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Archivo de 8 abril, 2026

Dulce y amarga Santa Cruz, Bolivia. Karina Alejandra González García

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Hace bastante tiempo que esperaba este momento: pisar el suelo sudamericano, venir a la cuna de los Andes y sentirme parte de un pasado histórico que lucha por revivir y preservar su memoria.

¿Por dónde empezar a contar mi experiencia previa y de llegada a Bolivia? Hablar de los trámites administrativos está de sobra, bien sabemos que el hecho de entrar a un país que no es nuestro implica una burocracia tremenda, pero con muchísima paciencia y terquedad uno logra pasar esos primeros filtros que implica el viaje.

La idea romántica de Bolivia y Sudamérica es muy tentadora, esta tierra se presta para soñar y si bien es hermoso tomar conciencia del pasado ancestral una vez pisado el suelo andino, también es amarga la caída a la realidad actual del país.

Es extraño cómo nuestro cuerpo y mente reaccionan tan diferente a la misma situación. A unos cuantos meses del viaje sentí la adrenalina inmensa por volver a colgarme la mochila y agarrar rumbo otra vez, esa emoción de vivir nuevas experiencias, de conocer gente nueva y sobre todo de aportar aunque sea un granito de arena a una comunidad.

Y luego, a un par de días del vuelo sentí ese estrés, para unes inevitable como en mi caso, de enfrentarse a lo desconocido, de no saber qué va a pasar, de cuestionarme si estoy tomando la decisión correcta al salir tan pronto de un país al que recién llegué (España) o si sería mejor quedarme y continuar con mis proyectos ahí. En fin, volví a sentir, como cuando estuve a punto de viajar a España, ese temor tan naturalmente humano hacia lo desconocido.

Aunque pensándolo bien, gran parte de ese miedo y estrés estaba dirigido al tema de la falta de seguridad que puede vivir una mujer en Bolivia. Me preguntaba si me sentiría un poquito más segura que en México o si sería totalmente peor. Ahora, ya en Santa Cruz, puedo decir que me siento arropada y protegida por la gente del proyecto que me ha guiado y que en ningún momento me ha dejado sola. Así que por ese lado, no me arrepiento de estar acá y de haber tomado la decisión de venir.

Luego está el tema de la llegada, en cuanto a eso no puedo explicar la emoción de saberme entre tanta gente tan buena. Es muy bonito darse cuenta que sin conocerte, las personas del proyecto se emocionan al verte y te sonríen y te reciben con los brazos abiertos de una manera tan orgánica. Y ni hablar del calor de los adolescentes con los que estoy trabajando en los colegios de Plan 3000, todos se acercan a hablarte y sin saber todavía exactamente qué vas a hacer ahí, te dan la mano con mucho gusto.

Sin embargo, esa punzada tan bella en el corazón es atravesada por la dura realidad del Plan 3000, un sitio donde se viven muchas dificultades y necesidades. Caminando por acá he aprendido a valorar aún más lo que tengo, incluso he tomado conciencia de lo que me falta. He podido sentirme identificada con algunas carencias iguales a las de México, pero también he sentido un abismo enorme entre mi país y éste a pesar de que ambos tienen una historia similar. Sin más, a tan pocos días de haber llegado me siento muy afortunada de poder estar aquí, pisando y siendo consciente de este suelo y sus raíces y sintiéndome arropada por esta gente que ya ocupa un lugar en mí.

Bolivia a grandes rasgos, su belleza entre los incendios.

Estas primeras 3 semanas en Bolivia han tenido de todo un poco, así que me gustaría primero contar desde mi visión lo que ha sido mi experiencia en el país y en segundo lugar lo que ha sido mi labor en el voluntariado.

Me duele muchísimo hablar de los sitios tan bellos que he visitado en medio de la grave crisis forestal que está sufriendo Bolivia, principalmente en los departamentos de Santa Cruz, pero que alcanzan también los territorios de Perú, Brasil e incluso Argentina y Uruguay, estos últimos comienzan a sufrir las consecuencias de este ya declarado Desastre Nacional.

No considero propio de mi parte hablar de la belleza de Bolivia ignorando la llaga tan grande que se abre en el suelo sudamericano a causa del incendio. Más de 4 millones de hectáreas han sido consumidas desde hace ya algunas semanas y al igual que nosotras aquí en Santa Cruz, el resto de Bolivia despierta cada mañana con un aroma a humo y una nube gris que no nos deja ver ni el sol. En estos días he pensado mucho en lxs compañerxs que ya se encuentran voluntariando en refugios y reservas de animales aquí en el corazón del país. Sin embargo, también he pensado mucho en lxs voluntarixs que están a punto de llegar y “El fuerte de Samaipata” que se toparán con esta grave situación, pero que seguramente llegan cuando los refugios más les necesitan.

Aquí, dentro del voluntariado me ha roto el corazón ver a gente que quiero llorar por sus tierras. He visto sus rostros empapados en lágrimas y he escuchado a través de su voz quebrada que sus bosques, los que caminaron en su juventud, siguen quemándose y nadie hace nada, mas que la gente local que entra a intentar apagar el fuego porque a ellxs también les duele ver su tierra arder. En Santa Cruz hemos pasado una semana de clases en línea porque el aire es irrespirable y lo mejor para los niñxs es quedarse en casa.

Sin embargo, la vida sigue y la gente necesita trabajar. Me han contado que, al menos en Plan 3000, el ingreso económico de muchas familias viene de sus ventas en los mercados, por eso es increíble la cantidad de mercadillos que hay aquí en comparación con México.

Por otro lado y en contraste con lo antes contado, quiero hablar de la riqueza natural que he visto en esta zona del país. Hace poco tuve la oportunidad de visitar Samaipata, un pueblo hermoso donde hay una de las zonas arqueológicas más grandes que he visto, además ahí se encuentra un bello refugio de animales donde me contaban que reciben a aquellos que han sido rescatados del tráfico ilegal. Estar en el centro ceremonial preincaico de Samaipata fue algo inexplicable. Se trata de la piedra tallada más grande del mundo. Mirar el valle, ver las ruinas, ver las piedras, sentir el aire recio y pensar en los pies descalzos que pisaron este suelo andino hace siglos es sentirse pequeña.

El voluntariado.

En cuanto al voluntariado puedo decir que todo ha pasado tan rápido que a veces siento que en 6 semanas no se puede hacer mucho, pero lo intento. Creo que es super importante entender que no importa lo mucho que me involucre en mi proyecto de voluntariado, siempre habrá muchísimo que faltará ofrecer. Las necesidades son enormes y nosotros, evidentemente, solo somos una parte pequeñita del engranaje de estos grandes proyectos de apoyo a las comunidades. Claro que hasta ahora he experimentado una sensación de alegría muy bonita (casi siempre cuando estoy frente a los grupos de alumnos y alumnas) pero también he sentido bastante frustración cuando se trata de coordinarse para organizar horarios en los colegios, cosa que sucede en cualquier sistema educativo. A pesar de ello, es muy satisfactorio ver que dentro de los muchos grupos que tengo, algunos van con bastante motivación a las clases de nivelación con las que apoyo a los profes de Lenguaje. Hablar con los niños y niñas y ver la ilusión con la que se acercan es lo primordial para mí y sé que al final toda esa frustración de coordinación con los profes desaparece cuando encuentro a aquellos que se interesan y participan y preguntan por la siguiente clase. Sin embargo, sí considero que se podría mejorar la organización para que lx voluntarix pueda comenzar a trabajar desde su llegada con un horario estable sin perder el poco tiempo que tenemos.

Los adioses que no se quieren pronunciar.

Venir a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, ha hecho que valore y mire con más profundidad distintos aspectos de la vida, por ejemplo, mi percepción del tiempo.

Luego de 1 mes y medio aquí he sentido que los días pasan frente a nosotros de una manera incomprensible. Todavía recuerdo como si fuera ayer llegar al aeropuerto, conocer a la gente del proyecto e instalarme en la casa de voluntarios. Creo que para todo el mundo este tiempo ha pasado volando.

En las Unidades Educativas en las que me encuentro apoyando con talleres de lecto escritura, se ha formado un vínculo muy bonito con los alumnos. Más allá de compartir talleres con temas específicos que me dan algunos profesores, he tenido la libertad de poder proponer temas y métodos propios. Sin embargo, lo más bello para mí, ha sido cuando de repente los estudiantes tocan temas que les causan curiosidad y que les implican en tanto sociedad. Verlos hablar de temas tan importantes como el feminismo, la política de su país y el colonialismo me hace pensar que realmente hemos creado un espacio seguro en donde sienten la confianza y libertad de expresarse sin miedo o vergüenza.

Tras haberse creado este tipo de vínculos y espacios, es comprensible que llegados los últimos días juntos nos despidamos con cierta tristeza y sentimiento de que el tiempo no fue el suficiente. Personalmente sentí que hacen falta más días para seguir alimentando la confianza y colaborando, sin embargo, me voy contenta y satisfecha de haberles conocido y de haber aprendido tanto de ellos, así como de haber visto en sus ojos mi “yo” adolescente.

En cuanto a la despedida con la gente del proyecto, también me voy sintiendo una sensación de nostalgia. Hubo muchas personas de ahí que verdaderamente tocaron mi corazón y que se quedan en una parte de él. Quedo completamente agradecida por la implicación de estas personas en los diferentes proyectos con los que cuenta la fundación. De verdad que sus sonrisas y su motivación contagian enormemente.

Por otro lado, Bolivia y cada uno de sus rincones me dejan un hermoso recuerdo, pero sobre todo la sensación de querer volver, viendo que hay mucho en que colaborar.

Sin duda, descubrir este país y su cultura ha sido una decisión de la que no me arrepiento, aun mirando hacia tras y viendo los tropezones que son inevitables, volvería a elegir el mismo camino con su aprendizaje, con su gente, con sus tierras, con sus cosas bellas y con sus realidades tan impactantes. Con aquellas personas encontradas en el viaje, pero también con Sandra, María, Carla, tres compis voluntarias en Santa Cruz que se volvieron cómplices y apoyo en esta bella estancia en Bolivia.

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Derechos de la infancia, Educación

Un viaje al corazón de Bolivia. Marc Balleste i Tarrés

8 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

La llegada

Bajo las faldas del nevado Illimani se levanta una de las capitales más altas del mundo (3.640 m) y cuyo nombre conmemora la restauración de la paz después de la guerra civil que siguió a la insurrección de Gonzalo Pizarro contra Blasco Núñez Vela, primer virrey del Perú. Este enclave urbano, cuyo nombre evoca paz, se ha convertido en mi hogar temporal y en el de tantos otros extranjeros que, como yo, han sido asombrados por su encanto único. Que curiosamente, a pesar de ser sede de gobierno y centro neurálgico de la actividad política, económica y cultural, La Paz no es la capital del país, cuya atribución constitucional es Sucre, ciudad ubicada en el departamento de Chuquisaca.

Llegué en el aeropuerto de El Alto, ciudad colindante de La Paz, después de casi 24 horas de viaje, incluyendo una escala en Bogotá, Colombia, donde ya me espera pasadas las 3 de la madrugada un taxista colaborador asiduo de Ayuda en Acción, la fundación con quién estaré realizando mi voluntariado internacional los próximos cuarenta y cinco días. Antes de empezar tendré 5 días libres, para acomodarme, adaptarme a la altura, visitar la ciudad de La Paz y, sobre todo, cruzarme el país hasta el municipio de Tupiza, cerca de la frontera con Argentina.

Mientras me preparo para las semanas venideras, llenas de desafíos y aprendizajes, me siento profundamente agradecido por la oportunidad de descubrir este país que no suele sonar en las agencias de viajes, Tripadvisor, ni en las recomendaciones de páginas como Booking o AirBnB. País con una mezcla única de tradición y modernidad, gente cálida y paisajes asombrosos, y una espectacularidad cultural constante.

Desde el teleférico – que se ha convertido en un símbolo de progreso, unión y en una solución innovadora para el transporte urbano – se puede apreciar la magnitud de esta urbe que parece desafiar a la geografía. Las casas se aferran a las laderas de la hoyada paceña, creando un anfiteatro natural que tiene como telón de fondo las cumbres nevadas de la cordillera.

Por otro lado, constantemente se percibe como la diversidad cultural de Bolivia se manifiesta en cada esquina de La Paz. Es fascinante observar cómo las tradiciones originarias y prehispánicas conviven en armonía con la modernidad. Las calles empinadas de la ciudad son un testimonio vivo de esta fusión: mujeres con polleras coloridas caminan junto a jóvenes profesionales, mientras que los mercados tradicionales comparten espacio con centros comerciales contemporáneos.

A modo de ejemplo, en medio de una ladera ocre de la ciudad boliviana de La Paz resalta un barrio aymara de 150 casas multicolores, semejante a un macromural, inspirado en las favelas brasileñas. «Ch’uwa Uma» (‘vertiente cristalina’, en lengua aymara) es un barrio peculiar, situado a 3.800 metros de altitud, donde viven 400 familias de origen indígena. Su colorido lo destaca de los demás barrios que lo rodean. Sus calles y fachadas ostentan murales con imágenes de hombres, mujeres y niños nativos. Una de las 10 líneas del teleférico de La Paz sobrevuela esa zona y desde lo alto se aprecian las fachadas en colores pasteles -rojos, celestes, rosados, amarillos, verdes, azules y naranjas-, trazados en formas rectangulares o triangulares.

Un Viaje al Corazón de Bolivia

Hace apenas un mes, aterricé en el aeropuerto de El Alto con una mezcla de emoción y nerviosismo. Había leído y estudiado mucho sobre Bolivia, pero nada me preparó para la riqueza cultural y humana que estaba a punto de descubrir. Sin embargo, no es descabellado percibir ánimos convulsionados entre la gente, especialmente en las zonas más urbanas; y es que hace exactamente un mes el país vivió un fallido golpe de estado militar que dejó al descubierto un país dividido en medio de una crisis política y económica.

Entre tanto, mi actividad de voluntariado ya ha empezado, con la primera comunidad visitada. Esta se encuentra en las alturas del departamento de Chuquisaca. El viaje en sí mismo fue una aventura: carreteras serpenteantes que se elevaban hacia el cielo, atravesando paisajes que parecían sacados de otro planeta. A medida que ascendíamos, el aire se volvía más fino y el sol más intenso, recordándome que estaba entrando en el territorio de quienes han vivido en armonía con estas montañas durante milenios. Al llegar, coincidimos con una ceremonia originaria que nunca olvidaré. Era agosto, el mes dedicado a la Pachamama (Madre Tierra), y tuve el privilegio de participar en una k’oa, un ritual ancestral de ofrenda y agradecimiento. Los ancianos de la comunidad prepararon cuidadosamente una mesa ritual con diversos elementos simbólicos: hojas de coca, dulces, lanas de colores, incienso, y pequeñas figuras que representaban deseos de prosperidad.

Me explicaron que la k’oa es una forma de pedir permiso a la Pachamama para trabajar la tierra y agradecer por sus bendiciones. El aroma del incienso y las hierbas aromáticas quemadas llenaba el aire, mientras las palabras en quechua, aunque incomprensibles para mí en ese momento, resonaban con una profunda reverencia por la naturaleza y los ancestros. Observé cómo cada miembro de la comunidad se acercaba a la mesa para hacer sus ofrendas personales, un acto que reflejaba la profunda conexión entre el individuo, la comunidad y el entorno natural.

En este contexto tan rural, llegué con el objetivo de dar talleres de emprendimiento. El primero fue una montaña rusa emocional. Los nervios afloraban, es lógico, sobre todo cuando aún no te has acostumbrado a la “hora boliviana” y todo se retrasa al menos veinte minutos y aparecen constantemente nuevos “imprevistos”. Combinado con muchas dudas antes de empezar ¿Sería capaz de conectar con los participantes? ¿Serían relevantes mis conocimientos en este contexto tan diferente? ¿tiene sentido alguno llegar hasta aquí para impartirlos? Mis preocupaciones se disiparon rápidamente al encontrarme con un grupo de estudiantes y profesores ávidos de conocimiento y dispuestos a compartir sus propias experiencias.

Armado con mi presentación en PowerPoint y ejemplos de startups de Silicon Valley, me encontré frente a un grupo de estudiantes y agricultores cuya realidad estaba a años luz de mis diapositivas. Fue entonces cuando entendí que tendría que desaprender para poder enseñar. Los días siguientes fueron un ejercicio de humildad y adaptación. Cambié mis ejemplos de apps por casos de pequeños negocios locales. Aprendí sobre la economía del trueque y cómo un buen análisis de costos puede significar la diferencia entre comer o no al final del mes. Mis alumnos se convirtieron en mis maestros, enseñándome sobre resiliencia, creatividad y el verdadero significado de la innovación. Mis últimos talleres fueron muy diferentes de los primeros. Ya no hablaba de «maximizar beneficios», sino de «crear valor para la comunidad». Discutíamos cómo un negocio podía preservar la cultura local y proteger el medio ambiente. Y, lo más importante, aprendimos juntos, en un intercambio genuino de conocimientos y experiencias.

El último baile

Después de casi dos meses en Bolivia y regreso a casa, es momento de parar y reflexionar. Ver, en perspectiva, todo lo vivido que no ha sido poco.

Las últimas semanas de mi estancia fueron, sin duda, las más impactantes. Justo cuando mi mente comenzaba a anticipar el regreso, mi corazón se aferraba con más fuerza a cada instante vivido en esta tierra fascinante. La inminencia de la partida intensificó cada experiencia, convirtiendo cada conversación en la última fórmula de exprimir todo el nuevo conocimiento posible, cada paisaje se convertía en un espectáculo único e irrepetible. Mi cabeza pretendía memorizar cada una de estas vivencias con la intención de que perduren en mi memoria.

El punto culminante de mi viaje llegó con la visita a San Lucas y Camargo, un rincón remoto de Bolivia donde el tiempo parece fluir a un ritmo diferente. Allí tuve mi encuentro más profundo con las comunidades indígenas, una experiencia que sacudió los cimientos de mis creencias y expectativas.

En San Lucas, la vida se desplegaba ante mí en su forma más auténtica y cruda. Los agricultores, con sus manos encallecidas, narraban historias de lucha, resistencia indígena y  perseverancia sin necesidad de palabras. Los rostros marcados por el sol y el viento eran testimonios vivos de una sabiduría ancestral. En este lugar, la conexión con la Pachamama no era un concepto abstracto, sino una realidad tangible en cada gesto y ritual. Mi escepticismo espiritual y religioso entró en stand by para dejarme converger y penetrar en estos nuevos estilos de vida durante unos días. 

Desde el momento en que pusimos un pie en la comunidad, fuimos recibidos con una calidez y entusiasmo abrumadores. Los lugareños, vestidos con sus trajes tradicionales llenos de colores vibrantes, nos dieron la bienvenida con danzas típicas originarias que narraban historias ancestrales. El sonido de los sikus, charangos y las zampoñas llenaba el aire, creando una atmósfera mágica. Nos ofrecieron ch’alla, una ofrenda tradicional a la Pachamama, invitándonos a participar en sus rituales sagrados. Era como si el tiempo se hubiera detenido y estuviéramos viviendo en un momento suspendido entre el pasado y el presente. Bailes, ofrendas, rituales, comida y más comida, todo el pueblo en la calle. Parecía una escena sacada de una película.

La celebración se extendió durante todo el día y hasta bien entrada la noche. Compartimos platos típicos preparados con ingredientes locales, cada bocado era una explosión de sabores nuevos y emocionantes. Bailamos juntos, torpemente al principio, pero poco a poco nos fuimos soltando, guiados por la alegría contagiosa de nuestros anfitriones. A medida que el sol se ponía, encendieron fogatas y la fiesta continuó bajo un cielo estrellado que parecía infinito.

Esta experiencia no solo marcó el final exitoso de un proyecto, sino que también simbolizó la unión entre culturas, el entendimiento mutuo y la alegría compartida. Fue un recordatorio poderoso de que, a pesar de nuestras diferencias, la música, la danza y la comida tienen el poder de unirnos a todos. Esa noche en San Lucas, más que nunca, me sentí parte de algo mucho más grande que yo mismo, conectado a una comunidad global y a una humanidad compartida.

Solo el azar quiso dejar lo mejor para el final. Mi última semana en Bolivia fue, sin duda, la más especial y emotiva. No solo por la conmovedora despedida con mis compañeros de la oficina en Tupiza, sino por las cálidas bienvenidas -que para mí eran agridulces despedidas- que nos brindaron las comunidades originarias en San Lucas y Camargo

Estas experiencias finales no solo marcaron el cierre de mi voluntariado, sino que también simbolizaron la unión entre culturas y el entendimiento mutuo. Fue un poderoso recordatorio de que, a pesar de nuestras diferencias, compartimos una humanidad común que trasciende fronteras y lenguas.

Mientras me despedía, con el corazón lleno de gratitud y los ojos humedecidos, supe que estas memorias y lecciones me acompañarían para siempre. Bolivia, con su rica tapicería de culturas y paisajes, no solo había sido mi hogar temporal, sino que se había convertido en una parte indeleble de mi ser.

Publicado en: Bolivia Etiquetado como: Educación, Emprendimiento

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