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Experiencias que transforman #YosoyAgentedeCambio

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Archivo de 14 abril, 2026

Gandiol, Senegal. María López del Paso.

14 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

1ª Experiencia del viaje: llegada y acogida por la entidad:

Después de varias convocatorias fallidas en las que esperaba recibir una plaza para este programa, había asumido que el viaje no era para mí. Sin embargo, para mi sorpresa, recibí una llamada de un número desconocido: «Maryam, te llamo del CICODE». Contesté emocionada: «¡No me lo puedo creer! ¿No me digas que…». La respuesta fue afirmativa: «Sí, sí te digo. Este viaje es para ti». Aquí comenzó mi frenética carrera con los preparativos del viaje. La emoción, la motivación y la alegría hicieron que todo fuera más fácil, aunque los pequeños y grandes detalles del viaje me abrumaron.

El día antes del vuelo, me encontré completamente bloqueada. Tenía que limpiar a fondo armarios y cajones porque una amiga se quedaría en mi casa para cuidar a mis gatos y plantas. No quería que pensara mal de mí si la casa no estaba impecable. Resultado final: terminé haciendo la maleta a la medianoche. Entre medicamentos, maquillaje, cremas, burkinis, y demás, la maleta pesaba mucho más de lo permitido, y la de mano estaba a punto de estallar. No podía dejar de pensar que no usaría ni la mitad de las cosas que llevaba. El autobús hacia Madrid salía a las 08:00, y me había dormido a las 05:00 (no lo recomiendo). Decidí no preparar ni agua ni comida, ya que había vivido en Madrid durante 7 años y estaba acostumbrada a mi parada en Abades o en el bar La Paradita, donde me esperaba un delicioso bocadillo de tortilla. Sin embargo, el tiempo calculado para la parada comenzó a fallar. Cerca de Madrid, la gente empezó a usar el baño portátil continuamente. Al final, no hubo parada. Acepté la situación con alegría, el autobús me dejó en el aeropuerto a las 13:00, con tiempo suficiente para comer y reposar, ya que las puertas de embarque abrían a las 17:00. Disfruté de un bocadillo de chipirones por 14 euros, delicioso, pero el precio complicó la digestión.

Llegó la hora de embarcar. Aunque odio los aeropuertos, me encanta el despegue de los aviones, así que estaba ansiosa por llegar a ese momento. Sin embargo, la maleta pesaba 7 kilos de más. A pesar de mi optimismo inicial, la situación no mejoró. La azafata del mostrador, una de las más amables con las que he tratado, me sugirió cambiar cosas a la maleta de mano o ponerme ropa para aligerarla. Así lo hice, sudando por los nervios, el Red Bull que había tomado de un trago, y el calor madrileño. Aunque intenté reducir el peso, aún sobraban 4 kilos. La tensión se rompió cuando una señora, al verme acalorada, se dirigió a la azafata diciendo: «¿Por qué no se quita eso la muchacha? Por lo menos mientras esté aquí…» (No entendí del todo, pero me pareció que no se refería al aeropuerto sino a España como país, y no a las mochilas, sino a mi pañuelo y su suposición de que regresaba a mi país de origen). La azafata, con empatía y respeto, me permitió pasar la maleta con exceso de peso y le respondió a la señora: «Ella se pone eso aquí y donde quiera, es su elección». Yo añadí: «Libre elección». Nos miramos con respeto y la azafata me entregó mis billetes. Viajé con Royal Air Maroc y esperaba con ilusión la escala de 4 horas en Casablanca.

Tras pasar el control de seguridad, me uní a un grupo de hombres senegaleses que, como yo, parecían desorientados en el aeropuerto. Juntos, logramos encontrar nuestra puerta de embarque. Decidí ir al baño, que estaba justo enfrente, para refrescarme. Al retirar mi pañuelo y lavarme la cara, decidí entornar la puerta que daba a la calle. En apenas 10 segundos, la puerta se abrió bruscamente y un hombre comenzó a increparme en un tono que parecía más relacionado con problemas auditivos que con el idioma: «¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡PUERTA ABIERTA EH!» Estupefacta y sin poder articular palabras, solo pude cubrirme. Una joven senegalesa con la que había entablado conversación en el baño intervino: «Perdón, pero es el baño de mujeres y ella solo necesitaba entornar un poco la puerta para poder…». Fue interrumpida de forma brusca: «Mira, a mí no me importa la religión que ella tenga, pero aquí se respetan las normas». Empujó la puerta y se alejó sin dar margen a respuesta. No era la indicación, sino el tono lo que nos dejó un mal sabor de boca. La joven me dijo con sinceridad: «Lo siento mucho, de verdad». Yo sonreí y respondí: «No te preocupes, seguro que tenía un mal día». Cuando llegó el momento de embarcar, la diversidad a bordo hizo que el etnocentrismo se desvaneciera. Las risas, la amabilidad y las miradas cómplices crearon un ambiente cálido. La comida, de sabor marroquí fue generosa y deliciosa para ser un menú de avión. Mientras servían las bebidas, el bajón del Red Bull empezó a hacer efecto. Pedí un café, pero me dijeron que no había. Sin embargo, a los 10 minutos, un azafato sonriente apareció con una taza rebosante de café caliente y fragante, a pesar de que era para la tripulación. Me sentí casi como si estuviera en un jet privado. Tras disfrutar de unas páginas de mi libro, aterrizamos en Marruecos. Al llegar noté diferencias en el trato hacia las personas negras por parte de la seguridad magrebí. Entendí algo de dariya (dialecto marroquí) y detecté algunos apelativos peyorativos.

Cada vuelo sufrió un retraso de más de una hora, y mi móvil se apagó. El cambio horario me desorientó. Me inquietaba que Pablo, quien había organizado que un taxista me recogiera en el aeropuerto, pensara que no llegaría y se hubiera marchado. Intenté cargar el móvil y contactar para avisar del retraso, pero pasé hora y media buscando un enchufe que funcionara sin éxito. Decidí volver a entrar al aeropuerto y probar suerte. Al mirar hacia mi izquierda, entre el tumulto de personas, vi un cartel con mi nombre. Nunca antes había sonreído así, como si estuviera en una escena de película. Me llené de felicidad, pero también de preocupación por el tiempo que el conductor había estado esperándome. Pablo me facilitó el transporte hasta Hahatay* a pesar de la hora tardía. Me dijo que el taxi tenía un precio alto, lo cual no comprendí completamente. Pensé que sería por la distancia desde el aeropuerto o la ciudad. Estaba claro que el trayecto era largo, pero mi cerebro trasnochado no lo dedujo. En el taxi comencé a tener microsueños. Mi madre solía advertirme que no me durmiera en el taxi, y a esas horas me pareció sensato no hacerlo, aunque estaba cansada y desorientada. Le pedí al conductor que me dejara en un hotel.

Alrededor de las 06:00 de la mañana, el taxi se detuvo en una calle oscura, un portón metálico se abrió, y me ayudaron con las maletas. Todo estaba oscuro, pero se vislumbraban sonrisas. Pablo y tres chicos jóvenes me dieron la bienvenida. Una chica me saludó y me abrazó con un cálido «Wa Salam alikum» (la paz sea contigo). Me asombró la calidez y el hecho de que hubiera gente dispuesta a recibirme a tan altas horas. Pablo me llevó a mi habitación, y me sorprendió al ver que era una habitación preciosa con una cama enorme. A día de hoy, uso los domingos para disfrutarla un poco antes de comenzar el día. Mi necesidad de una ducha me llevó a hacer una de las preguntas más tontas que recuerdo: «¿Tengo baño para mí?» Pablo sonrió y asintió. Agradecí y me dirigí a dejar mis cosas y ducharme. El baño merece un párrafo por sí mismo. Con el neceser y la toalla en mano, me encontré con un baño con el techo abierto, desde el cual se veía el amanecer y algunas palmeras que danzaban suavemente, pintando el cielo con colores cambiantes. El baño contaba con una ducha «occidental» y un cubo con una jarra. Elegí la segunda opción y arrojé agua sobre mi cuerpo con la jarra. Fue una sensación increíble. Luego, mientras hacía mi rutina de cuidado de la piel, escuché un ruido y miré hacia arriba: ¡Un mono! Estaba mirándome a una distancia de apenas un metro. Me quedé boquiabierta… el mono imito mi expresión facial y abrió la boca en señal de sorpresa. No podía creerlo: había llegado a mi destino, tenía la habitación más bonita que podía imaginar, y un mono acababa de imitarme. No podía procesarlo todo. Me recosté en la enorme cama, mi corazón acelerado. Aunque no había tenido tiempo ni necesidad de pedir la clave del wifi durante nuestra breve interacción, en ese momento necesitaba escuchar una meditación guiada, algo que hago cada noche. Gracias a la desconexión, logré conectar conmigo misma y, por primera vez en mi vida, pude dormirme concentrándome en mi respiración. Recordé a una gran amiga decir: «Siempre nos olvidamos de respirar».

Me despertó el sonido de la puerta abriéndose. Hacía mucho calor y no había sábanas, así que pedí que cerraran la puerta para poder cubrirme. Era Laura, una de mis anfitrionas. Una vez me vestí con lo primero que encontré, me llevó a comer a casa de «Mama Khady» (madre de Mamadou Dia, fundador de Hahatay) para celebrar Tabaski. (Eíd al-Adha o Fiesta del Sacrificio (en árabe : عيد الأضحى‎ ). Estaba muerta de sed, desorientada y necesitaba un café con urgencia, pero no había tiempo. Percibía la tensión y, aunque no entendía mucho, me sentía mal por hacerlos esperar para algo tan importante. Llegamos a casa de Mama Khady, donde conocí a Mamadou Dia, sus hijos, y a Laura, su esposa, quienes me acompañaron allí. Después de comer, llamé la atención de los niños de la casa. A pesar de la falta de palabras, establecimos un bonito vínculo. Mamadou me dijo: «Yo te conozco», y pensé que bromeaba, hasta que comenzó a darme detalles de cómo nos habíamos encontrado en septiembre pasado en Casa Manse, Senegal, primero en la recepción de un hotel y luego en el desayuno. Miré sus anillos y conecté con el recuerdo. Efectivamente lo recordaba; me ayudó a comunicarme con la recepcionista del hotel y luego, en el desayuno, ambos estábamos sentados frente a frente. ¡Qué curiosa coincidencia!  «El mundo es muy pequeño´´ dijimos a la vez, y muy hermoso, añadiría a día de hoy.

Y aquí comienza mi estancia, una experiencia vital que ha sido fundamental para integrar conocimientos de libros y conferencias que apenas habían rozado la superficie del conocimiento decolonial que estaba por venir. ¡Gracias, CICODE! ¡Gracias, Pablo! ¡Gracias, pequeña gran Khady, Laura y Mamadou!

«Descubriendo Hahatay: Experiencias y Aprendizajes en el Corazón de Senegal»

Mi llegada coincidió con las vacaciones de Tabaski (Eíd al-Adha o Fiesta del Sacrificio (en árabe : األضحى عيد( , que podría traducirse como Día del Cordero, es la festividad mayor de los musulmanes. En Senegal y otras regiones del África subsahariana toma el nombre de Tabaski), lo que me permitió adaptarme tranquilamente. A medida que Hahatay se reactivó y comenzó a funcionar, pasé mis primeras semanas junto a Salomé, Paps y Beltrán, residentes de Hahatay.

La organización Hahatay nace tras el viaje de Mamadou a España. Mamadou Dia, originario de Gandiol, un pequeño pueblo de pescadores el cual se ha visto perjudicado por el abuso de la pesca internacional y la apertura de la Lengua de Barbarie (que generó una gran catástrofe natural), se crió junto a su madre Khadija, una gran mujer conocida por su vasto conocimiento “no académico” y sus grandes dotes en los negocios. El ímpetu de Mamadou por ayudar a su madre y a sus 25 hermanos sumando las 4 veces en las que se le había negado el visado de forma injusta (el consulado de Francia tiene un sistema de visas que algunos tachan de “mafioso”: Pagas todas las tarifas y se te niega, sin devolución o explicación alguna. El porcentaje de visados admitidos es bochornoso) lo llevó a tomar una patera en la que prometió a sus acompañantes que si salía de allí con vida contaría al mundo aquella experiencia. Naciendo así el primer libro de Mamadou Dia “3052”. La cifra que da nombre a su libro es la distancia entre Murcia (donde fue escrito) hasta Gandiol. Tras el éxito que tuvo y su incansable lucha por enseñar y aprender en un mundo occidentalista volvió a Senegal con el objetivo de fundar Hahatay (Carcajada en Wolof). Le dio ese nombre debido a la inevitable carcajada que salía de él cada vez que recordaba la dramática situación que le llevó a lanzarse al mar y como aquello dio un vuelco tan inesperado.

Hahatay es una organización que tiene el objetivo de darse a la comunidad, desde el arte y la cultura hasta la agricultura y ganadería, desde las escuelas infantiles hasta el intercambio cultural con aquellos españoles que estén listos para despojarse de su etnocentrismo y mucho más que se me hace difícil clasificar.

Salomé estaba trabajando en su trabajo fin de máster sobre migración, un tema similar al que yo había abordado recientemente. Esto me brindó una excelente oportunidad para intercambiar ideas y conocimientos con ella, así como con Mamadou Dia, quien aporta una perspectiva valiosa basada en su experiencia personal y un notable poder de introspección y reflexión.

Paps y Beltrán, bailarines profesionales, entrenan intensamente de 09:00 a 14:00 todos los días. De hecho, su dedicación al baile es tan completa que se pasan el día entero, desde que se despiertan hasta que se acuestan, moviéndose al ritmo de la música. Uno de nuestros planes dominicales, que consistía en ir a la playa para bailar y meditar, dejó una huella profunda en mí.

Aunque la coordinación de mi actividad allí fue a veces confusa, resultó ser una experiencia extremadamente enriquecedora. Con Pablo y Mamadou, decidimos que, dada mi experiencia y currículum, sería más beneficioso para mí rotar por las diferentes instalaciones de Hahatay. A continuación, detallo algunas de las actividades que llevé a cabo:

En el Centro Cultural Aminata, en respuesta a la nueva postura política de Senegal respecto al genocidio palestino, propuse la creación de una coreografía que combinara la música tradicional senegalesa y su danza con el Dabke. El dabke es parte vital de la herencia Palestina que ayuda a preservar la identidad Palestina que la ocupación ha tratado de eliminar y tiene raíces comunes con Gandiol y Hahatay, ya que uno de los proyectos de Hahatay es volver a traer la forma tradicional de construcción que ha sido desvanecida por la presión del pensamiento colonial, el barro y la paja. La región levantina hacía el techo de sus casas con ramas de árboles y barro. Cuando el tiempo cambiaba, el barro se agrietaba. Los miembros de la familia y la comunidad palestina se reunían para repararlo, formando una línea, uniendo sus manos y pisoteando el barro en su lugar. Un proceso que ambas comunidades comparten.

En Tabax Nite, coordiné el material de comunicación para las formaciones agroecológicas y las visitas relacionadas: https://www.instagram.com/tabaxnite/

Tabax Nite, uno de los proyectos más grandes y en constante construcción de Hahatay, incluye un centro médico, la Casa de las Mujeres, un centro de comunicación, una radio, una academia de formación en diversos ámbitos (como construcción mediante reciclaje, hierro, y madera), y una granja con huerto. La granja experimenta con nuevas formas de agricultura debido a la salinización de las tierras cultivables en Gandiol, con el objetivo de ofrecer alternativas agrícolas a la comunidad.

Además, Hahatay cuenta con una planta de reciclaje, gestionada exclusivamente por mujeres jóvenes, y dos centros en Saint Louis dedicados a la formación artística y al laboratorio de fotografía. Conecté con Mame, una de las fotógrafas del centro, y le propuse un proyecto para realzar la belleza de la mujer en el Islam, destacando que la modestia también puede ser moda y desafiando las normas sociales que sexualizan y objetivizan el cuerpo de la mujer. Estamos a la espera de contar con el espacio adecuado para llevar a cabo esta idea.

En la granja, que ha recibido numerosos premios y es conocida por sus prestigiosas formaciones, descubrí que estos centros forman parte de una vasta red de pequeñas empresas emprendedoras. Uno de estos emprendimientos es Ban ak Suf (tierra con arena en wolof), un grupo de mujeres jóvenes que se están formando en construcción con adobe (barro, arena y paja) con el objetivo de ser autónomas como empresa.

Pasé días con ellas, pintando cabañas, reparando la granja y realizando trabajos en las paredes con cemento.

Durante la temporada de campamentos, específicamente en el Campamento Attaya, que recibe a españoles para pasar varias semanas, formé parte del equipo de coordinación, gestionando actividades infantiles junto a mi compañero Balla y atendiendo las necesidades del grupo. El campamento, que se realiza desde 2012, busca promover el intercambio cultural y ofrecer experiencias que beneficien a la comunidad local. Los primeros voluntarios que llegaron construyeron la misma escuela que ahora programamos pintar con los nuevos voluntarios.

Las actividades del campamento incluyen:

● Debate Ubuntu: Espacios de intercambio cultural, palabra que nace del apartheid sudafricano y significa «Yo soy porque tú eres».

● Taller de Baile.

● Visita al Parque Nacional.

● Visita a Saint Louis.

Uno de los objetivos del campamento es proporcionar a los jóvenes del pueblo una experiencia intercultural que les es difícil alcanzar debido a las restricciones del sistema que nos permite a los españoles viajar en este tipos de programas mientras a ellos, que son expuestos a la cultura occidental como la excelencia desde la más temprana infancia se les cierra esta puerta.

Mi objetivo personal no era solo investigar la migración provocada por la presencia neocolonial, sino aprender y adaptar este conocimiento a mi proyecto de formación de profesionales en el ámbito de la migración. Gracias a estos campamentos, adquirí técnicas y enfoques que me ayudarán a desarrollar mi proyecto de manera más efectiva.

«Entre la Arena y el Arte: Reflexiones de un Viaje Transformador a Senegal»

Aún estoy allí, atrapada en el eco de una experiencia que me transformó profundamente. No he logrado regresar completamente, ni física ni emocionalmente. El ritmo vibrante de la vida que experimenté, la música, los colores intensos, los sabores exquisitos, los paisajes cautivadores y, sobre todo, la calidez de su gente, me absorbieron de tal manera que ahora me resulta difícil encontrar mi lugar en mi entorno actual. La vivencia que tuve allí era lo que me faltaba para sentirme completa; una vez vivida, ahora desde la distancia, me siento inconclusa. Echo de menos a mis hermanas senegalesas, el café touba y las salidas al amanecer para comprar pan. Aunque debo admitir que mi dieta sigue siendo la misma: desayuno pan con café y almuerzo arroz con pescado. Me levanto a la misma hora, porque nunca antes había estado en mejor forma, tanto mental como física, y deseo mantener estos hábitos. Sin embargo, hay una diferencia significativa: mi etnocentrismo se ha desmoronado. Siento que el individualismo europeo me resulta cada vez más pesado. Ya no puedo ignorar los efectos del colonialismo y cómo nos jactamos de tener una ‘mejor vida’ basada en un neocolonialismo que sustenta nuestro bienestar social. Esta realidad ya rondaba en mi mente desde hace años, pero esta experiencia la ha concretado.

Llegué con propuestas y con la expectativa de encontrar mi lugar allí, sin tener en cuenta que Hahatay es una organización formada desde el sacrificio y la disciplina. Eran como la maquinaria precisa de un reloj, y me di cuenta de que, en realidad, no me necesitaban; yo los necesitaba a ellos. Me sentí desorientada, incapaz de encontrar mi lugar, a pesar de mis esfuerzos. No comprendía la falta de horarios estrictos o directrices precisas, no entendía que no estaba en Europa, ni que mis clases de intervención social en la UGR no eran aplicables allí. Me encontraba en un entorno donde muchas mentes pensantes y apasionadas se habían sincronizado en un ritmo que yo juzgaba desde una perspectiva completamente desajustada a esa nueva realidad cultural. En una conversación con Mamadou sobre la orientación que buscaba, me miró a los ojos y me preguntó: «Maryam, ¿cuál es tu sueño, tu meta?» Le respondí que terminar el doctorado en estudios migratorios. Entonces él me dijo: «Entonces, tu mayor obstáculo para alcanzar tu meta vital es tener o no tener un buen tutor, una buena orientación. Para mí, para mi pueblo, la meta es el mar, es lanzarse al mar. Tú has crecido en un entorno que te ha permitido visualizar una meta con la que ayudar a las personas. Nosotros creemos en un sistema académico que nos enseña la cultura, la lengua y la historia de un país que no es el nuestro, de un continente que ‘es superior al nuestro’, solo para después negarnos el derecho de siquiera visitarlo. Revisa tus prioridades, disfruta la experiencia, estás aquí, aprende.» Esa tarde pasé en la playa hasta el atardecer, escribiendo frente a un chaleco salvavidas que encontré a mi lado. Todo comenzó a encajar en mi mente.

Al mismo tiempo, a través de los campamentos (el Campamento Attaya, surgido de la necesidad íntima de Mamadou de desmontar prejuicios al establecer amistades en España), he aprendido a aplicar métodos antiracistas menos reactivos, basados en el cuidado y la amabilidad. En el Campamento Attaya, he conocido a muchas personas con el verdadero interés de ayudar y terminaban descubriendo una comunidad que no necesita ayuda alguna más que el afloje del expolio que ejercemos sobre ellos. He observado cómo se transformaban, desmontaban creencias y se enfrentaban a la otredad mientras desmantelaban prejuicios mediante la risa y la música. A través de mis hermanas senegalesas, he aprendido la importancia de valorar la familia, la unidad, la colectividad y el cuidado del prójimo. En wolof, cuando alguien siente dolor o experimenta algo malo, se dice «Balma», que significa «Siento tu dolor». Esta palabra abarca a toda la comunidad de Gandiol. Viven en casas conjuntas: madre, tía, abuela, padre, hermano, sobrinos, cuñada, prima, creando un entramado de viviendas conectadas donde todos son uno y se sienten uno. Los niños y bebés son considerados una responsabilidad colectiva de los adultos del pueblo; no existen guarderías, pues los niños son atendidos por familiares o por la vecina que los cuida como si fueran propios. La protección de la familia es prioritaria, y aunque este concepto me sorprende y aún estoy asimilándolo, debo reconocer que el fuerte sustento familiar y los lazos que unen a esta comunidad son algo muy distante de lo que vivimos aquí.

Espiritualmente, la experiencia ha sido apasionante. He percibido un gran contraste con lo que conocía hasta entonces. Viven un islam que se ha fusionado con antiguas creencias y tradiciones. Existen dos tipos de colegios: el «francés» y el coránico, siendo el segundo mucho más económico y al que la mayoría asiste. Allí, memorizan el Corán en árabe sin comprender el idioma. Luego está la figura del Marabú, quien conoce la traducción al wolof e interpreta el Corán, siendo considerado un «hombre más cercano a Allah» y representando la figura del sabio que mezcla creencias chamánicas con el islam. Los Marabús se encargan del cuidado y la educación islámica de niños varones de 4 a 9 años cuyas familias no pueden mantener, funcionando casi como un servicio social. Sin embargo, puedes ver a estos niños con ropas raídas, sin zapatos, mendigando después del primer rezo (06:30). Este dinero lo entregan al Marabú, quien lo gestiona. Estos niños son llamados Talibes. Formé un vínculo con los Talibes de Gandiol; cada vez que iba a comprar pan, me esperaban en una rotonda y compartíamos el pan y jugábamos un poco. En las noches en que iba al puesto de Aicha a por una hamburguesa, cenábamos juntos mientras los más pequeños se acurrucaban y el resto apoyaba sus hombros para que se acomodaran. Aicha era una mujer mayor muy dulce conmigo, y solíamos sentarnos en el tranco de su puesto a disfrutar del fresco y charlar mientras observábamos a la gente pasar. El más mayor, que conocía algo de francés, me dijo que su sueño era conseguir una equipación de fútbol para participar en los campeonatos del pueblo y, algún día, llegar a Europa como futbolista para mantener a su familia. Musa y sus compañeros lograron obtener la equipación, jugaron el torneo y él me dedicó su primer gol. No hay nada que desee más que volver a cenar con él algún día y escuchar cada detalle de los partidos que ha ganado.

La mayoría de las mujeres visten con hijab, pero lo colocan y lo quitan según les plazca y no necesariamente cubren todo su cuerpo. Así, las personas que visten de manera más tradicional o religiosa se identifican con el término Ibadu. Senegal es un país laico, y aunque la mayoría de la población es musulmana, las líneas entre religión y secularismo se difuminan, haciendo que la espiritualidad senegalesa sea un espectro fascinante del cual me gustaría escribir más en el futuro. La poligamia es común, y las familias pueden llegar a ser muy grandes. El capital principal de una familia es su descendencia. Un hombre me explicó: «Si tengo 10 hijos y, cuando sea viejo y enfermo, cada uno me da 10 euros al mes, podré vivir muy bien.» Los jóvenes, en cambio, rechazan la monogamia, especialmente las mujeres, pero cada vez más hombres, a raíz de sus experiencias intrafamiliares, optan por la monogamia.

El arte y la belleza de la naturaleza se manifiestan en cada rincón de Senegal, creando una sinfonía visual y sensorial que envuelve a todos los que tienen el privilegio de experimentarla. En este vibrante país, la creatividad no se limita a los espacios tradicionales, sino que se integra de manera orgánica en cada aspecto de la vida cotidiana. La gastronomía se convierte en una forma de arte, con platos que no solo satisfacen el paladar, sino que también narran historias de tradición y cultura. Las calles, llenas de color y vida, son escenarios donde se entrelazan la danza y la música, cada movimiento y cada nota contribuyendo a un espectáculo continuo de expresión artística. Cada día en Senegal era una inmersión en un mundo donde el arte se respira y se vive. Al caer la noche, me iba a dormir con la sensación de haber presenciado la más sublime de las bellezas, esa que trasciende lo visual y toca lo más profundo del alma. Los colores del atardecer, el ritmo de las canciones tradicionales, el aroma de los platos recién cocinados: todo formaba parte de una experiencia sensorial que me dejaba asombrada y agradecida. Pero cada mañana, al despertar, me encontraba con el desafío de superar lo que había vivido el día anterior. Senegal tiene una manera especial de elevar continuamente las expectativas, de ofrecer cada jornada una nueva oportunidad para maravillarse y descubrir algo aún más hermoso. Cada amanecer era una promesa de nuevas sorpresas, un recordatorio de que la belleza y el arte en este país nunca dejan de sorprender y de inspirar. Desde la elegancia de las danzas tradicionales que narran historias ancestrales hasta las letras de las poesías que reflejan el alma de la tierra, todo en Senegal me invitaba a sumergirme más profundamente en su rica cultura. El arte, en todas sus formas, no solo embellecía el entorno, sino que también se convertía en un lenguaje común que unía a las personas, creando una comunidad vibrante y creativa. Esta experiencia me enseñó que el verdadero arte y la belleza no están confinados a museos o escenarios, sino que están vivos en las calles, en las risas compartidas, en la música de cada día y en los gestos cotidianos. En Senegal, el arte es una forma de vida, y vivir en medio de esta constante efervescencia creativa ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Cada día, al irme a dormir, llevaba conmigo el eco de la belleza y el arte que había experimentado, y al despertar, me sentía impulsada a buscar y a crear algo aún más impresionante, sabiendo que en este rincón del mundo, la inspiración nunca se agota.

En resumen, mi experiencia en Senegal ha sido una revelación profunda que ha transformado mi percepción del mundo. La inmersión en una cultura rica y diversa me ha permitido desafiar mis propias creencias y entender el verdadero valor de la colectividad, la familia y la espiritualidad.

Me he dado cuenta de que, a menudo, el verdadero crecimiento personal surge cuando nos enfrentamos a realidades diferentes y nos dejamos llevar por el flujo de la vida en su forma más auténtica y cruda. El contraste entre mi vida anterior y la vida en Senegal ha puesto de manifiesto las grietas de mi etnocentrismo, abriendo mis ojos a las complejidades del neocolonialismo y a la profunda humanidad que se encuentra en cada rincón del mundo. Las lecciones aprendidas, desde la importancia de las relaciones comunitarias hasta el valor de una perspectiva intercultural, han sido invaluables. Volver a casa no significa regresar a la normalidad previa, sino integrar las experiencias vividas y continuar creciendo con ellas.

Echo de menos a mis hermanos y hermanas senegalesas, los momentos compartidos y las enseñanzas que me han acompañado en cada paso de mi viaje. A pesar de la distancia, el impacto de Senegal permanece en mi corazón, recordándome que la verdadera riqueza de la vida se encuentra en la conexión con los demás y en la capacidad de aprender y adaptarse. Espero con ansias el día en que pueda regresar, mientras tanto, llevaré conmigo las memorias, las enseñanzas y el amor que me brindaron, sabiendo que en cada gesto de cariño y en cada risa compartida, una parte de Senegal sigue viva en mí. Volveré a sentarme junto al mar, a escribir con el chaleco salvavidas como testigo silencioso, recordando las palabras de Mamadou y los sueños compartidos con Musa. Y en cada paso que dé, en cada decisión que tome, llevaré conmigo la esencia de una experiencia que me ha enseñado que, a veces, el mayor regalo es la capacidad de ver el mundo a través de los ojos de otros y de encontrar nuestro lugar en un mosaico de culturas y corazones entrelazados.

Publicado en: Senegal, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Emprendimiento, Género

Mi experiencia en Ambue Ari. Santa Cruz, Bolivia. Leire Alles Guevara.

14 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Cuando me puse una mochila más grande que yo a la espalda para ir al aeropuerto de Barajas para coger el avión dirección Santa Cruz, Bolivia, no era consciente de lo que me esperaba.

Tampoco tenía asimilado que me iba a ir un mes a trabajar a un santuario cruzando el charco, sentía que al día siguiente me despertaría en mi casa como si nada. Me pasé casi todo el viaje durmiendo y comiendo y, la verdad, fueron bastante sencillos todos los procesos lentos y aburridos del aeropuerto y también llevar a cabo los transbordos. Una vez llegué a Santa Cruz desayuné en el aeropuerto y cogí un taxi que me llevara a la estación de buses. Allí esperé dos horas con unas señoras muy agradables hasta que el bus dirección al parque salió: 7 horas me esperaban hasta comer algo y descansar.

Durante el trayecto, la mujer sentada a mi lado me vio observándola mientras ella comía, notó mi hambre en aquellas miradas de refilón a sus trozos de pollo y decidió compartir un par de ellos conmigo.

Una vez llegué al parque, me explicaron un poco como funcionaba todo y me hablaron de los incendios que les importunaban con bastante frecuencia, a lo que yo no hice mucho caso pensando que exageraban. Los voluntarios me acogieron rápidamente invitándome a formar parte de ese bonito grupo de gente maravillosa. Verdad es que, al principio, sentía que jamás encajaría con ellos, eran de distintos países, se conocían de antes y yo me sentía reacia a hacer amistades profundas en un lugar que voy abandonar en poco tiempo, pero poco me duró. Llegué la tarde antes del día libre, entonces, después de descansar fuimos a la laguna que hay cerca del parque y me estuvieron contando que animales cuidaba cada uno y como eran. No podía esperar a conocer mis animales y el funcionamiento de este sitio así que, al día siguiente, después de leer la información sobre protocolos y animales, empecé con gran ilusión mi primer día de trabajo. El coordinador de pequeños animales me presentó a los coatíes: Esme, Shelby, Aramis y Beepers. 4 maravillosos coatíes que tienen un trocito de mi corazón.

Es duro ser consciente de porqué están ahí y no en libertad, cada día estás cuidando de ellos y a veces te viene ese pensamiento a la cabeza: “no están en libertad porque no pueden sobrevivir debido al tráfico, a criarlos como mascotas o porque se desorientaron, lastimaron o perdieron a sus madres huyendo de incendios”. Y te da una punzada en el corazón. Así fue un poco mi recibimiento allí: dudas, miedos, contradicciones, ilusión y muchas ganas de empezar. Creo que como cualquier comienzo en la vida de alguien.

Las dos primeras semanas las viví como un niño el día de reyes: muchas cosas por aprender, actividades que realizar, animales y personas que conocer…

Voy a resumir un poco un día a día en el parque Ambue Ari: despertamos temprano (yo a las 6:40h más o menos) para a las 7h estar listos e ir con nuestros respectivos animales y/o (dependiendo de la organización del día) realizar tareas relacionadas con la vida en el parque. El desayuno es a las 8h y el almuerzo a las 12:30h.

La tarde comienza a las 14h y finaliza a las 17:30h por lo general (también depende un poco de tus animales y la organización diaria). Después hay algunas tareas nocturnas que te tocan algunos días, pero no siempre.

Empecé con campo animal donde me hice amiga de una chica francesa llamada Violette. Campo animal es como se le llama a la área que recoge coaties, chanchos y el ñandú llamado Matt Damon. El trabajo con ellos consistía en alimentarlos, limpiar sus jaulas, pasearlos y construirles enriquecimiento. A la semana empecé en aves, ahí casi todo consiste en construir enriquecimientos y cambiar las ramas y plantas de cada jaula para que así, las distintas aves puedan tener estímulos. El enriquecimiento consiste en mejorar el bienestar de animales que están en cautividad proporcionándoles estímulos que en la vida salvaje, normalmente, tendrían.

Fotografías de algunos enriquecimientos realizados.

Más adelante empecé a trabajar con Valo, un puma de poco más de un año al que encontraron junto con su hermanito que estaba muerto, por desgracia. Al ser tan pequeño y estar solo es muy difícil que sobreviva en la naturaleza y por eso se quedó en el parque. Ahora está muy acostumbrado a los humanos y no será posible liberarlo, por eso intentamos darle la mejor vida posible dentro de las posibilidades que hay en la vida en cautividad.

También empecé con Los Chicos, un grupo de tres pumas que encontraron en la casa de un narcotraficante que los tenía de mascotas. También están acostumbrados a los humanos, pero por desgracia no fueron criados desde cachorros por el equipo de CIWY, fueron criados como mascotas y en malas condiciones.

Por último, empecé a trabajar y a pasear a Waway, un mono nocturno al que se pasea, claramente, cuando ya es de noche. Esto es trabajo extra ya que es en horario de descanso, pero aun estando cansada después de un día de trabajo y calor, pasear con Waway a solas, en mitad de la selva, de noche, viendo lo feliz que está, la curiosidad que le recorre por el cuerpo, aunque al mismo tiempo a veces le de miedo… es un momento tan íntimo y tan especial para mí que no lo cambiaría por una hora más de descanso. Aunque esto pueda parecer peligroso no lo es, siempre hay un par de personas pendientes al paseo, no puedes pasear si no hay conexión o si no tienes batería en el móvil, siempre con linternas que ellos te proporcionan y están cargadas y, además, el área de paseo de monos nocturnos es a menos de un minuto del campamento, los animales salvajes que hay alrededor no son peligrosos por la cercanía al campamento (los animales más grandes que puedes encontrar son chanchos o armadillos).

La vida en común es maravillosa, pasas el día con gente muy diferente a ti, pero con la que compartes el deseo de poder ayudar a la naturaleza.

La peor parte diría yo, son las despedidas. Este lugar es mágico por mucho que busque palabras, estas se quedan cortas. Una vez empiezas a entender el funcionamiento de este sitio, el aura que te absorbe desde que pones un pie en el parque va aumentando y atrapándote cada día un poco más. Todos los voluntarios decimos que es muy difícil salir de este sitio… Aquí todos los problemas que nos comían la cabeza en nuestra vida antes de conocer este sitio se vuelven insignificantes. No echas de menos nada material, lo único que ocupa tu mente y corazón es el compartir vivencias, risas, llantos con la gente y los animales que aquí has conocido. Y en mi caso, el mayor problema aquí es lo rápido que pasa el tiempo, me encantaría pararlo en algunas ocasiones para poder extender este momento de mi vida lo máximo posible.

Volver a casa después de tanto tiempo de voluntariado es una sensación difícil de describir.

Cuesta describirlo, además, porque no soy capaz de entender el torbellino de emociones que van desde la alegría de reencontrarme con mi familia y amigos hasta la nostalgia de dejar atrás un capítulo tan especial de mi vida. Decir adiós no es algo fácil para nadie, pero para mí es siempre una parte muy dolorosa de cada experiencia que vivo. La última semana fue bastante dura, aceptando que sería el último lunes, martes… Mi último día de trabajo me despedí de los animales a los que, probablemente, nunca volveré a ver. La mañana de mi salida esperando el bus sentía una mezcla de pena y nervios que me estaba matando, porque también odio esperar. Por suerte o por desgracia, el bus no tardo mucho y a los 20 minutos estaba sentada en él, llorando, dirección Santa Cruz de la Sierra para coger un vuelo con destino a casa. Antes de subir algunos de mis amigos que allí conocí estuvieron esperando conmigo. Los abracé, me abrazaron, nos abrazamos; prometiéndonos un día volver a vernos. No sabemos cuándo, ni cómo, ni dónde, aunque ese día tarde o temprano llegará. Me niego a aceptar que no volveré a ver a esas personas con las que compartimos risas, llantos, sudor, noches sin dormir (tanto de fiesta como por la preocupación de los incendios), frustraciones, miedo, agotamiento, impotencia, intimidades, secretos… Un sitio así es como un ejemplo de vida fugaz…gente que va y viene y te recuerda lo efímero y valioso que es cada instante.

En el avión lloré mucho, al darme cuenta que me iba de verdad. Era caótico pensar en todo lo aprendido, en todos los recuerdos, en todos los lazos que habían sido construidos en un sitio tan pequeño como Ambue Ari. Como habitaciones, comedor, oficina, cocina de animales, depósito de humanos, fumador o café, construidas con madera y/o ladrillos, podían contener tanta vida, tantas emociones recogidas en sus paredes. La energía que rodea estos lugares antes nombrados es lo más duro de despedir. Llegas a Ambue Ari, inocentemente, pensando que solo vas ayudar y de repente, cada día allí te enseña algo nuevo y acabas descubriendo un poquito de ti, una parte que no conocías o que tenías escondida. Y no puedo estar más agradecida.

Publicado en: Bolivia, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Sostenibilidad ambiental

Mi experiencia de voluntariado en Hogar Luceros del amanecer (Nicaragua). Carmen Herrera Morente.

14 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Primera entrada:

3 de julio de 2024, salgo desde Madrid dirección Managua (Nicaragua) con escala en Miami (Estados Unidos). Voy con un torbellino de emociones entre los que destacan la incertidumbre y la preocupación, pero, sobre todo, la ilusión. Después de días de gestiones y preparaciones, por fin estoy en el aeropuerto. Me preocupan los vuelos (la última vez que subí a un avión tenía apenas 12 años) pero todo el trayecto discurre cómodamente y sin complicaciones. Me daba miedo perderme en el aeropuerto de Miami, pero eso tampoco ocurre jejeje. Llego un poco desorientada por tanto cambio de horario y paso por la aduana, donde tengo que responder un pequeño cuestionario y pagar diez dólares. En el mismo aeropuerto me reúno con otro voluntario que también viene desde Granada y con una de las trabajadoras de la fundación en la que desarrollaremos nuestro voluntariado, Hogar Luceros del Amanecer. Ella nos espera con un taxi y partimos hacia nuestra dirección final: Camoapa (departamento de Boaco).

En el camino obtengo un primer vistazo de los paisajes del entorno y de las personas y formas de vivir nicaragüenses, con una frondosa vegetación que me resulta desconocida. Observo por la ventanilla, algo sorprendida por lo diferente que es con respecto a Europa. Al llegar a Camoapa, ya de noche, nos dejan en las viviendas en las que nos vamos a alojar y nos presentan a las que van a ser nuestras familias el tiempo que pasemos en el voluntariado. Me reciben muy cariñosamente tres grandes perros. La señora de la casa, doña Karla, es muy agradable y consigue hacerme sentir bien recibida desde el primer momento. Me enseña cómo poner una mosquitera y cenamos nacatamal, uno de los platos más típicos de la gastronomía nicaragüense, consistente en una masa de maíz con carne, verduras y arroz que se envuelven en hojas de plátano. A pesar de su cercanía, la primera noche me siento algo sola y lejos de mis seres queridos, y también preocupada por cómo serán las cosas en la fundación.

Al día siguiente nos recogen en nuestras respectivas casas, nos enseñan el camino hacia el hogar y parte del pueblo. Ya en la fundación nos muestran las instalaciones, así como la oficina de voluntariado donde tendremos nuestro espacio de trabajo. Después, nos presentan a todos los trabajadores. Cada uno de ellos nos va explicando el trabajo que desempeñan en el hogar y cuáles son sus funciones, para que así nosotros tengamos una visión más completa del funcionamiento interno de la fundación y de las distintas actividades en las que podemos participar. Los dos primeros días (jueves y viernes) son para que conozcamos mejor el hogar, tengamos un primer contacto con los niños y niñas (todos muy cariñosos y abiertos desde el primer momento) y nos adaptemos. Después, elaboramos el horario para la siguiente semana incorporarnos de forma completa a las distintas actividades. Participaremos en clases de refuerzo escolar, inglés y computación, así como en el programa de niñas embarazadas y en la biblioteca del hogar.

Segunda entrada:

Las primeras semanas en la Fundación han sido de adaptación, para conocer de cerca el funcionamiento del hogar, a los niños y niñas y sus contextos y entender mejor las costumbres, pensamientos y formas de vida nicaragüenses. Creo que las personas voluntarias que llegamos desde Europa debemos pasar por un proceso de adaptación y asimilación por las diferencias culturales que existen y que en ciertos aspectos pueden sorprender.

Al ser profesora de formación y estar interesada en los procesos de aprendizaje he empezado integrándome en el programa de refuerzo escolar. En él el alumnado recibe ayuda y orientación en la realización de las tareas que les mandan en la escuela así como profundizar en las áreas y asignaturas de menor desempeño. Los primeros días me siento algo desorientada pero, tras conocer más de cerca al alumnado, aprender sus nombres y entender mejor el funcionamiento del sistema educativo y los objetivos de cada curso escolar ya me sentía preparada para trabajar con los alumnos y alumnas en función de sus necesidades. No obstante, el alto número de alumnado que atender al mismo tiempo me impedía en ocasiones ofrecer un tratamiento individualizado. Las áreas en las que más ayuda necesitaban eran las matemáticas y la lectoescritura.

También he estado participando en las clases de computación y de inglés. En computación el alumnado aprende a manejar programas como Word y Excel, a entender las partes que conforman los ordenadores y aprender mecanografía. Para muchos de ellos es la única oportunidad que tienen para acceder a un ordenador, por lo que es una asignatura muy útil e importante en la era digital. En inglés el alumnado se reparte en distintos grupos según el nivel, aunque en general todos tienen niveles bajos de inglés. Por ello, esta asignatura es también muy importante, más teniendo en cuenta el contexto migratorio en el que nos movemos y por el que muchos nicaragüenses migran a los Estados Unidos buscando mejorar sus situaciones socioeconómicas.

También participo en el programa de adolescentes embarazadas. Nicaragua es un país con altas tasas de embarazos en niñas de entre 12 y 16 años. En la fundación existe un grupo de niñas que acuden semanalmente durante su proceso de embarazo. Una enfermera las acompaña y asiste, de forma que en el programa las preparan e informan de todo el proceso del embarazo, parto y posparto. He estado acompañando en algunas de las sesiones y también realizando visitas domiciliarias a las adolescentes que acababan de ser

madres para comprobar cómo se encontraban ellas y sus bebés. Los viernes no se impartían clases sino que se organizaban juegos y actividades. Con ayuda de Emilio y Bea, otros voluntarios, preparamos algunas dinámicas para estos días.

Se nos propuso profundizar en la educación ambiental y fomentar el reciclaje. Elaboramos una papelera de reciclaje creativa (el monstruo del papel) y dedicamos uno de los viernes para hacer actividades sobre la gestión de residuos y medio ambiente. El siguiente viernes organizamos una gymkana educativa en la que los niños y niñas tenían que ir moviéndose por las distintas zonas de la fundación resolviendo retos matemáticos, de lengua, etc.

El resto del tiempo Emilio y yo trabajamos en la biblioteca, organizando la nueva sección de

inglés. También aprovechamos todos los huecos que podemos para compartir más con los

niños y niñas, jugar con ellos, conocer sus aficiones y hacer manualidades. Ellos nos enseñan algunos juegos tradicionales de Nicaragua y nosotros compartimos con ellos algunos de España. Son estos los momentos en los que más disfruto, en los que siento que los lazos con ellos se fortalecen. Son todos muy cariñosos y buscan continuamente la atención y cercanía de las personas voluntarias. Los fines de semana aprovechamos para salir de Camoapa y conocer algunos rincones bellos del país, como León, Granada y Ometepe.

Tercera entrada:

Las últimas semanas en Hogar Luceros han sido muy bellas. Es ahora, cuando tengo que marchar, cuando más integrada y adaptada me siento a este lugar. Además de continuar con las clases de refuerzo, inglés y computación, estas semanas he estado visitando y conociendo los colegios de la ciudad, he hablado con los maestros y maestras y he podido conocer más de cerca el sistema educativo en Nicaragua. Los colegios aquí parecen estar más conectados con la naturaleza que los colegios de cemento a los que estamos acostumbrados en España. Los patios están rodeados de árboles y plantas y poseen estanques con peces que los propios niños y niñas alimentan y cuidan. Aprovecho también para hablar más en profundidad con las maestras sobre el alumnado con el que trabajo en refuerzo, sobre sus necesidades y desempeño escolar.

Con ayuda de Marta, otra voluntaria, realizamos un taller sobre inteligencia emocional en el colegio Madre Teresa, situado a las afueras de la ciudad, dirigido a alumnado de entre 9 y 12 años y centrado en identificar y reconocer algunas emociones básicas. Para ello, dividimos a la clase en grupos, asignamos a cada grupo una emoción y a partir de imágenes y de experiencias propias fueron identificando y definiendo la emoción, volcando el resultado final en cartulinas. Terminamos contentas y satisfechas con la acogida por parte del alumnado y la puesta en práctica del taller.

Estas últimas semanas también he estado participando en el programa de conciliación familiar. He podido visitar los hogares de algunos de los niños y niñas y conocer sus familias. Por respeto a la privacidad de los menores y sus familias no entraré en detalles, pero ha sido muy enriquecedor al permitirme entender con mucha mayor profundidad los complejos contextos de los que provienen. También nos permitieron a Marta y a mí organizar y mediar el encuentro de familias que se realiza bimensualmente en la fundación, en esta ocasión centrado en la importancia de que los padres y madres estén presentes en la vida de su hijos. Al encuentro anterior acudí como oyente, dieron una charla sobre feminicidio y me llamó la atención el bajo grado de participación de los familiares (varios incluso se durmieron en el transcurso de la conferencia). Por ello, en esta ocasión quería hacer algo más dinámico que favoreciera una participación activa de los padres, madres y familiares. Para ello preparamos una actividad de trabajo en pequeños círculos, dividiendo a los participantes y buscando un portavoz en cada grupo que supiera leer y escribir, ya que muchos padres y madres en Nicaragua no han tenido acceso a la educación.

Debían responder una serie de preguntas en equipo y luego compartirlas con el resto de grupos. El objetivo que perseguimos era crear espacios de comunicación y diálogo en busca de la creación de conexiones y lazos entre los padres y madres. El resultado fue muy favorecedor, la participación muy alta y las conclusiones alcanzadas enriquecedoras.

Fuera de la Fundación también han sido unas semanas bonitas. Me siento muy unida a la familia que me ha estado acogiendo durante mi estancia. Me invitan a comidas y cumpleaños, bailamos cumbia y tomamos toña, la cerveza típica de Nicaragua. También he aprovechado estas últimas semanas para jugar y compartir más con los niños, que cada día me preguntaban cuánto tiempo me quedaba y por qué me tenía que marchar. Me noto estrechamente unida a muchos de ellos. El último día me prepararon un acto de despedida. Proyectan un vídeo con fotografías de mi estancia, las alumnas de danza bailan música folclórica, los integrantes de la Fundación y compañeros voluntarios me dedican unas palabras bonitas y me entregan un diploma. Los niños y niñas me regalan cartas y dibujos. Fue muy emotivo. Abrazos y besos de despedida. Te vamos a echar de menos, ojalá poder volver, ojalá podáis visitar España.

Publicado en: Nicaragua, Voluntariado internacional Etiquetado como: Derechos de la infancia, Educación

Inmersión y adaptación a una nueva experiencia en el voluntariado internacional en Camoapa, Nicaragua. Marta Fuster Jambrina.

14 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Desde el momento en que confirmé mi participación en el voluntariado internacional en Camoapa, Nicaragua, comprendí que estaba dejando atrás la previsibilidad de mi vida cotidiana y la seguridad de un entorno familiar, lo cual me hacía sentir una mezcla de alegría y preocupación. Así, el 5 de agosto, me despedí del confort de mi hogar, de mi rutina diaria y de las pequeñas comodidades que una da por sentadas.

Mi llegada fue recibida con calidez y hospitalidad por parte de Mayela, la anfitriona de la familia que me acoge. Sin embargo, después de la bienvenida, me di cuenta de que no había luz. Los cortes de energía son frecuentes, especialmente cuando llueve intensamente, y pueden durar desde algunos minutos hasta varias horas. Sin darle mayor importancia, Mayela calentó agua en una olla y la vertió en un balde para que pudiera bañarme con agua tibia, un alivio después del cansancio acumulado del viaje, pues la noche anterior había dormido en el suelo del aeropuerto de Panamá. La sensación del agua tibia en un baño oscuro fue un consuelo después de la travesía. Esta primera noche me mostró, por primera vez, la dimensión de vivir en un lugar con un suministro eléctrico inestable.

La calidez de ese balde de agua tibia pronto se transformó en una fría ducha a las 6:30 de la mañana, un recordatorio constante de que estoy inmersa en otra realidad. Después de la ducha, siempre llega el momento del desayuno, que es como una comida, consiste en gallopinto (una mezcla de arroz y frijoles); frutas cortadas: banano, mango y papaya; y una tortilla rellena de queso, jamón y pimientos. Todo ello se acompaña de una ensalada con tomate y pepinos, tortillas de maíz, cuajada y un café solo.

Todo ello ya es parte de mi nueva rutina. Después de la ducha y del desayuno, ya estoy lista para continuar el día en la fundación. La falta de luz y las duchas frías, que al principio parecían incómodas, pronto se han convertido en parte de mi vida diaria. Estos desafíos enseñan a valorar lo esencial y a apreciar las pequeñas cosas. Adaptarse a un entorno sin las comodidades habituales siempre representa un reto, pero cada dificultad se convierte en una lección. Estas experiencias me acercan a la realidad cotidiana de las personas locales y también me permiten percibir de cerca sus vidas y la rutina de los niños y niñas con los que comparto tanto tiempo. Así, el verdadero valor está en las nuevas conexiones y aprendizajes que estoy adquiriendo personalmente, entendiendo mejor el contexto y las vivencias de la comunidad.

Más que una Fundación: El Hogar Luceros del Amanecer

La Fundación Hogar Luceros del Amanecer ofrece apoyo integral a 355 niños y niñas de familias en situaciones económicas extremadamente difíciles en Camoapa. A través de programas diversos como educación integral, atención en salud primaria y especializada, nutrición adecuada, fortalecimiento familiar, formación técnica vocacional, y apoyo específico para niñas y adolescentes embarazadas, se busca mejorar las condiciones de vida de las familias.

Por lo que el trabajo que se puede desempeñar en el Hogar como voluntaria es diverso, ya que puedes acogerte a cualquiera de estas actividades y organizarte la semana en función de tus conocimientos, habilidades e intereses, contribuyendo significativamente al cambio en esta comunidad.

En sus inicios, el espacio que ahora conocemos como la Fundación comenzó como una casa dedicada a cuidar a niños en situación de vulnerabilidad donde vivían doña Aleyda y don Sebastián, un matrimonio de Juigalpa, que fueron elegidos por la fundadora del Hogar para liderar este proyecto. De hecho, el despacho donde mantenemos esta conversación era el antiguo dormitorio y el despacho contiguo, el ropero, el resto de espacios servían como habitaciones para los niños y niñas.

Durante 10 años, doña Aleyda y don Sebastián vivieron en el centro, dedicándose las 24 horas al cuidado de los niños y niñas que, en su mayoría, provenían de situaciones difíciles: maltrato, abandono, o padres en prisión. Uno de los casos más conmovedores fue el de un niño de seis años que quedó huérfano y se convirtió prácticamente en su hijo. Aunque doña Aleyda menciona que todos los niños y niñas eran como sus hijos, este niño tenía un vínculo especialmente fuerte con ellos, al punto de que siempre tenía que acompañarlos cuando iban a visitar a la familia a Juigalpa, de lo contrario, él se ponía a llorar.

No fue hasta 2015 se trasladaron a una nueva casa, permitiendo que su antigua casa se dedicara completamente a su misión. El trabajo de doña Aleyda y don Sebastián se caracteriza por el cariño y el amor que brindan a todos los niños y niñas y que ellos siempre los ven como parte de una gran familia, considerándose bendecidos por tener el respaldo y afecto de la familia más grande del mundo.

E incluso, como toda casa en Nicaragua, la Fundación también está rodeada de leyendas y relatos misteriosos. Doña Aleyda y don Sebastián, así como los trabajadores, han hablado de historias sobre el mico brujo y afirman haber sido molestados por presencias extrañas. Algunos aseguran haber visto a un hombre con un gran sombrero de pita, caminando por los pasillos de la casa.

Estas historias han formado parte de la vida en la casa y han contribuido a que sea recordada con un sentido especial de hogar y familia. Para todos los que han estado involucrados con el Hogar, es un lugar lleno de memorias y cariño, un verdadero hogar y un apoyo constante para todos los niños y niñas.

Despedida en la Fiesta del Maíz: Fin de una etapa

Mis últimos días de voluntariado coincidieron con la Fiesta del Maíz, una celebración anual muy esperada en la finca del Hogar, conocida como Bosque Verde. En esta finca se cultivan diversas frutas, verduras y cereales, siendo el maíz el cultivo principal. Lo especial de esta ocasión fue que, por primera vez, todo lo que cocinamos para celebrar esta fiesta provenía de la cosecha propia, lo que hizo de esta experiencia algo muy significativo para todos/as nosotros/as.

El día comenzó con una caminata hacia la finca desde el Hogar que duró alrededor de una hora. Al llegar, el equipo nos organizamos para empezar a cocinar mientras los niños y niñas corrían y jugaban en el pasto, disfrutando de la naturaleza del Bosque Verde, cuyo nombre hace honor al entorno natural que lo rodea. Durante aproximadamente dos o tres horas, nos dedicamos a preparar platos tradicionales a base de maíz, un alimento esencial en la cultura y dieta del país.

Fotografía: carro lleno de maíz

Los platos que elaboramos fueron la güirila, el yoltamal y el elote cocido. La güirila es una especie de tortilla gruesa y ligeramente dulce, que se sirve tradicionalmente con cuajada y crema. Para prepararla, utilizamos maíz molido, y aprovechamos la leche de maíz sobrante para hacer el yoltamal, que posteriormente cocimos junto con el elote. Y es que el maíz es un ingrediente que es la base de la alimentación de los nicaragüenses, da la sensación de que con él se pueden hacer miles de platos como tortillas, nacatamales, enchiladas, atol, atolillo, rosquilla… y otras comidas que se han convertido parte de mi alimentación este último mes y medio.

Fotografía: maíz molido

Fotografía: olla con elote y yoltamal cociéndose

Fotografía: güirila cocinándose

La Fiesta del Maíz en Bosque Verde fue mucho más que un acercamiento a la cocina local; fue una jornada de celebración y conexión con la comunidad y la tierra. Durante este momento compartido, me transmitieron el reconocimiento al esfuerzo detrás de cada cosecha, un aprecio que a menudo falta en mi día a día en España, y que me permitió valorar el maíz con la misma importancia que tiene para ellos en su vida cotidiana. Participar en la preparación de los platos tradicionales me permitió sumergirme en la cultura y la gastronomía local, un cierre perfecto para mi voluntariado, lleno de significado, tradición y gratitud por lo compartido, y esa felicidad en lo comunitario es algo que también, sin duda, me llevo a casa.

Publicado en: Nicaragua, Voluntariado internacional Etiquetado como: Derechos de la infancia

La yapa[1] y la casualidad. Celia Ponce

14 abril, 2026 por marivimf Deja un comentario

Desde que me recuerdo, la única imagen de América Latina en mi cabeza, antes de este proyecto, consistía en la entregada por su arte, del que he disfrutado desde niña: Una imagen de ensoñaciones elaborada en mi cabeza infantil y siempre dispuesta a imaginar a través de los poemas de Rubén Darío, de Idea Vilariño, del realismo mágico, de las pinturas de Frida, de todo lo que cantaba mi madre acompañada por Víctor Jara, por Silvio Rodríguez y tantos otros y, por supuesto, de las novelas imborrables de Gabriel García Márquez.

Así, arribé a mi particular Macondo[2] embebida en deseos de encontrar maravillas, a bordo de un transatlántico con alas. En uno de aquellos cacharros enormes, que una no llega nunca del todo a entender, como tantas otras cosas.

Obvio soy consciente de que esta ciudad tan calamitosa como de cuento no podría nunca existir, pero en mi imaginario personal siempre resonaba el pensamiento de que tal vez Macondo no era sino otro nombre para algún punto del vastísimo territorio que es América del Sur. Inconscientemente venía a mi cabeza, en los momentos de nervios e ilusión, un particularísimo pensamiento… ¿No podría ser Riobamba Macondo? Desde luego, yo me dirigía hacia un sitio no inventado, pero sí frecuentemente idealizado, imaginado de mil maneras distintas, desdibujado en un millón de piezas por mi absoluta norteñidad.

Por supuesto, y por amor, decidí recorrer aquellas tierras acompañada de García Márquez, que escribió en sus Cien Años de Soledad que “uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”. A pesar de la hermosura de esta oración y de mi debilidad por la melancolía, tengo que discrepar. Uno no es de ninguna parte mientras que no ama a alguien que se baña en sus aguas; hasta que no añora a quien duerme bajo su luna; hasta que no pisa esa tierra con el corazón antes que con los pies. Y puedo aseguraros que un trozo del mío permanece en la falda del Chimborazo, en el lago Quilotoa, en el río Pastaza, sentado al sol con los leones marinos de Galápagos, siendo robado con total desvergüenza por los monos del puerto de Mishauallí.

He perdido una botella de agua en esas manitas tan similares a las nuestras junto a muchas cosas que he perdido en este viaje. He perdido la necesidad de tener el control continuamente, he perdido muchas necesidades que no se parecían en nada a una necesidad. Y he ganado mucho también.

Vuelvo con una visión maravillosa sobre del sistema universitario ecuatoriano como una parte más de una sociedad escandalosamente bella, con una pasión que hacía tiempo no sentía por lo todo lo que implica cuidar a los demás a pie de hospital, con el orgullo de haber formado parte de un proyecto cuya única misión es mejorar la vida de la gente. Eso es lo que esperaba de esta experiencia: aprender, desarrollarme como futura maestra, descubrir un sistema sanitario distinto al que bien conozco y considero mío.

Sin embargo, la yapita que me traje de Ecuador, lo que voy a narraros ahora, es mucho más importante y, sencillamente, una cadena de regalos. Una cadena que brilla y respira y, a la vez, depende de un hilo tan frágil como es la voluntad, el libre albedrío bajo el que todos somos bautizados nazcamos donde nazcamos y cuya pulsión determina nuestros futuros y los de que nos acompañan.

Porque me han devuelto mucho más de lo que esperaba. Me han prestado un hogar hermoso donde cerrar los ojos cada noche con toda la tranquilidad del mundo, donde trabajar rodeada de flores, donde me recibían con cariño cuando cerraba la puerta tras de mí. Han compartido conmigo tiempo y secretos y palabras que se vienen tatuadas en la parte más cálida de mi mente. Me han enseñado que lo que importa poco no importa absolutamente nada y que lo que importa mucho debe trascender. En definitiva, me han regalado muchas cosas.

En mi opinión, el primer regalo vino por parte del CICODE. Me regalaron sueños: la posibilidad de conocer un lugar en un continente al otro lado de mi continente; A 8000 km de mi hogar. Allá donde lo que sueñas precisa aviones, taxis, taxis que resultan ser barcazas y unas ganas inmensas por conocer. Esas ganas también son un regalo. Me las regaló mi padre, que siempre ha deseado cultivarse en cualquiera que fuera la tierra que pisaran sus pies.

Ha sido un regalo respirar una brisa de una ciudad que no es la mía pero que me acunó y me hizo renacer, que me trajo la serena certeza de que casa es tan lejos y tan cerca como en quien piensa nuestro corazón. Ha sido un regalo en sí mismo cada segundo que he pasado allá porque quien llega, se va lleno de una lluvia que nutre hasta la raíz, con el corazón calentado al más puro sol que jamás conocerá, envuelto en una chompita hecha con dulzura y bendiciones sinceras.

Me ha costado mucho escribir esto. Más bien terminar de escribirlo, de juntarlo todo. Empecé a escribir pedazos sueltos Inconscientemente es el final de la experiencia tan hermosa que he tenido la suerte de vivir. para combatir el desagrado que me produce estar doce horas encerrada en un lugar que vuela. También escribí la noche que nos quedamos atrapadas en un paraíso por algo tan brutal y tan natural como una inundación. He escrito viajando de pie en autobús y en el pueblito más humilde que nunca había visto. Sin embargo, alguna razón de esas que viven en las tripas, no me dejaba terminarlo. Creo que tiene algo que ver con mi intolerancia a los finales. Estos días tienen para mí una cierta niebla que me agarra de vez en cuando el corazón. Pero de una forma tan bella como agarra y luego despeja al Chimborazo, sólo para que se vea más hermoso.

El caso es que estoy escribiendo esto justamente hoy. Y, por casualidad, es el día de mi cumpleaños y mientras escribo esto recibo cariños y apapuches en la distancia desde Ecuador, pero también desde Colombia y desde Perú y dese Bolivia. De personas que he conocido por esto que llamamos casualidad y de las que, os prometo, me despedí como es debido, aunque me costara horrores darles el abrazo que separa y el beso que se queda marcado. Qué casualidad que hoy sea hoy.

La casualidad vence a la alegría y vence al miedo. Y nos mece y nos mantiene asidos a aquello que no reconocemos de nosotros mismos. La casualidad nos dibuja, nos desvanece y nos redefine. Sólo espero tener la suerte de volver a encontrarme por casualidad con otra experiencia así porque mi vida es ahora mucho más rica, mi mente más inquieta y mis ojos mucho más humildes.

Eternamente gracias.

[1] Yapa: Añadidura, especialmente la que se da como propina o regalo.

[2] Macondo:  Pueblo ficticio en el que se desarrolla Cien Años de Soledad, entre otras novelas del escritor colombiano Gabriel García Márquez. 

Publicado en: Ecuador, Voluntariado internacional Etiquetado como: Agroecología, Sostenibilidad ambiental

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