cual a Kusiy le encanta la gente y sobre todo los nuevos. Sin embargo, que haya vivido desde cachorro con humanos no lo hace menos peligroso, de modo que a los voluntarios se les enseña los estrictos protocolos de seguridad y siempre iban acompañados durante su formación con voluntarios experimentados y/o cuidadores del santuario. Acabada la larga formación, trabajabas, salvo ciertas ocasiones, junto con otro/a voluntario/a formando parte del “Team Kusiy”.

Durante el entrenamiento se insiste en comprobar constantemente candados, puertas corredizas y cerrojos tanto antes de entrar al recinto como al fin de la sesión, para cerciorarse de que el animal está seguro en su selva en miniatura y mantener la seguridad en el parque. De manera que cuando los cuidadores o voluntarios entran a trabajar en el recinto principal, Kusiy permanece encerrado en una jaula de menor tamaño (jaula de manejo) tras los barrotes de dos pesadas puertas corredizas. Nunca hay contacto directo con el animal, siempre se encuentra de por medio una valla y medio metro de distancia de seguridad con la misma.

Era increíble poder estar ahí, mirándolo, caminando a su lado, pero nada podía comparase cuando eras capaz de responder a uno de sus gestos sabiendo lo que quería decirte. Una simple mirada para comenzar a correr bastaba para sentirte realizada y querer volver a trabajar mañana.

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Sostenibilidad ambiental

Lo que aprendí lejos de casa. Judit Llorca Pedrós

12 diciembre, 2025 por marivimf Deja un comentario

  1. La amabilidad como forma de vida:

Santa Cruz de la Sierra, ubicada en Bolivia, está a 11 horas en avión de Madrid, España.
Con tres maletas y preparada para la nueva aventura, embarco en el avión y me siento en mi asiento del medio. Nada más sentarme, las dos mujeres mayores bolivianas a mi lado empiezan a hablar sobre sus viajes. Como yo estaba en medio, les ofrezco cambiarme para que se sienten juntas y estén más cómodas. Ellas me miran un poco raro y, tras un rato, aceptan. No entendí esta reacción hasta que vine a este nuevo país y conocí la cultura de su gente.

Estas dos señoras no se conocían de nada, para mi sorpresa, solo estaban hablando entre ellas porque así son los bolivianos: amables, altruistas, bondadosos y serviciales. Personas que, aunque no te conozcan de nada, te van a dar lo que necesites sin pedir nada a cambio. Personas que te van a abrir su casa y te van a dar de comer aunque tú no lo pidas.

Bolivia es un país de gente resistente, con una política y economía inestables, con problemas de violencia callejera y una policía corrupta. Es por eso que, frente a todos estos problemas, su población ha aprendido que deben apoyarse entre ellos y que nadie se queda atrás.

Durante mi primer mes en el voluntariado con la Fundación Hombres Nuevos, aprendí que, aunque tuviese miedo porque era un gran cambio cultural y había situaciones que aún no podía llegar a comprender por falta de contexto, siempre iba a poder contar con la gente a mi alrededor. Si me faltaba un boliviano (0,10 céntimos) para agarrar el micro (el bus), un señor mayor me lo prestaba. Si no sabía si el jugo de tamarindo estaba hecho con agua del grifo, una vecina que pasaba por ahí me ayudaba hasta encontrar uno que pudiese beber en el mercado. Si me equivocaba de bus y terminaba en un polígono a las afueras de la ciudad, el autobús entero me tranquilizaba y me ayudaba a encontrar otro que me dejase en mi casa.

Es por eso que mis primeras semanas en Bolivia fueron un ajuste inmenso a otra realidad, no porque fuese Sudamérica y yo solo hubiese estado en Europa, sino porque no estaba acostumbrada a que completos extraños me ayudasen en mi día a día y tuviesen un corazón tan grande.

  • La rabia que encontré en el camino:

Llevo ya más de un mes en Bolivia y aún no he tenido ni un día de descanso. Antes de pensar en venir aquí, pregunté a algunos amigos sudamericanos qué sabían de Bolivia. Su respuesta siempre era la misma: nada. Me decían que la comida era mala, que había mucha corrupción y que no había muchos lugares turísticos que valiesen la pena.

Aunque las dos primeras afirmaciones son ciertas (solo comen arroz blanco con pollo frito y no hay constancia de ningún político que no robe), he comprobado que la última no lo es. Cada fin de semana he viajado a una zona diferente de Bolivia.

El destino turístico más visitado es el salar de Uyuni, el mayor desierto de sal continuo y elevado del mundo. Aun así, es uno de los lugares más difícilmente accesibles del país: un bus de 8 horas desde la ciudad más cercana (Sucre). Pero ver el cielo reflejado en las aguas del salar y caminar sobre una extensión infinita de blanco es una experiencia que haría llorar de emoción a cualquier fotógrafo. Es cierto que esta zona está pensada para el turismo, pero eso no significa que no vayas a tener la experiencia boliviana completa. En nuestro alojamiento, en medio del salar, no contábamos ni con calefacción ni con agua caliente, ya que las tuberías se habían congelado del frío que hacía. Así que, alrededor de la única estufa del hostal —que solo podía estar encendida un par de horas— nos acurrucamos todos los huéspedes y compartimos historias.

Por un lado, una familia boliviana viajaba por primera vez a Uyuni con su hija, nacida y criada en España. Ella venía con prejuicios y miedos que le habían inculcado desde allí: “No comas la comida, te vas a enfermar”, “Nunca pasees sola”, “No confíes en nadie, van a intentar timarte o peor”. Para el final de la cena, después de escuchar nuestras experiencias positivas en el país, se había relajado lo suficiente como para empezar a experimentar de verdad Bolivia y su maravillosa cultura. Por otro lado, un grupo de jóvenes griegos que apenas hablaban español necesitaban que les tradujésemos lo que querían decirle a la dueña del alojamiento, que al principio no era nada amable y nos trataba fatal. Antes de dormir, ya habíamos conseguido que esa mujer nos sonriera al menos una vez.

La Paz, la capital del país, es la ciudad más llena de turismo, y con razón. Desde allí puedes llegar a varios sitios que merecen la pena: el lago Titicaca, los Yungas o los glaciares del norte. Se nota que es la capital: hay más gente, más turistas, más taxis y más tecnología. Aunque cuenta con transporte público asequible y calles pavimentadas, La Paz no es representativa de la realidad de gran parte de Bolivia.

Viniendo de Santa Cruz, una ciudad grande e importante, donde la gente no se puede permitir los medicamentos ni algunos alimentos como el aguacate, me chocó ver tan claramente esta diferencia. Este sentimiento, al cual aún no sabía ponerle nombre, me acompañó durante todo el viaje.

Cuando entrábamos a un restaurante bonito y descubríamos que el dueño era europeo, esa emoción me volvía. Cuando la guía nos explicó que los locales —y sobre todo la población indígena— vivían en terrenos irregulares y no podían acceder a un seguro de vivienda, mientras el centro estaba lleno de hoteles y alojamientos, mis puños se apretaban. Y cuando le preguntaba al dependiente de una tienda de souvenirs si aquel objeto era local y me respondía que no lo sabía porque él no era boliviano, volvía a sentir ese peso en el pecho.

No fue hasta que volví a Santa Cruz y pude pensar alejada de esa otra realidad que había vivido, que me di cuenta de que era rabia. Rabia de que la gente se estuviese muriendo de hambre y sin condiciones básicas de higiene, pero el turista fuese la prioridad. De que quienes se beneficiaban de los extranjeros eran otros extranjeros, ya que los locales no se podían permitir abrir negocios en estas zonas turísticas. El turismo no da dinero, el turismo es una rueda donde las mismas personas se benefician y venden la pobreza del lugar como atracción turística. En mis viajes, ví como se utilizaba la miseria de los niños para que los extranjeros pudiesen sacar una foto, y la cultura de sus comunidades como un circo.

Es por eso que en mi siguiente viaje decidí alejarme de las zonas turísticas e irme a Buena Vista, un pueblecito a 3 horas de Santa Cruz. Allí, en una plaza con cuatro calles en total y dos bares en todo el pueblo, encontré un poco de calma en mis pensamientos. Éramos los únicos turistas, pero precisamente por eso pudimos conocer bien la zona y a sus residentes. Compramos en negocios locales, consumimos la misma comida que ellos y fuimos al río del pueblo, donde la gente pasaba el día con unas cervezas y un altavoz del que sonaba cumbia. Y allí, y solo allí, llegué a la conclusión de que viajar es un privilegio, y que el confort del turista no debería estar en contraposición con la vivienda básica de los locales. Que no porque yo tenga más dinero para gastar merezco más respeto que quien ha vivido en la zona toda la vida. A veces queremos viajar al máximo y conocer otras culturas, cuando a lo mejor solo estamos conociendo la realidad que las agencias de viaje nos están vendiendo, y en realidad no llegamos a conocer el país de verdad. Viajar no es solo recorrer kilómetros, sino aprender a mirar con otros ojos. Y esos ojos, muchas veces, te los presta la gente local.

  • Mi voluntariado en Bolivia:
https://drive.google.com/file/d/10Nd5NgXGBdJjELDMy3_xAmvFK5KozI6k/view?usp=sharing

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Adultos mayores

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