Dedicado a mi amigo y compañero Salvador Camacho, por su inspiración como profesor y músico de banda
La vida transcurre, mal que bien. Y en ese tránsito, hacemos lo que se puede para cumplir sueños. Ser saxofonista de banda siempre fue uno de mis mayores anhelos. Enfrentarme a partituras, sin esconderme, resultado siempre de estudio y concentración, está siendo uno de mis grandes retos vitales durante los últimos años. Es la magia de hacer música en grupo. Además, desde la esencia de una de las tipologías de formaciones más auténticas para mí, como son este tipo de agrupaciones musicales, donde se combina la interpretación de modernas bandas sonoras, que adoran los más jóvenes, con marchas de Semana Santa y pasodobles, que a mí me gustan cada día más. Es toda una realidad y un ejemplo de protección del legado musical y cultural que deberíamos de cuidar como un tesoro. Además, el placer de hacer música en grupo. Ahora, con mi nueva banda, la Banda Sinfónica Municipal Ciudad de Atarfe, que busqué recientemente por cercanía y por posibilidad horaria de ensayo, en la que he encontrado una organización extraordinaria y una calidad y ambiente donde hay mucho que aprender. En lo musical y en lo humano. Siempre, en mi corazón, mi banda original, de Las Gabias, a la que debo tanto aprendizaje y con la que colaboraré cada vez que sea posible. Me compré un saxo Amati, una marca de la desaparecida Checoslovaquia, a la semana siguiente de escuchar a Paquito D’Rivera junto al inolvidable pianista catalán Tete Montoliu. Eso fue a finales de los años 80. Lo vendí a la que ha sido muchos años la directora de la banda de La Zubia, con la satisfacción de saber que se dedica a la música y que hizo el grado superior. Compré después un mejor instrumento y estudié varios años y, tras tomar decisiones, me dediqué a la comunicación y al periodismo durante casi dos décadas, siempre con la añoranza de mi instrumento en mi corazón, digitando escalas mentalmente en cualquier rato libre. Solo en mi mente. Hace un tiempo decidí volver a estudiar mi instrumento y darme una oportunidad en la vida para desarrollar lo que soy, saxofonista, mejor o peor, pero saxofonista.
Las bandas son el mejor ejemplo de cuidado y defensa del patrimonio cultural

Como todo lo que personalmente he emprendido, no se trata de un pasatiempo, ni de algo que se consigue sin esfuerzo y sacrificio. Cuando estoy en el tribunal de una tesis, lo que conlleva haberse leído mil páginas la tarde antes, intervenir con comentarios, hacer gestiones administrativas, nadie me dice que qué bien me lo paso, y realmente disfruto. Esa actividad, como escribir artículos de prensa o científicos, es fácil y no requiere tanto como tocar una marcha de Semana Santa en banda. Imagino que depende para lo que uno esté más entrenado. No obstante, nunca consideraré la música un hobbie, como si fuera hacer macramé o sopas de letras Es, para mí, algo mucho más serio que todo eso, y forma parte de un reto vital. En la vida, todo me cuesta y todo lo disfruto. Así funciona y así funciono. Junto a ello, he conseguido ser crítico de jazz en la prensa de Granada, donde hay varios festivales de prestigio, publicando además fotografías, lo que forma parte de mi campo profesional real. Esta Semana Santa ha sido una experiencia de estrés y satisfacción, con la asimilación de marchas nuevas para mí, muy exigentes, pasando de saxo 1 a saxo 2, lo que es una demostración de oficio, y conociendo algunas celebraciones de Semana Santa maravillosas, de Granada y Málaga, toda una riqueza antropológica y cultural que merecería un capítulo aparte, junto a la experiencia de participar en el viacrucis del colegio Regina Mundi el viernes de Dolores, junto a la banda de Pitres. Tampoco se puede olvidar, cada año, el concierto de marchas en la iglesia neogótica de Las Gabias, donde hice mi primer solo hace dos años. En estos días, he aprovechado mi entrenamiento periodístico para contar la realidad de una banda en el diario Ideal, al que agradezco su publicación. Copio el contenido del texto y lo comparto también en imagen. En enlace en la versión digital puede consultarse aquí, aunque a continuación copiaré el texto íntegro. Espero que sea de interés esta descripción de cuestiones que, por obvias desde dentro, seguramente se desconocen para quien no se haya adentrado en este mundo de las agrupaciones musicales. Realmente, han sido días de pasión. Sirva este artículo como homenaje a todos los compañeros y compañeras de las bandas granadinas, que considero una gran familia. Que nadie desprecie, por favor, su capacidad, su tesón y su trabajo.
No se trata de un pasatiempo, ni de algo que se consigue sin esfuerzo y sacrificio

(Texto del artículo publicado en Ideal)
La banda sonora de la Semana Santa
Rafael Marfil Carmona
Profesor de Educación Artística en UGR y músico de banda
La Semana Santa no es solo una manifestación de fe y un conjunto de ritos de carácter religioso. Aunque su base debe ser la expresión de un sentir católico, España y Andalucía viven, en estas fechas, unos días que se convierten en una manifestación extraordinaria de construcción cultural colectiva, donde las calles de muchas ciudades, especialmente las andaluzas, se convierten en un paraíso para quien tenga interés por la antropología. El barroco en la calle, los ritos, la explosión de color y el aire casi de carnaval en su práctica contraria, que es la cuaresma, expresan la profundidad y la belleza de la que somos capaces cuando nos organizamos de forma colectiva, porque eso es el mundo cofrade, la colaboración para la gestión de una profunda y compleja manifestación religiosa y cultural. En Granada, los cofrades son decenas de miles. Junto a esa estética, al aroma a incienso y al ambiente que todos conocemos, incluidos los que huyen de él en la playa o la montaña, esta manifestación cultural sería impensable sin la banda sonora de las agrupaciones musicales.
Hay más de trescientas formaciones musicales de este tipo en Andalucía, en un trabajo de pedagogía y defensa del patrimonio que no se puede comparar con ningún otro medio de expresión artística, en su calado y profundidad social. Además, las marchas de Semana Santa, lejos de ser un género cansino y repetitivo, se renuevan constantemente, pasando del sonido clásico de las composiciones del siglo pasado a la complejidad armónica que, inquietos y con una enorme preparación, lanzan los compositores contemporáneos. En las decenas de conciertos previos a los días de Semana Santa, la directora de la Banda Municipal de Las Gabias, Carmen Pastor, ofreció un recorrido didáctico por esa evolución, partiendo de Amarguras, la mítica composición de Manuel Font de Anta, el fundador de la banda municipal de Sevilla, asesinado en la Guerra Civil. Ese concierto, en el área metropolitana, fue uno más de muchos, lo que representa el enorme esfuerzo y cariño con el que las bandas de música abordan esta oportunidad de demostrar lo que saben hacer en las iglesias y en la calle. En las procesiones, además, aseguran que miles de personas que viven apresados por las modas musicales escuchen obras del siglo pasado en directo o conozcan la ingeniería armónica de una composición reciente.
La Semana Santa es, verdaderamente, un Granada Sound cofrade
Muchas personas desconocen la enorme complejidad, incluso el estrés, que conlleva la gestión y puesta en escena de una agrupación musical de estas características. No solo ha hecho falta estudio y formación individual, de años, para estar ahí, se tenga la edad que se tenga, además de inversión económica. También han sido necesarios ensayos constantes y una atención y precisión al detalle que es difícil de imaginar desde fuera. Todo ello, desde una compleja intendencia que aborda el trabajo con menores, los desplazamientos, la coordinación con cada cofradía y todo un entramado de acciones que, sin duda, no está pagado. Una vez en la calle, junto a la satisfacción de estar ahí y participar en un evento de tanta profundidad y belleza, cada instrumentista padece también el rigor del frío, de la madrugada, de la dificultad de su instrumento, de sus propias capacidades o limitaciones y de la actitud de parte del público, donde siempre hay un porcentaje de personas mal educadas y poco respetuosas. En esas trincheras, una pila de una lámpara gastada o que se vuelen las partituras con el viento se convierten en una tragedia, junto a la tensión de los solistas, que al final siempre agradecen dar un paso adelante para crecer como músicos. Algunos niños aprenden a relacionarse con los demás, porque nada hermana más que hacer música en grupo. Otros jóvenes se enamoran de la clarinetista de la segunda fila, con la que unen su vida para siempre. Mientras, los padres, aprenden muchísimo y acompañan, sorprendidos por la inesperada pasión de su hija por el bombardino. Si nos gustan los directos musicales, la Semana Santa es todo un festival constante. Un Granada Sound cofrade. Así, en esta gran celebración de la primavera seguirán siendo cientos las vocaciones musicales que despiertan las bandas, verdaderos buques insignias de su localidad. Algunos pueblos, de hecho, son conocidos fundamentalmente por su agrupación musical. Por todo ello, y para quien pueda desconocer esta realidad, me permito animar a que, en años sucesivos, se aplauda a los músicos junto al esfuerzo costalero, y a que se preste una atenta escucha a ese recorrido de nuestro patrimonio musical por las calles.




