Universidad de Granada

Experiencias que transforman #YosoyAgentedeCambio

  • Inicio
  • Blog
  • Políticas de Privacidad
  • Privacy Policy
Inicio >> 2025 >> Archivo de octubre 2025

Archivo de octubre 2025

Latinoamérica en movimiento: experiencias y reflexiones en Cusco. Paula Jaimes Rico

22 octubre, 2025 por marivimf Deja un comentario

Al llegar a Cusco tuve un sentimiento dual: una cierta familiaridad, pero también un fuerte contraste con mi último año en España. Recordé mi ciudad natal, Cúcuta, que al igual que Cusco, es una ciudad secundaria en el contexto nacional —en este caso, de Colombia. Me sorprendió sentir que había perdido algunas de mis “habilidades latinas”. La ciudad me recibió con cierta hostilidad: tráfico denso, mucho movimiento, escaso espacio peatonal, basura en las calles, perros callejeros, trabajadores informales, ruido constante… Era como si uno tuviera que pelear por el espacio, por el derecho a habitar la calle.

Me sentí confundida al principio, pero rápidamente me fui adaptando al ritmo y movimiento. La calidez de las personas que me recibieron contrastaba con la crudeza del entorno, que refleja profundas brechas sociales: desigualdad, pobreza y falta de gestión del espacio público. Cabe aclarar que mi percepción se construye desde la zona central de Cusco, que —como bien se observa en muchas ciudades latinoamericanas— suele concentrar estas dinámicas.

Más adelante, al explorar el centro histórico, me sorprendió encontrar un espacio mucho más ordenado y turístico. Allí se refleja, casi físicamente, la historia de Perú y de América Latina: la mezcla, el mestizaje. Las iglesias coloniales se alzan sobre los templos sagrados de los incas, y los turistas —en su mayoría extranjeros— conviven con las personas locales dedicadas al comercio y al turismo. En ese momento resonaron en mi mente algunas reflexiones de Silvia Rivera Cusicanqui sobre la identidad mestiza como una forma de colonización interna, que disfraza las relaciones de poder bajo la idea de una armonía cultural. Rivera plantea que:

“El mestizaje ha sido una trampa ideológica que busca borrar la memoria indígena y reproducir la                                          dominación                                          colonial                   desde                    adentro.”

—Silvia Rivera Cusicanqui, Ch’ixinakax utxiwa: Una reflexión sobre prácticas y discursos

descolonizadores

Esto me hizo reflexionar aún más sobre el contraste con Colombia, donde lo indígena ha sido mucho más invisibilizado. En muchos sentidos, hemos adoptado un modelo occidentalizado que tiende a negar esa otra parte de nuestra identidad. En cambio, en Perú, el pasado precolombino no solo es más visible, sino también motivo de orgullo y, paradójicamente, motor del turismo. Sin embargo, esa visibilidad no garantiza inclusión. Las comunidades campesinas y quechua-hablantes siguen siendo de las más vulnerables y excluidas del país, como lo pude constatar durante mis primeros días de voluntariado, cuando asistí a un taller de habilidades blandas en una comunidad alejada.

Esta es mi primera vez viviendo en otro país de América Latina, y la experiencia me ha llevado a cuestionarme sobre la identidad latinoamericana y su significado: ¿cuáles son nuestras coincidencias?, ¿cuáles nuestras diferencias?, ¿es posible hablar de una identidad compartida basada en el pasado colonial y en los problemas sociales comunes que nos aquejan?

Me reconozco extranjera —en Perú y también en España. Soy “la otra” para mis compañeros de voluntariado, y también para muchas personas peruanas. Y sin embargo, es justamente esta idea de una identidad “latina” la que me ha permitido sentirme parte de algo mayor: de historias, referencias, prácticas y cosmovisiones compartidas. Al mismo tiempo, también soy voluntaria proveniente de España, con los privilegios que implica haber podido estudiar y vivir allí. Paradójicamente, eso también ha moldeado mi experiencia en Perú, acercándome más a mis compañeros europeos, con quienes he podido compartir, comparar, aprender y conectar.

 

Crónicas desde Guamán Poma: entre la gestión pública y el territorio

El tiempo pasa rápido. Los días corren, y aun así , por momentos siento como si llevara años aquí . Las jornadas transcurren entre el trabajo en oficina y el acompañamiento que realizamos a los talleres de capacitación en las municipalidades. Hemos visitado Poroy, Chinchero y Cachimayo, espacios donde, junto con las y los asistentes, he podido aprender sobre temas fundamentales de la gestión pública: inversiones, contrataciones y Procompite, una ley peruana que busca impulsar el desarrollo productivo mediante la financiación de planes de negocio de emprendedores locales que concursan a través de sus asociaciones en distintos niveles de gobierno.


Ha sido muy interesante observar como la gestión pública se debate entre la necesidad de modernizarse —a menudo tomando como referencia modelos de países como España— y las dificultades que impone la realidad local: la corrupción, la falta de recursos y las escasas herramientas para adaptar las nuevas leyes, diseñadas en Lima, a los contextos diversos del territorio.
Algo que se repite constantemente en los talleres es la falta de interés de muchos funcionarios por formarse en estos temas. Con el tiempo, esa aparente desmotivación cobra sentido: la sobrecarga laboral y las formas de contratación precarias que enfrentan hacen casi imposible que puedan capacitarse o innovar. El sistema, paradójicamente, exige eficiencia y transparencia, pero no ofrece las condiciones necesarias para alcanzarlas.
En momentos así —sobre todo considerando el inestable clima político que atraviesa el Perú — puede resultar frustrante ver como los grandes esfuerzos de las organizaciones sociales se enfrentan a estructuras que parecen diseñadas para que poco cambie. Aún así , cada día salimos a trabajar, y cada día se aprende algo nuevo. Se sigue promoviendo el cambio, incluso asumiendo su dificultad.

Como politóloga, ha sido una experiencia profundamente enriquecedora observar este trabajo de incidencia en las municipalidades: los aciertos, las críticas, y los desafíos que surgen tanto desde quienes formulan las políticas como desde quienes las implementan en el territorio y dan la cara al público. En medio de esa compleja trama institucional, queda claro que transformar lo público no es tarea sencilla, pero sí profundamente necesaria.

 

 

 

 

 

Tupananchiskama: hasta que la vida nos vuelva a encontrar

Mis últimos días en el Centro Guaman Poma de Ayala transcurrieron entre emociones intensas. Poco a poco, mis compañeros y compañeras de voluntariado fueron emprendiendo el regreso, y cada despedida dejaba un pequeño vacío, pero también un enorme agradecimiento. Fue inevitable sentir la nostalgia al verlos partir uno a uno, mientras comprendía el lazo de cariño y confianza que se había tejido en tan poco tiempo.

Cada persona dejó una huella especial en el equipo y en la comunidad, y todos nos llevamos también algo invaluable: aprendizajes compartidos, risas, complicidades y la certeza de haber aportado, desde nuestras áreas de conocimiento, a un proyecto común. Más allá del trabajo técnico, construimos emocionalidades y tejido humano, tanto con las personas como con el territorio.

Durante mis últimos días, dediqué gran parte de mi tiempo al Manual para la transversalización del enfoque de género en Guaman Poma, un documento que reúne herramientas conceptuales y metodológicas para incorporar la igualdad en la gestión institucional y en los proyectos. Su construcción fue un proceso de aprendizaje profundo, que combinó la revisión de marcos teóricos con la adaptación a la realidad local y las experiencias del equipo. Incluye orientaciones prácticas, actividades participativas y metodologías sobre temas como la prevención de violencias basadas en género, la economía de los cuidados, la salud sexual y reproductiva, y la comunicación con enfoque inclusivo. Verlo tomar forma fue también reconocer el esfuerzo colectivo de una organización que apuesta por transformarse desde adentro.

Yo fui de las últimas voluntarias en salir. Vi las lágrimas de despedida, pero también las promesas de reencuentro, las sonrisas entre abrazos y esa sensación tan extraña y hermosa de saber que algo cambió dentro de uno mismo. En medio de la nostalgia, también hay plenitud: la certeza de haber vivido algo irrepetible y de haber encontrado, lejos de casa, un lugar donde sentirse parte.

Porque, como decimos en Colombia, “nadie nos quita lo bailado”. A pesar de las partidas, nos quedan las experiencias, los aprendizajes y esos momentos significativos que nos recordarán siempre quiénes fuimos en este lugar. Me despido con una palabra quechua que escuchamos en cada cierre y que resume el espíritu de este viaje:
“Tupananchiskama”, hasta que la vida nos vuelva a encontrar —con los territorios, con las personas, y con esos pequeños hogares que vamos dejando por donde pasamos.

 

Publicado en: Perú, Voluntariado internacional Etiquetado como: Emprendimiento

Luces en el camino: lo que me llevo de mi voluntariado. María Mercedes Serrano Bañón

20 octubre, 2025 por marivimf Deja un comentario

Primeros pasos: adaptación, ilusión y acogida.

Primera entrada al foro – Mensaje de llegada

Quería compartir con ustedes cómo han sido mis primeros días en el voluntariado en Camoapa, Boaco (Nicaragua). El viaje comenzó el 9 de agosto de 2025, con varias escalas hasta llegar a Managua, y aunque fue largo y un poco cansado, finalmente llegué bien y con mucha ilusión. La familia que me recibió, así como el equipo de la fundación, me dieron una acogida muy cálida que me hizo sentirme tranquila desde el primer momento.

Durante estos días he estado adaptándome tanto al ritmo de vida del país como a sus costumbres: levantarme muy temprano, horarios de comidas distintos a los de España, el clima lluvioso y el contraste cultural en general. Ha sido un proceso de aprendizaje continuo, pero poco a poco me voy ajustando y disfrutando de cada experiencia.

Además, tuve la suerte de celebrar aquí mi cumpleaños, y fue un día que nunca olvidaré. Me sorprendieron con mariachis, como es costumbre allí, y me cantaron las famosas Mañanitas. Fue un momento muy especial que me hizo sentir todavía más acogida y querida.

 

En la fundación ya he comenzado a colaborar en las actividades con los niños y a conocer más de cerca el trabajo del equipo y de los otros voluntarios. Está siendo una experiencia intensa, de mucho movimiento, pero también muy enriquecedora a nivel personal y profesional.

Seguiré compartiendo más adelante cómo va evolucionando esta aventura, pero quería que supieran que estoy bien y con mucha ilusión.

Mitad de estancia

Quiero compartir con ustedes mi segundo mensaje en el foro, en el que les cuento que la experiencia en Nicaragua está siendo muy intensa y enriquecedora. Entre el trabajo en la fundación, las ganas de viajar y conocer nuevos lugares, y el deseo de acercarme a la familia con la que convivo, sus costumbres y formas de vida, apenas me queda tiempo libre. Todo lo que vivo aquí despierta en mí un gran interés y curiosidad.

Desde mi formación como psicóloga, poder conversar con las personas, conocer su manera de pensar, su cultura, sus costumbres y vivencias, está resultando algo muy valioso y, al mismo tiempo, mágico. Siendo sincera, considero que un mes se queda corto para abarcar todo lo que se puede aprender en este país. Por mi carácter curioso, también he aprovechado la oportunidad para visitar y colaborar en centros de rehabilitación de alcohólicos y personas con adicciones, lo que me ha permitido tener una visión más amplia sobre cómo se trabaja en este ámbito aquí.

Por todo ello, siento que la experiencia está siendo muy intensa y que me faltará tiempo para profundizar más, convivir con más familias y conocer mejor las realidades psicológicas que se presentan. Esto me lleva a pensar que quizá una beca de dos meses habría sido más adecuada, aunque entiendo que al principio es normal optar por la seguridad de un mes, sobre todo porque nunca se sabe cómo puede resultar la experiencia o si surgirán dificultades.

Aun así, la relación con la familia con la que convivo ha sido excelente. Me siento acogida como un miembro más, compartiendo experiencias, puntos de vista y muchos momentos con ellos. Como solemos decir, se han convertido en mi “familia de aquí”.

En este momento tengo sentimientos encontrados: por un lado, la ilusión de seguir disfrutando de la experiencia y de conocer más de este país y de su gente; y por otro, la tristeza de que ya esté cerca el final, porque desde que llegué el 10 de agosto el tiempo ha pasado volando. Aun así, intento quedarme con lo positivo y aprovechar cada instante al máximo.

Una despedida con huella: gratitud y transformación.

Tercera entrada – Mensaje final de despedida
La experiencia en Nicaragua ha sido muy bonita. Al principio costó un poco adaptarse a cómo funciona allí la vida, sobre todo con los horarios y el ritmo tan distinto al de España, pero al final aprendí a dejar de mirar el reloj, a ir sin prisa, a disfrutar de los paseos por la calle, de las conversaciones improvisadas, de los atardeceres y de la calma.

No sabría encontrar una palabra exacta para describir lo que ha significado esta estancia. Solo puedo decir que mi familia de acogida fue realmente una familia para mí: me trataron como a un miembro más y con ellos compartí momentos, pensamientos, planes y mucho cariño. La despedida fue muy dura.

En cuanto a la fundación y los niños, ha sido increíble poder formar parte de la labor que hacen: ser hogar y esperanza, apoyar sus metas e invitarles a soñar. En mi carta de despedida les dije algo que me salió del corazón y que quiero compartir aquí también:

«La labor que hacen es profundamente humana. En la vida he aprendido que nadie ayuda a nadie por ser psicólogo o por cualquier otro título, porque la ayuda depende de muchas circunstancias y también de que la otra persona quiera dejarse ayudar. Por eso creo que no se trata tanto de ayudar o de cambiar la vida de alguien, sino de escuchar, de acompañar en el dolor, de regalar una palabra de ánimo, un abrazo, una caricia o una sonrisa. Son gestos pequeños que cambian el mundo. Más que ayudar, se trata de poner un poco de luz en el camino de otra persona.»

Sobre Nicaragua, diría que es la gran desconocida. Quizá no tenga tanta fama como otros países de Latinoamérica, pero sus calles, su cultura, su gente y sus paisajes son impresionantes. He visto puestas de sol mágicas, he sobrevolado lagos en tirolina, he practicado “sandboarding” en un volcán, visitado playas de ensueño y conocido otra manera de vivir, con menos recursos y comodidades, pero con más humanidad y felicidad en las pequeñas cosas.

Salir de mi zona de confort me enseñó a valorar lo que muchas veces damos por hecho: abrir un grifo y que salga agua caliente, poder beber agua del grifo o lavarse los dientes sin preocupación. Allí nada de eso era posible, y eso te cambia la mirada.

No sé si algún día volveré, aunque ojalá que sí. Lo que tengo claro es que esta experiencia me marcó y que cada persona con la que me crucé en mi camino puso un poquito de luz en él. Me voy con una sensación inmensa de alegría, aunque también con la idea de que un mes es poco tiempo y todavía quedan muchas cosas por hacer allí.

Como alguien me dijo, después de una experiencia así, uno ya no vuelve igual: algo cambia en ti, y queda descubrir qué fue lo que cambió y qué permanece.

Por eso animo a cualquiera a salir de su zona de confort y vivir una experiencia así, porque realmente te transforma.

Conclusión
Al mirar hacia atrás y juntar estos tres mensajes, me doy cuenta de que narran un viaje que va más allá de un simple voluntariado. Comenzó con la ilusión y los nervios de los primeros días, continuó con la intensidad de las vivencias de mitad de estancia y terminó con la emoción de una despedida que deja huella.

He aprendido que los cambios más profundos no siempre vienen de grandes actos, sino de gestos pequeños: escuchar, acompañar, compartir. También descubrí que la verdadera riqueza está en lo humano y que, aunque el tiempo haya sido breve, cada instante vivido en Nicaragua ha dejado en mí una huella imborrable.

Me quedo con la certeza de que salir de la zona de confort transforma, y que las luces que otros pusieron en mi camino ahora forman parte de mí.

Epílogo

Durante estos días he ido compartiendo con ustedes mi experiencia de voluntariado en Nicaragua a través de tres mensajes. Cada uno refleja un momento distinto de este camino: desde los primeros pasos y la adaptación, hasta las vivencias cotidianas y, finalmente, la despedida.

No ha sido fácil condensar todo lo vivido en palabras, porque más allá de lo que se cuenta, esta experiencia ha significado aprendizajes profundos y un cambio en la manera de mirar la vida.

 

Publicado en: Nicaragua, Voluntariado internacional Etiquetado como: Derechos de la infancia

Carmen Rivero Torrez – choque entre realidades y aprendizajes. Carolina Castro Galdo

16 octubre, 2025 por marivimf Deja un comentario

Es curioso cómo una sigue sorprendiéndose con cada viaje. Como quien carga la mochila y salta de un lugar a otro, entro en contacto con nuevas historias, paisajes y personas que me muestran otras realidades. Esta vez, la experiencia me ha llevado al oriente boliviano, un lugar que en mi imaginación era distante y que ahora se convierte en mi día a día.

 

Antes del viaje

Meses antes, mientras preparaba la solicitud de la ayuda, me invadía la emoción de poder conocer más de cerca el continente latinoamericano. Recuerdo a una amiga preguntándome si me sentía lista para volver a cruzar el océano. Yo respondí que sí, convencida. Pero conforme se acercaba la fecha, aparecieron los nervios, los miedos, las dudas y las penas por dejar atrás lo que estaba construyendo en España: proyectos, familia, amistades, amores. En esos momentos me repetía que esta experiencia no era en vano, que venía a sumar, aprender, cuestionar, aportar y crecer. Inhalo, exhalo, acepto… y salto.

El viaje

El trayecto fue largo: primero un AVE a Madrid, luego un vuelo a Bogotá, horas de espera, y finalmente el avión a Santa Cruz de la Sierra. Allí, de madrugada, me esperaban dos compañeros del proyecto para conducirme al día siguiente al municipio donde viviré, a nada menos que 600 km de la ciudad más cercana. Agradecí mucho su acogida: con calidez, entre risas y bromas me hicieron sentir parte desde el primer momento. Pasé la noche en un hostal, mientras lidiaba con el jet lag —eran las 4 a.m. en Bolivia pero mi cuerpo sabía que eran ya las 10 de la mañana en España—. Dormir fue casi imposible.

Primeras impresiones de Santa Cruz

A la mañana siguiente, al recorrer Santa Cruz en camioneta, empiezo a notar los contrastes con Europa. El tráfico caótico, vehículos antiguos circulando entre vendedores ambulantes que ocupan cada esquina, edificios con fachadas gastadas y carteles descoloridos. La gente cruza la calle sin semáforos ni pasos de cebra, y la basura plástica se acumula en las aceras. También veo filas interminables de camiones en gasolineras, dando la vuelta a la manzana, esperando días o semanas para repostar. Conversando con mis compañeros, escucho sobre la crisis económica y política que atraviesa Bolivia y las esperanzas de cambio que despiertan las elecciones. Me sorprende darme cuenta de lo poco que en España llegan noticias sobre esta realidad.

Llegada al pueblo y adaptación

Después de varias horas de viaje, llegamos al pueblo que ahora se presenta como mi hogar. Para asentarme y crear un equilibrio en medio de tantos cambios, decido empezar cada mañana con ejercicio, movimiento y meditación. Aquí el sol amanece temprano y la jornada laboral empieza a las 8, así que mis rutinas comienzan a las 5 o 6 de la mañana. Los primeros días, gracias al jet lag, esto no resulta tan duro, aunque sí me cuesta terminar la jornada a las 6 de la tarde y encontrarme que el sol ya se ha puesta. Es una mezcla extraña: como un invierno español, pero a 40 ºC de temperatura!

Los primeros días no son fáciles, extraño mucho a mi gente, cada noche los sueño. Pero poco a poco voy encontrando formas de afirmarme en este nuevo espacio.

El proyecto y las comunidades chiquitanas

El proyecto en el que participo trabaja con comunidades indígenas chiquitanas que viven en zonas rurales, a más de 150 km del municipio, accesibles sólo por un camino de tierra y piedras. Ese aislamiento hace que el contacto con servicios básicos y mismamente con el Estado sea muy limitado.

La organización impulsa proyectos integrales: talleres de nutrición, higiene, salud, género, agua y ecosistemas; formación en apicultura para que las familias produzcan miel; huertas ecológicas para mejorar la alimentación y ganar soberanía alimentaria; y la transformación de frutos silvestres (en galletas, barritas energéticas, refrescos…) para dar valor agregado a los productos locales. Estos alimentos, además, pueden abastecer a programas de alimentación escolar en la zona. También se instalan placas solares que permiten acceder al agua subterránea, una mejora fundamental para la vida cotidiana.

Algo que me conmueve especialmente es el papel de las mujeres. Ellas sostienen la vida comunitaria, cuidan de los hogares y educan a los niños en un clima caluroso de mucho esfuerzo, mientras que los hombres suelen trabajar en haciendas y a veces pasan semanas e incluso meses fuera. El proyecto trabaja con un enfoque de género, fortaleciendo su liderazgo, creando confianza en sus capacidades y abriendo espacios para que tomen decisiones en las comunidades.

Reflexión personal

Esta primera semana ha sido un choque de realidades. Vengo de un contexto urbano europeo, donde damos por sentadas muchas cosas, y aquí me encuentro con formas distintas de vida, con desafíos materiales enormes pero también con fortalezas comunitarias. La experiencia me invita a cuestionar mis privilegios y a mirar con más humildad y respeto. He viajado antes por Argentina, Chile y Brasil, pero esta vez el contraste me golpea con más fuerza.

Conclusión y expectativas

En estos primeros días siento que ya estoy aprendiendo tanto como lo que pueda aportar. Observar cómo la cooperación se construye no desde “dar” sino desde el trabajo conjunto, desde acompañar procesos y aprender de los saberes locales, me parece una lección poderosa. Espero que las próximas semanas me permitan seguir conociendo más a fondo a las comunidades, escuchar sus historias y participar en iniciativas que refuercen su bienestar. Sobre todo, deseo que este camino sea de ida y vuelta: que yo pueda aportar desde mis conocimientos, pero también dejarme transformar por todo lo que aquí se vive.

Segunda entrada al blog. “Mitad de camino: entre certezas que se deshacen y nuevas raíces”

A mitad de este camino, desde el oriente boliviano, siento que la experiencia de cooperación se ha ido volviendo más introspectiva, más silenciosa. Los primeros días todo era novedad, ahora las jornadas son lentas, el calor es pesado, y a veces cuesta sostener el ánimo. Sin embargo, es justo aquí, en medio de esa quietud y entre las dudas, donde empiezo a ver con más claridad lo que realmente me mueve.

La época húmeda empieza a llegar. Los “surazos” —frentes fríos que se deslocan desde el sur del continente— traen lluvias repentinas que traen un soplo de aire fresco momentáneo y van tiñendo el paisaje de verde. Las nubes descargan con fuerza, pero el calor enseguida vuelve. A veces el clima parece una metáfora de mi propio cuerpo: momentos de alivio, otros de agotamiento. Me doy cuenta de que adaptarse no es solo cuestión de actitud, sino también de cuerpo, de ritmo y de energía.

Vivo en un pueblito pequeño, muy tranquilo, con pocas distracciones -más que el canto de los loros y los guacamayos-. Soy la única voluntaria aquí, compartiendo el día a día con dos compañeros, técnicos del proyecto. La falta de red afectiva, el calor extremo y la distancia de casa me han llevado a un espacio de introspección profunda. Desde la soledad han aparecido preguntas -y respuestas- sobre mis próximos pasos, sobre dónde quiero colocarme y qué cosas me resultan realmente esenciales para sentirme bien.

En las últimas semanas he acompañado talleres en comunidades chiquitanas. Enseñamos a las mujeres a preparar abonos orgánicos, biofertilizantes, insecticidas y fungicidas con materiales sencillos que pueden tener a mano: ají, ajo, ceniza, jabón, bicarbonato, tabaco… Ellas escuchan, comentan, experimentan, se ríen. En muchas comunidades son casi las únicas presentes; sostienen el hogar, el campo y la familia. Me sorprende su fuerza y su entrega frente a un clima tan exigente. Una de ellas, que ha tenido cerca de treinta hijos, me dice entre risas que me anime, que “ellos se cuidan solos”. Me pregunto si será así, o si esa ligereza es también una forma de resistir.

Aquí la vida tiene otros ritmos. Las familias viven con poco, trabajan mucho, y a pesar de las dificultades se percibe un gran sentido comunitario. Cantidad de niñes juegan alrededor nuestra. Apenas se usan los teléfonos; la gente conversa, se mira, está presente. Aprendo que la cooperación también sucede en esos momentos simples, compartiendo tiempo, escuchando, acompañando sin prisa.

También hay cosas que me remueven profundamente. Una de ellas es la cantidad de basura plástica que se ve en las calles y en la naturaleza. Aquí no existen sistemas de recogida regular, y la gente suele quemar los residuos en los patios o dejarlos en los caminos. El plástico aparece por todas partes, y el aire se llena de humo en las tardes. Desde mi mirada de ambientóloga me resulta difícil comprenderlo en un primer momento, pero comienzo a ver que detrás hay falta de recursos, de educación ambiental y, sobre todo, costumbres muy arraigadas.

Esto se suma a que el suelo de esta región es arenoso; cada casa tiene su pequeño patio de tierra, y lo curioso es que los patios que la gente considera “limpios” son los que están completamente desnudos, sin pasto ni plantas. El otro día hablé con un joven que arrancaba la “maleza” con una pala plana. Me dijo que lo hacía para evitar las víboras, aunque después una maestra me explicó que también hay una fuerte presión social: si alguien tiene hierba creciendo en su patio, los vecinos pueden decir que “su casa está sucia”. Desde mi visión eso me duele, porque se percibe el constraste entre estos patios y las parcelas de terrenos abandonados —donde la vegetación crece libre— que el suelo está lleno de vida.

A veces pienso que desde mi lugar poco puedo hacer frente a todo esto. He conocido a un ingeniero ambiental comprometido, que trabaja desde la municipalidad por la preservación de los recursos hídricos y la conservación de especies melíferas y aves locales. Pero a nivel general, me quedo con una sensación de desencanto y de urgencia: hay tantísimo que cambiar, y al mismo tiempo tantas resistencias invisibles que entender antes de poder transformar.

 

A nivel personal, todo este tiempo me ha enseñado a observarme con más paciencia. Mi cuerpo reacciona a los cambios de clima, de alimentación, de entorno. Ser vegetariana en una cultura que prioriza tanto la carne en cada plato no es fácil. La gente me pregunta curiosa, algunos lo creen inaceptable. Charlo con muchas personas y al parecer soy la primera vegetariana que conocen. Trato de cocinarme siempre que puedo, pero también tengo ganas de conocer la comida tradicional… se encuentra poca verdura en los platos y después de 10 años sin comer carne comienzan mis primeros pasos flexibilizándome… mi intestino no lo soporta, sufro indigestiones fuertes de cada vez.

Para sostener mi bienestar trato de mantener una rutina de movimiento, cocinarme, meditar, escribir, y no perder el contacto con gente querida. A veces me siento desmotivada, cansada o desconectada del propósito inicial, y sin embargo descubro que estos momentos también son parte del proceso y no todo avance se mide en resultados.

Pienso mucho en lo que significa cuidar: cuidar de una misma, del entorno, de las personas. En el fondo, creo que esa es la base de toda cooperación. Aprendo que para poder aportar de verdad necesito también cuidarme, escuchar mis límites, y respetar mis tiempos.

No sé aún qué me dejará esta experiencia cuando termine, pero sí sé que algo está cambiando dentro. Entre el polvo y las lluvias, entre el hacer y el sentir, voy entendiendo que a veces cooperar no es tanto “hacer cosas”, sino aprender a estar: presente, humana, con todo lo que eso implica.

 

“Lo que queda al final del camino”

Carolina Castro Galdo

La experiencia de mi servicio en Bolivia viene llegando al final, no sin naturalmente estar acompañada de cantidad de cambios: en la últimas semanas me mudo a otro lugar de trabajo, a otra región del país más templada, más amable al cuerpo, en el departamento de Chuquisaca, entre las montañas preandinas de Sucre.

Aquí sigo aprendiendo del arte de cuidar las abejas. En total acompañé desde los estadios iniciales hasta los estadios finales: desde la preparación y manutención de las cajas apícolas, con el tensado de los alambres de los marcos donde se colocan los panales de cera, la fundición y preparación de la cera y la colocación de ésta en los marcos, el pintado de las cajas para su protección frente al clima, la preparación de la nutrición de las abejas para cuando las familias todavía no están suficientemente fuertes… Me coloqué el traje para ayudar en la revisión de las colmenas, centrifugué la miel para sacarla de los marcos, colaboré en el enfrascado, e incluso me llevé un marco de miel de regalo con varios kilos para disfrutar en cada desayuno.

Estoy muy agradecida de poder entender más sobre el proceso de este oro líquido. Conocer el proceso siempre te ayuda a valorar más los productos de calidad artesanal. Las abejas me enseñaron que cada una cumple su papel en un silencioso zumbido, todo esfuerzo se vuelve miel con tiempo y constancia, y la armonía depende del equilibrio del conjunto. En este sentido, la cooperación también es algo así: una colmena donde cada gesto cuenta.

En la región más cercana a la cordillera andina, concretamente por Chuquisaca, se ven en las calles multitud de mujeres con trenzas, falda y sombrero. Portan en sus vestimentas una tradición milenaria de arraigo a la tierra, pertenencia y conexión espiritual: Sus trenzas largas son símbolo de energía vital, de conexión con la tierra, el cosmos y los ancestros; se peinan 2 trenzas que reflejan la dualidad y polaridad existencial, terminando cada trenza en 2 pompones en las puntas también ligadas a un simbolismo andino de estatus o posición social según su tamaño o los colores de éstos. El sombrero de ala ancha de fieltro indica la pertenencia a ciertas comunidades. La falda (o “pollera”) por las rodillas las conecta con los ciclos naturales. El aguayo, una tela cuadrada tejida a mano que llevan en la espalda es generalmente para portar a los bebés o carga, y está bordada con pura simbología andina que remite a animales guardianes y protectores, a montañas, ríos e incluso constelaciones. También las sandalias de cuero o caucho. Cada prenda forma parte de un lenguaje visual identitario que considero un honor para el mundo que siga existiendo, a pesar de la presión del avance de la homogeniezación urbana contemporánea.

De esta experiencia me llevo también la importancia de no romantizar las comunidades indígenas. Son ellas quienes resisten al ritmo acelerado del mundo y mantienen un vínculo más directo con la tierra, pero su realidad está lejos de muchos de los imaginarios que solemos tener desde fuera. A veces, desde una mirada occidental, tendemos a asociar lo “indígena” con imágenes idealizadas -plumas, cánticos, rostros pintados, selvas exuberantes-, pero la vida cotidiana aquí es otra: más silenciosa, más dura, y llena de matices.

Mis actividades fueron en su mayoría de oficina, apoyando tareas de consultoría ambiental, redacción y seguimiento técnico. Sin embargo siento que lo que más me nutrió y disfruté fueron las ocasiones en que pude poner el cuerpo y trabajar con las manos: acompañando talleres, pintando las cajas de las abejas, preparando la cera, sintiendo el olor de la miel o la tierra mojada… y es que el aprendizaje acontece, sobre todo, cuando pasa por el cuerpo, por el contacto directo con lo que se transforma.

Más allá del trabajo, me quedo con las niñeces: con el brillo en los ojos de les niñes y el juego en el aprendizaje. Las niñas de la familia con la que vivía jugaban con una guitarra pintada de azul celeste que porto en mi mochila, me llamaban “amiga” desde casi el primer momento. Me hicieron trenzas por todo el cabello, jugábamos y jugábamos, se metían en mi cama y nos contábamos historias sobre los duendes. Ése fue el acercamiento más cercano y real que tuve en mis 8 semanas.

De cuando todo termina, mirando en retrospectiva parece todo más calmo: una trama tejida de aprendizajes y contradicciones. Nada fue como esperaba, y sin embargo todo tuvo sentido. Agradezco lo aprendido, las manos que me guiaron y acompañaron, la familia que me recibió en su casa con total hospitalidad, las abejas, las niñas, las montañas, los silencios y el tiempo para estar conmigo en introspección.

Aprendí varias palabras en quechua, lengua que sigue viva en las aldeas – una entre las 36 naciones que recorren el territorio boliviano-.

Por terminar, me quedo con éstas:

  • Tupananchiskama: hasta que nos volvamos a encontrar.
  • Chaskañau: mujer de ojos grandes

Doy gracias, sobre todo, por haber podido estar aquí, experimentando nuevos colores de esta vida, nuevos sabores, nuevas formas de hablar el mismo idioma; por compartir charlas con gente del otro lado del mundo, vivir integrada en la casa de una familia local y reconocer nuevos dogmas, nuevas maneras de mirar.

Me despido con gratitud, sabiendo que algo de esta tierra, de sus abejas y de su gente seguirá vivo dentro de mí.

 

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Sostenibilidad ambiental

Mi experiencia en Honduras: un viaje que transformador. María Morales

7 octubre, 2025 por marivimf Deja un comentario

Los primeros días: un choque de realidades

Recordar mi experiencia en Tegucigalpa es como revivir un sueño. Tengo recuerdos que a veces se vuelven borrosos, pero todos ellos están impregnados de una emocionalidad muy fuerte. Antes de viajar me pasé horas viendo vídeos, fotografías e intentando imaginar cómo sería todo: con quién viviría, qué cosas haría, cómo sería mi día a día. Creía que podía anticipar algo tan grande, pero ninguna de esas imágenes se acercaba mínimamente a lo que realmente viví.

Mi intención inicial era llevar un diario que me permitiera registrar cada momento, cada emoción, cada pequeño detalle que pudiera escapárseme. Sin embargo, pronto descubrí que aquello era imposible: había demasiado que sentir, demasiado que aprender, y ponerlo en palabras resultaba imposible.

Los primeros días fueron un auténtico bombardeo de estímulos. Honduras me recibió con una mezcla de dureza y ternura. Recuerdo la sensación extraña de no poder salir sola a la calle, de depender de alguien para moverme con seguridad. Recuerdo las casas sencillas, muchas construidas de madera, de lámina, otras apenas sostenidas sobre colinas de tierra. En cada esquina había niños con ropa gastada, algunos pidiendo dinero, niñas cargando a sus hermanos pequeños en brazos como si ya fueran madres a pesar de su corta edad.

También recuerdo los jóvenes que compartían sus historias de sacrificio para poder estudiar: algunos caminaban más de dos horas cada mañana para llegar al colegio; otros trabajaban desde muy pequeños para poder ayudar a sus familiares.

Pero junto a esas escenas duras descubrí la otra cara de Honduras: la calidez de la gente, la música y bailes que nos enseñaban, los colores tan vivos de las paredes, el olor de las comidas típicas, pero sin duda lo que más me sorprendió fue toda la naturaleza y los maravillosos paisajes verdes que tenían.

 

 

Acostumbrándonos a una nueva vida

 

Con el paso de las semanas comencé a sentirme plenamente integrada. Después de un mes allí me di cuenta de que, a pesar de las incomodidades y los retos, me sentía plena. Levantarme a las 4:30 de la mañana era difícil, pero lo hacía con la certeza de estar viviendo algo único, que me hacía sentir la persona más feliz y privilegiada del mundo. Muchos dicen que estas experiencias sirven para valorar más lo que tenemos en casa, y es verdad, pero mi gratitud no se dirigía tanto a lo que me esperaba en España como a lo que estaba viviendo en Honduras. Me sentía agradecida por cada instante, aunque también me acompañaba un pequeño síndrome del impostor al pensar que estaba sacando adelante un proyecto grande por mi cuenta.

Después de una hora de autobús por carreteras sin asfaltar y montañas cubiertas de verde, llegar al colegio era como llegar a mi segunda casa. Los compañeros se alegraban de verme y los niños corrían a abrazarme con esa energía que derriba cualquier cansancio. Las jornadas eran largas, de unas diez horas, entre las actividades del TFM, el apoyo psicológico y pedagógico, y las dinámicas de acompañamiento. Acababa agotada, pero con una satisfacción difícil de describir.

Cada semana conocía a alguien nuevo que me contaba su historia, me enseñaba sobre Honduras, me enseñaba la importancia de la religión o simplemente compartía momentos cotidianos. Los fines de semana viajábamos para colaborar en proyectos distintos: repartir uniformes en comunidades alejadas, dar talleres, acompañar a jóvenes en su formación. Esas oportunidades de conocer diferentes realidades, familias y escuelas fueron de lo más enriquecedor. Me sentía muy afortunada de poder aportar mi granito de arena a mejorar en pequeños aspectos, pero a la vez una frustración enorme sintiendo que esto es mucho más grande, t que la realidad del país es muy difícil de cambiar. Constantemente una ambivalencia de emociones.

No solo permanecimos dos meses en la misma ciudad, sino que nos trasladábamos a otras zonas: recuerdo con cariño la populorum de Marcala, donde convivimos con jóvenes estudiantes, o la comunidad de El Rifle, perdida entre montañas, donde apoyamos en el colegio. Cada lugar nos regalaba una experiencia diferente y única.

Uno de los aspectos que más me marcaron fue la riqueza cultural del país. La música, por ejemplo, está presente en todo momento, la punta garífuna me maravilló con su energía y su vitalidad. Tener la oportunidad de bailar con la gente local era en una oportunidad.

La comida también fue una ventana a la identidad hondureña. No había día que no comiéramos tortilla y, por supuesto, el café hondureño, uno de los mejores que he probado en mi vida, con un aroma y un sabor que parecían contener toda la esencia de la tierra.

El regreso

La vuelta a España fue dura. Aunque intentamos mentalizarnos, nunca es lo mismo imaginarlo que vivirlo. Recuerdo la primera vez que abrí el grifo y bebí agua sin pensar, y lo chocante que me resultó ese gesto tan automático, después de dos meses en los que hasta un vaso de agua requería cuidado.

También fue difícil responder a la pregunta inevitable: “¿Qué tal en Honduras?”. ¿Cómo resumir una experiencia tan profunda en pocas palabras? ¿Cómo explicar

la mezcla de alegría, dureza, gratitud, dolor y amor que viví allí? Por eso, la mayoría de las veces prefiero recomendarlo, animar a otros a vivirlo por sí mismos.

Lo que más extraño son los pequeños detalles: los aguacates gigantes, las baleadas de la señora de la esquina, los viajes interminables en autobús, los niños que corrían a abrazarme cada mañana, los amigos con los que compartí cada instante, las conversaciones al atardecer, la sensación de pertenecer a una comunidad, el aprender constantemente cosas nuevas de la cultura, la incertidumbre del día a día, el poder ayudar a los demás.

Hoy, al mirar atrás, me siento profundamente agradecida: a la fundación ACOES por la oportunidad, a mi familia por confiar en mí, a mis amigos por acompañarme, a la población hondureña por abrirme las puertas de su vida y cultura, y sobre todo a los niños y niñas, que me recordaron la importancia de cuidar siempre de la infancia.

Dejamos un enlace a un vídeo de  su intervención para reducir los estereotipos de género en la infancia a través del juego: https://www.instagram.com/reel/DOJjlEIk-1I/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=YXVuOTZsNmU3Y2Iy

Publicado en: Honduras, TFM/G Etiquetado como: Derechos de la infancia, equidad de género

El Amanecer en Luceros. Darío Puyana Barrajón

6 octubre, 2025 por marivimf 1 comentario

La bienvenida al vivero

 

Tras finalizar mi primera etapa de iniciación con la entidad, he podido observar y analizar su funcionamiento interno, así como participar en diversas acciones desarrolladas en la institución.

En primer lugar, el día de mi llegada no se encontraba presente la coordinadora de voluntariado internacional, hecho que nadie me notificó. Ante esta situación, en lugar de contar con una persona encargada de guiarme por el recinto y presentarme a los compañeros, me encontré con una llegada confusa y sin indicaciones, en la que tuve que orientarme por iniciativa propia. Posteriormente, esta situación fue hablada y aclarada, recibiendo las respectivas disculpas por parte de la institución.

Durante las primeras semanas pude constatar que la planificación y organización no han sido del todo adecuadas. En función de la persona con la que se trabaje, la implicación, las responsabilidades y las tareas asignadas varían de forma considerable. En este sentido, me gustaría destacar el valor de la figura de la coordinación internacional, que en todo momento se ha mostrado atenta y pendiente de los voluntarios. Sin embargo, de manera objetiva, considero que la falta de comunicación y de estructura interna afecta notablemente a su labor y, en consecuencia, influye directamente en la experiencia del voluntariado. En ocasiones, uno siente que no sabe qué hacer o que todo puede cambiar repentinamente, sin apenas explicación. Todo ello, sin entrar a valorar el ambiente de trabajo, del cual también se podrían comentar diversas cuestiones que no pertenecen a una ética de compañerismo y profesionalidad, pero, creo que ese debate puede tenerse en otro momento.

Por estas razones, y con el apoyo de otros voluntarios, decidí proponer un proyecto que pudiéramos desarrollar con mayor continuidad y coherencia, y en el que realmente me sintiera a gusto dentro de la fundación: un proyecto vinculado a la construcción y la naturaleza. La iniciativa fue muy bien recibida, pues plantea un enfoque desde lo local hacia lo local, priorizando el desarrollo personal de los niños y niñas, y alejándose de la idea, bastante arraigada en el espacio, de que las personas extranjeras deban asumir tareas que, en su ausencia, quedan vacías.

Gracias a este proyecto, y a la iniciativa personal de algunos compañeros, la situación ha evolucionado favorablemente. Hemos comenzado a planificarnos mejor, a coordinarnos y a mantener una comunicación más clara sobre los aspectos necesarios para llevar a cabo de manera adecuada el trabajo de intervención con menores, tanto en el refuerzo educativo como en los talleres de la tarde, así como en las funciones y tareas del día a día.

Por último, considero muy valiosos estos espacios, como el blog, que nos permiten ser sinceros y autocríticos, a la vez que coherentes con nuestras profesiones y estudios de base. Por ello, agradezco profundamente a la Universidad de Granada la oportunidad de expresarnos y mantener este contacto.

Medio amanecer

En esta segunda mitad del voluntariado internacional mi trabajo se está centrando en el desarrollo del proyecto de construcción y naturaleza planteado hace unas semanas, la realización de un mural colaborativo para una de las oficinas y la ejecución de jornadas pedagógicas con diversas escuelas pertenecientes a Camoapa.

Respecto al proyecto medioambiental, he comprobado de primera mano cómo el proceso para conseguir ciertos recursos ha sido difícil. A pesar de las constantes reuniones y espacios de conversación con las personas responsables de la fundación, la iniciativa de ir y comprar algunos materiales ha recaído en mis compañeros y en mí. Además, viendo el tiempo transcurrido y la falta de algunos materiales necesarios para determinadas acciones, mis compañeros y yo hemos visto la imposibilidad de realizar el proyecto tal y como estaba acordado. Esto no se debe a falta de motivación, compromiso u otros aspectos similares, sino a la falta de apoyo en ciertos materiales por parte de la entidad. Ello, acompañado de respuestas imprecisas y confusas, que me han hecho sentir agotado mentalmente.

Aun así, adaptándome a estas circunstancias sigo valorando el proyecto como algo positivo y transformador en tanto que su enfoque parte de lo local hacia lo local. No obstante, destaco como aspecto negativo el hecho de que este programa se esté trabajando más con las escuelas externas que con los propios niños y niñas del hogar, debido a las dificultades diarias que ya comentaba en la anterior entrega del blog. Luego, la idea de realizar un mural en el espacio de la oficina de la coordinadora ha nacido de forma conjunta entre nuestra coordinadora internacional, su compañera y el equipo de voluntarios que estamos en la entidad. El mural ya lo hemos empezado a elaborar con la ayuda de varios niños y niñas, con el propósito de dibujar algunos elementos propios del país de Nicaragua y dejar en la pared algunos huecos destinados al voluntariado internacional, el apadrinamiento y la cooperación internacional. De este modo, se creará un lugar significativo para las futuras personas que lleguen a trabajar en la fundación.  

Esta actividad me produce bienestar y sirve como espacio de desahogo y desconexión cuando el ritmo de trabajo se vuelve ineficiente o agotador por la cuestión organizativa. Por ello, espero que antes de irme podamos acabar el mural y que sea un recuerdo de aprendizaje y diversión construido con la participación de los más pequeños y pequeñas. Por último, las jornadas y talleres con las escuelas están siendo los momentos más bonitos y satisfactorios de mi labor en la fundación. Ya han venido dos escuelas y se prevé que cada semana se sume una más para seguir desarrollando actividades relacionadas con el medioambiente, la construcción y la educación ambiental. En las dos jornadas llevadas a cabo se han hecho dinámicas de presentación, juegos para evaluar los aprendizajes ambientales previos y talleres de siembras de plantas, elaboración de semilleros con botellas de plástico y pinturas de llantas recicladas. La media de participantes por escuelas ronda los 60 niños y niñas, que van desde los 11 hasta los 14 años. Además, resalto con alegría que gracias a la recepción de estas escuelas me han surgido nuevas oportunidades personales para impartir talleres en las propias comunidades educativas, lo cual me llena de felicidad y entusiasmo.

EL FIN DEL AMANECER

Mi paso por la Fundación Luceros del Amanecer ha sido una experiencia profundamente reveladora. Llegué con ilusión, con la intención de aportar desde mi formación en educación social y cooperación internacional, y me encontré con una realidad mucho más compleja de lo que imaginaba: un sistema de voluntariado que, en muchos casos, reproduce los mismos problemas estructurales que pretende transformar.

Desde el primer momento, la experiencia estuvo marcada por la desorganización y la falta de comunicación. Ni antes ni durante mi llegada existió una estructura clara de acogida o acompañamiento, y pronto comprendí que esa falta de planificación no era un hecho puntual, sino una característica general del funcionamiento institucional. Aparentemente, se ofrecía una gran autonomía, pero en realidad respondía a la ausencia de dirección, objetivos y coordinación.

Durante mi estancia observé que muchas actividades carecían de una base pedagógica o social sólida. Los programas educativos no respondían a las necesidades reales de los menores y el acompañamiento familiar o comunitario se realizaba de forma intermitente, sin seguimiento ni metodología clara. Las carencias estructurales —falta de recursos, de formación, de evaluación— se combinaban con una desmotivación generalizada que convertía un proyecto con potencial transformador en un espacio meramente asistencial.

Uno de los aspectos que más me impactó fue la distancia entre el discurso institucional y la práctica cotidiana. Se habla de educación, acompañamiento y empoderamiento, pero en la realidad cotidiana predominan la improvisación, la falta de escucha y la ausencia de un enfoque socioeducativo. No se promueve la reflexión, la participación ni el desarrollo integral de los niños, niñas y familias, sino que prevalece una lógica de contención: mantener las cosas funcionando sin cuestionar su sentido.

En este contexto, el rol de los voluntarios internacionales se vuelve ambiguo. A menudo se nos presenta como parte esencial del proyecto, pero sin una integración real ni funciones definidas.

Esta falta de claridad puede derivar en frustración, sobre todo para quienes buscan una experiencia de aprendizaje y transformación social genuina. Por otra parte, también observé cómo la figura del voluntario se asocia más con un aporte económico o una experiencia “exótica” que con un compromiso ético o profesional. Este enfoque, que podríamos llamar colonial o paternalista, sigue estando presente en muchos programas de voluntariado internacional, incluso cuando se enmascara bajo discursos solidarios.

El clima laboral tampoco era ajeno a estas tensiones. La falta de autocrítica, la resistencia al cambio y las jerarquías informales generaban un ambiente difícil, que afectaba tanto al personal local como a los voluntarios. Cuestionar ciertas prácticas o proponer mejoras se percibía como una amenaza más que como una oportunidad, lo cual limitaba cualquier posibilidad de aprendizaje institucional.

A pesar de todo, esta experiencia ha sido formativa en un sentido ético y de reafirmación de mis valores y principios como persona. Me ha permitido reflexionar sobre el verdadero sentido del voluntariado y sobre la necesidad de repensar los programas internacionales desde la humanidad, la coherencia y la responsabilidad. El voluntariado no puede reducirse a “vivir una aventura” turística o acumular experiencias personales: debe ser un espacio de encuentro, de aprendizaje mutuo y de acción social transformadora.

Hoy, al mirar atrás, me quedo con la importancia de mantener una mirada crítica y honesta, incluso cuando esa mirada duele. El voluntariado internacional, cuando se realiza sin estructura, sin objetivos claros y sin compromiso con la comunidad, corre el riesgo de reproducir desigualdades en lugar de combatirlas. Pero también puede —si se asume con humildad y autocrítica— ser una oportunidad para construir relaciones más justas, conscientes y humanas.

EL FIN DEL AMANECER

Mi paso por la Fundación Luceros del Amanecer ha sido una experiencia profundamente reveladora. Llegué con ilusión, con la intención de aportar desde mi formación en educación social y cooperación internacional, y me encontré con una realidad mucho más compleja de lo que imaginaba: un sistema de voluntariado que, en muchos casos, reproduce los mismos problemas estructurales que pretende transformar.

Desde el primer momento, la experiencia estuvo marcada por la desorganización y la falta de comunicación. Ni antes ni durante mi llegada existió una estructura clara de acogida o acompañamiento, y pronto comprendí que esa falta de planificación no era un hecho puntual, sino una característica general del funcionamiento institucional. Aparentemente, se ofrecía una gran autonomía, pero en realidad respondía a la ausencia de dirección, objetivos y coordinación.

Durante mi estancia observé que muchas actividades carecían de una base pedagógica o social sólida. Los programas educativos no respondían a las necesidades reales de los menores y el acompañamiento familiar o comunitario se realizaba de forma intermitente, sin seguimiento ni metodología clara. Las carencias estructurales —falta de recursos, de formación, de evaluación— se combinaban con una desmotivación generalizada que convertía un proyecto con potencial transformador en un espacio meramente asistencial.

Uno de los aspectos que más me impactó fue la distancia entre el discurso institucional y la práctica cotidiana. Se habla de educación, acompañamiento y empoderamiento, pero en la realidad cotidiana predominan la improvisación, la falta de escucha y la ausencia de un enfoque socioeducativo. No se promueve la reflexión, la participación ni el desarrollo integral de los niños, niñas y familias, sino que prevalece una lógica de contención: mantener las cosas funcionando sin cuestionar su sentido.

En este contexto, el rol de los voluntarios internacionales se vuelve ambiguo. A menudo se nos presenta como parte esencial del proyecto, pero sin una integración real ni funciones definidas.

Esta falta de claridad puede derivar en frustración, sobre todo para quienes buscan una experiencia de aprendizaje y transformación social genuina. Por otra parte, también observé cómo la figura del voluntario se asocia más con un aporte económico o una experiencia “exótica” que con un compromiso ético o profesional. Este enfoque, que podríamos llamar colonial o paternalista, sigue estando presente en muchos programas de voluntariado internacional, incluso cuando se enmascara bajo discursos solidarios.

El clima laboral tampoco era ajeno a estas tensiones. La falta de autocrítica, la resistencia al cambio y las jerarquías informales generaban un ambiente difícil, que afectaba tanto al personal local como a los voluntarios. Cuestionar ciertas prácticas o proponer mejoras se percibía como una amenaza más que como una oportunidad, lo cual limitaba cualquier posibilidad de aprendizaje institucional.

A pesar de todo, esta experiencia ha sido formativa en un sentido ético y de reafirmación de mis valores y principios como persona. Me ha permitido reflexionar sobre el verdadero sentido del voluntariado y sobre la necesidad de repensar los programas internacionales desde la humanidad, la coherencia y la responsabilidad. El voluntariado no puede reducirse a “vivir una aventura” turística o acumular experiencias personales: debe ser un espacio de encuentro, de aprendizaje mutuo y de acción social transformadora.

Hoy, al mirar atrás, me quedo con la importancia de mantener una mirada crítica y honesta, incluso cuando esa mirada duele. El voluntariado internacional, cuando se realiza sin estructura, sin objetivos claros y sin compromiso con la comunidad, corre el riesgo de reproducir desigualdades en lugar de combatirlas. Pero también puede —si se asume con humildad y autocrítica— ser una oportunidad para construir relaciones más justas, conscientes y humanas.

Publicado en: Nicaragua, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Derechos de la infancia

  • 1
  • 2
  • Página siguiente »

Categorías

  • Bolivia
  • Colombia
  • Ecuador
  • El Salvador
  • Guatemala
  • Honduras
  • Nicaragua
  • Perú
  • Senegal
  • TFM/G
  • Togo
  • Voluntariado internacional

Etiquetas

Adultos mayores Agroecología Derecho agua y alimentación Derechos de la infancia Discapacidad Educación Emprendimiento equidad de género Género Informática salud Sostenibilidad ambiental
octubre 2025
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  
« Sep   Dic »

Meta

  • Acceder
  • Feed de entradas
  • Feed de comentarios
  • WordPress.org

Universidad de Granada
blogsUgr
C.S.I.R.C. · Plataformas webs corporativas
Acceder

En BlogsUGR utilizamos cookies propias con finalidad técnica y para personalizar su experiencia de usuario. Algunos blogs de BlogsUGR pueden utilizar cookies de terceros para fines analíticos.

 

Puede aprender más sobre qué cookies utilizamos o desactivarlas en los .

Experiencias que transforman #YosoyAgentedeCambio
Powered by  GDPR Cookie Compliance
Resumen de privacidad

BlogsUGR utiliza cookies propias para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a BlogsUGR, haces algún comentario o seleccionas el idioma de un blog. Rechazar las cookies propias podría suponer la imposibilidad de acceder como usuario a BlogsUGR.

Algunos blogs de BlogsUGR utilizan cookies de terceros con fines analíticos para recabar estadísticas sobre la actividad del usuario en dicho blog y la actividad general del  mismo.

Cookies estrictamente necesarias

Las cookies estrictamente necesarias tiene que activarse siempre para que podamos guardar tus preferencias de ajustes de cookies.

Cookies de terceros

Algunos blogs de BlogsUGR utilizan Google Analytics para recopilar información anónima tal como el número de visitantes del sitio, o las páginas más populares.

Dejar esta cookie activa nos permite mejorar nuestra web.

También algunos blogs de BlogsUGR utilizan cookies de twitter.com que se utilizan para la visualización de esta red social en el blog.

Política de cookies

La presente política de cookies tiene por finalidad informarle de manera clara y precisa sobre las cookies que se utilizan en los blogs del servicio BlogsUGR de la Universidad de Granada.

¿Qué son las cookies?

Una cookie es un pequeño fragmento de texto que los sitios web que visita envían al navegador y que permite que el sitio web recuerde información sobre su visita, como su idioma preferido y otras opciones, con el fin de facilitar su próxima visita y hacer que el sitio le resulte más útil. Las cookies desempeñan un papel muy importante y contribuyen a tener una mejor experiencia de navegación para el usuario.

Tipos de cookies

Según quién sea la entidad que gestione el dominio desde dónde se envían las cookies y se traten los datos que se obtengan, se pueden distinguir dos tipos: cookies propias y cookies de terceros.

Existe también una segunda clasificación según el plazo de tiempo que permanecen almacenadas en el navegador del cliente, pudiendo tratarse de cookies de sesión o cookies persistentes.

Por último, existe otra clasificación con cinco tipos de cookies según la finalidad para la que se traten los datos obtenidos: cookies técnicas, cookies de personalización, cookies de análisis, cookies publicitarias y cookies de publicidad comportamental.

Para más información a este respecto puede consultar la Guía sobre el uso de las cookies de la Agencia Española de Protección de Datos.

Cookies utilizadas en la web

A continuación se identifican las cookies que están siendo utilizadas en este portal así como su tipología y función:

Todos los blogs de BlogsUGR utilizan cookies técnicas y propias, necesarias para la personalización de su experiencia de usuario y para el mantenimiento de sesión.

Algunos blogs de BlogsUGR pueden utilizar cookies de Twitter para personalizar la visualización de dicha red social en el blog.

Algunos blogs de BlogsUGR pueden utilizar Google Analytics, un servicio de analítica web desarrollada por Google, que permite la medición y análisis de la navegación en las páginas web. En su navegador podrá observar cookies de este servicio. Según la tipología anterior se trata de cookies  de terceros, de sesión y de análisis.

A través de esta analítica web se obtiene información relativa al número de usuarios que acceden a la web, el número de páginas vistas, la frecuencia y repetición de las visitas, su duración, el navegador utilizado, el operador que presta el servicio, el idioma, el terminal que utiliza y la ciudad a la que está asignada su dirección IP. Información que posibilita un mejor y más apropiado servicio por parte de este portal.

Para garantizar el anonimato, Google convertirá su información en anónima truncando la dirección IP antes de almacenarla, de forma que Google Analytics no se usa para localizar o recabar información personal identificable de los visitantes del sitio. Google solo podrá enviar la información recabada por Google Analytics a terceros cuanto esté legalmente obligado a ello. Con arreglo a las condiciones de prestación del servicio de Google Analytics, Google no asociará su dirección IP a ningún otro dato conservado por Google.